Mi Irritante e Irresistible Cliente (Un Italiano en Punta Cana nº 1) EPÍLOGO — Dos Planos, un Anillo y un Nuevo Vecino
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EPÍLOGO — Dos Planos, un Anillo y un Nuevo Vecino

Falta exactamente media hora para la invasión del jardín por parte de los invitados.

Cumplir treinta años solía parecerme una fecha aterradora, un límite invisible destinado a marcar la resolución total de mi vida corporativa y personal.

Pero al mirarme en el espejo de mi habitación, ajustando el escote de mi vestido de verano color perla, reafirmo mi nula intención de cambiar este momento por nada del mundo.

La guerra corporativa ha quedado atrás, la agencia prospera bajo mi mando y el hombre más temido de Europa se ha convertido en mi hogar.

Salgo a la terraza trasera. El atardecer tiñe el cielo de Punta Cana de tonos anaranjados y violetas.

Dante está allí, esperándome bajo el arco de flores encargado de unir nuestros patios.

Lleva unos pantalones de lino claro y una camisa blanca impecable con las mangas remangadas.

Al verme, su rostro se ilumina con esa devoción absoluta, aún capaz de robarme el aliento.

Camina hacia mí, acortando la distancia, y deposita un beso suave y prolongado en mis labios, haciéndome sonreír contra su boca.

—Feliz cumpleaños, mia regina —murmura, acariciando mi cintura—. Estás deslumbrante.

—Gracias, vecino —bromeo, apoyando las manos en su pecho—. Aunque la verdadera prueba de fuego será sobrevivir a la inminente invasión de mi familia y tus primos en unos minutos.

Dante suelta una carcajada baja y ronca. Da un paso atrás y toma una elegante carpeta de cuero oscuro descansando sobre la mesa del patio.

—Antes de la irrupción de la caballería y la destrucción de nuestra paz, tengo algo para ti —dice, extendiéndome la carpeta—. Conozco tu aversión a las sorpresas irracionales; por ende, decidí hacer mis regalos de cumpleaños estrictamente estructurales. Tienes tres regalos esta noche, Valeria.

Frunzo el ceño, intrigada por el brillo de anticipación pura en sus penetrantes ojos azul hielo.

Abro la carpeta de cuero. La primera página es un plano arquitectónico impecablemente detallado. Reconozco de inmediato el perímetro de nuestros patios traseros.

—¿Una ampliación? —pregunto, deslizando el dedo por el papel—. Dante... ¿diseñaste una expansión para la piscina?

—Exacto —confirma él, acercándose a mirar el plano sobre mi hombro—. Vamos a demoler la barrera de arbustos por completo. La piscina pasará de veinticinco a cincuenta metros de largo, cruzando directamente hacia tu patio. Una línea recta, olímpica y perfecta para nadar juntos cada amanecer.

Levanto la vista, con el corazón acelerándose ante el detalle. Pero él simplemente asiente hacia la carpeta, instándome a pasar la página.

Obedezco. El segundo plano omite el jardín para enfocarse en la estructura interna. Muestra una remodelación colosal, fusionando el salón principal de su casa y la terraza de la mía a través de una galería de cristal blindado, eliminando cualquier división.

El aire se queda atascado en mi garganta. Mis ojos vuelan de los planos hacia su rostro.

—Dante... —mi voz sale a modo de susurro tembloroso—. ¿Me estás proponiendo mudarme contigo?

La sonrisa de Dante desaparece, reemplazada por una intensidad tan profunda y abrumadora, logrando detener el mundo a nuestro alrededor.

—Espera el tercer regalo —pide en voz muy baja.

Con una gracia letal y una seguridad capaz de derretirme el alma, el magnate implacable retrocede un paso, baja la mirada y se hinca sobre una rodilla en la piedra del patio.

Un jadeo ahogado escapa de mis labios. La carpeta de cuero casi resbala de mis manos.

Dante saca una pequeña caja de terciopelo azul oscuro del bolsillo de su pantalón. Al abrirla, un anillo de platino coronado con un diamante de corte esmeralda, elegante, fuerte y deslumbrante, captura la luz del atardecer.

Sus ojos tormentosos se anclan en los míos. No hay armaduras, muros de acero, ni sombras del pasado. Solo está mi hombre amado, entregándome su alma por completo.

—El primer cruce por el túnel de arbustos parecía conectar solo dos jardines.

Fue un error de cálculo. Conectó mi vida con la tuya —dice él, su voz grave vibrando con una emoción cruda e inquebrantable—.

Empezamos siendo dos vecinos separados por una barrera física y emocional.

Me niego a tolerar una sola barrera más entre nosotros.

No te propongo compartir y unir las dos casas, Valeria.

Te pido unir nuestras dos vidas. Para siempre. Cásate conmigo.

Las lágrimas reprimidas inconscientemente se desbordan por mis mejillas. Asiento frenéticamente, incapaz de articular una sola palabra coherente, y me dejo caer de rodillas frente a él en el suelo del patio.

—Sí. Sí, un millón de veces sí —logro sollozar, riendo y llorando al mismo tiempo.

Dante suelta una exhalación temblorosa, cargada de un alivio absoluto.

Desliza el anillo en mi dedo con manos ligeramente temblorosas, y antes de permitirme admirarlo, toma mi rostro entre sus palmas para besarme con una devoción y un hambre selladores de nuestra promesa.

Es un beso con sabor a victorias compartidas, a mañanas de café y a un futuro inquebrantable.

Justo al ponernos de pie, fundidos en un abrazo irrompible para mí, el timbre de la puerta principal comienza a sonar sin piedad, acompañado de gritos en italiano y español.

La familia ha llegado.

La siguiente hora es un caos maravilloso. Mi padre, don Augusto, brinda por nosotros con lágrimas de orgullo en los ojos. Los primos de Dante toman posesión de la parrilla, llenando la casa de música, risas y copas de champán chocando en el aire.

Estoy cerca de la barra de la terraza, admirando el peso frío y perfecto del anillo en mi dedo, al aparecer una presencia vibrante a mi lado.

—¡Feliz cumpleaños a la mujer más exitosa de la isla! —exclama Carolina, luciendo despampanante en un vestido de lino turquesa. Lleva una inmensa caja de regalo envuelta en papel plateado, pero su sonrisa es pura travesura.

—Gracias, Caro. Te extrañaba —digo, abrazándola con fuerza, cuidando de no aplastar la caja.

—Te traje algo de las boutiques de la capital —anuncia ella, dejando el regalo sobre la barra con un guiño cómplice—. Aunque, para ser honestas, mi mejor regalo lo recibiste hace meses: tu guapísimo vecino de al lado.

Suelto una carcajada, levantando mi mano izquierda para permitirle a la luz capturar el destello del diamante. Carolina suelta un chillido de pura emoción, tomándome la mano para admirar la joya.

—¡Valeria! ¡Es espectacular!

—Lo es —admito, mirando a Dante al otro lado del jardín, recibiendo de él una sonrisa aceleradora de mi pulso—. Y estoy tan agradecida por tu gestión al vendernos esta casa, obligándome a devolverte el favor.

Carolina levanta la vista de mi anillo, enarcando una ceja perfectamente depilada.

—¿Devolverme el favor? ¿A cuál tema te refieres?

—Hablo del nuevo y exclusivo proyecto frente a la playa, tu actual hogar —explico con una sonrisa inocente—.

Ante tu reciente soledad vecinal, te anuncio una novedad: el hermano mayor de Dante acaba de llegar desde Roma para supervisar la filial europea desde el Caribe, convirtiéndose en el comprador de la propiedad colindante a la tuya.

Es un hombre de negocios bastante... intenso.

Carolina frunce el ceño, cruzándose de brazos a la defensiva.

—Valeria, sabes perfectamente el motivo de mi mudanza a esa playa: mi huida del drama corporativo. Carezco de tiempo para lidiar con europeos estirados y arrogantes.

—Oh, tengo la certeza de una futura convivencia maravillosa entre ustedes dos —miento con dulzura, levantando la mano para hacer una seña hacia la parrilla—. ¡Antoni! Ven aquí un momento, por favor.

Un hombre alto, con los mismos hombros imponentes de Dante pero de cabello oscuro ligeramente más largo y postura aún más cínica y arrogante, se separa del grupo de los Moretti.

Antoni viste una camisa negra desabotonada en el cuello, luciendo exactamente a modo de lobo recién adentrado en territorio desconocido.

Camina hacia nosotras con paso seguro y el ceño fruncido.

—Dime, Valeria. ¿A cuál persona debo deslumbrar ahora? —pregunta Antoni, con un acento italiano profundo y una actitud de superioridad absoluta.

—Antoni, quiero presentarte a Carolina. Tu nueva vecina de al lado en la playa.

Carolina se gira con su habitual actitud desafiante, lista para poner al extranjero en su lugar. Antoni baja la mirada hacia ella con evidente desdén.

Sus miradas chocan.

El color abandona el rostro de Carolina simultáneamente a la tensión en la mandíbula de Antoni, pareciendo tallada en piedra. Se señalan mutuamente con los ojos muy abiertos, y en una sincronía perfecta, cargada de furia contenida y un reconocimiento explosivo, gritan al unísono:

—¡¿TÚ?!

Observo la escena, dando un sorbo a mi copa de champán para ocultar mi sonrisa triunfal.

A pocos metros, Dante se acerca a mí y me rodea la cintura por la espalda, apoyando el mentón en mi hombro al observar la inminente discusión a gritos entre su arrogante hermano mayor y mi indomable mejor amiga en medio del jardín.

—Acabas de desatar la Tercera Guerra Mundial, señora Moretti —susurra Dante en mi oído, claramente divertido.

—Se lo merecen —respondo, girando la cabeza para robarle un beso rápido—. Además, tras nuestra victoriosa supervivencia como vecinos, tengo plena confianza en su éxito.

Dante me aprieta más fuerte contra su pecho, sonriendo contra mi piel bajo el cielo estrellado del Caribe, encendiéndose la chispa de una nueva y desastrosa batalla exactamente en el patio de al lado.

FIN