Mi Jaula de Sombras Capítulo 2 Adrián
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Capítulo 2 Adrián

El café de máquina llevaba veinte minutos muerto en el vaso de plástico.

Mantuve los dedos cerrados contra el envase para notar el calor residual disolviéndose en la piel.

La cafetería de carretera, encajada junto a una rotonda gris a las afueras de San Sebastián de los Reyes, olía a fritanga rancia y serrín mojado.

Era el tipo de local donde nadie hacía preguntas: camioneros en tránsito hacia el norte, viajantes de comercio y tipos como yo, que aprendieron a sentarse siempre de espaldas a la pared maestra y con la vista fija en la entrada.

Los despachos oficiales se habían terminado.

Desde que la comisión de disciplina me retiró la placa y el arma reglamentaria por lo ocurrido en Guadarrama, la Jefatura de Madrid era terreno vedado.

No quedaban órdenes judiciales de entrada y registro que firmar, ni furgones de intervención esperando mi señal por radio.

Solo una condena en suspenso y un expediente de Asuntos Internos listo para mandarme a Estremera si cometía la torpeza de cruzarme con una patrulla de la brigada.

—Estás tentando a la suerte, Silva —dijo Ramos.

No levantó los ojos de su taza. Los tenía fijos en el plato de loza, observando cómo un hilo de leche condensada se disolvía en el fondo.

Ramos conservaba la complexión menuda de sus años en delitos patrimoniales, pero el puesto de enlace con la oficina de Interpol en Lisboa le había sumado ojeras plomizas y una tos seca que intentaba aplacar con tabaco negro.

Llevaba una gabardina color arena con las solapas empapadas y los puños deshilachados.

Era el único inspector en activo que todavía descolgaba mis llamadas desde cabinas públicas.

El único que no olvidaba que, antes de que el juez instructor me convirtiera en un proscrito, los dos habíamos levantado el mapa del blanqueo de capitales que sostenía al excomisario Antonio Torres.

—La suerte me da igual, Ramos. Suelta lo que tengas —respondí, bajando la voz hasta dejarla en un murmullo áspero—. He tardado dos horas en cruzar el nudo norte por carreteras secundarias para evitar los lectores de matrícula. No me hagas perder el tiempo.

Ramos deslizó una carpeta de cartulina sobre la formica manchada de grasa. No tenía sellos de registro ni membretes judiciales. Eran fotocopias de cables cifrados transmitidos por la Polícia Judiciária portuguesa.

—Konstantin Varel —pronunció Ramos. La sola mención del nombre enfrió el aire entre nosotros—.

El traslado se ejecutó el martes a las cuatro de la madrugada.

Salieron del penal de alta seguridad de Monsanto con destino al aeropuerto de Oporto.

Iban a subirlo a un avión fletado por Justicia para ponerlo a disposición del Juzgado Central número 4.

Abrí la carpeta con un movimiento medido. Las fotografías periciales mostraban la calzada de la autopista A1 a la altura de Coímbra.

El furgón blindado de la Guarda Nacional Republicana era un amasijo de chapa calcinada. Las puertas traseras habían sido arrancadas de cuajo hacia afuera por una onda expansiva de corte milimétrico.

—Cargas lineales de corte con base de hexógeno —murmuré, recorriendo la imagen del chasis destrozado—. Demolición militar.

—Y fusiles CZ Bren calibre 5.56 —añadió Ramos, apoyando los antebrazos sobre la mesa—.

Cuatro tiradores en el talud con munición perforante.

Neutralizaron el motor del furgón de cabeza antes de que el conductor radiara la posición.

Tres guardias muertos sobre el asfalto. Usaron un inhibidor táctico de frecuencias que anuló los repetidores de la comarca durante dieciocho minutos.

Cuando la primera patrulla llegó, solo encontraron casquillos y los dos todoterrenos de los asaltantes ardiendo en un pinar cercano.

—Una extracción profesional.

—Mercenarios balcánicos con base en el Algarve. Varel pagó medio millón de euros en efectivo por ese asalto.

Cerré el dossier. El chasquido del papel resonó en la cabina vacía.

Mi hombro izquierdo reaccionó con una punzada sorda, un dolor profundo que nacía bajo la clavícula, justo donde el proyectil del hangar de Barajas me había perforado la carne meses atrás.

Cada vez que la humedad subía de golpe, la cicatriz me recordaba el precio de haber llegado un segundo tarde.

—Está en la calle —dije.

—En la calle, con identidades limpias y una sangría financiera que no puede sostener —precisó Ramos mientras se frotaba el puente de la nariz con los dedos manchados de nicotina—.

El procesamiento contra Antonio Torres congeló sus activos en Suiza y Liechtenstein.

La Policía Judicial intervino sus depósitos francos en Oporto.

Las casas de subastas de Londres y Zúrich han bloqueado cualquier liquidación por orden de la fiscalía europea.

Varel ha perdido cerca de cuarenta millones de euros en tres meses.

Para un tipo con su perfil, una pérdida de ese calibre no se asume con una fuga silenciosa a Sudamérica.

—Quiere cobrar las deudas antes de cruzar el charco.

—Quiere cortar las cabezas que lo arruinaron. Y en esa lista hay dos nombres en rojo: tú, por haberle reventado las sociedades pantalla desde la UDEF, y Valeria Soto.

El nombre de Valeria cayó sobre la mesa con el peso de un lingote de plomo.

—El dictamen pericial que ella firmó sobre el Lucifer apócrifo destrozó la línea de flotación de Varel —continuó Ramos—.

Demostró que las tablas que Torres guardaba en los almacenes no eran del siglo XVII, sino copias maestras salidas de un taller clandestino.

Ese informe pericial le cerró el mercado de compradores privados en todo el continente.

Varel sabe quién es ella, sabe dónde trabaja y sabe que tú perdiste la placa por protegerla en la sierra.

Me pasé la mano por la nuca para disipar la rigidez que me subía por la columna.

Siete días. Llevaba siete días enteros encerrado en un piso sin registrar de Tetuán, obligándome a respetar la distancia que ella me había exigido al regresar de Guadarrama.

Quería dejarle espacio para recomponer su vida, convenciéndome de que la tregua judicial le permitiría respirar sin patrullas ni sospechas en la puerta de la galería.

Había sido un error de novato. En la calle, las treguas solo son los segundos que tarda el enemigo en cambiar el cargador.

—¿Dónde tienen fijada la pista de Varel? —pregunté.

—Los enlaces de la PJ en Oporto creen que se oculta entre Cascais, Sintra y el estuario del Tajo.

Es su feudo histórico. Allí tiene una red de aduanas privadas y contactos corruptos que ni la fiscalía de Lisboa ha conseguido purgar.

Hay un inspector de aduanas portugués, Duarte Santos, que lleva años moviendo hilos para él en los muelles de carga.

Pero escúchame bien, Silva: tú estás fuera del juego.

Si te metes en esto, Asuntos Internos pedirá tu ingreso en prisión en veinticuatro horas.

El comisario jefe solo espera una excusa para enterrarte.

—La fiscalía no va a ponerle un escolta a Valeria por una sospecha de fuga en territorio luso.

—Hay protocolos en marcha, Adrián. La cooperación judicial entre España y Portugal...

—La cooperación judicial redacta informes mientras los muertos se enfrían en el tanatorio —lo corté, clavando los ojos en los suyos—.

Ya enterramos a mi padre por confiar en que las instituciones limpiaban su propia porquería.

No voy a esperar a que un juez firme una providencia de protección cuando Varel ya tenga a sus hombres vigilando la calle Claudio Coello.

Ramos exhaló un suspiro largo, cargado de la amargura de quien sabe que los reglamentos son papel mojado. Ocultó la carpeta bajo su gabardina y se puso en pie.

—Si necesitas contrastar alguna matrícula o un cruce de bases de datos, usa la tarjeta prepago que te dejé en el buzón. Llama a la cabina interior del hospital de La Paz los jueves a las diez de la noche. Ni un mensaje a mi móvil personal, ni una visita a la comisaría. Me juego la jubilación.

—Gracias, Ramos.

—No me des las gracias. Si te cazan, no te conozco.

Salió del local sin mirar atrás, con las manos hundidas en los bolsillos y la cabeza gacha contra el viento.

Esperé tres minutos antes de moverme. Abandoné la cafetería con el cuello de la cazadora alzado y crucé el aparcamiento de grava bajo el aguacero.

Mi coche, un viejo Peugeot 406 sin distintivos ni geolocalizador de flota, descansaba en el rincón más oscuro del descampado.

Entré en el habitáculo, bloqueé los seguros y palpé el hueco bajo la palanca de cambios: la Star 30M estaba en su sitio, con el cargador de quince cartuchos alimentado y una fina capa de aceite protegiendo el pavonado del armazón.

No llevaba numeración en la corredera. Si un control me paraba en la M-30, ese hierro me aseguraba una temporada larga en prisión.

Arranqué el motor. El cuatro cilindros diésel vibró con un ronquido sordo. Me incorporé a la vía de servicio esquivando los tramos con lectores de matrícula, atento a los retrovisores en cada rotonda para confirmar que ninguna patrulla camuflada me seguía los pasos.

La lluvia arreciaba al cruzar la plaza de Castilla. Madrid se desdibujaba bajo un velo plomizo de agua y reflejos de neón. Conduje con calma mecánica, recalculando los tiempos de respuesta y las vías de escape por las callejuelas del barrio de Salamanca.