Mi Jaula de Sombras Capítulo 10 La Quinta de Sintra
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Capítulo 10 La Quinta de Sintra

El plano topográfico de Sintra descansaba sobre la mesa de pino de la suite de Lisboa, sujeto por dos cargadores vacíos y una navaja táctica.

No me hacía falta medir las cotas para calcular el tiempo de escape.

Durante mis años en la UDEF, había trazado itinerarios de extracción con la misma paciencia con la que desarmaba los entramados de Torres.

Conocía la costa portuguesa: sus desvíos de adoquín mojado, los tramos ciegos sin radar y los puertos menores donde una patrullera tardaba cuarenta minutos en arrancar.

Lisboa había dejado de ser un refugio en el instante en que los casquillos rebotaron contra los muelles de Oporto.

Valeria permanecía de pie junto a la ventana del Tajo, con los brazos pegados al cuerpo. La luz sucia de las seis de la mañana perfilaba el contorno de sus hombros.

—No voy a quedarme escondida en una ladera mientras Duarte Santos sella los contenedores en Estoril, Silva —dijo en tono bajo y seco—.

El protocolo de inspección previa del Instituto del Patrimonio y la comisión del Prado expira esta tarde.

Si no me presento en la cámara acorazada antes de las cinco para rubricar el informe ante el juez portugués, el expediente contra Varel quedará archivado por defecto de forma.

Todo lo que arriesgamos en el norte, el asalto a Ribeira y las muestras que conseguí aislar... se transformará en humo procesal.

Terminé de deslizar el último proyectil en el peine. El clic del muelle sonó nítido en la habitación.

—Lisboa está sucia, Valeria —contesté, encajando el cargador en la pistola—.

Duarte Santos controla los turnos de la aduana marítima y tiene informadores entre Alfama y Cascais.

Si intentamos entrar por la puerta principal de Estoril a cara descubierta, no llegarás al primer escalón de mármol.

En Sintra conozco una quinta apartada donde podemos revisar los planos, preparar tus reactivos y coordinar el enlace con Ramos.

Valeria se dio la vuelta. Apoyó las yemas sobre la madera; reconocí ese gesto: la memoria táctil de quien evalúa la humedad de una tabla renacentista antes de aplicar un bisturí.

—¿Crees que no sé lo que hay en juego? —murmuró, clavando sus ojos oscuros en los míos—.

La cromatografía líquida sobre el barniz de la Santa Águeda reveló trazas de resina sintética de ciclohexanona, un polímero que no se sintetizó hasta mediados del siglo veinte.

Los espectros de absorción demostraron que el blanco de plomo contiene impurezas de plata añadidas para imitar las canteras de Linares.

No es una copia descuidada; es un engaño químico concebido para burlar las casas de subastas.

Si introduzco mi firma digital en el repositorio de la Audiencia Nacional, el magistrado emitirá la orden de detención internacional.

La ley exige peritajes validados, Silva. Y mis pruebas son concluyentes.

Me incorporé despacio. El hombro izquierdo me tiró con una punzada sorda, un latigazo donde la bala de Oporto había desgarrado el deltoides una semana atrás. Ajusté la postura para no cargar peso en ese costado.

—La ley no detiene una bala en un sótano, Valeria.

Varel no litiga en tribunales. Paga a profesionales que limpian el rastro con cal viva y silenciadores.

He leído los atestados que Ramos me envió de Coímbra: dos inspectores de la Judiciária aparecieron calcinados en un pinar por acercarse a sus empresas de transporte.

Si te llevo a Estoril, lo haré bajo mis condiciones.

Prefiero que la Galería Soto pase diez años precintada antes que tener que identificar tu cuerpo en el depósito de Santa Apolónia.

Sostuvo mi mirada sin pestañear. Había en ella una obstinación profunda, la misma que la empujó a investigar los libros de su padre cuando descubrió que Julián Soto llevaba una década certificando atribuciones dudosas para salvar el patrimonio familiar.

—Dijimos que éramos socios, Adrián. No eres mi custodio ni yo soy una testigo que puedas encerrar. Si entramos en Estoril, lo haremos juntos. Si pretendes excluirme, nuestro acuerdo se termina aquí.

Guardé la pistola en la funda interior y tomé las llaves.

—En marcha, entonces. Recoge el instrumental.

Abandonamos la capital antes de que el tráfico colapsara los accesos. Evité las autopistas de peaje y la Marginal, saturada de cámaras, y metí la berlina por las carreteras secundarias hacia el noroeste entre colinas de granito y pinares.

A medida que el coche ganaba altitud hacia la sierra de Sintra, la luz del estuario desapareció bajo una masa de aire frío del Atlántico.

La niebla descendió sobre las cumbres, espesa y cargada de salitre, transformando el paisaje en una penumbra húmeda donde los eucaliptos y las frondas de helechos formaban un túnel vegetal cerrado.

El olor a tierra empapada y resina penetraba por el climatizador.

Sintra era una anomalía climática: un macizo escarpado donde los palacetes del siglo diecinueve se alzaban entre la bruma como esqueletos señoriales, protegidos por muros ciclópeos de líquenes y verjas de hierro carcomidas por el óxido.

A tres kilómetros del Cabo da Roca, reduje la marcha y giré por un camino sin asfaltar, oculto tras cipreses centenarios. Las ramas bajas azotaron el techo del coche mientras avanzaba en primera sobre grava y agujas de pino.

Al fondo de la vaguada emergió la propiedad: una quinta del siglo dieciocho con muros de mampostería oscura, aleros anchos de teja musgosa y ventanales enrejados que daban a un patio cerrado por un muro de contención.

Pertenecía a un antiguo enlace de la policía aduanera al que había sacado de un proceso por contrabando en la frontera de Olivenza cinco años atrás.

El hombre pasaba los inviernos en el Algarve y la finca permanecía cerrada bajo custodia discreta.

Apagué el motor. El único sonido era el goteo del agua condensada en los robles sobre el capó caliente.

—Quédate en el asiento hasta que asegure el perímetro —le dije a Valeria.

—No veo movimiento. —Valeria fijó la vista en la penumbra del pórtico de hiedra.

—Esa es la idea.

Bajé del coche pisando la gravilla húmeda.

El aire frío me golpeó la cara, disipando el letargo.

Me acerqué al portón principal de madera tachonada.

La cerradura de tres puntos no presentaba marcas de palanca.

Introduje la llave pesada de latón, giré dos vueltas y empujé la hoja, que cedió con un chasquido metálico amortiguado.

El interior olía a humedad antigua, cera de abejas y madera de castaño.

Recorrí el zaguán pegado a los muros: la cocina con suelo de pizarra, el comedor con vistas al barranco y las dos salidas de servicio que daban al huerto.

Subí la escalera de caracol pisando junto al eje para evitar crujidos.

Las tres habitaciones de la planta alta estaban vacías, con las sábanas cubiertas por fundas de lino y las contraventanas atrancadas.

No había huellas en el polvo ni cables improvisados tras los rodapiés.

Regresé a la entrada y le hice una seña con la cabeza a Valeria.

—Adentro.

Bajó del coche cargando sus dos maletines rígidos de aluminio y la caja de madera de los reactivos. La ayudé con el resto del equipo y cerré el portón principal, pasando la barra de hierro forjado que cruzaba el batiente.

Valeria depositó el instrumental sobre la mesa de nogal del salón. Se quitó la gabardina oscura y la dejó en una silla de mimbre, remangándose el jersey gris hasta los codos.

—La humedad relativa supera el ochenta por ciento —dijo, pasando el pulgar por el barniz de la mesa y observando el rastro blancuzco de la condensación—.

Tendré que recalibrar los sensores del espectrómetro portátil y dejar que los reactivos alcancen temperatura ambiente antes de preparar los hisopos.

Si la acetona se evapora con lentitud sobre el estrato, corremos el riesgo de alterar la muestra de control en la cámara de Estoril.

—Tienes dos horas de margen. Voy a montar la alarma exterior y a revisar la senda trasera.

Salí al patio trasero por la puerta de la despensa.

La niebla se había cerrado, borrando los perfiles de los acantilados a cincuenta metros.

El terreno ofrecía ventajas tácticas: el frente estaba protegido por el muro de granito y el desfiladero lateral impedía cualquier aproximación vehicular.

En la parte trasera, un sendero pedregoso bajaba entre tojos hasta una cala batida por el oleaje.

Coloqué dos sensores magnéticos en la cancela y un detector de movimiento infrarrojo entre las ramas de un laurel que dominaba el camino de grava.

Sincronicé la señal con el receptor portátil de mi cinturón.

Si alguien cruzaba la línea de cipreses, el dispositivo emitiría una vibración doble en el bolsillo.

Volví al salón. Valeria ya había organizado el instrumental con disciplina metódica.

Sobre la madera brillaban las cápsulas de vidrio con disolventes, los microescalpelos, una lámpara halógena con lupa y el microscopio digital conectado a su ordenador portátil.

La pantalla mostraba la interfaz encriptada del archivo pericial del Ministerio de Cultura, a la espera de validación.

El olor a xileno y alcohol isopropílico llenaba la estancia, sobreponiéndose al moho de la piedra.

—¿El sendero baja directo al agua? —preguntó ella sin alzar los ojos de la lente que limpiaba con papel óptico.

—Llega a las rocas —respondí, sentándome en una banqueta para revisar el arma—.

Si nos cortan la salida por carretera, podemos alcanzar la cala en ocho minutos.

Ramos tiene apalabrado un barco de bajura en Cascais que nos sacaría a aguas internacionales antes de que la policía marítima monte un cierre.