Capítulo 3 La Decisión #2
Cincuenta metros más abajo, junto al alero de un palacete, un sedán gris marengo permanecía detenido con las luces apagadas.
No lucía distintivos comerciales. De pronto, un penacho de vapor emergió del escape y el coche avanzó con lentitud sobre los adoquines empapados.
Al cruzar frente a mi fachada, alcancé a ver el perfil macizo del conductor: un rostro anguloso que sostuvo la mirada fija en mis ventanas antes de girar hacia Jorge Juan.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Varel ya vigilaba cada uno de mis movimientos.
En la tercera planta, mi vivienda olía a cera y tratados antiguos.
Encendí la lámpara de pie junto a las estanterías con los tomos de Pacheco y Palomino mientras me quitaba la bata manchada de barniz.
Me cambié por unos vaqueros oscuros y un suéter grueso de cuello vuelto en tono tabaco, recogiéndome el pelo en una trenza baja sobre las botas de cuero.
Sobre la alfombra abrí una maleta de lona y coloqué al lado mis dos cajas de caoba con cantoneras de bronce.
Levanté las tapas forradas de terciopelo para comprobar el equipo forense: la lupa cuentahilos de diez aumentos con luz coaxial heredada de mi padre, seis bisturís esterilizados del número once, microtramos de fibra de vidrio, viales de reactivos con tapón de teflón, hidróxido potásico para saponificación y la lámpara portátil de luz ultravioleta.
Aquellas herramientas eran una prolongación de mis manos. Con ellas podía verificar si una veladura de bermellón contenía cinabrio auténtico o cadmio industrial del siglo veinte. Si Varel había ordenado retocar los fondos de sus tablas, mis disolventes revelarían el artificio estrato por estrato.
Tres golpes secos y pausados sonaron en la puerta exterior.
Fui al recibidor, miré por la mirilla y descorrí los cerrojos. Adrián entró con un macuto militar al hombro. Se despojó de la cazadora empapada, la sacudió y cerró tras de sí, pasando los pestillos con la destreza mecánica de quien repite una rutina aprendida.
—El sedán marengo dio dos vueltas a la manzana antes de enfilar la Castellana —comentó, avanzando al salón—. Es un coche de alquiler con matrícula doblada. Varel quería confirmar tu presencia en el taller antes de mover a su equipo al oeste.
—Lo vi pasar desde la ventana —respondí, señalando las cajas técnicas—. ¿Nos vigilan ahora?
—Dejé mi vehículo en el segundo sótano de un garaje en la plaza de Salamanca y subí a pie por los callejones traseros —explicó, extrayendo un mapa de carreteras del bolsillo de su chaleco—. Nos vamos en cuanto tracemos la ruta.
Desplegó el mapa sobre la mesa baja, apartando varios catálogos. Con un lápiz de grafito señaló un trazado que eludía las vías principales.
—Descartamos avión y tren —señaló con el índice—.
Barajas y Chamartín son coladores con registros de pasajeros accesibles para contactos aduaneros.
Viajaremos en mi berlina: seis cilindros diésel, sin distintivos y a nombre de una sociedad instrumental que la UDEF usaba en seguimientos patrimoniales.
No figura en ficheros abiertos de Tráfico.
Me incliné sobre el mapa para seguir la línea gris hacia el suroeste.
—¿No pasaremos por Badajoz?
—Badajoz y la autopista A-5 concentran cámaras de lectura de matrículas y controles conjuntos de la Guardia Civil y la GNR portuguesa —indicó, marcando un desvío comarcal—.
Cruzaremos por un paso secundario al sur de Olivenza, a través de dehesas sin vigilancia electrónica.
Entraremos en Portugal por Reguengos de Monsaraz hacia Évora antes de conectar con la autovía a Lisboa.
—Son siete horas bajo un aguacero torrencial.
—Siete horas para llegar enteros a Estoril. —Guardó el lápiz y sostuvo mi mirada—. En secundarias descubro cualquier seguimiento a cinco kilómetros.
Dobló el mapa con calma y se lo guardó en el chaleco. Al bajar la vista hacia mi equipaje abierto, frunció el ceño. Se inclinó sobre la maleta abierta para extraer dos vestidos rectos, una chaqueta de paño y los zapatos de tacón, arrojándolos al sofá sin miramientos.
—Esto sobra —dijo.
Me interpuse entre él y la maleta, sujetando una de las prendas.
—Tengo que presentarme ante la comisión técnica del Museo de Arte Antiguo y los conservadores portugueses. No puedo aparecer en un palacio con ropa de campaña como una fugitiva. Mi autoridad profesional depende del rigor que proyecte ante el tribunal.
Adrián se puso en pie, superándome en altura. Su mirada era severa.
—A los sicarios de Varel les da igual tu vestimenta, Valeria.
Si nos tienden una emboscada en el Alentejo o tenemos que dejar el coche en una pista forestal para seguir a pie, esos tacones te dejarán vendida.
Necesitas prendas que resistan el barro y no limiten tus movimientos: dos vaqueros oscuros, un suéter de recambio, chubasquero y documentación. El resto es estorbo.
—No vas a gobernar cada detalle de mi viaje —protesté, agachándome para recoger la ropa del sofá—. Acepté tu apoyo táctico, no que me disciplines como a un novato de tu unidad.
Volvió a inclinarse para apartarme de la maleta.
—No te disciplino —murmuró con voz ronca—. Intento que sigas con vida.
Le planté las manos contra el pecho para frenarlo, notando la firmeza del chaleco táctico bajo la camisa y el calor de su respiración en mi rostro.
Fue un error.
Adrián me sujetó ambas muñecas con un giro rápido, inmovilizándolas contra su regazo. La cercanía fue instantánea: el aroma a cuero mojado y la sal de su piel inundaron el espacio. Quedamos arrodillados sobre la alfombra, tan juntos que el compás acelerado de nuestros pechos parecía uno solo.
Por un segundo, su coraza de frialdad se resquebrajó.
Sus ojos bajaron a mis labios con un deseo contenido que me cortó el aliento.
Regresó el recuerdo de su peso sobre el mío en la cama de la sierra, la urgencia de sus manos en las noches de tormenta cuando su boca buscaba la mía para anular cualquier defensa.
El corazón me retumbó contra las costillas, dividida entre la rabia por su dominio y la debilidad que despertaba en mi cuerpo.
—Adrián... —susurré.
Tragó saliva. Sus dedos aflojaron la presión sobre mis muñecas, transformando el agarre en una caricia breve sobre las venas que me latían desbocadas. Cerró los ojos un instante antes de retirar las manos y apoyarlas sobre sus rodillas.
—Guarda lo imprescindible —dijo con la voz rasposa, recomponiendo la distancia—. Quiero cruzar el límite provincial antes de que amanezca.
Permanecí inmóvil unos segundos para recuperar el aire. Asentí sin decir nada.
—De acuerdo —contesté, cerrando la cremallera de la maleta—. Pero las dos cajas de caoba con los reactivos y las lentes viajan conmigo en el asiento delantero. Los solventes se degradan con los cambios de temperatura y las ópticas no aguantarán las vibraciones del maletero.
Adrián miró los estuches de madera.
—Van a tus pies, en el habitáculo. Yo bajo la maleta.
Me puse la gabardina, asegurando el pasaporte y las credenciales del Prado en el bolsillo interior antes de asir las dos cajas por sus asas de latón. Adrián apagó la lámpara con un giro de clavija, dejando el salón envuelto en los destellos ámbar de las farolas que se filtraban por los visillos.
Bajamos la escalera señorial sin hacer ruido sobre los peldaños de mármol. En el portal, me indicó que aguardara tras la cancela mientras comprobaba el exterior. La lluvia azotaba los árboles de la acera y arrastraba regueros oscuros por el bordillo.
—Despejado —apenas movió los labios—. Al coche.
Cruzamos la acera bajo el aguacero. El frío me golpeó la cara, pero cubrí las cajas de caoba con el cuerpo para proteger los cierres.
En el callejón contiguo, la berlina negra esperaba bajo el alero de piedra.
Adrián abrió el maletero para acomodar mi equipaje junto a su petate antes de cerrarlo con un golpe seco.
Subí al asiento del copiloto, acomodando los dos estuches de instrumental entre mis piernas. El interior olía a tapicería limpia, goma y a la presencia de Adrián, que llenaba el habitáculo cerrado.
Se quitó la cazadora empapada, arrojándola al asiento trasero al sentarse al volante. Metió la llave en el contacto y el seis cilindros diésel despertó con un ronquido sordo que hizo vibrar el tablero. Engranó la marcha y me miró.
—¿Lista para cruzar la frontera?
Contemplé las escobillas del limpiaparabrisas barriendo el torrente de agua, desdibujando los faros de Madrid en trazos bermellón.
—En marcha, Silva —contesté—. Varel cree que domina el tablero. Vamos a demostrarle lo que ocurre cuando la ciencia entra en la partida.
Soltó el embrague y el coche se deslizó por el asfalto mojado, engullido por la noche de tormenta rumbo al suroeste.