Mi Jaula de Sombras Capítulo 4 La Frontera #2
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Capítulo 4 La Frontera #2

Mientras el combustible corría, mantuve la espalda pegada a la chapa, escaneando el entorno.

La carretera estaba desierta; solo el rumor del viento entre matorrales y el crujido del metal rompían la noche.

Inspeccioné la caseta abandonada y la línea de eucaliptos.

Ningún destello sospechoso. Ningún coche en los arcenes.

El surtidor se detuvo con un chasquido. Guardé la manguera, enrosqué el tapón y volví al coche a zancadas.

Al abrir, el calor del interior me envolvió como vapor espeso. Me senté, cerré de golpe y me quité la cazadora empapada, tirándola al suelo trasero.

El esfuerzo me arrancó una mueca entre dientes. Una punzada ardiente me recorrió la clavícula izquierda hasta el cuello, dejándome el brazo entumecido. Me llevé la mano derecha a la articulación, apretando los dedos sobre la camisa mojada para contener el espasmo.

—Te está doliendo el hombro. —La voz de Valeria sonó a escasos centímetros, entre el reproche y la alarma.

—Es el frío. —Busqué a tientas la llave en el contacto, con el aire entrecortado—. El músculo se enfría y tira de la cicatriz. Se pasa en diez minutos.

—Llevas cuatro horas conduciendo inclinado para compensar. Si no liberas esa contractura ahora, se te bloqueará el brazo antes de llegar a Montemor.

Antes de que pudiera apartarme, Valeria pasó una pierna sobre la consola central y se inclinó sobre mi torso.

El espacio entre los dos se redujo a la nada.

El calor de su cuerpo y el vaho de nuestras respiraciones empañaron las ventanillas, aislándonos del temporal en una burbuja de penumbra y condensación.

—Valeria, vuelve a tu asiento —ordené, con la voz más ronca de lo previsto—. Tenemos que salir.

—Suelta el volante, Adrián.

—Estoy bien.

—He dicho que lo sueltes.

La miré fijamente. Tenía el rostro a un palmo del mío; sus ojos oscuros me sostenían la mirada con una determinación serena. Tras dos segundos de resistencia muda, dejé caer los brazos a los lados y apoyé la nuca en el reposacabezas, cerrando los ojos para no ceder a la tentación de tocarla.

Valeria posó las manos en la base de mi cuello. Tenía las palmas calientes, firmes, con esa presión metódica que usaba en el taller para asentar capas de lino deformadas. Sus pulgares se hundieron en el trapecio izquierdo, buscando el nudo inflamado que bloqueaba la articulación.

Se me escapó una exhalación áspera ante la presión en el tejido dañado. El dolor fue agudo al principio, pero a medida que sus manos trazaban círculos lentos hacia el deltoides, amasando la fibra muscular con fuerza constante, la quemazón empezó a disiparse.

—Estás rígido como granito —murmuró. Su aliento cálido me rozaba la mandíbula—. Deja caer el peso de los hombros. No puedes conducir esperando un impacto a cada segundo.

—Si no esperas el impacto en este trabajo, te lo llevas en mitad del pecho —contesté con la voz estrangulada por sus dedos.

—Ahora no estás en un tiroteo. Estás conmigo en una gasolinera desierta. Deja que termine.

Continuó trabajando el músculo con cadencia pausada, desplazando los pulgares desde el cráneo hasta la clavícula. Cada pase de sus manos desarmaba mi coraza; la cercanía de su cuerpo y ese rastro de lavanda y solvente en su piel me nublaban el juicio táctico con rapidez demoledora.

Abrí los ojos despacio. Valeria estaba concentrada en sus movimientos, con las pestañas bajas y los labios entreabiertos por el esfuerzo. Su pelo castaño caía en ondas hacia delante, rozándome la clavícula derecha.

—¿Por qué no te quedaste en Madrid? —Mi voz fue apenas un susurro frente al rumor del agua en el capó—. El Ministerio te habría puesto escolta en la galería. Habrías estado a salvo sin meterte en la boca del lobo.

Valeria detuvo las manos, pero mantuvo las palmas sobre mi hombro. Levantó la vista y clavó sus pupilas en las mías.

—Esos agentes no saben quién es Varel —respondió con una calma que me heló la sangre—. No saben cómo piensa ni qué trampas esconde en aduanas. Y lo principal: no me conocen a mí.

—Yo tampoco soy garantía de nada, Valeria. Soy un expolicía con suspensión cautelar y un proyectil mal cicatrizado en la espalda.

—Eres el único hombre en quien confío cuando todo se derrumba —confesó, y la admisión flotó con el peso de una verdad irremediable—. En Barajas te interpusiste entre la bala de Torres y yo. Podías haberte cubierto tras el pilar del hangar y salir ileso. Pero diste un paso al frente.

—Era mi deber mantenerte con vida.

—No fue por deber, Adrián. Y no viniste a mi taller esta noche por una orden judicial.

Levanté la mano derecha y la posé en su nuca, deslizándola entre su cabello húmedo hasta sujetarle la mandíbula con los dedos. Su piel ardía bajo mi contacto. La acerqué dos centímetros, sintiendo su respiración acelerarse contra mis labios.

—No juegues con fuego, Valeria —advertí en un susurro bajo y áspero—. Llevo diez años entre los bajos fondos y el cinismo de la jefatura. No soy el héroe que imaginas. Si me provocas, no sabré dónde terminan mis límites de custodio y dónde empieza lo que siento cuando te tengo así de cerca.

Valeria no retrocedió. Apoyó la palma izquierda sobre mi pecho, justo encima del latido acelerado que amenazaba con romperme las costillas, y me sostuvo la mirada con una intensidad que me dejó sin aire.

—¿Y quién te ha dicho que quiero que mantengas los límites? —desafió en un suspiro.

La tensión en el habitáculo se volvió abrumadora. El mundo exterior desapareció: no había tormenta ni aduanas al otro lado del mapa. Solo la curvatura de su boca a milímetros de la mía y el calor de su cuerpo presionando contra mi costado.

Incliné el rostro hacia ella para borrar el último resquicio de distancia.

Un relámpago desgarró el cielo sobre la marquesina, inundando el coche con una claridad blanca y violenta. Un segundo después, un trueno ensordecedor sacudió los cristales del vehículo con la fuerza de una detonación cercana.

El reflejo táctico se impuso al deseo con la frialdad de un latigazo.

Apreté los labios, contuve el aire y solté despacio la barbilla de Valeria. Mi mano descendió hasta la palanca de cambios, buscando el metal frío para restablecer el control sobre mi pulso.

—Se terminó la pausa —dije, recuperando la voz de mando aunque me sonara gastada—. Si no cruzamos la comarcal en veinte minutos, la crecida del río cortará el vado de Olivenza.

Valeria se quedó inmóvil un instante, mirándome con desconcierto y respiración agitada. Luego, con un movimiento pausado, volvió a su banqueta, alisándose el suéter con dedos que aún temblaban por la adrenalina.

—De acuerdo —murmuró, fijando la vista en el cristal empañado.

Giré la llave en el contacto. El motor diésel cobró vida con un bramido regular. Metí primera, solté el embrague con suavidad y saqué el coche de la marquesina, sintiendo los neumáticos morder la grava mojada antes de incorporarnos a la carretera.

Quince kilómetros más adelante, el asfalto cedió el paso a un tramo de tierra compactada flanqueado por mojones de piedra cubiertos de musgo.

En mitad de la penumbra, iluminado por los faros, emergió un cartel metálico despintado por el óxido: un rectángulo con el escudo portugués y la palabra Fronteira borrada por la intemperie.

No había barreras ni garitas de control; solo la lluvia cayendo sobre los campos abiertos y el sonido de las ruedas cruzando el puente de piedra sobre el cauce desbordado de un arroyo fronterizo.

Miré por el retrovisor. España quedaba atrás, sumergida en un mar de barro y sombras.

A mi lado, Valeria abrió el maletín y extrajo el cuaderno de campo con las anotaciones de Lisboa. El juego contra Konstantin Varel entraba en una fase sin retorno, y ninguno de los dos tenía billete de vuelta.