Mi Jaula de Sombras Capítulo 5 Lisboa
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Capítulo 5 Lisboa

La luz del estuario entró en el coche con una claridad pálida y fría al enfilar el puente sobre el Tajo.

Desperté con la boca seca y la rigidez del viaje entre los omóplatos.

A través del parabrisas, Lisboa emergía entre una morrinha plomiza, con sus cuestas de caliza lavadas por el salitre y fachadas donde los azulejos desconchados revelaban el castigo del estuario.

Para mis ojos de restauradora, era el recordatorio del deterioro constante frente a los elementos: el aire atlántico degradaba los aglutinantes orgánicos mientras disolvía las sales de los morteros antiguos.

Giré la cabeza hacia el asiento trasero.

Las dos cajas de madera de castaño continuaban sujetas por el cinturón: el microscopio digital, las ópticas de aumento, las microprobetas y los reactivos para las pruebas de solubilidad.

Eran mis únicas herramientas para salvar el taller de mi padre y desmontar la red de Konstantin Varel.

A mi izquierda, Adrián conducía con la vista clavada en el viaducto, rígido en el asiento.

Con la mano izquierda apenas rozaba el radio inferior del volante; la herida de bala en ese hombro, mal cicatrizada y resentida por la humedad del río, le obligaba a recortar cualquier maniobra brusca.

En la guantera descansaba el teléfono satelital con el que se comunicaba con Ramos, su enlace en la UDEF.

Gracias a Ramos disponíamos de documentación limpia: dos pasaportes españoles a nombre de Adrián y Valeria Silva, consultores de arte especializados en tasaciones judiciales, y una berlina con placas portuguesas sin registrar.

—¿Alguna cola desde el peaje de Setúbal? —pregunté, frotándome las sienes.

Adrián consultó los retrovisores antes de responder con voz grave:

—Dos furgonetas y un turismo que se ha desviado hacia Alcântara. Por ahora estamos limpios. Pero en cuanto crucemos la Baixa dejaremos el coche bajo techo. Lisboa tiene demasiadas esquinas ciegas si Varel tiene gente apostada en los accesos.

Nos internamos en el trazado pombalino de la Baixa.

El laberinto de calles rectas y edificios levantados para resistir seísmos canalizaba el aire helado del río.

Adrián maniobró con calma hasta embocar la rampa de un aparcamiento subterráneo cerca de la plaza del Rossio.

El olor a combustible y humedad estancada nos recibió en el sótano.

Apagó el motor.

—Coge tus cajas —se desabrochó el cinturón con un chasquido metálico—. Yo me encargo del resto.

Subimos a pie por la rampa peatonal. El hotel ocupaba un inmueble del siglo XVIII con zócalo de granito y azulejería azul cobalto cuarteada por el paso del tiempo. En el vestíbulo, la tarima crujía bajo las suelas. El aire conservaba un rastro denso de cera virgen y tabaco rancio.

Adrián se acercó a la recepción con paso medido.

Apoyó los pasaportes sobre el mostrador de nogal y solicitó la reserva a nombre del matrimonio Silva en un portugués funcional.

El recepcionista cotejó los datos sin sospechas.

Deslizó una única tarjeta magnética sobre la madera y nos indicó el ascensor de forja al fondo del pasillo.

Alcancé a ver la tarjeta solitaria antes de que Adrián la guardara en el bolsillo. Apreté los dientes, pero guardé silencio mientras el empleado nos observaba.

En cuanto la cancela metálica se cerró y la cabina comenzó a subir, me giré hacia él.

—¿Una sola habitación, Silva? —clavé los ojos en los suyos sin disimular la molestia—. Dudo que el Prado o la UDEF no tengan fondos para dos estancias.

Adrián mantuvo los ojos fijos en la reja.

—No es dinero, Valeria. Es contención de riesgos.

Si te pongo en una habitación contigua y alguien fuerza tu puerta a mitad de la noche, tardaré cuatro segundos en reaccionar, tirar abajo mi cerradura y entrar a tu cuarto.

En el negocio de Varel, cuatro segundos bastan para meterte en un maletero o pegarte un tiro.

Si no estás en mi línea de visión, no respondo de tu seguridad.

—¿Y qué pasa con mi intimidad? —di medio paso hacia él—. No soy una prisionera.

—La suite tiene un salón anexo con sofá —contestó sin elevar el tono—. Tú duermes en el dormitorio principal, pero el arco de paso se queda despejado. Si no te gusta el protocolo, volvemos a la sierra. Tú decides si prefieres tu comodidad o seguir respirando.

La cabina se detuvo con una sacudida metálica. Salí al pasillo antes de que terminara de hablar, apretando las cajas contra el pecho.

La habitación 304 era espaciosa, de techos altos y ventanales que daban a un patio interior cubierto de hiedra. Ningún balcón colindante, ninguna azotea vecina a tiro directo. La había elegido con la precisión de quien evalúa un campo de tiro.

Adrián atrancó la puerta pasando el cerrojo y la cadena de seguridad. Dejé las cajas sobre el escritorio de caoba y me giré hacia el baño.

—Voy a ducharme —me quité la chaqueta y la dejé sobre el respaldo de una butaca—. Necesito quitarme el polvo del viaje antes de ir a la Policía Judicial.

—Haz lo que tengas que hacer —respondió él mientras dejaba su bolsa en el sofá y se quitaba la cazadora—. Pero deja la puerta entornada un par de dedos. Si escucho un golpe extraño, entraré sin llamar.

Entré en el baño y dejé la puerta encajada con el resquicio exacto que me había exigido.

El agua caliente llenó la estancia de vapor denso, aflojándome los músculos tras horas de tensión. Me lavé con rapidez, sintiendo cómo el aroma a jabón borraba el olor a carretera. Al salir, me enrollé una toalla blanca alrededor del torso, ceñida sobre el pecho, y usé otra para escurrirme el pelo.

Tenía la piel enrojecida por el calor. Salí al dormitorio en busca de ropa limpia.

El suelo de pino melis estaba recién encerado. Mis plantas húmedas resbalaron sobre la madera y el pie izquierdo perdió tracción de golpe.

Se me escapó una exclamación mientras mis brazos buscaban apoyo en el aire.

No llegué a tocar el suelo.

Adrián reaccionó al instante. Cruzó el espacio en un movimiento y su brazo derecho me rodeó la cintura, frenando mi caída contra su pecho.

El impacto me cortó el aliento. La toalla húmeda apenas ofrecía grosor entre su camisa y mi piel desnuda. Mis manos se cerraron sobre sus bíceps, notando la firmeza del cuerpo bajo el algodón oscuro. El agua de mi pelo goteó sobre su cuello mientras nuestros rostros quedaban a escasos centímetros.

Nos quedamos inmóviles. El único sonido era el ritmo acelerado de nuestras respiraciones.

Sentí el calor de sus dedos a través de la felpa mojada en mi costado.

Su mano izquierda subió hacia mi espalda para sostenerme, pero al rozar la piel descubierta entre los omóplatos, sus dedos se detuvieron.

Tenía la mirada fija en mí, cargada de una gravedad que desarmaba cualquier barrera profesional.

La sangre me golpeaba en las sienes con una cadencia sorda.

—Silva... —susurré.

—Te dije que el suelo estaba recién encerado —su voz sonó áspera, un rumor tan cercano que su aliento me rozó los labios.

—Sé caminar sola.

—Hace un segundo ibas directa contra la esquina del escritorio.

Ninguno se apartó. Su brazo me apretó un milímetro más contra su cuerpo, y sentí la vibración de su pecho contra mis costillas.

Su respiración se había vuelto tan pesada como la mía.

Por un instante suspendido, vi en sus ojos una grieta profunda: la tentación de olvidar la amenaza de Varel y la disciplina para acercar su boca a la mía.

Mi mano derecha se deslizó despacio hacia su cuello. El calor de su piel contrastaba con la humedad fría de mis hombros.

Adrián cerró los ojos un instante, conteniendo su propio pulso. Cuando los abrió, la frialdad del operativo había vuelto a sus facciones, aunque su mirada permanecía fija en mis labios.

Me incorporó despacio, asegurándose de que pisaba la alfombra de lana.

Retiró las manos de mi cintura con una pausa deliberada, como si cada centímetro de piel requiriese una orden consciente.

Di un paso atrás, sujetando la toalla contra mi pecho. La piel donde habían estado sus manos seguía ardiendo.

—Vístete —dijo él, dándome la espalda y caminando hacia la mesa donde descansaban sus mapas y su pistola—. Ramos me confirmará en media hora el acceso a la sede de la Policía Judicial. Quiero estar allí antes de que el inspector portugués ponga trabas.

No le respondí. Me recogí el pelo con la toalla y caminé hacia el armario con la espalda recta, aunque las piernas me temblaban levemente.

A primera hora de la tarde cruzamos el control de seguridad de la sede de la Polícia Judiciária, cerca del Parque Eduardo VII. El vestíbulo olía a café recalentado y expedientes judiciales envejecidos.

Nos condujeron al segundo sótano, a los laboratorios de custodia de bienes incautados. Allí el aire era frío; una mezcla de disolventes orgánicos y humedad de subsuelo. Era la atmósfera de mi profesión, pero sin la luz natural de un taller.

El inspector Duarte Santos nos aguardaba de pie junto a una mesa de acero inoxidable. Era un hombre bajo, delgado, de cabello canoso peinado con gomina, traje de lino beige arrugado y corbata floja. Nos observó con una sonrisa escéptica.

—Señorita Soto —dijo en castellano, arrastrando las eses con deje lisboeta—. Y señor Silva. No esperaba que el Prado enviara a una perito tan joven para revisar una incautación que consideramos cerrada.

Adrián se colocó medio paso detrás de mí, dominando la puerta blindada y el pasillo. Dejó que fuera yo quien tomara la iniciativa.

—El Prado no envía peritos por su edad, inspector Santos, sino por su capacidad para distinguir una obra maestra de una falsificación química —respondí, abriendo mis cajas sobre la mesa—. Y el informe que enviaron a Madrid contiene lagunas graves.

Santos soltó una risa seca.