Mi Jaula de Sombras Capítulo 1 Valeria #2
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Capítulo 1 Valeria #2

—O un anzuelo envenenado —repliqué, acariciando el borde del papel—.

Konstantin Varel no es un simple intermediario como Marcos.

Es un falsificador de alcance internacional con redes en Londres y Ginebra.

El dictamen que firmé sobre el Lucifer apócrifo permitió a la fiscalía bloquearle cuarenta millones en Suiza.

Si acepto este encargo y declaro falsas esas doce tablas de Patinir, le cierro toda vía legal para recuperar su dinero.

—Varel está recluido en Lisboa a la espera de extradición —rebatió Leonor—. En el penal de Monsanto. No puede mover un dedo sin que lo detecten.

—Varel ya no está en Monsanto, Valeria.

La voz brotó desde la penumbra del pasillo, áspera y templada con una calma cortante.

El cerrojo de hierro no había sonado. No hubo pasos previos ni crujidos en la tarima. Solo una ráfaga helada que bajó por el tiro de la escalera, barriendo el vapor de ligroína con el olor a cuero calado y tabaco frío.

Adrián Silva estaba allí.

Apoyaba el costado derecho contra el marco de madera del almacén, descargando el peso en esa pierna para no forzar el hombro izquierdo, que mantenía ligeramente caído bajo la cazadora de cuero empapada.

El agua escurría desde el cuello de la prenda hasta el suelo de barro cocido, formando un cerco brillante a sus botas.

Llevaba el pelo oscuro pegado a la frente por la lluvia y la piel cetrina, cubierta por una sombra de barba descuidada. La cicatriz blanca que le partía la ceja derecha resaltaba bajo la bombilla del flexo. Sus ojos grises recorrían la estancia, calculando cada distancia con frialdad milimétrica.

Leonor no gritó. Acomodó la servilleta de lino sobre la bandeja, aunque sus dedos se tensaron sobre la madera de la mesa.

—Entrar sin llamar sigue siendo su costumbre, Silva —dijo la anciana, encarándolo sin retroceder.

Adrián no la miró; sus pupilas permanecían clavadas en mí, registrando la espátula en mi mano, las manchas en el mandil y la distancia exacta entre los dos.

—Leonor —pronunció él en un tono bajo que zanjaba objeciones—. Sube al piso noble y cierra la cancela. Necesito hablar con Valeria a solas.

Leonor dudó un instante. Me buscó con la mirada. Podía pedirle que se quedara o amenazar a Silva con marcar el 091, pero la rigidez en los tendones de su muñeca me advirtió de que cualquier provocación terminaría en desastre.

—Déjanos, Leonor —pedí con voz firme—. Te aviso en diez minutos.

Leonor tomó su bolso del perchero. Al cruzar junto a Adrián, se detuvo y le apoyó la palma de la mano sobre el antebrazo mojado.

—Si vuelves a arrastrar a esta muchacha al fuego, Silva, te juro por la memoria de Julián que te denunciaré ante el juez de guardia —susurró con una severidad desconocida en ella.

Adrián no apartó el brazo. Mantuvo la vista en el caballete e inclinó la cabeza apenas un milímetro, en un asentimiento mudo.

Los pasos de Leonor se alejaron por los peldaños hasta que el golpe de la puerta superior confirmó que estábamos solos.

El silencio del taller se volvió denso. Afuera, el agua arreciaba contra el cristal con violencia monótona.

Adrián avanzó hacia la mesa de trabajo. No se quitó la cazadora.

Caminaba con ese compás medido de quien no precisa apresurarse para dominar el espacio.

Sacó una navaja táctica del bolsillo interior, desplegó la hoja con un chasquido seco y usó la punta de acero para agitar el solvente de la cubeta, observando el residuo antes de alzar los ojos.

—Tienes las manos llenas de ligroína —dijo con voz áspera—. Y trabajas con el respiradero abierto. Cualquiera con un rifle y silenciador podría haberte alcanzado desde el sedán que lleva dos horas estacionado enfrente.

Un latido me golpeó las yemas de los dedos, ese mismo reflejo que me alertaba cuando una tabla crujía bajo la lámpara de secado.

—¿El coche es tuyo? —pregunté, sosteniéndole la mirada desde mi lado del tablero.

—No. Es de Varel.

La afirmación cayó sobre la mesa como una gota de ácido sobre cobre.

—Mientes —atajé, aferrando el borde de madera para contener la sacudida de mis brazos—. Varel está preso en Monsanto bajo control de la Policía Judicial portuguesa. El auto de procesamiento se firmó el martes.

Adrián cerró la navaja de un golpe contra la palma y la guardó. Se inclinó sobre el tablero, apoyando los puños en la madera de pino. El aire templado de su respiración me rozó el rostro, con su rastro amargo de café y lluvia.

—El furgón que lo trasladaba al aeropuerto de Oporto fue asaltado en la autopista A1, cerca de Coímbra, hace cuarenta y ocho horas —explicó con frialdad—.

Seis tiradores con fusiles de asalto y cargas de demolición militar.

Destrozaron el blindaje en cuestión de segundos.

Tres agentes de la Guardia Nacional Republicana quedaron muertos sobre el asfalto.

Varel subió a un helicóptero en un descampado próximo y escapó del radar antes de que despegaran los refuerzos.

Tragué saliva, sintiendo una punzada helada en el pecho.

—¿Cómo lo sabes tú? —inquirí—. Ya no estás en la UDEF. Tienes una orden cautelar de alejamiento de los juzgados.

—Ramos me entregó el informe de Interpol esta tarde en una estación de servicio de la A-1 —respondió sin pestañear—. La policía oculta la fuga para no desatar el pánico, pero Varel ya tiene células activas en Madrid y en Lisboa.

Adrián posó los ojos en el sobre marfil del Museo del Prado. Estiró dos dedos, acercó el pliego y leyó las dos páginas con la rapidez de quien ha revisado cientos de sumarios judiciales.

Un gesto duro le crispó la comisura de los labios.

—Doscientos ochenta mil euros por doce tablas de Patinir en un depósito privado —soltó, dejando caer el papel sobre la mesa—. Ni se han molestado en maquillar la cifra. Te ofrecen cuatro veces la tarifa oficial para sacarte de Madrid esta misma semana.

—Es una designación del Juzgado de Instrucción número 4 —rebatí, señalando el sello judicial—. El Prado respalda el peritaje. Con ese dinero salvo la galería y liquido las deudas que Marcos dejó abiertas. No voy a renunciar a limpiar mi nombre por tus sospechas.

Adrián dio un paso al frente, reduciendo la distancia a menos de medio metro. Su volumen físico llenó el taller, imponiendo esa atmósfera opresiva que recordaba de la sierra.

—El Patronato del Prado no redactó esa propuesta, Valeria.

La tramitó una fundación de Ginebra que encubre a una sociedad de Varel.

Utilizan la vía judicial porque saben que estás ahogada por las deudas y que no rechazarás un contrato público.

Quieren trasladarte a una finca en Portugal para hacer el análisis.

Quieren sacarte de la jurisdicción española y llevarte a una zona donde Varel controla tanto los muelles aduaneros como a los inspectores de frontera.

—No soy una fugitiva, Adrián —protesté, alzando la voz mientras el pulso me retumbaba en las sienes—. Si la policía no puede protegerme, acudiré a la Audiencia Nacional y solicitaré protección de testigos.

Adrián dejó escapar un resoplido carente de humor.

—¿Protección de testigos? —avanzó otro paso, arrinconándome contra el canto del bastidor—.

Torres era el comisario principal de la brigada y vendía rutas de transporte por cincuenta mil euros en mano.

Si pides protección, tu paradero estará en el teléfono de Varel antes de que acabe el turno de guardia.

—¿Y cuál es tu plan? —le espeté, plantando el raspador de hueso sobre la mesa—. ¿Encerrarme otra vez en una cabaña? ¿Aislarme del mundo y decidir cuándo respiro? ¡No volveré a ser tu prisionera, Silva!

Adrián permaneció inmóvil. Durante unos segundos tensos, solo se escuchó el goteo de su cazadora sobre el suelo y el chisporroteo sordo de la lámpara halógena. Vi cómo los dedos de su mano derecha se cerraban sobre el listón del caballete, conteniendo una fuerza que amenazaba con crujir la madera.

—En Guadarrama te mantuve con vida —dijo en un susurro áspero que me erizó la nuca—. Y si tengo que sacarte de Madrid por la fuerza para evitar que acabes en una fosa de Sintra, lo haré.

—Atrévete a ponerme una mano encima —desafié con la barbilla en alto.

Adrián no se movió. Su respiración se volvió más honda y lenta mientras sus ojos grises recorrían mis facciones: la tensión en mi rostro y la rabia contenida que me impedía dar un paso atrás.

Metió la mano en el bolsillo y extrajo un juego de llaves con una anilla metálica lisa. Las arrojó sobre la mesa, junto al escrito del Prado. El tintineo del metal resonó como un disparo.

—Tienes quince minutos para guardar el maletín de reactivos y tu pasaporte —dijo con una serenidad que helaba más que una amenaza—. A las diez en punto, los dos ocupantes del sedán recibirán la orden de entrar por el callejón trasero.

—No iré contigo a ninguna parte —repetí, aunque la firmeza de mi voz empezaba a flaquear ante el peso de su mirada.

Adrián se inclinó hacia mí, tan próximo que distinguí las motas oscuras en su iris y la tensión en su cuello.

—Si te quedas aquí, Valeria, a medianoche este taller estará precintado y tú estarás en el maletero de un coche hacia la frontera. —Pausó la frase, apoyando los dedos sobre el tablero a milímetros de mi mano—. Tú eliges si prefieres pelear conmigo o negociar con los sicarios de Varel.

Se enderezó sin aguardar respuesta, caminó hacia la cancela del pasillo y se apostó en la penumbra junto al interruptor general, con la mano diestra descansando sobre el bulto del arma bajo el cuero.

Miré la tabla de la Inmaculada, donde el azul ultramar resplandecía bajo el foco como una herida abierta entre la mugre. Luego miré el sobre del Prado y el manojo de llaves sobre el pino.

El reloj de pared marcó las nueve y cuarenta y siete.

Apreté los puños dentro del mandil y caminé hacia el armario de los reactivos químicos.