Capítulo 4 La Frontera
El barrido de las escobillas marcaba un compás mecánico contra el parabrisas, un chirrido de goma gastada sobre la lámina de agua que el viento empujaba contra el morro del coche.
Más allá de los faros, la autovía del suroeste se disolvía en una negrura compacta, rota por los reflectores de la mediana y el destello súbito de algún transporte pesado que levantaba una cortina espesa de barro al cruzarse en sentido contrario.
Mantuve la mano derecha firme sobre el volante y bajé un dedo la ventanilla. El aire gélido de la estepa extremeña entró con olor a tierra empapada y asfalto lavado, mezclándose en el habitáculo con el rastro mineral de resina y aguarrás que Valeria llevaba impregnado en la lana del suéter.
Llevaba tres horas conduciendo sin reducir el ritmo.
El hombro izquierdo me latía con una punzada sorda, recordatorio del proyectil de nueve milímetros que me habían extraído en el hospital tras el asalto en Barajas.
Con la humedad calándome las articulaciones, el deltoides tendía a agarrotarse cada vez que engranaba la quinta marcha o corregía un latigazo del viento lateral.
Mantuve la espalda apoyada contra el respaldo, respirando hondo por la nariz para obligar a los tendones a no bloquearse.
De reojo, vigilé el retrovisor interior. Nada. Solo la estela turbia que dejaban nuestros neumáticos sobre el pavimento anegado.
A mi derecha, Valeria no había cerrado los ojos en todo el trayecto.
Tenía la carpeta rígida apoyada sobre los muslos, con las hojas del expediente judicial sujetas por una pinza metálica.
Sus dedos, acostumbrados a la precisión del escalpelo y la espátula, repasaban una y otra vez las anotaciones al margen de las fotografías infrarrojas.
—Deberías aflojar un poco. —Repasó otra línea con la yema del pulgar, sin levantar la vista de los documentos—. Si se forma una balsa en el siguiente badén, no tendrás margen de maniobra.
—El dibujo de las ruedas está nuevo y el coche tiene tracción trasera con diferencial bloqueable —respondí con la vista clavada en las líneas blancas del carril—. Mientras mantenga el gas constante, no perderemos adherencia.
—La física no siempre respeta la confianza que tienes en tus máquinas, Adrián.
—La física responde a la velocidad de reacción. Y ahora mismo necesito poner doscientos kilómetros entre Madrid y nosotros antes de que alguien en la comisaría central empiece a hacer preguntas sobre el registro de salida de este vehículo.
Valeria dejó escapar el aire despacio. Guardó la carpeta en el maletín de cuero a sus pies y se giró hacia la ventanilla. El reflejo del salpicadero teñía su perfil de un tono ambarino, dibujando la línea limpia de su mandíbula y el desorden de mechones castaños tras la oreja.
Al moverse, el roce de su abrigo contra mi pierna provocó una fricción ligera a través de la tela. No me aparté. Su cercanía en ese espacio cerrado tenía la densidad de una tormenta antes de romper; una tensión física que me obligaba a controlar cada inspiración para mantener la guardia alta.
—Nadie nos sigue —murmuró—. Llevamos más de cincuenta kilómetros completamente solos.
—La vigilancia moderna no necesita pegarse al paragolpes, Valeria. Basta con un lector de matrículas en el peaje de Mérida o una cámara conectada a una base de datos intervenida. Varel no manda matones a perseguir coches bajo un aguacero; paga a técnicos para que le filtren alertas en tiempo real.
—Torres está en los calabozos de la Audiencia Nacional. Su estructura en Madrid quedó desarticulada.
—Torres era un intermediario con placa, un engranaje administrativo que cobraba por mirar hacia otro lado —rebatí, reduciendo a cuarta al subir hacia un viaducto—.
Los hombres que ejecutaron la emboscada de Coímbra eran profesionales con instrucción militar.
Sabían el blindaje del furgón, la frecuencia de radio de la escolta y el tiempo de respuesta de la Guardia Republicana.
No dejaron un solo casquillo en el asfalto. Ese es el nivel contra el que jugamos.
Valeria buscó en el suelo el termo metálico que Leonor le había preparado antes de salir. Desenroscó la tapa con dos giros secos y el aroma espeso del café caliente y amargo llenó la cabina.
—Toma. —Me extendió el vaso humeante—. Tienes los labios cortados por el frío.
Desvié la mirada de la calzada una fracción de segundo para tomar el recipiente.
Las yemas de sus dedos rozaron el dorso de mi mano derecha.
El contacto fue breve, pero el contraste entre su piel templada y el frío en mis huesos me obligó a tensar el agarre.
Bebí un trago largo sin soltar el volante con la otra mano.
El líquido abrasador me raspó la garganta, despejándome el letargo.
—Leonor sigue pensando que esto es un viaje de negocios ordinario —comenté al devolverle el vaso.
—Leonor sabe que cuando tú apareces, las cosas nunca son ordinarias —repuso ella, cerrando el termo—. Quiso llamar a su hermano en la policía municipal para escoltarnos. Tuve que convencerla de que el encargo del Ministerio exigía discreción absoluta.
—Hiciste bien. Cuanta menos gente sepa que saliste de Madrid, más tardará la red de Varel en fijar tu posición en Lisboa.
—No voy a Lisboa a esconderme en una embajada, Adrián. Voy a entrar en el depósito judicial de la aduana y certificaré ante el juez portugués que los cuadros incautados son falsificaciones sistemáticas.
—Eso si conseguimos que el peritaje no termine en un tiroteo en el muelle de carga.
Valeria apoyó la espalda en el respaldo y me miró de frente. Sus ojos oscuros tenían ese brillo obstinado que había aprendido a reconocer en Guadarrama: una determinación sin fisuras.
—Sé a qué me expongo —dijo en voz baja—.
Conozco cada pincelada de esas obras. Varel utilizó secantes de cobalto y plomo para forzar la polimerización del aceite en semanas, simulando una oxidación de tres siglos.
Después sometió las tablas a calor controlado y lavados de ligroína y xileno para abrir grietas artificiales. Esa técnica la aprendió de mi padre.
Hizo una pausa breve y la voz se le ensombreció:
—Julián Soto creía asesorar a un coleccionista privado sobre métodos de conservación.
Cuando descubrió que Varel usaba sus fórmulas para blanquear capitales, ya no había salida.
Si no firmo ese dictamen en Lisboa, el tribunal desestimará los cargos y las obras volverán a las empresas pantalla de Varel.
No permitiré que el nombre de mi padre quede sepultado bajo una estafa internacional.
Apreté los dedos sobre el aro del volante, sintiendo cómo la tirantez del hombro se extendía hacia las cervicales.
—Tu padre tomó sus decisiones, Valeria. No tienes por qué pagar sus deudas.
—No pago deudas. Hago mi trabajo con mis únicas herramientas.
—Tus herramientas son reactivos químicos y ópticas de aumento. Las de Varel son fusiles automáticos y sobornos millonarios.
—Por eso estás tú aquí —soltó, mirándome fija—. Porque sabes neutralizar las armas mientras yo desmonto el fraude pericial.
La miré de reojo. Había una entereza en su voz que me desarmaba, un pulso firme que me obligaba a respetarla tanto como temía por su vida.
Me concentré en la carretera. Pasamos el desvío de Mérida y enfilamos el tramo hacia Badajoz, donde los encinares formaban una muralla oscura junto al asfalto.
Las señales reflectantes indicaron la proximidad del paso principal.
—No cruzaremos por Caia.
Valeria ladeó la cabeza.
—La autovía portuguesa empieza en Caia. Es la vía directa hacia la A6.
—Y el puesto principal de control —repliqué, poniendo el intermitente derecho para tomar una comarcal—.
Los arcos de peaje registran cada matrícula en alta resolución.
Si Duarte Santos o cualquier contacto de aduanas tiene acceso a la red de tráfico, sabrá de nuestra llegada antes del primer área de descanso.
—¿Duarte Santos? —repitió con cautela—. ¿El inspector de aduanas que Ramos mencionó en su informe?
—El mismo. Custodia las piezas intervenidas en Lisboa, pero lleva años cobrando en la sombra por desviar contenedores hacia almacenes en Setúbal.
Ramos le debe favores de cuando operaban en la frontera marítima, pero Santos no tiene lealtades.
Si Varel le ofrece seis ceros por retrasar el peritaje o facilitar un extravío, mirará a otro lado sin dudar.
—Ramos me aseguró que las identidades que nos preparó eran seguras.
—Los pasaportes son limpios y registrados en Madrid, pero no sirven si nos identifican en una cabina de peaje. Cruzaremos por la comarcal de Olivenza hacia Elvas: pista estrecha y bacheada, sin iluminación ni controles fijos.
A las tres y veinte de la madrugada, la lluvia arreció con una violencia que redujo la visibilidad a quince metros. Aminoré la marcha en una travesía flanqueada por cercas de piedra y pastos anegados.
A la izquierda del camino, bajo los relámpagos lejanos, apareció una estación de servicio abandonada. La marquesina de chapa oxidada vibraba bajo el agua y sobre los dos surtidores descoloridos colgaba un letrero roto que chirriaba con el viento.
Desvié el coche hacia la grava y frené junto a la bomba de gasoil bajo el tejadillo. Apagué el motor. El silencio cayó de golpe, roto por el golpeteo sordo del agua sobre el techo.
—Quédate dentro —dije, alcanzando el tirador—. Lleno el depósito antes de entrar en Portugal. Las gasolineras del Alentejo cierran de noche y no pararé en estaciones con cámaras.
—Adrián, estás empapado en sudor por el hombro. Déjame...
—Quédate dentro, Valeria.
Abrí la puerta y el vendaval me golpeó en el pecho con furia helada.
Salí a la intemperie, cerré de un empujón y fui al surtidor mientras el agua me calaba la cazadora de cuero.
Descolgué la manguera, metí cuatro billetes de cincuenta en el cajero automático para evitar registros de tarjeta y encajé la boquilla.