Mi Jaula de Sombras Capítulo 7 La Subasta de Estoril
16%

Capítulo 7 La Subasta de Estoril

El palacete de Estoril se alzaba sobre el acantilado, una mole de mármol blanco desafiando la furia del Atlántico.

Desde la entrada de carruajes, los proyectores de luz halógena recortaban las balaustradas neoclásicas contra un cielo negro y encapotado, donde el viento arrastraba una masa densa de salitre que rompía con violencia sorda contra los ventanales dobles.

En el interior, el aire guardaba una calidez artificial y pesada, saturada de cera de abejas, perfumes caros de flor de naranjo y el vapor helado de las cubiteras de plata donde reposaban las botellas de champán.

Llevaba la mano apoyada en el antebrazo de Adrián.

A través de la lana fría de su chaqueta de etiqueta sentía la tensión de sus tendones, una dureza calibrada que contrastaba con la caída suelta de mi vestido de seda esmeralda.

El corte al bies dejaba mi espalda al descubierto y descendía hasta los tobillos, rozándome los empeines con cada paso sobre las alfombras persas.

Sabía que llamaba la atención de los corrillos diplomáticos y los marchantes que se abrían a nuestro paso bajo las arañas de cristal de Bohemia, pero mi pulso no respondía a la vanidad: respondía a la impostura.

—Mentón arriba, Valeria —me murmuró Adrián al oído, inclinando la cabeza lo justo sin romper el compás de nuestra marcha—.

Eres la conservadora del Prado dispuesta a poner precio a su rúbrica pericial.

Recuerda la consigna: no bebas de ninguna copa que no salga directamente de la bandeja del jefe de barra.

—Sé cómo moverme en un peritaje de alto nivel, Silva —respondí en un susurro gélido, manteniendo la barbilla alzada y la vista fija en la bóveda estucada—. Llevo diez años tratando con coleccionistas que intentan comprar silencios con cheques en blanco.

—Esto no es un patronato de museo, Valeria. Aquí nadie negocia con la ley. Mira hacia las esquinas sin girar el cuello.

Obedecí de forma imperceptible. Dos hombres con trajes oscuros y auriculares de espiral custodiaban las puertas acristaladas de la terraza marina; un tercero vigilaba la cancela de servicio disimulada tras los paños de terciopelo carmesí.

Adrián no miraba a las caras de la aristocracia financiera ni a los cuadros de la escuela flamenca que decoraban los muros: calculaba tiempos de evacuación, ángulos ciegos y la distancia exacta hasta la salida trasera del muelle de carga.

Con su hombro izquierdo ligeramente retraído —protegiendo la herida de bala que aún cicatrizaba bajo la camisa de lino—, operaba con la fría precisión de quien sabe que una sala de baile puede transformarse en una ratonera en cuestión de segundos.

Habíamos venido a cazar a Duarte Santos.

El hombre no tardó en desprenderse de un grupo de inversores suizos.

Rondaba los sesenta años, lucía una cabellera plateada peinada hacia atrás con fijador aromático y vestía un esmoquin de solapas de raso impecable.

Su mano izquierda sostenía una copa de oporto añejo; en el meñique brillaba un anillo de sello con el escudo de una antigua familia de navegantes.

Oficialmente, Duarte Santos era inspector jefe de aduanas en el puerto de Lisboa; extraoficialmente, era el cerebro logístico que facilitaba el despacho marítimo de las falsificaciones maestras de Konstantin Varel hacia los mercados de Centroeuropa.

—Señorita Soto. Qué inmenso honor tener en la costa de Estoril a la mayor especialista en pigmentos del barroco español.

Santos me tomó la mano derecha. Su piel era fría y seca, con el tacto quebradizo del papel secante antiguo.

Hizo un ademán de besar el dorso de mis dedos, pero sus ojos pardos se detuvieron con calculada lentitud en mis ojos, evaluando mi firmeza con la insolencia de quien se sabe respaldado por los resortes del Estado.

—Inspector Santos —respondí con una inclinación medida de cabeza, modulando la voz para conferirle esa arrogancia técnica que los burócratas corruptos temen y respetan a partes iguales—. Me habían dicho que las subastas privadas en esta costa reunían piezas de procedencia singular.

—Piezas extraordinarias que a menudo sufren la incomprensión de las autoridades judiciales, señorita Soto —dijo Santos, bajando el tono mientras una orquesta de cámara iniciaba una fuga de violines al fondo del salón—.

Una verdadera tragedia plástica. El maestro Varel posee un dominio de la alquimia de los aglutinantes de resina dammar que supera con creces los exámenes radiológicos estándar.

Sin embargo, los tribunales de instrucción prefieren hablar de fraude antes que reconocer una maestría fuera de catálogo.

Tengo entendido que el Ministerio de Cultura le ha encomendado a usted el informe vinculante sobre los lienzos retenidos.

Era el momento de desplegar el cebo técnico. Di medio paso al frente, haciendo que la seda de mi vestido crujiera suavemente contra el terciopelo del biombo que nos aislaba del pasillo central.

—La química es una ciencia exacta, señor Santos, pero su interpretación pericial admite matices cuando las muestras presentan anomalías de laboratorio.

He analizado las microfisuras del craquelado forzado con calor seco y sé distinguir cuándo un blanco de plomo ha sido envejecido en horno y cuándo responde a una degradación natural de tres siglos.

La conclusión de mi informe dependerá exclusivamente de la documentación que pueda contrastar sobre el terreno.

Los ojos de Santos se iluminaron con una codicia apenas velada. Bebió un sorbo de oporto, saboreando el licor despacio antes de dejar la copa de cristal sobre la mesa.

—Una perspectiva sumamente inteligente. Ciertos patronos de Lisboa y de Oporto estarían dispuestos a compensar con generosidad su apertura de miras.

Si usted muestra la debida flexibilidad con la datación de los barnices, podríamos darle acceso exclusivo a los lienzos matrices antes de su salida al extranjero.

El contenedor número catorce ya cuenta con el levante aduanero sellado en Setúbal con rumbo al puerto de Hamburgo, pero los originales permanecen custodiados en nuestro almacén de la Ribeira, en Oporto.

Una certificación favorable por su parte permitiría liberar la carga sin trabas policiales.

Había soltado la presa: el taller clandestino en la Ribeira de Oporto y el número de contenedor en el muelle de Setúbal. Mi pulso dio un salto en la muñeca, pero sostuve su mirada sin pestañear.

—Una colaboración de ese calibre exige garantías tangibles, Santos.

—Sostuve su mirada sin pestañear, dejando que el peso del silencio reforzara mis palabras—.

Mi prestigio profesional en Madrid no se vende por promesas verbales.

Necesito ver los laboratorios donde se preparan las imprimaciones antes de firmar cualquier diligencia judicial.

Santos sonrió con una suficiencia repulsiva y dio un paso hacia mí, acortando la distancia hasta que su aliento agrio a tabaco y licor rozó mi cuello.

—Por supuesto, querida colega. Mañana a primera hora la espero a solas en mi despacho privado de la aduana. Revisaremos las actas, tomaremos un café tranquilo y cerraremos los números de sus honorarios antes de que su escolta se entere de lo que estamos tratando.

Estaba a punto de tocar mi hombro desnudo cuando una sombra alta y ancha bloqueó la luz de las lámparas.

Adrián se interpuso entre nosotros con un movimiento seco, plantando su cuerpo como una muralla de hierro entre el inspector y yo.

Pasó su brazo derecho alrededor de mi cintura, apretando los dedos contra mi costado con una posesividad que me dejó sin aliento, obligándome a retroceder un paso hasta quedar resguardada tras su hombro.

—La señorita Soto no atiende citas privadas en despachos aduaneros, Santos —soltó Adrián con una voz baja, áspera y cargada de una amenaza sorda.

El portugués pestañeó, desconcertado por la irrupción. Su rostro perdió la máscara de cortesía mundana.

—¿Quién demonios es usted? Estoy manteniendo una conversación reservada con una invitada de honor.

—Soy quien conoce al detalle las transferencias que tu sociedad pantalla en Funchal desvía periódicamente hacia las cuentas de Macao para blanquear las ventas de Varel —respondió Adrián en el mismo tono llano, inclinándose apenas hacia el funcionario con una fijeza letal en la mirada—.

Si vuelves a acercarte a ella a menos de dos metros, tu nombre saldrá mañana a primera hora en la comisión rogatoria internacional que Ramos tiene lista en la Audiencia Nacional.

Retírate antes de que decida romperte la muñeca con la que firmas los despachos falsos.

Duarte Santos palideció de golpe, perdiendo todo rastro de color en el rostro. El anillo de oro repiqueteó contra el cristal de su copa en un temblor inocultable. Dio dos pasos hacia atrás, tragando saliva con esfuerzo evidente.

—Esto es un atropello intolerable... —balbuceó, mirando a hurtadillas hacia los guardias de la entrada—. Les ruego que abandonen este recinto de inmediato.

Giró sobre sus talones y se alejó a paso apresurado hacia la galería de fumadores, perdiéndose entre la marea de smokings y vestidos de noche.

Apenas se marchó, clavé las uñas en el brazo de Adrián para obligarlo a aflojar el agarre sobre mi cintura.

—¿Te has vuelto loco, Silva? —Apreté los puños, conteniendo la rabia que me quemaba la garganta—. Estaba a punto de conseguir la dirección exacta del taller en la Ribeira y la clave de acceso a las matrices. Iba a cerrar el trato.

—Ibas directa a una emboscada, Valeria. —Giró la cabeza hacia mí sin soltarme del todo, con la mandíbula tensa y la mirada fija en la mía—.

Santos no pretendía enseñarte ningún cuadro en su despacho.

Iba a retenerte para que Varel te utilizara como moneda de cambio o te forzara a emitir los certificados bajo tortura.

No eres un agente de campo encubierto; eres mi objetivo de protección.

Y no voy a permitir que te entregues por un exceso de soberbia técnica.