Mi Jaula de Sombras Capítulo 10 La Quinta de Sintra #2
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Capítulo 10 La Quinta de Sintra #2

—Espero que no tengamos que llegar a eso —comentó, ajustando el cabezal del microscopio—.

Si el informe entra en el servidor con mi firma electrónica y el hash criptográfico del Prado, el juez portugués ordenará el precinto judicial del palacio en mitad de la recepción.

Varel no podrá mover un cuadro con trescientos invitados y la prensa delante.

—Varel no necesita mover los veinticuatro cuadros, Valeria.

Le basta con hacer desaparecer la Santa Águeda y a la perito que demuestra que es un lienzo fabricado en 2018 —repliqué, retirando la corredera de la pistola para verificar el muelle recuperador—.

Los hombres como él no aceptan derrotas procesales.

Cuando ven que el cerco se cierra, queman el escenario y a los que están dentro.

El teléfono desechable que descansaba junto al plano vibró con tres pulsos secos sobre la madera.

Descolgué y activé el altavoz seguro.

—Silva —dijo la voz de Ramos. El fondo traía el tecleo de terminales y el murmullo de la sala de transmisiones de enlace en Madrid—. ¿Estáis en posición?

—En la quinta de Sintra. Despejado. Habla.

—La situación en Estoril se ha complicado —comenzó Ramos con aspereza—.

Mis contactos en la Judiciária confirman que el inspector Duarte Santos dirige la logística de Varel sobre el terreno.

La supuesta custodia judicial sobre los fondos incautados en Oporto es una pantalla.

Santos ha sustituido a la seguridad privada del palacio por personal de confianza de su red, respaldados por un destacamento de la Guardia Nacional Republicana cuyos mandos están comprados.

Valeria levantó la mirada del microscopio, con el hisopo inmóvil entre los dedos.

—¿Qué van a hacer con las obras? —preguntó hacia el micrófono.

—Van a vaciar el depósito subterráneo durante la subasta de la tarde —respondió Ramos—.

Hay veinticuatro piezas en la antigua cámara acorazada del sótano, incluidas la Santa Águeda y dos lienzos del círculo de Ribera.

Santos ha falsificado las guías de transporte a través de Setúbal, catalogando el lote como reproducciones de una fundación privada con destino a Casablanca.

Tienen un camión isotérmico estacionado en el muelle de carga lateral.

A las cuatro y media, mientras la atención esté centrada en la puja del salón noble, bajarán las cajas y las cargarán rumbo al carguero que zarpa de Setúbal a medianoche.

Me incliné sobre la mesa, repasando los tiempos de trayecto.

—¿Y la orden de bloqueo cautelar del juez de Lisboa?

—El magistrado ha concedido una prórroga de urgencia hasta las cinco en punto —aclaró Ramos—.

Si a esa hora no figura en el sistema el dictamen pericial firmado por Valeria con las pruebas de falsificación, el juez levantará el depósito por falta de acreditación pericial y las piezas saldrán de la jurisdicción comunitaria.

Varel quedará blindado en Marruecos y la Audiencia archivará la causa.

Si Valeria logra transmitir el documento validado desde la cámara, el sistema lanzará una alerta roja a Europol y la fiscalía bloqueará sus cuentas en Zúrich y Vaduz en quince minutos.

—¿Qué apoyo armado tenemos si nos detectan dentro?

—Ninguno, Silva —dijo Ramos—. Oficialmente estás suspendido de servicio y en busca por obstrucción. Si la gente de Santos os intercepta en los pasillos de servicio, abrirán fuego y redactarán un atestado presentándoos como ladrones abatidos en flagrante delito. No habrá advertencias.

—Comprendido. Corto la llamada.

Guardé el teléfono y desplegué sobre el tablero el plano arquitectónico del Palacio de Estoril que Ramos nos había remitido. Valeria se colocó a mi lado, apoyando un codo sobre la mesa para estudiar el trazado subterráneo.

—Aquí está el punto vulnerable —señalé con la punta de un bolígrafo sobre el ala oeste de la planta de servicios—.

La subasta y el cóctel se celebran en la planta principal.

Habrá camareros, seguridad privada y unos doscientos invitados en las terrazas.

Entraremos por el acceso de suministros de la cocina a las tres y media, aprovechando la entrega del hielo y los generadores de refuerzo.

—¿Dónde han ubicado la cámara acorazada? —Valeria siguió la línea del pasillo con la yema del índice.

—Al final del corredor de mantenimiento. Es la antigua cámara de caudales del banco que financió la restauración del palacio. Paredes de hormigón armado de sesenta centímetros, puerta acorazada con combinación manual y una cerradura digital conectada al sistema de auditorías de patrimonio.

—Mi credencial del Instituto del Patrimonio y la tarjeta criptográfica del Prado activarán el lector digital —explicó ella, señalando el lector USB que tenía junto al portátil—.

El protocolo de inspección urgente permite el acceso del perito acreditado para verificar el estado de conservación de los bienes en litigio.

Santos no puede anular ese acceso sin levantar sospechas inmediatas en el registro del ministerio.

—En cuanto cruces la puerta, pasas el pestillo interior de bloqueo mecánico —le ordené, mirándola a los ojos—.

No abres a nadie. Te encierras, montas el microscopio sobre el cabezal de la Santa Águeda, tomas las microfotografías del estrato de colofonia, redactas la conclusión y transmites el paquete de datos al servidor judicial.

Si escuchas disparos en el pasillo, te tiras al suelo detrás de las cajas blindadas y no te mueves hasta que escuches tres golpes dobles en la plancha de acero y mi voz diciendo tu apellido.

Valeria frunció el ceño, enderezando la espalda.

—No voy a quedarme escondida tras un panel si estás recibiendo fuego en el corredor, Silva. Si Santos bloquea las escaleras de servicio, quedarás atrapado en un callejón sin salida.

—Mi cometido es mantener ese pasillo limpio durante los diez minutos que necesitas para transmitir el archivo —dije con firmeza, sin levantar la voz—.

Si un solo guardia entra en esa sala antes de que el hash quede registrado en la base de datos de la Audiencia, todo lo que hemos hecho habrá sido inútil.

Seremos dos nombres en la sección de sucesos de los periódicos de Lisboa.

Tú haces tu trabajo con el lienzo; yo me encargo de que nadie cruce esa puerta.

Valeria me sostuvo la mirada durante varios segundos. Noté cómo aflojaba la tensión en los hombros, comprendiendo la lógica del operativo.

—Diez minutos, Silva. Te aseguro que el informe estará en el servidor antes del minuto ocho.

—Eso espero.

Me acerqué al rincón donde descansaba mi equipo táctico.

Desarmé la nueve milímetros sobre un trapo seco: limpié el ánima del cañón con una baqueta de latón, comprobé la tensión de la uña extractora y volví a montar las piezas con la soltura mecánica que da la rutina de quince años en el cuerpo.

Encajé el cargador de quince proyectiles, monté un cartucho en la recámara y aseguré la aleta antes de introducir el arma en la funda sobaquera de cuero oscuro.

Guardé dos cargadores adicionales, una linterna de haz estrecho y un juego de ganzúas en los bolsillos interiores de la chaqueta.

Al estirar el brazo para ajustar el arnés bajo la axila izquierda, el hombro me lanzó una punzada ardiente que me recorrió el omóplato.

Apreté los dientes y tensé la correa hasta el último ojal.

El dolor era un recordatorio útil: me mantenía alerta, midiendo cada movimiento sin margen para el exceso de confianza.

Valeria terminó de embalar su instrumental en los maletines. Cerró los broches de presión de aluminio con dos golpes secos de la mano, guardó el ordenador en la funda acolchada y se colocó la bandolera cruzada sobre el pecho. Se calzó unos guantes finos de piel oscura y se ajustó el abrigo.

—Todo listo —dijo, plantándose en el centro de la sala con los dos maletines en la mano y la mirada puesta en el zaguán.

Miré hacia las ventanas del salón. En el exterior, la niebla de Sintra se había transformado en una cortina de llovizna densa que resbalaba por los cristales, emborronando los cipreses y los muros de mampostería.

Mi reloj de pulsera marcaba las dos y treinta y cinco de la tarde.

El margen de maniobra se había estrechado al límite.

—Nos vamos —dije, tomando las llaves del coche.

—Vamos a terminar con esto, Adrián. —Avanzó hacia la puerta con paso firme.

Cruzamos el zaguán en silencio. Retiré la traba de hierro del portón, salimos al patio bajo la lluvia fría de la sierra y cargué el equipo en el maletero.

Conecté el terminal para desactivar los sensores periféricos, me senté tras el volante y arranqué el motor.

La berlina descendió por el camino de grava hacia la carretera de la costa, abriéndose paso entre la vegetación empapada.

Faltaban cuarenta minutos para que el muelle de carga del Palacio de Estoril abriera sus puertas.

Acomodé la mano sobre la culata bajo el abrigo, aceleré en la primera curva y dejamos atrás las sombras de Sintra.