Mi Jaula de Sombras Capítulo 2 Adrián #3
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Capítulo 2 Adrián #3

Valeria retrocedió medio paso. Sus ojos buscaron la superficie de su mesa de trabajo, donde el flexo iluminaba los frascos de reactivos y los pinceles de marta.

—La fiscalía me aseguró que el penal era seguro...

—Para ladrones comunes. Para un tipo que mueve decenas de millones en el mercado negro internacional, una prisión es solo un trámite que se resuelve con fajos de billetes y explosivo plástico.

Tu informe pericial demostró ante el juez que el Lucifer era una falsificación química fabricada en sus talleres clandestinos.

Le arruinaste el negocio en Europa y le bloqueaste las cuentas en Suiza.

Varel no va a huir sin cobrarse la factura de los que le destruyeron la tapadera.

Y en su lista, nosotros encabezamos la primera página.

Di dos pasos hacia el centro del taller. En el extremo de la mesa principal, junto al microscopio óptico y una probeta graduada, vi un sobre rectangular de papel marfil con un membrete en relieve y un sello de lacre rojo partido por la mitad.

Me acerqué. Valeria reaccionó al instante, dando un paso al frente para tapar el documento con la palma de la mano.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Un encargo profesional —se interpuso entre la mesa y yo, cubriendo el membrete—. Una propuesta del Museo del Prado para peritar un lote de tablas flamencas del siglo XVI. Requieren una dirección técnica urgente.

Aparté su mano con un movimiento firme de los dedos y levanté el folio timbrado.

Repasé las cláusulas del documento en diagonal: la cuantía económica fijada superaba con creces los honorarios habituales del Ministerio de Cultura, y la cláusula cuarta estipulaba el traslado inmediato del perito a una finca privada en las inmediaciones de Sintra, en Portugal.

—Es una trampa de manual —solté, dejando caer el papel sobre la mesa.

—Es el contrato que va a salvar esta galería de la ruina —dio un paso hacia mí y me arrebató el documento de los dedos—. Con esta asignación puedo liquidar las deudas que dejó el embargo preventivo y garantizar el funcionamiento del taller durante tres años. El Prado avala la intermediación.

—El Prado ha tramitado una solicitud a través de una fundación cultural con sede en Ginebra que nadie en la Audiencia Nacional ha tenido tiempo de verificar —repliqué, acortando la distancia hasta que apenas medio palmo de aire nos separó—.

Te están sacando de Madrid, Valeria. Te están poniendo en bandeja en territorio portugués, en una finca aislada de Sintra donde la policía española no tiene jurisdicción y donde Varel lleva veinte años comprando voluntades en las aduanas marítimas.

—¡No voy a arruinar mi carrera por tus paranoias policiales!

—apoyó las palmas sobre la madera del caballete, respirando hondo—.

Pasé días encerrada en una cabaña porque me aseguraste que era la única forma de mantenerme con vida.

No pienso pasar el resto de mis días escondida como una rata por miedo a un fantasma.

—Varel no es un fantasma. Ha dejado tres cadáveres en una cuneta hace cuarenta y ocho horas. Si pones un pie en esa finca de Sintra, no saldrás viva para contarlo.

—¡Es mi vida y es mi decisión, Silva! ¡Tú no eres mi dueño!

—Soy el único que está viendo la emboscada mientras tú te deslumbras con un cheque con demasiados ceros.

Valeria dio un golpe seco sobre la madera con la palma de la mano, señalando la salida del sótano.

—Basta. Sal de mi taller ahora mismo o llamo a la policía.

—Llama —contesté sin pestañear—. Tardarán veinte minutos en mandar un coche patrulla. Para cuando tomen nota de la denuncia, los informadores de Varel ya habrán confirmado que tienes la carta en las manos y montarán un dispositivo de vigilancia en esta misma acera.

Valeria apretó los labios. La vi clavar las uñas en la tela de sus mangas, debatiéndose entre la rabia que le provocaban mis métodos y la certeza instintiva de que cada una de mis advertencias tenía una base real.

Conocía mi trabajo; sabía que un expolicía de la UDEF no cruza Madrid de noche para inventar fantasmas.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó al fin, en un susurro áspero que sonó a rendición temporal.

—Recoge el equipo portátil de análisis químico, tus documentos de identidad y ropa para tres días —ordené con voz templada—. Cerramos la galería esta misma noche y salimos de la ciudad antes de que amanezca.

—¿Adónde?

—A un terreno donde podamos verlos venir.

Una punzada ardiente me subió por la vieja herida, tensándome el brazo contra el costado. Me pasé la mano por la frente, apartándome el pelo empapado mientras el dolor de la herida me recordaba la fragilidad de cualquier plan defensivo.

Valeria bajó la vista hacia el contrato y luego hacia la tabla inacabada en el caballete, antes de sostener mi mirada.

—Dame media hora —dijo.

—Tienes quince minutos.

Me apoyé contra el marco de ladrillo del taller mientras ella comenzaba a guardar reactivos y lupas en su maletín de cuero. Deslicé la mano derecha bajo la cazadora, toqué el seguro de la Star y lo liberé con un golpe de pulgar.

Solo nos quedaban catorce minutos.