Capítulo 8 El Laboratorio de Oporto #2
Empujamos al unísono, afianzando los pies contra el pavimento resbaladizo.
Sentí el contacto firme de su cuerpo pegado al mío, la rigidez de sus hombros y el calor que desprendía en mitad del ambiente gélido de la cripta.
El pestillo crujió, cediendo un milímetro bajo la presión combinada.
Pero antes de que el pasador saltara de su alojamiento, la punta de la barra resbaló sobre la superficie carcomida.
El acero saltó hacia un lado con un golpe seco.
Perdimos el punto de apoyo en las losas mojadas y caímos de costado contra las lonas plásticas que protegían la mesa de mezclas.
La linterna rodó por el suelo hasta apagarse al chocar contra la base de un bidón. El sótano quedó sumido en una penumbra ámbar, iluminado únicamente por la bombilla incandescente que colgaba de la viga central.
Valeria cayó sobre mi pecho, con las manos apoyadas en la tela húmeda de mi camisa y la respiración entrecortada. Mis dedos se cerraron sobre sus antebrazos para amortiguar el impacto contra la madera, reteniéndola contra mí.
Durante unos segundos no se escuchó más que el murmullo continuo del Duero batiendo contra el otro lado del muro y el pulso agitado de nuestras respiraciones.
El encierro, la frialdad de la piedra y la cercanía física tras días de persecución rompieron la contención que ambos nos habíamos impuesto. Noté la tensión acumulada en sus hombros. Trató de incorporarse con un movimiento brusco, buscando zafarse de mi agarre.
—¡Suéltame, Adrián! —exclamó, golpeándome el pecho con los puños cerrados—. ¡Nos has metido en una ratonera! ¡Me sacaste de mi laboratorio para traerme a morir encerrada en este foso por culpa de tu cacería contra Varel! ¡Te detesto! ¡Juro que te detesto!
Sus nudillos golpearon la tela empapada de mi camisa, resbalando contra el algodón mientras la rabia le quebraba la voz. No me aparté ni esquivé los golpes. Mantuve las manos firmes sobre sus muñecas, limitando su movimiento sin hacerle daño, sosteniendo su mirada en la penumbra.
—¿Me detestas? —pregunté, incorporándome lo suficiente para encararla a dos palmos de distancia—. ¿Me odias por sacarte a tiempo del taller de Madrid mientras los sicarios de Varel vigilaban tu portal?
—¡Te odio porque me miras como si supieras exactamente lo que pienso! —espetó con los ojos encendidos, a escasos centímetros de mi boca—. ¡Y porque sabes perfectamente que esto no tiene vuelta atrás!
La distancia que nos separaba se disolvió en un segundo. La miré de frente, sin disfraces tácticos ni escudos de servicio.
Aflojé la presión en sus muñecas y deslicé la mano derecha hacia su nuca, sujetándola con una firmeza serena.
—Valeria —murmuré.
—Bésame de una vez, Adrián —susurró ella, quebrando el último resto de distancia.
No esperé. La atraje hacia mí y la besé con una necesidad cruda, acumulada tras semanas de tensión contenida y silencios impuestos.
Valeria abrió los labios contra los míos, aferrándose a las solapas de mi chaqueta mientras el calor de su respiración me invadía.
Su boca guardaba el frío de la lluvia y el regusto del salitre, encendida por la adrenalina.
La levanté del suelo y la senté sobre el borde de la pesada mesa de caoba.
Con un barrido del brazo derecho despejé la superficie: frascos de reactivos y espátulas rodaron por el tablero y cayeron contra las losas con un estrépito sordo que ninguno de los dos atendió.
Ella rodeó mi cintura con las piernas, pegándome a su cuerpo mientras mis manos desabrochaban los botones de su abrigo de lino.
Aparté la tela pesada hasta alcanzar la seda oscura de su vestido.
Deslicé los tirantes por sus hombros, dejando al descubierto la curva de su espalda bajo el resplandor cálido de la bombilla central.
El contraste entre la aspereza de mis palmas y la piel tibia de sus costados le arrancó un estremecimiento prolongado.
Valeria me desabrochó la camisa con dedos rápidos pero firmes, buscando el contacto directo con mi piel. Noté la presión de sus palmas contra mis costillas, el calor vivo de su cuerpo y el compás acelerado de su respiración contra la curva de mi cuello.
La sujeté por las caderas, acomodándola en el borde de la madera maciza, y nos unimos con un empuje seco y limpio que nos dejó sin aire en el mismo instante.
Valeria soltó un jadeo ahogado contra mi hombro mientras clavaba los dedos en mi espalda.
Nos movimos sobre el tablero de caoba con una urgencia honda, despojada de artificios, guiados por la pura necesidad física de vencer el frío del encierro y el cerco que se cerraba a nuestro alrededor.
Nos quedamos inmóviles sobre la mesa durante un minuto largo, recuperando el aire al unísono.
Valeria apoyó la frente en el hueco de mi clavícula, respirando el aire espeso del taller, impregnado de humedad de roca y trementina.
Mantuve la mano derecha apoyada en su cintura, sintiendo el latido regular de su pulso serenándose bajo mi palma.
Un golpe seco en la trampilla superior quebró el silencio del sótano.
Arriba, en la galería de arte, resonaron pisadas de suela pesada sobre el entarimado y un murmullo de órdenes breves en portugués. Los hombres de Varel habían llegado.
Me aparté de inmediato, recuperando la postura y la lectura táctica en una fracción de segundo.
—Están arriba —susurré, recogiendo las prendas del suelo con movimientos precisos.
Nos vestimos con la rapidez mecánica que impone el entrenamiento y la supervivencia.
Valeria se ajustó el vestido, se abrochó el abrigo y comprobó al tacto los bolsillos interiores donde guardaba los viales sellados y los albaranes de transporte.
Yo recogí la barra de acero del suelo y me aseguré de que el arma estuviese lista en la funda.
Avanzamos directos hacia la compuerta de hierro del muro.
—A la de tres, Valeria —le indiqué en un susurro, calzando de nuevo la cuña de la barra bajo la tranca de hierro—. Descarga todo tu peso cuando dé la señal. Es nuestra única salida antes de que bajen.
Asintió sin dudar, colocándose a mi costado y aferrando la barra de acero con ambas manos. El frío del metal se transmitió a través de los guantes. En la planta superior, las pisadas arreciaron sobre las vigas, seguidas por el crujido de cajones y bastidores al ser registrados.
—Una... dos... ¡tres! —Tiramos al unísono con todo el cuerpo.