Mi Jaula de Sombras Capítulo 5 Lisboa #2
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Capítulo 5 Lisboa #2

—Nuestros técnicos han examinado los veinticuatro lienzos con reflectografía infrarroja y fluorescencia ultravioleta. La respuesta del barniz es homogénea y los aglutinantes responden como aceite de linaza del siglo XVII. No hay repintes ni firmas añadidas. Las piezas son auténticas.

—La fluorescencia ultravioleta solo revela alteraciones superficiales, inspector —repliqué colocándome los guantes de nitrilo—. Konstantin Varel no es un copista de mercadillo. Fabrica la obra desde la estructura molecular.

Me acerqué al primer caballete de hierro, donde descansaba una Santa Águeda atribuida al círculo de Zurbarán.

Encendí el flexo de luz fría y extraje el cuentahílos.

—Para empezar, el soporte —dije, señalando el reverso del bastidor—.

Varel compra vigas de pino de Flandes de derribos de conventos del seiscientos.

Las corta en listones y ensambla los bastidores a mano.

Si mandan una muestra a un laboratorio de carbono 14, dirá que tiene trescientos cincuenta años.

La madera los tiene, pero el ensamble es reciente.

Santos frunció el ceño.

—¿Y la tela? La densidad coincide con los telares de la época.

—Porque utiliza sábanas conventuales de lino antiguo sin teñir —expliqué, ajustando el microscopio digital sobre el margen superior—. Las lava con lejía de ceniza vegetal para eliminar trazas de detergentes modernos. Ninguna prueba textil básica va a fallar ahí.

Conecté el microscopio a la pantalla del laboratorio. La imagen del estrato pictórico apareció ampliada a doscientos aumentos, mostrando los granos de pigmento atrapados en la matriz del aceite.

—El problema de Varel empieza en la química inorgánica —continué, deslizando la sonda hacia el manto rojo—.

Su reflectografía detectó azul ultramar natural, tierras de Sevilla y albayalde de plomo.

Todo según las recetas del tratado de Pacheco de 1649.

Pero Varel no puede esquivar la geoquímica de los yacimientos.

—Explíquese, señorita Soto —Santos se inclinó hacia el monitor, despojado de su suficiencia.

—En el siglo XVII, el carbonato básico de plomo de los talleres españoles procedía de las minas de Linares.

Ese plomo tiene una firma isotópica concreta: una relación fija entre los isótopos plomo-206 y plomo-207.

El plomo de Varel es refinado contemporáneo.

Aunque le añada plata y antimonio para engañar análisis rápidos, la firma isotópica pertenece a fundiciones industriales del siglo XX.

Desplacé el foco hacia una zona donde el craquelado de la pintura se hacía visible.

—Y luego está esto —añadí, señalando las grietas en el monitor—.

El craquelado natural se produce por la pérdida progresiva de elasticidad del linoxyn durante siglos: fracturas curvas y de bordes suaves.

Estas grietas son rectas, afiladas como cuchillas y se detienen bruscamente al tocar la imprimación.

Varel añade secantes de cobalto para acelerar el secado a veinticuatro horas, mete el lienzo en una prensa térmica y luego aplica baños de xileno y frío inducido.

El choque térmico desgarra la pintura de forma artificial.

Santos observó la pantalla en silencio durante un minuto largo. La suficiencia de su rostro dio paso a una tensión sombría.

—Para que el tribunal acepte este informe frente a la defensa —dijo con voz más baja—, necesitaré microextracciones físicas y un análisis de espectrometría de masas que certifique esa discrepancia.

—Para eso he traído mi instrumental —respondí, extrayendo el bisturí de punta cónica y dos viales de vidrio neutro sellados al vacío—. Necesito autorización para extraer dos micromuestras del borde perimetral. En veinticuatro horas tendré los resultados del cromatograma.

Adrián dio un paso al frente, interponiéndose entre Santos y la mesa.

—El peritaje se hará aquí bajo mi supervisión directa, Santos —intervino Adrián, mirándole fijamente—. Y quiero una copia firmada del registro de accesos a este sótano de las últimas setenta y dos horas.

Santos envaró la espalda, molesto.

—Este es un edificio oficial de la Policía Judicial, Silva. La custodia está garantizada por nuestro protocolo.

—Tu protocolo tiene un ángulo ciego de tres metros en la cámara del corredor norte y los vigilantes del acceso no portan armas reglamentarias —atajó Adrián con voz gélida—.

En Coímbra asaltaron un furgón con información privilegiada de la ruta.

Si la gente de Varel entra aquí antes de que Valeria selle las muestras, no quedará ni un lienzo para el juicio.

La llave del armario de seguridad me la quedo yo.

Santos apretó los labios. Durante unos segundos pareció a punto de ordenar que nos expulsaran, pero la certeza técnica de mis datos y la presencia de Adrián terminaron por doblegarlo. Sacó una llave de doble paletón del bolsillo y la arrojó sobre la mesa de acero.

—Tienen setenta y dos horas —dijo antes de darse la vuelta—. Pasado ese plazo, si no hay orden del juez, los cuadros serán trasladados al Palacio de Estoril para el inventario de la subasta.

Salió del laboratorio y la puerta pesada se cerró tras él.

Solté una respiración lenta para serenar el pulso. Me acerqué al lienzo y realicé dos incisiones milimétricas en el borde exterior de la tela, extrayendo sendas motas de pigmento que deposité en los viales.

—Buen trabajo —murmuró Adrián a mi espalda.

Me quité los guantes de nitrilo.

—Solo he descrito lo que Varel ha hecho. Lo difícil será convencer al tribunal antes de que muevan las piezas hacia Estoril.

—Nosotros nos encargaremos de que el informe llegue a tiempo a la fiscalía —aseguró él, guardando los viales en el estuche metálico y cerrando el armario acorazado con la llave de Santos—. Ahora salgamos de aquí.

Cuando abandonamos la jefatura policial, el cielo de Lisboa se había cubierto de nubes plomizas. Una llovizna fina caía sobre la calzada, arrancando destellos grasientos al empedrado y levantando un olor a humedad salina que se mezclaba con el hollín del tráfico.

Adrián decidió que regresaríamos al hotel a pie por las callejuelas empinadas de Alfama para evitar avenidas donde un vehículo pudiera cerrarnos el paso.

Caminamos en silencio entre fachadas encaladas donde la cal se desprendía en costras por el salitre y la ropa tendida goteaba sobre las aceras. A lo lejos, el traqueteo de un tranvía sobre los raíles vibraba en el suelo empapado.

Adrián marcaba el paso medio metro por delante de mí, con la mano derecha oculta dentro del chaquetón, a la altura de la sobaquera, vigilando cada zaguán y cada recodo oscuro.

Al enfilar la rúa que ascendía hacia el mirador de Santa Luzia, Adrián se detuvo en seco. Su mano libre buscó mi antebrazo y tiró de mí con un movimiento rápido hacia el interior de un portalón de piedra abierto en un muro antiguo.

—No hables —me susurró al oído.

Nos pegamos contra la sillería fría del zaguán, envueltos por una penumbra con olor a moho y piedra mojada.

Adrián cubrió mi cuerpo con el suyo, actuando como una barrera entre la calle y yo.

Sentí la tensión de sus músculos bajo la chaqueta y el calor de su respiración contra mi frente.

Con la mano derecha desabrochó con sigilo la funda de su arma, dejando la culata lista para desenfundar.

A través del vano vi recortarse la silueta de un hombre con impermeable oscuro y sombrero de ala corta. Se detuvo en la esquina de la rúa, a menos de veinte metros de nuestro escondite. La lluvia caía sobre sus hombros mientras observaba el callejón desierto con movimientos pausados.

Me aferré a la solapa del chaquetón de Adrián, pegando la barbilla a su hombro para no moverme. La solidez de su cuerpo, interponiéndose entre la calle y yo, convertía aquel rincón húmedo en el único espacio seguro de la ciudad.

El hombre del impermeable permaneció inmóvil durante unos segundos largos. Luego, al no encontrar señales de nuestro paso, giró sobre sus talones y descendió hacia la parte baja del barrio, perdiéndose en la niebla que subía del río.

Adrián esperó dos minutos completos sin moverse, con los ojos fijos en la rúa vacía. Solo cuando estuvo seguro de que el vigilante no regresaba, aflojó la presión sobre mi brazo y aseguró el arma bajo la ropa.

—Nos están marcando —el tono de Adrián apenas superó un murmullo tenso—. Varel sabe que estamos en la ciudad y quiere saber con quién nos reunimos antes de la subasta.

Me separé de la pared de piedra, alisando mi abrigo con serenidad.

—No vamos a escondernos en la habitación, Silva —respondí, sosteniendo su mirada—.

La recepción previa a la subasta en el Palacio de Estoril es esta noche.

Si no nos presentamos con nuestros alias de consultores, Varel sabrá que tenemos miedo y ordenará mover los cuadros antes de que el juez reciba mi informe.

Adrián me observó durante un instante prolongado. En el fondo de sus ojos oscuros reconocí una chispa de respeto que no intentó disimular.

—Estoril es una ratonera de intermediarios y seguridad privada comprada por Varel —advirtió, aunque su voz carecía de reproche—. No habrá margen para errores.

—Ellos necesitan validar las piezas incautadas para su transporte internacional —repliqué—. Y nosotros necesitamos estar dentro del palacio para saber quién es el contacto aduanero de Varel.

Adrián asintió lentamente, aceptando el envite.

—De acuerdo. Regresemos al hotel y prepárate. La noche en Estoril va a ser larga.