Capítulo 9 Revelaciones
Al volante, Adrián conducía con la vista fija en la calzada, la espalda erguida y una mano en el aro de cuero.
Apenas movía el hombro herido, protegiendo con un gesto instintivo el vendaje que le cubría la herida bajo el abrigo.
Había una rigidez en su postura, una atención concentrada que examinaba cada retrovisor a intervalos exactos.
Habíamos dejado atrás los muelles de Oporto con el maletero cargado de muestras químicas, solventes y copias de los registros de carga.
La huida bajo la lluvia me había dejado el cuerpo dolorido, pero el verdadero frío venía de más adentro: la certeza de que Konstantin Varel no era una sombra en un expediente, sino un hombre con recursos y una red de intermediarios dispuestos a quemar cualquier rastro para proteger sus subastas clandestinas.
Adrián desvió la berlina hacia el arcén de una estación de servicio en Santarém. El motor se apagó con un chasquido metálico al cortar el contacto.
—Quédate dentro —dijo sin mirarme, desabrochándose el cinturón—. Haré una comprobación con Ramos.
Salió del vehículo y el aire gélido de la madrugada se coló un instante, oliendo a tierra mojada y gasolina.
Lo observé a través del cristal mientras caminaba hacia la marquesina exterior.
Sacó un teléfono desechable, tecleó de memoria y se llevó el auricular a la oreja.
Hablaba con frases breves, asintiendo sin relajar los hombros.
Cuando terminó, partió la tarjeta con los dedos y arrojó los restos a un sumidero.
Regresó al coche con el cuello del chaquetón subido.
—¿Qué ocurre en Lisboa? —pregunté antes de que arrancara.
Adrián metió primera y el coche se incorporó al asfalto.
—Duarte Santos ha estado moviendo fichas desde anoche. Mantuvo una reunión privada con la jefatura de aduanas y la seguridad de Estoril. Sabe que entramos en el almacén del norte y pretende bloquear cualquier peritaje antes de que el informe llegue al juez instructor.
—Santos es inspector de aduanas, no un agente judicial —repuse, sintiendo una punzada de alarma—. No tiene competencias para requisar mis muestras sin una orden del tribunal.
—Santos no necesita competencias cuando tiene a la policía de aduanas bajo su control y a Torres cubriéndole las espaldas en Madrid —replicó Adrián—.
Si entramos por las vías ordinarias, nos retendrán en un control rutinario bajo sospecha de contrabando.
Bastarán seis horas de custodia preventiva para que el lote de piezas falsificadas salga de Portugal en un vuelo privado hacia Ginebra.
Apreté las manos sobre mis rodillas. El tono de Adrián transmitía la preparación de quien ya ha anticipado la emboscada.
—Entonces no podemos esperar a la vista del viernes.
—No. Entraremos mañana por la tarde en el Palacio de Estoril, durante la recepción de los coleccionistas. Ramos tiene los pases listos y nosotros llevamos las pruebas que Santos no puede rebatir.
Me recosté contra el asiento, mirando cómo la silueta del puente Vasco da Gama empezaba a dibujarse entre la neblina.
Entramos en Lisboa antes de que el tráfico colapsara las avenidas. Adrián estacionó en la planta subterránea de un aparcamiento cerca de la plaza de Figueira, verificó que nadie nos hubiera seguido y subimos a pie hasta la suite en la Baixa.
El apartamento nos recibió con aroma a madera de castaño barnizada.
Apenas crucé el dormitorio, el agotamiento me venció.
Me quité los botines, me dejé caer sobre el edredón y cerré los ojos, arrastrada por un sueño pesado donde se mezclaban el olor a aguarrás de Oporto y el eco de pasos sobre adoquines húmedos.
Desperté cuando la luz del atardecer teñía de bronce las molduras del techo.
La lluvia se había reducido a un goteo rítmico contra el alféizar de zinc. Me incorporé despacio, frotándome las sienes. La casa estaba sumida en una penumbra silenciosa, rota por el crujido del parqué en la estancia contigua.
Fui al baño, me lavé la cara con agua fría y me até una bata de seda verde. En la cocina preparé una infusión de manzanilla con limón, llené dos tazas de cerámica y caminé descalza hacia el salón.
Adrián estaba sentado frente a la mesa baja de caoba, iluminado por el haz de una lámpara halógena de escritorio.
Llevaba puesta una camiseta de algodón negro que dejaba al descubierto los tendones de sus brazos y el vendaje tenso sobre el omóplato.
Alrededor de la mesa se acumulaban planos del Palacio de Estoril, croquis de salidas de servicio, fotocopias de registros notariales y carpetas manila con etiquetas mecanografiadas.
A un palmo de su mano reposaba su pistola automática, con la corredera limpia y el cargador insertado.
Dejé una de las tazas junto a la esquina libre de la mesa, apartando el esquema de seguridad del palacete.
—Toma —dije en voz baja—. Llevas desde Oporto sin probar bocado.
Adrián levantó la mirada. Sus ojos tenían una sombra de fatiga en las comisuras, pero el brillo de alerta seguía intacto.
—Gracias —respondió, rodeando la taza con ambas manos—. No tenías que levantarte.
—Llevo seis horas durmiendo mientras tú sigues trazando rutas de escape —me senté en el sofá, doblando las piernas bajo la seda—. Si mañana fallas un paso en Estoril por falta de sueño, ningún plano nos va a servir.
—El cansancio se gestiona fijando la atención en lo esencial —dijo, bebiendo un sorbo—. En la brigada pasábamos noches enteras montando vigilancias sin relevo.
—Tu padre también creía que la resistencia física lo protegía de los errores ajenos.
Adrián se detuvo con la taza a escasos centímetros de la boca. El silencio cayó en la sala con el peso de una losa. Durante semanas, el nombre de Héctor Silva había sido una línea divisoria que ninguno de los dos se atrevía a cruzar.
Adrián apoyó la porcelana sobre el platillo con un tintineo seco. Se recostó en el sofá y clavó la vista en los documentos.
—Mi padre era un inspector de la vieja escuela —comenzó a decir, con voz grave—.
Creía que la ley era un armazón sólido que no admitía interpretaciones.
Cuando el grupo de Torres empezó a utilizar galerías de arte en el barrio de Salamanca para lavar beneficios de contratos públicos amañados, mi padre redactó un atestado completo sin consultar a los despachos de la Dirección General.
Pensó que con las pruebas sobre la mesa, la maquinaria judicial actuaría por sí sola.
Hizo una pausa, frotándose el puente de la nariz.
—¿Qué hicieron con él? —Me acerqué un poco más a la mesa.
—Torres no necesitó recurrir a sicarios —continuó Adrián con frialdad—.
En quince días construyeron un expediente interno acusando a mi padre de colaborar con una red de narcotráfico en Galicia.
Falsificaron extractos bancarios a nombre de mi madre, filtraron el sumario a la prensa y lo suspendieron de empleo y sueldo.
Le quitaron la placa una tarde de lluvia y lo dejaron expuesto ante los mismos compañeros a los que había formado.
El relato me oprimía el pecho. Podía ver al hombre íntegro acorralado por un sistema burocrático diseñado para devorar a los que se niegan a ser cómplices.
—Mi padre no sabía cómo moverse fuera del reglamento —añadió Adrián, mirando la pistola—. La vergüenza de verse en el banquillo lo fue quebrando. Una mañana de noviembre se puso el uniforme de gala, se encerró en su despacho de Chamberí y se disparó en el pecho con su propia arma.
Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Alcé la mano y la apoyé sobre su antebrazo; la piel de su muñeca estaba caliente y la rigidez de su brazo cedió bajo mi tacto con lentitud.
—Por eso dejaste el cuerpo policial.
—Dejé el cuerpo porque comprendí que la justicia institucional no existe para hombres como mi padre ni para gente como tú —dijo, volviendo los ojos hacia mí—.
Me convertí en lo que soy para llegar donde los jueces no se atreven a mirar.
Para encontrar a Torres, arrancarle las confesiones que le debe a la memoria de mi padre y destruirlo con sus propias armas.
Retiré los dedos con suavidad y mi mirada resbaló hacia la pila de carpetas que descansaba junto a los planos. Una de ellas estaba abierta por la mitad, dejando a la vista una serie de hojas amarillentas con membretes comerciales.
Sentí una punzada eléctrica en las yemas de los dedos.
Me incliné sobre la mesa y acerqué la carpeta a la luz de la lámpara.
Eran certificados de tasación, albaranes de aduana fechados entre 2018 y 2021 y actas de restauración privada.
En la esquina superior izquierda figuraba el logotipo grabado de la Galería Soto, con la dirección de Claudio Coello y el número de colegiado pericial.
Y al pie de cada folio, con una tinta sepia inconfundible, la firma de mi padre: Julián Soto.
El aire se me congeló en los pulmones. Tomé una de las hojas con ambas manos, reconociendo la textura del papel verjurado de trescientos gramos que mi padre encargaba en lotes especiales a Guarro Casas.
Pasé el pulgar sobre la rúbrica: el trazo de la estilográfica era rápido en el inicio, pero la curva descendente de la letra 'S' mostraba una ligera vacilación, una microfractura en la continuidad de la tinta que solo un ojo habituado a la restauración sobre lienzo podía detectar.
Era el temblor involuntario de un hombre aterrado.
—¿De dónde ha salido esto? —pregunté, y la voz me tembló por una mezcla de rabia y asombro.
Adrián no apartó la vista de mí.
—Estaban en el archivo de seguridad que Torres guardaba en la nave de Oporto. Son los albaranes originales de las piezas que se vendieron a través del circuito de Santos en Lisboa.
Mis ojos devoraron los textos: Lote 44: 'Retrato de caballero', atribuido al círculo de Sánchez Coello. Limpieza de barniz y reintegración cromática avalada. Lote 89: Tabla flamenca anónima, siglo XVI. Certificación de soporte y consolidación de estratos.