Mi Jaula de Sombras Capítulo 3 La Decisión
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Capítulo 3 La Decisión

La lámina de mi espátula de sentar color cedía dos milímetros contra el pecho de Adrián, frenada por la lona gruesa de su camisa.

Sentía el latido denso de su corazón vibrando en el acero templado hasta el mango de peral.

Su mano derecha me sujetaba el antebrazo con la firmeza de una mordaza de carpintero: una presión calibrada, sin violencia pero sin margen de retroceso.

—Suéltame, Silva —dije. Mi voz sonó con la sequedad del estuco viejo, templada para ocultar el temblor que intentaba treparme desde el estómago—. Te he dicho que me sueltes.

Adrián no se movió. Sus ojos grises, oscurecidos por la fatiga y la resolana del mirador, recorrieron la distancia entre nuestras caras.

Una sombra de barba de dos días le cubría la mandíbula, y en la comisura de sus labios se dibujaba ese pliegue áspero que solía preceder a una orden o a una maniobra táctica.

—¿Y si no lo hago? —preguntó en un susurro bajo que retumbó en la madera de los caballetes—. ¿Vas a perforarme con una herramienta de empastar lienzos, Valeria?

Miró de reojo la punta roma de la espátula.

Sabía que aquella hoja no estaba afilada para cortar, sino pulida para asentar escamas de policromía mediante calor suave y cera de abeja.

Sin embargo, no retrocedió ni aflojó el agarre.

De su ropa húmeda por la lluvia emanaba un calor hosco, un olor a asfalto mojado y tabaco seco que me arrastró en un segundo a la cabaña de Guadarrama.

Aquel encierro forzoso en la sierra aún me quemaba por dentro.

Recordé las noches en que el viento sacudía las tejas de pizarra y nosotros compartíamos el mismo espacio cerrado, dos animales midiendo sus respiraciones en la sombra.

Recordé a mis dedos aprendiendo a leer las cicatrices de su espalda, y cómo su boca me había desarmado, arrancándome una sumisión física que chocaba contra mi instinto.

En Guadarrama me había protegido hasta la asfixia; pero también me había despojado de cualquier autonomía.

No pensaba volver a tolerar un confinamiento.

—Si das un paso más, buscaré una gubia —contesté, sosteniéndole la mirada—. Ya no eres inspector de la UDEF. No llevas una placa en el bolsillo que te autorice a irrumpir en mi taller para decidir sobre mi vida. El refugio de la montaña terminó. No vas a encerrarme otra vez.

La presión sobre mi brazo se endureció dos segundos.

Temí que me atrajera hacia él para forzarme a ceder, como en la sierra cuando el pánico me empujaba a salir.

Pero Adrián soltó el aire por la nariz y aflojó los dedos, dejando caer el brazo.

Las yemas resbalaron sobre mi muñeca antes de apartarse.

Dio un paso atrás sobre los tablones de pino. Al apoyar el peso, su hombro izquierdo dibujó un leve arqueo defensivo para amortiguar el tirón de la herida de bala sufrida en Barajas, cuyo tejido fibroso aún le pasaba factura.

—No necesito una placa para saber cuándo firmas tu propia ruina —dijo, apoyando la cadera contra el banco de carpintero—.

Varel no se parece a Torres. El comisario era un burócrata corrupto que dependía de la firma de un juez o del silencio ministerial.

Konstantin Varel diseña sus golpes con rigor de cirujano.

Tardamos seis meses en reventar sus talleres de falsificación en Carabanchel y sus cuentas en Suiza.

Ahora anda suelto por Portugal tras asaltar un furgón blindado y dejar tres cadáveres en la cuneta de Coímbra.

Si estampas tu firma en el peritaje del Prado, te conviertes en su objetivo prioritario.

Me volví hacia la mesa para ocultar el estremecimiento que me recorrió los hombros.

Apoyé las palmas sobre el haya encerada, buscando la estabilidad de la madera frente a los tubos de ensayo y reactivos.

El pliego del Museo del Prado descansaba bajo el haz de la lámpara: un documento timbrado con sellos de la comisión técnica y una providencia judicial que exigía mi traslado a Lisboa para custodiar y analizar los fondos requisados de la Colección Varel.

—¿Y cuál es tu plan? —No lo miré; fijé los ojos en los frascos de sulfato de cobre y goma arábiga—. ¿Esconderme tres años en un pajar? ¿Cerrar la galería de mi padre, cambiar de nombre y aguardar a que un sicario me reconozca en cualquier pueblo?

Sentí sus pasos detrás de mí. La madera crujió con una cadencia pesada que se frenó a escasos centímetros de mi espalda. Su sombra cubrió el papel oficial, tiñéndolo de gris.

—Ramos puede tramitar identidades limpias antes del viernes —respondió, y su aliento tibio me rozó la nuca—.

Tengo una casa segura en la campiña de Lucca, en la Toscana.

O en el interior del Alentejo, lejos de la costa.

Te sacaré de España esta noche. Allí controlo los accesos y garantizo que nadie se acerque a cien metros.

Giré en redondo con la espátula apretada contra el muslo.

—¡No voy a huir, Adrián! —el grito rebotó en los arcos de ladrillo del sótano—.

Mi padre murió con el honor pisoteado, firmando peritajes falsos bajo coacción de Torres porque no tuvo arrestos para denunciarlo.

Yo he soportado meses de interrogatorios en tu brigada, mis cuentas bloqueadas y el desprecio de los marchantes de Serrano, convencidos de que el taller Soto blanqueaba dinero sucio.

Este contrato del Prado es mi rehabilitación.

Si demuestro ante el tribunal internacional cuáles son las falsificaciones de Varel, limpiaré nuestro apellido. No pienso enterrarme en vida por miedo.

Adrián acortó la distancia de golpe, encajonándome contra el canto de la mesa. Plantó ambas manos a los lados de mis caderas y se inclinó sobre mí hasta que nuestras respiraciones se mezclaron.

—Varel no esperará a que publiques tus conclusiones, Valeria.

—Su tono destilaba la aspereza de la pólvora y la lluvia estancada—.

Te cazará antes de que tomes la primera micromuestra.

En Lisboa no seré policía. No tendré cobertura de la Judiciária ni licencia de armas en suelo portugués.

Si te localizan en Estoril, te borrarán del mapa sin que nadie en Madrid se entere.

—Entonces ven conmigo.

La frase quedó suspendida entre el olor a trementina y el golpeteo del agua en los cristales. Adrián enmudeció. El aire en su pecho se ralentizó mientras asimilaba el desafío.

—¿Qué has dicho?

—Lo que has oído —alcé la barbilla—. Varel necesita recuperar su patrimonio para costear su red de fuga; esos lienzos son su capital de reserva.

Si nos escondemos en Italia, nos rastreará.

Si acepto la custodia del Prado en Lisboa, estaremos dentro del palacio de Estoril con acreditación oficial.

Duarte Santos, el inspector de aduanas portugués al frente del depósito judicial, necesita un dictamen técnico indiscutible para retener los bienes.

Ramos te deriva auditorías discretas de seguridad, ¿no?

Pues asume la jefatura de seguridad de mi equipo.

Adrián soltó un bufido seco, sin sombra de sonrisa.

—Pretendes usar el peritaje como cebo. Es un disparate.

—Es ciencia forense —atajé con voz firme—.

Varel es meticuloso, pero comete un error en los aglutinantes: recurre a polímeros sintéticos acelerados con xileno para fingir el craquelado de las tablas flamencas del diecisiete.

Para un conservador común, el acabado engaña; pero bajo cromatografía de capa fina y luz ultravioleta, los plastificantes emiten una fluorescencia amarillo verdosa inconfundible.

Varel sabe que puedo desmontar su red en sede judicial.

Vendrá a intervenir las piezas antes de que firme el dictamen. Y cuando dé el paso, tú estarás allí.

Adrián guardó silencio. Su mirada bajó a mis labios y luego recorrió mi cuello, siguiendo el latido de la carótida. Despegó la mano derecha de la mesa y la subió despacio por mi costado, sobre el lino de la camisa. El calor de sus dedos en mis costillas me arrancó una inhalación entrecortada.

—Eres la mujer más obstinada que he conocido —murmuró con una vibración oscura que me erizó la piel—. Si te dejo marchar sola a Portugal, no saldrás viva del Tajo.

—Pues ven y asegúrate de que vuelva.

Cerró los ojos un instante y apoyó su frente contra la mía. El contraste de su piel fría por la lluvia exterior y ardiendo por dentro me transmitió la pugna entre su necesidad de control y la certeza de que no aceptaría otro cautiverio.

Al erguirse, sus facciones habían recuperado la frialdad operativa.

—Aceptamos el encargo. —Dio un paso al frente con determinación—.

Pero el dispositivo lo mando yo. Filtro las credenciales del personal en Estoril y marco las rutas de traslado.

No te apartas de mí en el laboratorio, y si detecto que Varel ha comprado a la custodia local, te saco de Portugal aunque sea por la fuerza.

—Somos socios, Silva —le recordé—. No soy tu rehén.

—Veremos cuánto dura esa teoría en carretera.

Se apartó y recogió su cazadora de cuero. Al pasar el brazo izquierdo por la manga, una punzada en la clavícula le hizo apretar la boca, disimulando el dolor al subir la cremallera.

—Debo preparar el coche y recoger material en Argüelles —indicó, enfilando el pasillo hacia el zaguán—. Subiré a tu piso en dos horas. Prepara el instrumental básico y una muda ligera. Echa la traba de seguridad con doble vuelta en cuanto salga.

—Sé cerrar mi casa, Adrián.

—Demuéstralo —dijo antes de perderse en la penumbra.

El chasquido del cerrojo resonó en el taller.

Fui al pasillo y pasé la barra de hierro fundido, escuchando el encaje pesado.

Me apoyé en la puerta de roble para calmar el pulso.

El ambiente conservaba el aroma a cuero y tabaco de Adrián, entremezclado con los pigmentos minerales de mi padre.

Habíamos cruzado el punto de no retorno.

Caminé hacia el ventanal sobre la calle Claudio Coello. La tormenta arreciaba en cortinas densas sobre el pavimento desierto.