Mi Jaula de Sombras Capítulo 7 La Subasta de Estoril #3
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Capítulo 7 La Subasta de Estoril #3

Los pasos se detuvieron en la cancela. Uno de los hombres soltó un juramento en portugués, seguido por una llamada breve por radio.

—Não estão aqui. Foram em direção a Santa Apolónia.

Las pisadas comenzaron a descender por la vertiente este, alejándose en dirección a las vías del tren hasta que el rumor del agua volvió a adueñarse de la noche.

Adrián esperó treinta segundos más antes de soltar el aire acumulado en el pecho.

Bajó el arma despacio, puso el seguro con el pulgar y la guardó en la pistolera bajo la sobaquera.

Sin embargo, no se apartó de inmediato. Mantuvo su mano firme sobre mi cadera, mirándome a los ojos con una sombra de desconcierto y deseo que sus labios no se atrevieron a formular.

—Estás helada —dijo finalmente con la voz tomada, aflojando los dedos sobre la seda mojada y dando un paso atrás con visible esfuerzo.

Me apoyé contra el muro para no perder el equilibrio. El frío me sacudió con un temblor violento en cuanto su cuerpo dejó de abrigarme.

—Tenemos que salir de aquí. —Me froté los brazos con las manos entumecidas, tratando de contener el temblor—. El piso franco está a cuatro manzanas cuesta arriba.

—Vamos —dijo él, ofreciéndome su brazo para ayudarme a sortear los adoquines resbaladizos—. Antes de que decidan revisar los miradores.

El piso franco de la unidad en la colina de Graça era un refugio austero: suelos de tarima crujiente, persianas de madera bajadas y un mobiliario reducido a una mesa de pino, dos sillas y un sofá cubierto con una manta de lana gris.

Adrián cerró la puerta blindada, pasó los tres cerrojos de seguridad y descorrió la cortina gruesa para evitar filtraciones de luz hacia el exterior.

Me entregó una toalla seca que sacó de un armario del pasillo y se dirigió a la mesa auxiliar, donde descansaba el maletín con el equipo de comunicaciones seguras.

Me quité los zapatos de tacón arruinados y me envolví el torso con la toalla, sentándome en el borde de una silla mientras intentaba devolver el calor a mis dedos.

Mis manos de restauradora —acostumbradas a la precisión milimétrica del bisturí y la paleta de retoque— aún vibraban por la descarga de adrenalina.

—¿Has podido abrir el canal con Madrid? —pregunté, observando cómo sus dedos tecleaban una secuencia alfanumérica en el terminal portátil.

La pantalla de fósforo verde parpadeó antes de decodificar el mensaje entrante de Ramos:

«Confirmado movimiento de activos tras el incidente de Estoril.

Konstantin Varel ha abandonado Lisboa rumbo a su base de operaciones en el norte.

Ubicación verificada: Atelier Ribeira, Rua dos Mercadores número doce, Oporto.

Planta a nivel de calle opera como galería de arte contemporáneo de fachada; sótano abovedado alberga el laboratorio químico de falsificación, prensas de lino antiguo y depósitos de barnices sintéticos.

Si necesitáis intervenir las matrices antes del embarque hacia Hamburgo, debéis asegurar el recinto antes de las doce de la mañana».

Adrián leyó el mensaje dos veces y desconectó el dispositivo tras retener las coordenadas, extrayendo la tarjeta cifrada para destruirla con una pequeña tenaza.

—Ramos confirma lo que Santos soltó en la fiesta —dijo, volviéndose hacia mí con el rostro endurecido por el cansancio—. Las matrices están en el sótano del Atelier Ribeira. Varel las está preparando para sacarlas por carretera hacia el norte o en barco desde el Duero.

—Si llego a ese sótano antes de que limpien las mesas de trabajo, podré tomar muestras directas de las resinas y de los aglutinantes poliméricos —afirmé, poniéndome en pie con una determinación renovada que disipó de golpe el cansancio físico—.

Con esas muestras en la mano, el dictamen pericial no será una opinión discutible ante un tribunal: será la prueba pericial irrefutable que desmontará toda la red de blanqueo de Varel y Santos en Portugal y en España.

Adrián me miró de arriba abajo. El vestido de seda esmeralda estaba arrugado y manchado de humedad en los bajos, pero mi postura volvía a ser la de la especialista que no cede un palmo ante la presión.

—Saldremos a las cinco de la madrugada en un vehículo limpio que tengo guardado en un garaje de Alfama.

—Se sentó en el sofá y depositó la pistola sobre la mesa de centro con un movimiento sobrio—.

Conduciremos por carreteras comarcales bordeando Coímbra para evitar los controles de peaje de la autopista A1.

Llegaremos a Oporto con las primeras luces.

—De acuerdo —respondí, caminando hacia el dormitorio pequeño del fondo—. Te sugiero que intentes dormir un par de horas, Silva. Mañana vas a necesitar ese hombro al cien por cien.

—Descansa tú, Valeria. Yo me quedo de guardia.

Cerré la puerta del dormitorio tras de mí. A través de la madera escuché el crujido leve del sofá cuando él se acomodó para velar el acceso, recordándome que entre el peligro y mi vida solo mediaba su silencio vigilante.

Llegamos a Oporto poco antes de las ocho de la mañana, tras cruzar un paisaje interminable de pinares cubiertos por una niebla plomiza que bajaba desde las sierras del norte.

La ciudad nos recibió envuelta en una bruma espesa y húmeda que ascendía desde las aguas del Duero.

El aire olía a granito mojado y al rastro penetrante a roble envinado que el viento traía desde las bodegas históricas de Vila Nova de Gaia en la orilla opuesta.

Aparcamos el utilitario sin distintivos en una cuesta empedrada a tres manzanas de la orilla, resguardados de las cámaras de seguridad del paseo fluvial.

Descendimos a pie por la Rua dos Mercadores bajo un cielo gris ceniza que amenazaba con descargar un nuevo aguacero.

Las fachadas estrechas de sillería oscura, decoradas con azulejos descoloridos y balcones de hierro forjado con herrumbre, parecían apretarse unas contra otras para asfixiar la luz del callejón.

El río bajaba crecido y oscuro, golpeando con fuerza contra los pilotes de madera del muelle viejo.

Nos detuvimos ante el número doce.

Era un edificio señorial de tres plantas con muros de granito tosco y un imponente portón de roble macizo reforzado con clavos de forja. Junto a la jamba de piedra brillaba una placa de latón recién pulido: Atelier Ribeira – Arte Contemporânea.

Adrián examinó los dos extremos del callejón desierto.

No había peatones ni vehículos a la vista; solo el vuelo bajo de un par de gaviotas sobre el agua del río.

Se arrodilló ante la cerradura del portón, sacó de su bolsillo interior un estuche de ganzúas de acero templado y extrajo una varilla de tensión junto a una ganzúa de gancho corto.

—Vigila el recodo de la plaza, Valeria —me susurró sin alzar la cabeza del cerrojo—. Si asoma alguien, toca mi hombro una sola vez.

Me coloqué de espaldas a él, con la vista fija en la esquina empedrada mientras el viento del Duero me azotaba la cara.

A mis espaldas, el sonido metálico de los pernos cediendo bajo la ganzúa de Adrián rompió el silencio de la calleja.

Hubo un chasquido seco, una breve pausa en la que él reajustó la presión del tensor, y un segundo chasquido más seco y profundo cuando el pestillo interior de seguridad se desenganchó del marco de hierro.

Adrián empujó la pesada hoja de roble hacia el interior.

Una rendija de penumbra se abrió ante nosotros, liberando una ráfaga de aire subterráneo cargado de trementina y disolventes químicos.

—Adentro —dijo Adrián en un murmullo, sujetando la puerta para darme paso—. Estamos en su taller.