Capítulo 9 Revelaciones #2
No eran simples restauraciones. Eran dictámenes técnicos manipulados para avalar copias magistrales que luego salían de España como piezas de colección privada con permisos de exportación fraudulentos.
—Él sabía lo que estaba haciendo —susurré, y la certidumbre me cayó encima como una capa de ácido sobre un barniz fresco—. Mi padre no fue una víctima inocente. Firmó estos peritajes a sabiendas de que los lienzos eran réplicas preparadas con pigmentos envejecidos artificialmente.
—Tu padre estaba arruinado, Valeria —dijo Adrián con voz sosegada—. Torres le ofreció pagar las deudas del taller a cambio de su firma en los certificados.
—¡No busques excusas para justificarlo! —exclamé, apretando el papel entre los dedos hasta arrugar el borde—.
Pasé años creyendo que mi padre murió por el estrés de mantener a flote la galería, defendiendo su prestigio en el Prado y ante los tribunales como si fuera un mártir del arte.
Me pasé noches enteras restaurando tablas en Claudio Coello para limpiar su memoria, soportando las sospechas de la policía...
y todo este tiempo él era el engranaje que permitía a Torres colar los fraudes en el mercado internacional.
Me cubrí el rostro con las manos, sintiendo el ardor de las lágrimas reprimidas.
El recuerdo de mi padre volvió con nitidez: sus manos manchadas de goma laca, el olor a barniz damar que impregnaba su ropa de trabajo, las noches en que lo encontraba sentado en el taller con la mirada perdida en las vigas del techo y el teléfono sonando en el cajón cerrado.
Murió de un infarto sobre la mesa de mezclas, pero ahora comprendía que lo que realmente le partió el corazón fue la culpa de saberse cómplice de un delito que deshonraba cada hora de su oficio.
Adrián se levantó, rodeó la mesa y se sentó a mi lado en el sofá. Con un movimiento firme, me tomó suavemente de las muñecas y apartó mis manos de mi rostro.
—Mírame, Valeria —pidió con tono sereno.
Levanté los ojos y me encontré con su mirada fija, limpia de sombras de juicio.
—Tu padre cometió un error grave porque tuvo miedo a la indigencia y quiso protegerte de la ruina —dijo, sosteniendo mis manos entre las suyas—.
Mi padre se quitó la vida porque no soportó perder su reputación ante un tribunal corrupto.
Pero tú y yo no somos ellos. No tenemos que cargar con sus miedos ni pagar sus deudas hasta vaciarnos por dentro.
—Llevo años atada a ese taller, Adrián. Pensaba que mi deber era sostener la galería cueste lo que cueste.
—Tu único deber es con tu propia vida y con la verdad de tu trabajo —replicó, y sus dedos acariciaron el dorso de mi mano con calidez—.
Mañana cerraremos este círculo en Estoril.
Cuando depositemos los análisis químicos y estos albaranes en la fiscalía portuguesa, la red de Varel y Torres quedará desmantelada.
Santos tendrá que responder ante los tribunales y tu nombre quedará desvinculado de cualquier sospecha.
Serás libre de volver al Museo del Prado, de reabrir el taller bajo tus propias normas o de marcharte a donde quieras. Libre de mí y de esta persecución.
Negué con la cabeza despacio, sintiendo cómo la rabia se disolvía para dejar paso a una lucidez serena.
—No quiero que me regales una salvación calculada, Adrián —dije, buscando sus ojos sin pestañear—.
No he llegado hasta aquí para que me dejes a salvo en un portal mientras tú te juegas el pellejo contra la gente de Santos.
Si voy a entrar en el Palacio de Estoril, será para firmar ese informe pericial con mi propia mano y mirar a Santos a la cara. De igual a igual.
Adrián me sostuvo la mirada durante unos segundos, como si evaluara cada fibra de mi determinación. Luego, la rigidez de sus hombros cedió y una sombra de respeto asomó en la comisura de sus labios.
—Santos no va a retroceder fácilmente, Valeria. Habrá guardias privados y la policía de aduanas en los accesos.
—Sé desmontar una falsificación mejor que cualquier perito de la aduana lusa —sostuve su mirada sin titubear—. Y sé reconocer el miedo en los hombres que viven de engañar a los demás. No me apartes de esto.
Adrián levantó la mano derecha y rozó con el dorso de los nudillos el contorno de mi rostro.
El contacto de su piel áspera cortó la frialdad acumulada de los últimos días.
Cerré los ojos un segundo, percibiendo el olor a cuero y al jabón neutro que desprendía su cuerpo.
Apoyé mi palma sobre su muñeca y la guié hacia la curva de mi cuello.
—No te voy a apartar —murmuró cerca de mis labios.
Adrián se inclinó y me besó.
Fue un beso pausado, despojado de la urgencia desesperada con la que nos habíamos buscado en Oporto tras el tiroteo en los almacenes.
No era una huida hacia adelante para acallar el pánico, sino un pacto consciente entre dos personas que se reconocían en sus cicatrices y en sus pérdidas.
Sus labios estaban tibios y firmes; respondí a su presión enlazando mis brazos alrededor de su cuello, sintiendo el latido acompasado de su pulso contra mi pecho.
Nos pusimos en pie sin romper el contacto y caminamos hacia el dormitorio en penumbra.
La luz de las farolas se filtraba a través de los visillos de lino, dibujando franjas de sombra sobre el suelo de madera y la cama amplia.
Adrián se despojó de la camiseta con cuidado para no tensar la gasa que cubría su hombro izquierdo.
Me acerqué y pasé las yemas de mis dedos por el borde del vendaje, palpando la piel tirante y el calor que emanaba de la herida en proceso de cierre.
Él soltó el aire despacio y deslizó las manos por mis hombros, desatando el lazo de seda de mi bata.
La prenda resbaló sobre la alfombra.
Nos tumbamos sobre el lino blanco de las sábanas.
Cada caricia suya era precisa, atenta a las reacciones de mi cuerpo, recorriendo la curva de mis costillas y el espacio entre mis clavículas con una delicadeza que contrastaba con la dureza de su oficio.
Me pegué a su torso, sintiendo la textura de su piel, el roce de su barba corta contra mi cuello y el calor firme de su pecho.
Hicimos el amor con una entrega lenta y deliberada, donde no había espacio para las sombras de Madrid ni para las amenazas de Konstantin Varel. Solo existía la cadencia de nuestras respiraciones y la certeza de habernos encontrado en medio de un terreno minado.
Me desperté en mitad de la noche.
Los números luminosos del reloj digital sobre la mesilla marcaban las cuatro y veinte de la madrugada.
La habitación estaba sumida en una penumbra azulada y fresca.
Adrián dormía profundamente a mi lado, tumbado boca arriba con un brazo extendido sobre el colchón y el pecho subiendo y bajando con un ritmo regular y sosegado.
Me incorporé sobre un codo y lo contemplé durante unos minutos.
Con el rostro relajado por el sueño, despojado de la máscara de vigilancia constante, parecía más joven, pero el perfil severo de sus facciones y el vendaje sobre la vieja herida recordaban la factura que la búsqueda de justicia le había cobrado.
Me deslicé fuera de la cama sin hacer ruido, me envolví de nuevo en la bata de seda y caminé con pasos silenciosos hasta el umbral del salón.
La lámpara halógena seguía encendida sobre el escritorio, arrojando su luz amarilla sobre los planos del Palacio de Estoril, la pistola cargada y las carpetas de albaranes firmadas por mi padre. Me acerqué a la mesa y tomé el documento de Guarro Casas una vez más.
Esta vez no sentí vergüenza ni rabia. Pasé los dedos sobre la firma temblorosa de Julián Soto y comprendí que el miedo de mi padre terminaba en esa mesa. Yo no iba a esconderme detrás de un lienzo ni a callar para salvar un taller en ruinas.
Mañana al mediodía, cuando las puertas del palacio se abrieran ante la élite del mercado de arte europeo, Duarte Santos sabría que los Soto no estábamos en venta. Y junto a Adrián Silva, pondría fin a la farsa que nos había robado la vida.