Capítulo 2 Adrián #2
Durante siete días había intentado convencerme de que Valeria estaba a salvo.
Recordaba cada minuto en la cabaña de Guadarrama: la rabia viva en sus ojos cuando la obligué a refugiarse tras los muros de piedra y la terquedad con la que se negaba a admitir que su socio la había vendido.
Recordaba el olor a resina, su respiración cortada cuando la sujeté contra la pared para frenar sus intentos de fuga y esa tensión feroz, física, que nos dejaba sin aire cada vez que estábamos a menos de un palmo.
Valeria no era una víctima dócil; era una restauradora que reconstruía piezas rotas con la misma tenacidad con la que defendía su independencia.
Y esa misma tenacidad era su mayor debilidad frente a un depredador como Konstantin Varel.
Giré por la calle Lagasca y entré en Claudio Coello cuando el tráfico de la tarde se atascaba bajo la tormenta.
Estacioné en doble fila frente a un vado, a cincuenta metros de la fachada de la Galería Soto.
Apagué las luces de cruce y mantuve el motor al ralentí, observando el entorno a través del limpiaparabrisas.
Apliqué el protocolo de vigilancia táctica: Primero, los vehículos estacionados enfrente: tres berlinas vacías, una furgoneta de floristería y un sedán oscuro aparcado doscientos metros más abajo con los cristales empañados.
Memoricé la matrícula del sedán para que Ramos la contrastara.
Segundo, los portales contiguos: dos porteros recogiendo toldos bajo la llovizna; ningún transeúnte apostado en los soportales.
Tercero, la galería: las molduras clásicas de la planta principal permanecían a oscuras, pero en el semisótano, a través de las rejas de fundición a ras de acera, brillaba el halo cálido del flexo del taller.
Valeria seguía trabajando.
Metí la mano bajo la cazadora, toqué la empuñadura de la Star para asegurar la retención en la funda interior y salí del coche. Crucé la calzada empapada con pasos largos, manteniendo la mirada baja para que el ala de la gorra tapara mis facciones ante las cámaras de los bancos cercanos.
Llegué al portal de madera maciza. Saqué del bolsillo interior la llave que Marcos Cruz me había entregado durante la fase encubierta de la investigación, antes de que su codicia lo llevara a una celda de preventivos.
Introduje la pieza de latón en la cerradura superior, apliqué una ligera presión sobre el pomo para neutralizar el roce del pestillo y giré dos vueltas completas.
El cerrojo cedió sin apenas ruido. Empujé la hoja lo justo para deslizarme al interior y cerré a mi espalda.
El zaguán olía a humedad estancada y cera vieja. Avancé pegado al muro hacia las escaleras que descendían al semisótano, pisando sobre los laterales de los peldaños para evitar que las maderas crujieran bajo mi peso.
A medida que bajaba, el olor del inmueble cambió. Desapareció la frialdad del polvo y emergió el rastro inconfundible del taller: el olor penetrante de la ligroína mezclado con la sequedad del aguarrás y el fondo resinoso del barniz de damar.
Me detuve en el descansillo inferior, resguardado por la penumbra del arco de ladrillo.
La puerta del taller estaba abierta. La luz halógena de la mesa de trabajo creaba un cono dorado en mitad de la nave abovedada.
Valeria estaba de espaldas a la entrada, inclinada sobre el caballete de haya.
Llevaba una camisa blanca holgada con las mangas arremangadas hasta los codos y el pelo recogido con un pincel de mango largo a modo de horquilla.
Con la mano derecha sostenía un hisopo de algodón, limpiando la superficie de una tabla barroca con un pulso circular y milimétrico.
En su postura había una concentración absoluta, la misma devoción técnica que la aislaba del mundo cuando se sentaba frente a un lienzo.
A su lado, sentada en una silla de anea junto a una mesilla auxiliar, Leonor Vega sostenía una taza de té entre las manos.
Estaban hablando.
—Valeria, ese hombre es un peligro constante —decía Leonor, con esa voz pausada y severa que utilizaba para reprender las imprudencias—.
Te sacó del tiroteo en Barajas, no lo niego.
Pero lo que hizo en Guadarrama demuestra lo que es: un expolicía suspendido que solo sabe operar mediante la fuerza.
Si vuelve a poner un pie en esta galería, Asuntos Internos vendrá detrás.
—Conozco perfectamente a Silva, Leonor —respondió Valeria sin detener el hisopo sobre el cuadro—. Cree que puede gobernar el mundo a base de cerrojos y órdenes. Pero aquí las decisiones las tomo yo. No voy a pasarme la vida mirando por encima del hombro.
—Un hombre con su pasado no sabe detenerse a tiempo. La violencia lo persigue. Si aparece por aquí, traerá el peligro consigo.
—El peligro ya está aquí, Leonor —dije.
Salí de la penumbra del pasillo y me planté en el umbral del taller.
Leonor dio un respingo seco y derramó varias gotas de té sobre el plato de porcelana.
Valeria se quedó completamente inmóvil. Vi la tensión inmediata que se apoderó de su espalda bajo el lino de la camisa, la forma en que sus dedos apretaron el hisopo antes de depositarlo sobre la bandeja de acero con calma forzada.
Se dio la vuelta muy despacio.
Nuestros ojos se cruzaron. Noté cómo reparaba en el agua que goteaba de mi cazadora sobre el barro cocido y en la forma en que cargaba el cuerpo hacia el lado sano para no forzar el hombro herido.
—¿Cómo has entrado, Silva? —preguntó. Su voz sonó firme, cortante y sin vacilación.
—Tengo llave.
—Marcos está en prisión y tú ya no llevas una placa que te autorice a allanar mi lugar de trabajo —replicó, cruzándose de brazos—. No tienes ningún derecho a estar aquí.
—La legalidad no va a servirte de nada contra lo que viene de camino.
Leonor se levantó de la silla, apoyando la taza sobre el tablero auxiliar con un tintineo nervioso. Me miró fijamente, con una mezcla de reproche y resignación.
—Inspector Silva... o lo que sea que le quede de su cargo —dijo la anciana, ajustándose la rebeca—. Valeria necesita trabajar sin sobresaltos. No voy a presenciar otra de sus imposiciones.
Caminó hacia la salida. Al pasar junto a mí en el quicio de la puerta, se detuvo una fracción de segundo. Me clavó una mirada severa y me puso una mano en el antebrazo húmedo.
—Cuídala —susurró, apretando los dedos sobre la tela mojada de mi manga.
No respondí. Esperé a escuchar sus pasos subiendo la escalera de madera y el golpe sordo del portón de la calle al encajar en el marco.
Estábamos solos.
El silencio del taller se llenó con el repiqueteo del agua contra los ventanucos superiores y el goteo constante de mi ropa sobre el suelo. Valeria acortó la distancia entre nosotros, plantándose a un metro de mi posición con la barbilla alzada y la respiración contenida.
—¿A qué has venido, Adrián? —exigió—. Llevamos una semana de tranquilidad. El tribunal ha admitido mis peritajes sobre las falsificaciones, Antonio Torres se pudre en una celda y la policía custodia los almacenes. Se acabó. Déjame en paz de una vez.
—Konstantin Varel se ha escapado, Valeria.
Las palabras cayeron en la nave abovedada con el peso de una detonación.
Valeria entreabrió los labios, muda. Se le drenó el color de las facciones de golpe y se aferró al canto de la mesa con los nudillos blancos.
—Estaba en Monsanto... pendiente de extradición —murmuró, buscando apoyarse en la madera maciza.
—Reventaron el furgón en la A1, cerca de Coímbra, hace dos días —dejé el informe abierto sobre el banco de madera—.
Cargas militares de demolición y cuatro tiradores de precisión.
Tres guardias portugueses muertos sobre el asfalto.
Varel está en la calle, tiene dinero en efectivo y una red de sicarios operando en la península.