Capítulo 6 El Atelier del Tejedor #2
—Si los cuadros cruzan la frontera marítima con el certificado provisional, la causa en la Audiencia Nacional quedará archivada —añadió ella—. Y el taller de mi padre quedará precintado como sede de una red delictiva.
—No van a salir de Portugal —afirmé.
Cerré el cuaderno, lo guardé en el chaquetón y saqué el teléfono satelital. Le envié un mensaje cifrado a Ramos con las coordenadas del contenedor en Setúbal, la matrícula del furgón y el nombre de Duarte Santos.
Un chasquido metálico en el callejón cortó el silencio, seguido por el roce de una suela sobre el empedrado húmedo.
Apagué la linterna al instante. La oscuridad nos envolvió, rota únicamente por la franja grisácea del ventanuco alto.
Puse mi mano derecha sobre el hombro de Valeria y la empujé hacia la sombra tras la puerta del despacho. Me coloqué delante de ella, pegando la espalda a la pared y desenfundando la nueve milímetros sin hacer ruido.
El hombro izquierdo protestó con una punzada viva al levantar el brazo de apoyo, pero fijé la postura conteniendo el aliento. A través del cristal distinguí una silueta en el portón.
El hombre del impermeable oscuro.
Llevaba un sombrero de ala corta y una linterna de haz ancho que barrió los bancos de carpintería. Avanzaba despacio, con la mano derecha en el bolsillo del abrigo.
A mi espalda sentí la respiración contenida de Valeria. Tenía una mano apoyada en mi cintura, lista para reaccionar al primer contacto.
El haz de luz rozó la cámara de secado y se detuvo sobre el suelo, donde nuestras pisadas habían dejado surcos sobre el yeso.
El tipo se detuvo. Extrajo un revólver de cañón corto y dio dos pasos cautelosos hacia la escalera del despacho.
Esperé a que su pie alcanzara el primer peldaño.
Cuando su cabeza quedó a tiro bajo el marco de la puerta, di un paso al frente saliendo de la sombra. Con un golpe ascendente, desvié la muñeca de su mano armada con el cañón de mi pistola mientras con el antebrazo derecho le trababa la garganta contra la jamba de hierro.
El impacto sofocó su grito.
El revólver cayó sobre la alfombra raída con un golpe sordo. El vigilante forcejeó, pero apreté la presión del antebrazo sobre su tráquea, cortando el aire con una palanca limpia.
En cinco segundos sus rodillas se doblaron; en ocho, su cuerpo perdió la resistencia física.
Lo bajé al suelo con suavidad. Le registré los bolsillos: una tarjeta magnética para los muelles de Setúbal, un transmisor sintonizado en la frecuencia de la seguridad de Estoril y dos llaves maestras.
Le quité la batería al transmisor y la arrojé bajo una estantería.
Valeria recogió las llaves y la tarjeta.
—¿Está vivo?
—Estará inconsciente diez minutos. —Enfundé el arma antes de incorporarme—. Tiempo suficiente para llegar al hotel, cambiarnos y posicionarnos en el palacio antes de que Santos ordene mover el lote.
Salimos del taller por la compuerta trasera que daba a la dársena fluvial, donde el agua batía contra los pilotes de madera. Cerré la cancela pasando la tranca por fuera para demorar cualquier apoyo.
La llovizna arreciaba sobre Lisboa cuando alcanzamos la berlina. El asfalto brillaba oscuro y reflectante bajo los faros.
Subimos al coche y arranqué hacia la Baixa. Valeria guardó las muestras de pigmentos y las anotaciones en su maletín de cuero.
—Varel nos está esperando en Estoril, ¿verdad? —dijo, mirando hacia los edificios iluminados del Chiado.
—No nos espera a nosotros —contesté mientras cambiaba de marcha, esquivando un tranvía—. Espera a una restauradora asustada que intentará salvar su prestigio aceptando un soborno discreto. Y a un escolta privado que no sabe leer un balance aduanero.
—Pues se va a encontrar con otra cosa.
La miré de reojo un segundo. Tenía la barbilla alzada y los ojos fijos en la calzada mojada, con esa determinación que la hacía impenetrable frente al miedo.
—Se va a encontrar con la verdad técnica de tus análisis, Valeria —dije—. Y con la UDEF pisándole los talones al furgón de Santos.
Llegamos al hotel en Alfama veinte minutos después. Subimos a la suite 304.
El tiempo corría en contra. Mientras Valeria entraba al dormitorio principal para vestirse para la recepción, entré en el baño auxiliar, me lavé los restos de polvo con agua helada y me enfundé el traje de lana fría gris marengo.
La tela disimulaba la sobaquera donde ajusté la nueve milímetros y el cargador de repuesto.
Al salir al salón, la puerta del dormitorio estaba entornada.
—Adrián —llamó su voz desde el interior, con un tono en el que se mezclaba la prisa y la frustración—. Necesito ayuda con el cierre.
Crucé el arco de paso.
Valeria estaba de pie frente al tocador de caoba.
Llevaba el vestido de seda verde esmeralda: una pieza larga, de caída limpia, con el escote asimétrico y la espalda al descubierto hasta la curva lumbar.
La seda se ajustaba a su cintura, pero el corchete superior de la cremallera invisible se había trabado con el forro interior a la altura de los omóplatos.
Se giró hacia el espejo, sujetándose la tela sobre el pecho con una mano.
—El tirador se ha encajado en el dobladillo —explicó, señalando con la barbilla el reflejo de su espalda—. Y con el ángulo de los brazos no llego a soltarlo sin rasgar la seda.
Me acerqué con pasos medidos sobre la tarima de pino melis.
Al situarme detrás de ella, el contraste de su piel pálida contra la seda verde llenó el cristal del tocador. El aroma a jabón limpio y agua de azahar que desprendía su piel borró de golpe el rastro a disolventes del taller de Alcântara.
Levanté las manos despacio. Mis dedos rozaron la piel desnuda entre sus omóplatos; estaba fría por la corriente que entraba del patio interior, pero al contacto con mis yemas sentí cómo un estremecimiento sutil le recorría la columna.
—No te muevas. —Me incliné apenas para examinar el enganche—. Si tiras en diagonal romperás el cursor.
—Tenemos que estar en Estoril antes de las diez, Silva.
—Llegaremos a tiempo. Respira hondo y relaja los hombros.
Sostuve la tela con el pulgar izquierdo mientras con la uña del índice derecho desenredaba las hebras de seda atrapadas en el riel de latón.
El calor de su espalda me rozaba los nudillos con una proximidad que ponía a prueba cualquier barrera de contención profesional.
En el reflejo del espejo, sus ojos no se apartaban de los míos.
Liberé el hilo trabado. Con un movimiento continuo y firme, subí el cierre hasta el tope de la espalda.
La seda se amoldó a su cuerpo como un guante oscuro.
Por un segundo ninguno de los dos se apartó. Mis manos permanecieron suspendidas a dos centímetros de sus hombros desnudos, notando el ritmo acompasado de su respiración. El silencio de la suite se volvió espeso, cargado de una tensión ajena a las armas y a los informes policiales.
—Ese vestido es una diana, Valeria —murmuré cerca de su nuca—. Vas a atraer todas las miradas del salón en cuanto pongas un pie en la galería.
Valeria se giró despacio hacia mí, sosteniendo mi mirada desde abajo con serenidad desafiante.
—Ese es el trabajo, Adrián. Si queremos que Duarte Santos nos lleve directos hasta el despacho donde guarda los certificados de transporte, tiene que creer que estoy dispuesta a escuchar su oferta.
—Santos es un intermediario corrupto que vende a su propia madre por un porcentaje aduanero —advertí, dando medio paso atrás para recuperar el espacio operativo—.
En el salón no te separarás de mi lado más de dos metros.
Y si Varel aparece en el piso superior, abortamos la aproximación y aseguramos la salida por el muelle de servicio.
—Entendido —respondió, recogiendo su bolso de mano donde había ocultado las micromuestras selladas y su credencial del Prado—. Vamos a cerrar esta jaula.
Bajamos al aparcamiento por la escalera de servicio.
Enfilé la carretera Marginal bordeando la costa hacia Estoril. Afuera, la borrasca atlántica castigaba los acantilados de Cascais con un oleaje furioso, proyectando cortinas de espuma blanca sobre el asfalto bajo los faros.
A mi lado, Valeria miraba hacia la oscuridad del océano con las manos sobre el regazo.
Apreté el volante con la mano derecha, vigilando por el retrovisor la línea vacía de la calzada. La noche en el palacio no había hecho más que empezar, pero en mi bolsillo el cuaderno negro de Varel pesaba como una sentencia dictada de antemano.