Capítulo 8 El Laboratorio de Oporto #3
Cargamos todo nuestro peso contra el extremo de la palanca. El pasador de hierro, ya debilitado por el intento previo, quebró su anclaje con un estallido seco y saltó hacia el exterior. La pesada hoja semicircular se abrió de par en par con un chirrido estridente de los goznes oxidados.
Una ráfaga de aire glacial y lluvia torrencial procedente del Duero nos azotó el rostro, arrastrando el olor mineral a fango y salitre.
Sujeté a Valeria por la cintura y la impulsé a través del vano antes de deslizarme yo detrás.
El marco de hierro me rozó la manga de la chaqueta, pero salí al exterior sin perder el equilibrio.
Caímos sobre las losas resbaladizas del muelle bajo de la Ribeira, a medio metro del agua agitada por la corriente.
El temporal descargaba sobre Oporto con fuerza, enfriando al instante el sudor de la piel.
A nuestras espaldas, en el interior del edificio, resonó el estrépito de la trampilla superior al ser reventada con una maza y los gritos crispados de los hombres al descubrir el sótano vacío.
—¡Muévete, Valeria! —ordené, tomándola de la mano.
Corrimos por los muelles de piedra de la Ribeira, aprovechando las sombras densas que proyectaban los arcos de granito y el esqueleto de hierro del puente de Don Luis I, que se elevaba sobre la niebla como una silueta oscura.
El Duero bajaba turbio y crecido a nuestra izquierda, batiendo contra el cantil con un oleaje espeso bajo los reflejos amarillentos de las farolas ribereñas.
La cortina de agua empapaba el abrigo de Valeria y azotaba mi rostro, pero mantuve una zancada firme que nos permitió ganar distancia sobre el pavimento empapado.
Ascendimos por una rúa estrecha y empinada, encajada entre fachadas de azulejos desgastados, hasta alcanzar el callejón donde había estacionado la berlina.
Desactivé el cierre a distancia, nos introdujimos en el habitáculo y cerré la puerta de golpe, amortiguando de inmediato el rugido del temporal.
Puse el motor en marcha y saqué el vehículo del callejón con un giro suave, tomando las salidas secundarias hacia el sur para evitar las avenidas principales y las cámaras de tráfico, enfilando la carretera en dirección a Lisboa.
El habitáculo se templó poco a poco. La condensación comenzó a empañar los cristales, reduciendo las luces de Oporto a manchas difusas a través del agua. En el aire tibio se entremezclaban el olor penetrante a xileno adherido a nuestra ropa y el aroma húmedo del cuero.
Valeria se recostó contra la ventanilla del copiloto, observando la cinta negra del asfalto y las masas de pinos que desfilaban en la oscuridad. El cansancio de la carrera se reflejaba en su respiración pausada, pero sus ojos permanecían fijos en el exterior, evaluando mentalmente lo sucedido.
Sabía lo que estaba pensando. La línea que separaba la pericia técnica de mi deber de custodia se había roto en ese sótano de la Ribeira.
Lo que había ocurrido sobre la mesa de mezclas no era un paréntesis ni una debilidad pasajera: era una certeza física que alteraba de raíz nuestra relación.
Y su orgullo profesional intentaba restablecer los límites.
Retiré la mano de la palanca de cambios y la apoyé sobre la consola central, a dos dedos de la manga de su abrigo.
Valeria movió el brazo despacio, cruzó las manos sobre el regazo y pegó la espalda a la portezuela, marcando una distancia deliberada.
No insistí. Volví a colocar ambas manos sobre el volante de cuero, con la mirada clavada en la carretera empapada.
—¿Te hiciste daño en la caída contra las lonas? —pregunté tras varios kilómetros de curvas continuas, con tono neutro.
—Estoy entera, Silva —respondió sin mirarme—. Solo necesito quitarme este olor a disolvente y ordenar las notas de los viales.
—Lo sé —dije despacio—. El registro en el taller fue arriesgado, pero las muestras de albayalde y los albaranes de Sintra son pruebas directas.
En cuanto lleguemos a Lisboa, enviaré los registros cifrados a Ramos para que tramite la orden de registro sobre la finca de Varel.
Tu trabajo pericial ha sido impecable, Valeria.
Giró el rostro para mirarme de perfil. La luz tenue del cuadro de mandos dibujaba sus rasgos serenos y la fijeza oscura de sus pupilas.
—¿Y qué cambia esto entre nosotros, Adrián? —preguntó con voz firme—. Lo que pasó en ese sótano no altera nuestro acuerdo de trabajo. Yo sigo siendo la especialista técnica asignada al caso y tú eres el inspector encargado de mi seguridad. Nada más.
Solté el aire con calma, manteniendo la vista en el asfalto que brillaba bajo los faros.
—Lo que pasó en ese taller demuestra que ninguno de los dos puede seguir fingiendo indiferencia, Valeria —respondí con serenidad—.
Puedes llamarte perito y tratarme como a un agente de escolta ante el juez o ante Ramos, pero los dos sabemos lo que ocurrió.
No voy a forzar nada, pero tampoco voy a fingir que esa noche no existió.
Ella no replicó.
Se quedó mirando cómo los faros abrían un corredor de luz blanca a través de la niebla nocturna, mientras los kilómetros hacia Lisboa se consumían en un silencio espeso y cargado que ninguno de los dos intentó disipar.