Mi Jaula de Sombras Capítulo 7 La Subasta de Estoril #2
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Capítulo 7 La Subasta de Estoril #2

—¡Sé protegerme sola!

—Esta noche no. Mira arriba.

Seguí la dirección de sus ojos hacia la balconada del entresuelo. En la penumbra del palco señorial, apoyado con indolencia sobre la baranda de forja y alabastro, un hombre nos contemplaba desde la altura.

Konstantin Varel.

No vestía esmoquin, sino un abrigo negro de corte militar sobre una camisa oscura desprovista de corbata.

Era un hombre de facciones afiladas, de una palidez marmórea, con el pelo oscuro cortado al rape.

En su mano izquierda sostenía un vaso corto de cristal tallado con whisky y hielo; con la derecha, hacía rodar entre sus nudillos una pequeña espátula de perito, un estilete de acero pulido que los restauradores usamos para raspar capas de barniz oxidado.

No parpadeaba. Su mirada fija, carente por completo de emoción humana, no estaba clavada en Adrián: estaba clavada en mí, con la fascinación fría de un entomólogo que observa a un insecto raro atrapado en una gota de ámbar.

A su lado, dos hombres con chaquetones de cuero y bultos inequívocos bajo el costado aguardaban una orden.

Adrián dio un paso hacia el corredor lateral, interponiendo su cuerpo entre la línea visual del palco y mi figura. Su respiración se volvió más honda y pausada, el ritmo característico que adoptaba antes de un enfrentamiento armado.

—Se acabó la subasta —dijo con voz helada—. Nos vamos ahora mismo.

Adrián no se dirigió a las puertas principales. Empujó una cancela batiente de acero y me arrastró al interior de las cocinas del palacio, donde los fogones industriales rugían y media docena de cocineros nos miraron con perplejidad entre nubes de vapor y bandejas de marisco.

—Adrián, ¿qué haces? —protesté, tropezando con el dobladillo de seda mientras el tacón de mis zapatos resbalaba sobre las baldosas engrasadas—. Varel estaba en la galería superior. Podríamos haber llamado a la Policía de Seguridad Pública...

—La policía de este distrito come en la mano de Santos, Valeria —respondió él sin aflojar el paso, golpeando la barra antipánico de la salida de emergencias con el hombro sano—. Si esperamos a una patrulla oficial, Varel nos meterá en un maletero antes de que crucen la cancela exterior.

El portón se abrió de par en par y la noche atlántica nos recibió con un viento gélido y violento.

El temporal rugía contra los riscos con una violencia ensordecedora. La lluvia nos azotó en ráfagas densas y cruzadas, empapándome el pelo en un segundo y pegando la seda verde de mi vestido a la piel como una envoltura fría. El viento olía a algas podridas y asfalto mojado.

Cruzamos el callejón de servicio a la carrera.

Adrián abrió la puerta del copiloto del sedán gris que había dejado estacionado a la sombra de un algarrobo, me empujó dentro y rodeó el capó con la rapidez seca de quien no concede un segundo de ventaja.

Se sentó al volante y metió la marcha con un tirón firme, haciendo derrapar las ruedas traseras sobre el pavimento empapado antes de incorporarse a la carretera Marginal.

El limpiaparabrisas barría el cristal a máxima velocidad, incapaz de achicar la tromba de agua que bajaba de la sierra de Sintra.

Adrián conducía con las dos manos firmes en el volante, la vista fija en el asfalto que brillaba como obsidiana bajo los faros, revisando el retrovisor cada tres segundos.

Apenas habíamos dejado atrás las luces de Carcavelos cuando vi la sombra en el espejo lateral.

Un vehículo negro, de gran cilindrada y sin luces de cruce, se había pegado a nuestra zaga a menos de cuarenta metros. No hacía amago de adelantarnos; se limitaba a trazar cada curva calcando nuestra trayectoria con una precisión mecánica.

—Tenemos compañía. —Me aferré con ambas manos al asidero del techo mientras un nudo frío me cerraba el estómago.

—Lo vi desde la rotonda —contestó Adrián con voz neutra, bajando a cuarta marcha para exprimir las revoluciones del motor—. Son los hombres de Varel. Quieren sacarnos de la calzada antes de que alcancemos los enlaces de la autopista.

El coche aceleró de golpe. La aguja del velocímetro trepó hasta rozar los ciento cincuenta kilómetros por hora.

El olor a goma quemada y el calor del tubo de escape empezaron a filtrarse en el habitáculo a través de las rejillas de ventilación.

Miré a Adrián de reojo: no había pánico en sus facciones, solo una concentración despiadada.

El sudor le perlaba la frente, mezclándose con las gotas de lluvia que le caían del cabello empapado.

—No vamos a llegar a Lisboa por la costa —le advertí, viendo cómo el coche perseguidor recortaba distancia hasta situarse a diez metros de nuestro parachoques trasero—. En el puente 25 de Abril nos cerrarán el paso.

—No vamos al puente. Nos metemos en la Alfama.

Dio un volantazo violento hacia la izquierda, cruzando la mediana sobre un charco inmenso que levantó una cortina de agua blanca contra los cristales.

El coche subió por la rampa de acceso hacia los barrios viejos de Lisboa.

Las avenidas amplias dieron paso a callejuelas estrechas y empinadas, con adoquines desgastados de basalto donde los neumáticos chirriaban buscando agarre.

Adrián maniobró con una destreza salvaje entre fachadas desconchadas y tendales de ropa que goteaban bajo la tormenta.

El lateral derecho de nuestro coche rozó una esquina de granito arrancando chispas y un quejido agudo de chapa, pero él no aflojó la presión sobre el acelerador.

Enfiló una cuesta empinadísima que moría en una curva ciega y, de pronto, apagó las luces del vehículo y tiró del freno de mano.

El sedán derrapó noventa grados y quedó encajado en un callejón sin salida, oculto tras el muro ruinoso de una antigua taberna de fados clausurada.

Nos quedamos a oscuras. Solo se oía el traqueteo del motor al ralentí, el repiqueteo furioso del agua contra el techo y nuestras propias respiraciones jadeantes.

Dos segundos después, el coche perseguidor pasó de largo por la bocacalle principal a toda velocidad, rugiendo en la noche antes de perderse hacia la colina del castillo de San Jorge.

Adrián apagó el contacto de inmediato.

—Fuera —ordenó, desenfundando su pistola nueve milímetros y comprobando la recámara en la penumbra con un chasquido metálico—. En cuanto vean que la calle no tiene salida hacia la Baixa, bajarán a pie. Este coche está quemado.

Abrí la puerta y puse un pie en el suelo. El agua me cubrió los empeines al instante. Mis tacones de aguja resbalaron sobre los adoquines cubiertos de verdín y estuve a punto de caer de rodillas contra el fango.

Adrián no me dio tiempo a reaccionar. Pasó su brazo derecho bajo mis rodillas, me levantó en vilo contra su pecho y empezó a subir las escalinatas de piedra de dos en dos, ignorando la lluvia que le azotaba la cara.

No me quejé. Pasé mis brazos alrededor de su cuello, enterrando los dedos en su pelo empapado y pegando la frente a la curva de su cuello, sintiendo el latido desbocado de su carótida contra mi mejilla y el olor a pólvora fría y lana empapada que emanaba de su chaqueta.

Subió un recodo empinado y nos deslizamos a través de una cancela rota hacia un mirador abandonado, oculto tras una densa cortina de buganvillas y hiedra mojada.

Era una pequeña terraza de piedra colgada sobre el abismo de la Alfama. Abajo, el estuario del Tajo brillaba como una lámina de plomo bajo los relámpagos lejanos.

Adrián me dejó en el suelo, me empujó con suavidad pero con una fuerza ineludible contra el muro de granito y pegó su cuerpo al mío, usando su propia anatomía como escudo para cubrirme por completo de la vista del callejón inferior.

—Silencio absoluto, Valeria —me susurró al oído, con los labios rozando la piel empapada de mi lóbulo.

Estábamos pegados de arriba abajo. La seda empapada de mi vestido no ofrecía ninguna barrera térmica; sentía la tensión compacta de su pecho comprimido contra el mío, el calor áspero de su vientre y el roce de la lana empapada contra mis brazos desnudos.

Su mano izquierda se cerró sobre mi cadera, hundiéndose en la tela mojada para mantenerme inmóvil contra la piedra, mientras su mano derecha sostenía la pistola apoyada contra el borde superior del muro, apuntando hacia la boca de las escaleras.

Alcé la mirada. En la penumbra de la tormenta, sus ojos grises me miraban con una intensidad abrasadora que nada tenía que ver con la persecución.

Su respiración entrecortada chocaba contra mi boca abierta.

Sentí un estremecimiento que no era de frío, una corriente profunda que me recorrió la espalda.

Apoyé las dos palmas de mis manos sobre su pecho, sintiendo el fuelle violento de sus pulmones y la vibración de su corazón golpeando contra mis costillas.

—Adrián... —musité con un hilo de voz que se perdió en el rumor del agua.

—Quieta —ordenó en un susurro ronco, acercando su rostro hasta que su frente tocó la mía—. No te muevas.

En el tramo inferior de la escalera sonó el chasquido inconfundible de unas suelas de goma sobre la piedra mojada.

Dos hombres subían despacio, tanteando los recodos con linternas de haz estrecho. La luz blanca barrió la copa de las buganvillas a escasos centímetros de nuestras cabezas.

Adrián contuvo el aliento. Su cuerpo se tensó de golpe, pegándome a la piedra con su hombro sano mientras clavaba los ojos en el arco de entrada.

La lluvia nos caía por la cara, goteando desde sus labios hasta los míos, un contacto salado y ardiente en medio de la ventisca.

Mis dedos se aferraron a las solapas de su chaqueta, sintiendo la dureza de su clavícula bajo la tela, incapaz de apartar la mirada de su boca entreabierta.

Durante dos minutos tensos, el mundo quedó reducido a ese espacio entre el muro de granito y su pecho: el olor del musgo empapado, el vaho tibio de nuestras respiraciones y el peso del arma amartillada sobre nuestras cabezas.