CAPÍTULO 18 — El Sofá, la Redención y la Promesa
El trayecto de regreso desde la agencia hasta nuestra calle privada en Cap Cana transcurre en un silencio cargado de electricidad.
Al cruzar el umbral de mi casa, el peso de la mañana por fin parece caer sobre mis hombros. Dejo el maletín sobre la consola de la entrada y suelto un suspiro tembloroso.
Dante omite las preguntas. Se acerca por detrás, me quita la chaqueta con una delicadeza en contraste con su imponente tamaño y envuelve sus brazos alrededor de mi cintura.
Apoyo la cabeza hacia atrás, descansando contra su pecho, cerrando los ojos al escuchar el latido rítmico y tranquilizador de su corazón.
En la fortaleza de sus brazos, el huracán mediático y el dolor por el rechazo de mi padre parecen desvanecerse.
Estamos inmersos en esa burbuja de paz al sonar el timbre de la puerta principal, rompiendo el silencio.
Dante se tensa de inmediato. El "Acero Herido" se activa en una fracción de segundo.
—Yo abriré —murmura, con la mandíbula rígida, preparándose para destrozar a cualquier periodista capaz de burlar la seguridad de la zona.
—No, Dante. Estamos en mi casa. Lo haré yo —digo suavemente, acariciando su antebrazo para relajarlo.
Camino hacia la puerta y giro el pomo, preparándome mentalmente para cualquier escenario. Sin embargo, la persona de pie en mi porche me deja sin palabras.
Es mi padre.
Pero no es el don Augusto Cabral impositivo y furioso de mi oficina horas atrás. Sus hombros, siempre rectos con orgullo aristocrático, están caídos. Llega sin su habitual maletín y mira sus propios zapatos con una expresión inédita en él: arrepentimiento absoluto.
—Papá... —susurro, desconcertada.
Dante aparece detrás de mí. No dice una palabra, pero se detiene a escasos centímetros de mi espalda. Su sola presencia es un muro de contención, listo para defenderme en caso de reanudarse los insultos.
Mi padre levanta la vista. Sus ojos pasan de mí a Dante, pero esta vez la mirada carece de desafío, mostrando solo un profundo y agotado respeto.
—Valeria, ¿puedo pasar? Solo será un momento —pide, su voz desprovista de cualquier tono de mando.
Me aparto a un lado. Él se detiene en el centro del salón, frotándose las sienes antes de mirarme a los ojos.
—Me equivoqué —comienza, y la crudeza de esas dos palabras me deja paralizada.
Mi padre jamás admite un error frente a nadie—.
Tras la salida de ustedes de la oficina, Richard me llamó.
No para disculparse por el escándalo de las fotos, sino para alardear.
Confesó haberle pagado personalmente a ese fotógrafo.
Su objetivo era arruinar tu reputación por tu atrevimiento al humillarlo con la compra del edificio.
Exigió tu despido como condición para mantener las relaciones corporativas con su familia.
Siento una náusea profunda ante la bajeza de Richard, pero Dante coloca una mano firme y cálida en la base de mi espalda, anclándome al suelo.
—Jamás imaginé a ese muchacho tan vengativo y cobarde —continúa mi padre, negando con la cabeza, su rostro reflejando una decepción inmensa—. Ver su verdadera naturaleza me abrió los ojos sobre mi ceguera contigo, Valeria. Te dejé sola frente a los lobos por un contrato.
Mi padre da un paso hacia mí, con los ojos brillando.
—Inmediatamente después de colgar el teléfono con ese infeliz, convoqué una reunión de emergencia con todos los empleados de la agencia en la sala de juntas —declara, irguiendo de nuevo la postura, recuperando su aplomo de patriarca—.
Les dejé las cosas muy claras. Mostré el contrato del casino y expliqué la brillantez de tu estrategia legal con el hotel boutique.
Rompí públicamente las relaciones con la firma Richard.
El aire se atasca en mis pulmones. Mi padre me está defendiendo públicamente.
—Y les recordé a todos un detalle vital —añade don Augusto, esbozando una sonrisa rota pero cargada de orgullo—.
Les recalqué tus constantes demostraciones de excelencia como la mejor agente inmobiliaria del país.
Además, les exigí mostrarte el respeto merecido, pues el día de mi retiro, serás tú, Valeria, la encargada de asumir la presidencia absoluta de Inmobiliaria Cabral.
Una lágrima cálida resbala por mi mejilla. Durante años he luchado por este reconocimiento; por confirmar la suficiencia de mi talento, erradicando la necesidad de ser "fusionada" en matrimonio para validar mi lugar en el imperio.
Mi padre se gira entonces hacia Dante. El magnate italiano mantiene su postura firme, pero la hostilidad ha desaparecido de sus penetrantes ojos azul hielo.
—Señor Moretti —dice don Augusto, extendiendo su mano con sinceridad—. Me alegra profundamente ver a mi hija acompañada por un hombre de verdad. Alguien capaz de defenderla con su nivel de fiereza mostrado hoy. Le agradezco por cuidar de ella en mis momentos de ceguera por el dinero.
Dante mira la mano de mi padre por un segundo antes de estrecharla con firmeza inquebrantable.
—Valeria no necesita cuidados ajenos, don Augusto. Ella se salva sola —responde Dante, su voz grave y respetuosa resonando en el salón—. Yo solo tengo el inmenso honor de caminar a su lado.
Mi padre asiente, visiblemente conmovido. Se despide con un abrazo apretado, curándome años de heridas invisibles, y sale de la casa, dejándonos solos.
El sonido de la puerta principal cerrándose resuena a modo de punto final de una batalla librada durante toda mi vida.
Me quedo de pie en el centro del salón. De repente, ante el repentino corte de los hilos de mi soporte, la adrenalina de las últimas veinticuatro horas me abandona de golpe. Mis rodillas tiemblan.
Ni siquiera llego a caer.
En una fracción de segundo, los brazos de Dante me rodean como vigas de acero.
Me levanta en vilo con una facilidad asombrosa y me estrecha contra la solidez de su pecho.
Entierro el rostro en el hueco de su cuello, aferrando la tela de su camisa con los puños apretados, y finalmente, después de tanta lucha, me echo a llorar.
No son lágrimas de tristeza. Es el desborde absoluto del alivio, de la tensión acumulada, al comprender el fin de la hostilidad del universo en mi contra.
Dante no me pide contener el llanto. No intenta callarme. Simplemente me sostiene más fuerte, camina conmigo a través del salón y salimos al jardín trasero, cruzando nuestro hermoso arco de flores recién instalado, hasta llegar al interior de su propia casa.
Se sienta en el espantoso sofá floral, acomodándome sobre su regazo como a lo más preciado de su vida. Una de sus manos grandes y cálidas acaricia mi cabello rítmicamente, mientras la otra me rodea la cintura, creando un escudo irrompible.
—Respira, mia regina —murmura contra mi sien, su voz ronca vibrando en mi pecho—. Ya pasó. Nadie volverá a hacerte dudar de tu grandeza. Nunca más.
Me quedo allí, envuelta en su aroma a bergamota y mar, hasta transformar el llanto en pequeños suspiros. Lentamente, levanto la cabeza.
Dante me mira, y el reflejo en sus ojos azul hielo me roba el aliento. El temible magnate, el estratega frío acostumbrado a doblegar corporaciones, tiene los ojos brillantes. Sus manos tiemblan imperceptiblemente al acunar mi rostro.
—Mírate —susurra él, rozando mi mejilla con el pulgar con una devoción capaz de partirme el alma—.
Mírate, Valeria. Pasé cinco años escondido en una fortaleza de hielo, convencido de mi propia ruptura, asumiendo la inminente huida de cualquier persona dispuesta a acercarse debido a mi pasado.
Y luego irrumpiste tú en mi oficina. Con tu furia elegante, tu seguridad arrolladora y tu terquedad por venderme un edificio inútil.
Dante cierra los ojos y apoya su frente contra la mía. Un suspiro áspero, casi doloroso, escapa de sus labios.
—Echaste abajo las puertas de mi vida sin pedir permiso —continúa, su aliento mezclándose con el mío—.
Me enseñaste a respirar bajo el agua. Te enfrentaste a tu propio padre, y a la prensa tan odiada por mí, solo para proteger mi nombre.
Valeria... tú eres mi único milagro creíble.
Eres la luz anhelada por mí desde hace tiempo sin yo saberlo.
El corazón se me expande en el pecho hasta doler de una manera hermosa. Levanto las manos, delineando su fuerte y amada mandíbula, sintiendo la textura áspera de la sombra de su barba bajo mis dedos.
—Tú no eres mi oscuridad, Dante —le aseguro, con la voz quebrada por la emoción más pura jamás sentida—.
Eres mi único lugar en el mundo donde he podido brillar sin exigencias de bajar mi intensidad.
Me enseñaste mi propio valor para ser elegida, defendida y amada sin condiciones.
Te amo. Te amo con cada fibra de mi ser, Dante Moretti.
Un estremecimiento violento recorre el cuerpo entero de Dante. Es similar a recibir oxígeno puro tras haber estado conteniendo la respiración durante años.
—Y yo te amo a ti —jura, su voz desgarrada por la fuerza de sus sentimientos—. Te amo en una inmensidad superior al tiempo disponible en esta vida para demostrártelo.
No hay espacio para más palabras. Sus labios capturan los míos con un hambre y una desesperación capaces de hacerme olvidar mi propio nombre.
Es un beso profundo, arrasador, donde volcamos todos los miedos superados y todas las promesas del mañana.
Sabe a lágrimas saladas compartidas, a victoria absoluta y a un amor tan inmenso, amenazando con consumirme.
Le devuelvo el beso con la misma intensidad, abriendo los labios para recibirlo, enredando mis dedos en su cabello oscuro, acercándolo más y más a mí. Nos besamos hasta reducir el mundo entero únicamente al latido frenético de nuestros corazones.
Al verse obligado a separarnos para respirar, Dante mantiene su rostro a milímetros del mío, acariciando mi labio inferior con su pulgar, con una sonrisa perezosa y deslumbrante iluminando sus facciones.
Me levanto lentamente de su regazo, dejándolo desconcertado por un microsegundo. Me quedo de pie frente a él.
—Por cierto, señor Moretti —murmuro, con una chispa de diversión volviendo a mis ojos al mirarlo—. Hay un último asunto corporativo pendiente en esta casa.
Dante levanta una ceja, intrigado y fascinado.
—¿De cuál se trata, futura presidenta Cabral?
Me agacho, tomo el borde inferior de la escandalosa tela fucsia y amarillo neón bajo él, y doy un tirón dramático hacia arriba.
La tela elástica cede con un sonido seco, resbalando sobre el respaldo, revelando por fin la magnífica, inmaculada y lujosísima piel de cuero negro italiano del inmenso sofá comprado por mí semanas atrás.
Tiro la espantosa funda floral al suelo, victoriosa.
—Ya ha sufrido suficiente, vecino —digo, con una sonrisa suave—. Considero finalizado su castigo, ganándose el derecho a sentarse en su verdadero sofá. Las barreras se acabaron.
Dante mira el cuero negro impecable, luego observa la horrible funda en el suelo, y finalmente me mira a mí. Suelta una carcajada profunda y rica, resonando por toda la sala, un sonido vibrante, libre de cualquier sombra.
En un movimiento letalmente rápido, me toma por la cintura, tirando de mí hacia él hasta hacernos caer juntos sobre el suave cuero negro del sofá.
—Te amo, eres incorregible —susurra, inmovilizándome contra los cojines con su cuerpo fuerte y cálido, sus ojos brillando con pura adoración—. ¿Cuáles son nuestros planes ahora, libres de barreras y excusas corporativas?
—Peor para ti —le advierto, enredando mis brazos alrededor de su cuello—.
Hoy cocino yo. Y al compartir nuestra vida en esta isla, es hora de ver al gran magnate italiano dejar la pasta a un lado y aprender a comer como un verdadero dominicano.
Prepárate para el mejor mangú con los tres golpes de tu vida.
Dante vuelve a reír, uniendo su frente a la mía mientras niega con la cabeza, absolutamente rendido a mis pies.
—Tus deseos son órdenes, mia regina. Contigo, hasta el fin del mundo.
Vuelve a besarme, y en este instante de perfecta y dulce entrega, bajo el cálido sol del Caribe, asumo con absoluta certeza el inicio de nuestro "para siempre".