Capítulo 11 Las Bóvedas
La luz de las doce entraba sesgada por las lamas de la persiana, proyectando un enrejado de líneas pálidas sobre el edredón de lino.
En la mesilla auxiliar, entre el poso frío de dos tazas de café y las llaves del coche alquilado en Portela, el minutero del reloj digital avanzaba sin emitir un solo chasquido.
Me incorporé despacio, midiendo el peso del cuerpo para no hacer crujir el somier.
Tenía los hombros rígidos por las horas de vigilia y la piel tirante por el salitre que subía del estuario del Tajo.
A mi lado, Adrián dormía de espaldas a la ventana.
Su respiración mantenía un ritmo pausado y hondo, pero sus dedos conservaban esa ligera flexión en garra sobre la sábana que nunca desaparecía del todo, ni siquiera en mitad del sueño profundo.
Sobre la repisa de madera oscura, el teléfono desechable vibró. Tres pulsos secos contra el barniz.
Adrián abrió los ojos en el instante en que el aparato cesaba. Pasó de la inconsciencia a la vigilia con la frialdad de quien ha dormido años en campamentos de avanzada. Su mano tanteó de inmediato la funda sobaquera colgada del respaldo de la silla antes de fijar la vista en mí.
Me deslicé fuera de la cama. La tarima estaba helada bajo la planta de los pies. Tomé el teléfono, me pegué al rincón ciego junto a la cortina de terciopelo para no recortar mi sombra contra el ventanal y descolgué.
—¿Silva? —la voz de Ramos llegó envuelta en una tos áspera y en el rumor lejano de teclados en la sede de la UDEF en Bilbao.
—Soy Valeria, Ramos. Habla bajo.
—Salid de Lisboa ahora mismo —ordenó el inspector, y escuché el encendedor al otro lado de la línea—.
Varel ha forzado los plazos. Durante la madrugada movió tres paquetes de pagarés a través de cuentas en Madeira y compró la firma de dos secretarios judiciales del tribunal de distrito.
A Duarte Santos lo han nombrado supervisor exclusivo del muelle de seguridad y del depósito de aduanas.
Sentí una punzada fría en las sienes.
—¿Santos tiene el control total de los almacenes judiciales?
—Tiene las llaves maestras y los precintos aduaneros de tránsito exterior —confirmó Ramos con aspereza—.
Santos es el engranaje que Varel necesita para limpiar el lote.
Van a asaltar el depósito subterráneo del Palacio de Estoril esta misma tarde, aprovechando la recepción benéfica de la Fundación Atlántica.
—Las veinticuatro piezas incautadas en la nave de Oporto —dije, apoyando los nudillos en la pared para serenar el pulso.
—Exacto. Quieren cargar los bastidores en un furgón con sellos diplomáticos antes de que introduzcas el dictamen pericial en la plataforma telemática de la Fiscalía europea.
Duarte Santos ya tiene preparados los manifiestos falsificados con destino al puerto franco de Tánger.
Si esos lienzos salen del palacio sin tu certificación forense vinculada a las diligencias previas, la cadena de custodia quedará anulada por defecto formal.
Varel presentará una querella por retención ilícita y el juez de guardia le devolverá cada cuadro en menos de veinticuatro horas.
—Sin mi informe no existe causa penal por falsificación agravada —añadí, repasando la estructura del sumario—. Todo el caso de la Audiencia Nacional depende de la alteración química de los pigmentos.
—Por eso tenéis que llegar antes de las cuatro —insistió Ramos—.
A esa hora empieza el cóctel y el protocolo cerrará el anillo exterior.
Entras en la cámara, analizas los dos lotes principales, generas el archivo criptográfico y lo subes al nodo judicial.
Que Silva te cubra la espalda y no crucéis una palabra con la guardia del palacio.
La mitad de los uniformes de la entrada cobran de la red de Santos.
—Subiré el informe a tiempo.
—Tened cuidado, Valeria. No os quiero en una celda ni en una morgue.
Corté la llamada y bajé el brazo.
Adrián ya estaba en pie. Se calzó los vaqueros oscuros, metió la camiseta bajo la cinturilla y deslizó la funda de cuero con la nueve milímetros sobre el hombro izquierdo, ajustando el arnés con un movimiento del pulgar para no forzar la cicatriz reciente. Me miró con gesto severo:
—Nos movemos a Estoril.
—Lo has escuchado.
—Lo necesario. Varel quiere evacuar las piezas antes de que el tribunal portugués reciba la alerta roja y Santos le está despejando el camino.
—Necesito veinte minutos dentro de la bóveda para hacer el barrido espectrográfico y el análisis microquímico de las capas de imprimación —advertí, sacando los dos maletines del armario—.
No basta con una inspección visual. Tengo que registrar las microfotografías con escala calibrada y adjuntar el hash del certificado digital.
Si cometo un fallo de protocolo, los peritos de la defensa tumbarán la acusación en la vista preliminar.
Adrián tomó mi gabardina y me la tendió. Se detuvo a un palmo de mí. Su respiración era pausada, regular, y sus ojos grises examinaron mi rostro con una atención que prescindía de cualquier gesto superfluo.
—Escúchame bien, Valeria. En cuanto crucemos la puerta de ese búnker, aseguras el cerrojo interior y te aíslas. Te olvidas de los pasos en el pasillo, te olvidas de las alarmas y te concentras en tus reactivos. Yo me quedo en la antecámara controlando el acceso.
—Si los hombres de Santos bajan armados, no vas a poder contenerlos solo en un corredor de hormigón.
—Nadie va a cruzar ese umbral mientras estés dentro —respondió con serenidad dura, apoyando la palma en mi hombro para fijar mi postura—. Eres la única persona en la península que puede sellar ese informe con validez procesal. Haz tu trabajo pericial y déjame a mí el resto.
Revisé el contenido de los maletines con la minuciosidad del taller: los viales sellados de xileno, las micropipetas graduadas, el frasco con ácido clorhídrico diluido para la prueba de carbonatos, las tiras reactivas y la lámpara portátil ultravioleta a doscientos cincuenta y cuatro nanómetros.
Junto a ellos encajé el microscopio digital de campo y el terminal informático blindado con el lector criptográfico del Ministerio de Justicia.
Salimos por la escalera de incendios del ala norte. Evitamos la recepción del hotel, cruzamos el patio de servicio entre contenedores industriales y subimos al sedán gris estacionado en la calleja posterior.
El trayecto hacia Estoril por la carretera Marginal fue una carrera contenida bajo un cielo plomizo.
A nuestra izquierda, el océano rompía contra los espigones de piedra, levantando nubes de espuma salina que el viento empujaba contra el parabrisas.
Las escobillas barrían el agua con un compás áspero, mientras el ventilador arrojaba un aire tibio con olor a polvo reseco y a humedad condensada.
Adrián conducía con las dos manos firmes sobre el aro de cuero, controlando los retrovisores en cada curva de Santo Amaro y Carcavelos. Trazaba los giros midiendo la distancia con el tráfico pesado con sobriedad gélida.
—La Fundación Atlántica celebra su subasta anual en la planta noble del palacio —comenté, comprobando el plano en el móvil—. Habrá cerca de trescientas personas entre coleccionistas y diplomáticos.
—El gentío arriba es nuestra mejor cobertura y nuestro peor riesgo —replicó Adrián sin apartar la vista del asfalto mojado—.
La seguridad del evento estará desbordada controlando acreditaciones y vehículos oficiales en la explanada.
Pero en el sótano no habrá invitados. Santos habrá colocado en el muelle de seguridad a sus propios agentes aduaneros o a personal contratado por Varel.
—¿Cómo justificaremos la entrada a la zona acorazada?
—Ramos cargó una orden de inspección técnica complementaria en el sistema policial hispano-luso.
Para el registro informático del palacio, somos una comisión pericial enviada por el patronato del Prado para cotejar el estado de conservación de los lienzos antes de autorizar su exhibición bajo custodia judicial.
Si el guardia del control no tiene instrucciones directas de Santos para detenernos, nos dejará pasar para evitar una falta reglamentaria.
—¿Y si Santos ya ha dejado la orden de cerrarnos el paso?
Adrián aminoró la marcha al entrar en São Pedro do Estoril. Su mano izquierda tanteó un segundo el costado, verificando el arma bajo la chaqueta antes de volver al volante.
—Si no nos abren por las buenas, entraremos antes de que el vigilante termine de marcar el número de su supervisor.
Llegamos al recinto del palacio pasadas las dos y media.
El edificio, una mole neoclásica de cantería dorada y balaustradas de granito, dominaba una colina poblada de pinos y eucaliptos que se mecían bajo el vendaval atlántico.
La explanada principal era un hervidero de berlinas negras, furgones de floristerías y camiones de sonido.
Varios vigilantes con impermeables oscuros regulaban los accesos con ademanes apresurados.
Adrián evitó la entrada principal y desvió el sedán por un camino auxiliar flanqueado por cipreses, descendiendo hacia las antiguas cocheras y la dársena de aprovisionamiento.
Aparcó el coche marcha atrás en un recodo umbrío, oculto a las cámaras perimetrales por el volumen de una nave de calderas.
—Coge los maletines —me indicó en voz baja—. Mantén la cabeza alta y déjame hablar a mí. Camina sin detenerte; actúa como una perito que llega con prisa a una diligencia rutinaria.
El aire exterior nos recibió con olor a salitre y a brea húmeda arrastrada por el viento desde la dársena. Cruzamos el pavimento de adoquines mojados, resguardándonos bajo los aleros de teja de la zona de carga.
En el control del muelle, una garita acristalada cortaba el paso hacia los montacargas y las galerías subterráneas. Un funcionario de aduanas con el uniforme azul de la Guarda Fiscal y chaleco reflectante vigilaba la barrera abatible, sosteniendo una tableta electrónica en la mano.