Mi Irritante e Irresistible Cliente (Un Italiano en Punta Cana nº 1) CAPÍTULO 17 — El Escándalo y el Escudo de Acero
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CAPÍTULO 17 — El Escándalo y el Escudo de Acero

El aroma a café recién molido se mezcla con el perfume dulce de las enredaderas de coral adornando nuestro nuevo arco de madera.

La mañana en el jardín es un remanso de paz absoluta.

Dante está de pie frente a mí, ya vestido con un impecable traje azul marino, ajustándose los gemelos de plata en los puños de su camisa.

El sol del Caribe ilumina las motas plateadas de sus ojos azul hielo.

Su mirada me observa con una devoción tan profunda, haciéndome sentir capaz de conquistar el mundo entero.

—Espero un día brillante para ti en la agencia, mia regina —murmura, acortando la distancia para depositar un beso suave y prolongado en mi frente.

Sus manos descansan un segundo en mi cintura, transmitiéndome una calidez perfecta para anclarme al suelo—.

Te veré esta noche. Tenemos un búnker corporativo para celebrar.

Le sonrío, alisando las solapas de su chaqueta con las yemas de los dedos, y salgo hacia mi coche sintiéndome invencible.

Pero la invencibilidad me dura exactamente veinte minutos.

Apenas pongo un pie en el elegante vestíbulo de cristal de la agencia inmobiliaria de mi familia, el aire se vuelve denso, casi irrespirable.

El habitual murmullo de teléfonos y teclados se detiene en seco.

Los agentes de bienes raíces bajan la mirada hacia sus escritorios, y el sonido de una grapadora cayendo al suelo resuena como un disparo en el silencio. Nadie me da los buenos días.

Frunzo el ceño, apretando el asa de mi maletín. Antes de lograr formular alguna pregunta, Laura, mi asistente, aparece casi corriendo por el pasillo. Está pálida como el papel.

—Valeria, a tu oficina. Ahora —ordena en un susurro urgente, tomándome del brazo y arrastrándome hacia el interior de mi despacho.

Cierra la pesada puerta de cristal tras de nosotras y corre las persianas de privacidad con manos temblorosas.

—Laura, me estás asustando. ¿Cuál es la emergencia? —pregunto, dejando mi maletín sobre el escritorio de caoba.

Ella omite las palabras. Toma su tableta digital, traga saliva y la gira hacia mí.

El suelo parece desaparecer bajo mis pies.

La pantalla muestra la portada digital de la revista de negocios y sociedad más leída de toda la isla. El titular, en letras rojas y venenosas, es una bofetada directa a mi rostro:

«NEGOCIOS EN LA SOMbrA: La heredera de los Cabral y sus tácticas "personales" para asegurar el contrato del magnate italiano».

Debajo de las letras, ocupando casi toda la pantalla, está la fotografía.

Somos Dante y yo, la noche anterior, en la terraza del restaurante en el acantilado.

El lugar de nuestra supuesta intimidad absoluta.

La calidad es asombrosa, capturada con un lente telescópico desde la distancia.

En la imagen, mis manos están enredadas en su cabello oscuro, tirando de él hacia mí, mientras sus brazos fuertes me sostienen con firmeza.

La pasión mostrada en ese segundo es cruda y abrumadora; nuestro momento más vulnerable y privado, expuesto ante miles de personas.

El artículo insinúa con malicia calculada mi uso de "encantos femeninos" para asegurar el descarte del Grupo Richard y la posterior compra del casino a mis espaldas, manipulando la negociación a favor de mi agencia.

El leve y fugaz destello blanco avistado por mí en el acantilado contiguo la noche anterior regresa a mi memoria como un relámpago. No era el reflejo del sol ni la luz de un yate. Nos habían estado cazando.

—La centralita lleva sonando desde hace una hora —susurra Laura, sacándome de mi estupor—.

Los periodistas están empezando a aglomerarse en la acera frente al edificio.

Valeria... dicen... se rumorea una llamada anónima a los fotógrafos por parte de Richard al salir furioso de la oficina de don Ernesto ayer.

El pánico inicial en mi pecho se evapora, reemplazado por un calor repentino y abrasador. Rabia pura y absoluta.

Antes de lograr formular una respuesta, la puerta de mi oficina se abre con tanta violencia, capaz de hacer chocar el picaporte contra la pared.

Mi padre está allí. Don Augusto Cabral respira con agitación, con el rostro enrojecido por la furia, sosteniendo su propio teléfono en la mano a modo de arma.

—¡Laura, sal de mi vista! —ruge.

Mi asistente sale disparada, cerrando la puerta tras ella. Me quedo de pie detrás de mi escritorio, irguiendo la columna vertebral para no ceder ni un milímetro.

—Papá, puedo explicarlo. Esto es una difamación barata generada por la incapacidad de Richard para perder.

—¡Es innecesaria cualquier explicación! —me interrumpe él, golpeando la madera del escritorio con la palma abierta—.

¡Acabo de recibir una llamada del Grupo Richard!

El padre del muchacho está furioso. Íbamos a cerrar una fusión de capitales a fin de año, ¡una alianza recién dinamitada por tu comportamiento de adolescente imprudente!

—¿Imprudente? —repito, bajando mi voz una octava, afilándola como el cristal—.

Yo conseguí un trato multimillonario. Mi cliente pagó el precio completo de la propiedad, en efectivo, sin pedir un solo descuento.

Usé mi profundo conocimiento de las leyes de este país para salvar el legado de don Ernesto.

Fui una profesional impecable y los vencí en la mesa de negociaciones.

—Careces de mi perspectiva, hija —ataca mi padre, señalando la pantalla de la tableta, suavizando levemente su tono para mezclar su decepción con la enorme presión empresarial—.

Los hombres del perfil de Moretti siempre ponen el negocio primero.

Ese europeo te utilizó, Valeria. Famoso por ser frío y calculador, jugó contigo, seduciéndote para lograr asegurarle la joya inmobiliaria de don Ernesto, y tú caíste en su trampa.

Has manchado la reputación de esta agencia.

Las palabras de mi padre me golpean directamente en el centro del pecho. Esa es su visión de mí: una mujer incapaz de ser amada por sí misma, una presa fácil, manipulada hábilmente por un estratega mayor.

Siento el escozor de las lágrimas en los ojos, pero me niego a dejarlas caer. Levanto la barbilla.

—Te equivocas —digo, vocalizando cada sílaba con una claridad sepulcral—.

Dante no me utilizó. La estrategia fue mía.

Yo rescaté esa propiedad, yo guié la reunión y yo humillé a Richard ante la evidente falta de visión y moralidad en su plan.

Si deseas castigarme por ser la mejor agente de tu empresa, hazlo.

Pero me niego a permitir tus insultos hacia Dante, y jamás pediré perdón a un niño mimado tras ganarle limpiamente.

Mi padre aprieta los dientes, dando un paso hacia mí con actitud impositiva.

—Vas a llamar a Richard en este preciso instante. Exigirás sus disculpas en nombre de la agencia. Y luego, vas a entregarle la cuenta de Moretti a otro agente de la firma. Quedas fuera del proyecto. No volverás a ver a ese italiano.

La orden cuelga en el aire, pesada y asfixiante. Me exige renunciar al hombre amado para salvar su alianza corporativa.

Abro la boca dispuesta a renunciar a Inmobiliaria Cabral en ese mismo instante, pero un ruido sordo proveniente del pasillo me detiene.

Los murmullos tensos de los empleados en el exterior se convierten en un silencio tan profundo, capaz de parecer irreal. Luego, el sonido de pasos pesados y decididos resuena contra el suelo de mármol.

La puerta de mi oficina vuelve a abrirse.

Mi padre gira sobre sus talones, furioso por la interrupción. Pero las palabras mueren en su garganta.

Dante Moretti está parado en el umbral. No viene solo; dos hombres de traje oscuro, con el inconfundible porte de seguridad de élite, se posicionan a ambos lados de la puerta, bloqueando cualquier acceso desde el exterior.

Sin embargo, lo verdaderamente asombroso no es su escolta, es él.

Cinco años atrás, un escándalo mediático y la presión social provocaron el abandono de su ex prometida, creando en él un terror absoluto a los flashes y a la exposición. Su instinto más profundo y traumatizado le exigiría huir en el primer vuelo a Europa para evitar el circo.

Pero no huyó. Está aquí. Entrando directo al ojo del huracán.

Sus ojos azul hielo escudriñan la habitación con la frialdad táctica de un depredador, deteniéndose finalmente en mí. Al notar mi postura rígida y el leve temblor de mis manos aferradas al escritorio, la escarcha en su mirada se convierte en fuego puro.

Ignora por completo a padre. Cruza la oficina en tres zancadas, pasa por detrás de mi escritorio y se detiene justo a mi lado. Desafiando la presencia de cualquier espectador, levanta una mano y acaricia mi mejilla con una ternura devota, rozando su pulgar mi piel para anclarme a la realidad.

—¿Estás bien, Valeria? —su voz es un murmullo profundo, exclusivamente para mí, ignorando la existencia del resto del universo.

Asiento, sintiendo el aire volver a mis pulmones ante la sola presencia de su calor.

—Señor Moretti, le exijo retirar las manos de mi hija y salir de mi oficina de inmediato —ladra mi padre, recuperando el habla, ofendido por la invasión.

Dante no se inmuta. Lentamente, baja la mano de mi rostro; sin embargo, rechaza alejarse y se posiciona medio paso por delante de mí. Sus hombros anchos actúan como un muro impenetrable entre mi padre y yo.

Cuando Dante gira el rostro para mirar a padre, el magnate implacable toma el control absoluto de la habitación.

—Don Augusto —comienza Dante. Su tono es aterciopeladamente letal, cargado de una cortesía diplomática capaz de provocar escalofríos—. Le sugiero moderar su tono al dirigirse a la mujer responsable de asegurar la comisión más grande en la historia de su empresa.

—Esa comisión es una vergüenza pública. Usted la utilizó para conseguir sus objetivos inmobiliarios...

—De poseer la mitad del talento empresarial presumido por usted, notaría la verdad de los hechos —lo interrumpe Dante, resonando su voz con una autoridad carente de réplica—.

Fue el intelecto de Valeria, su profundo respeto por el legado y la historia de su propio país, lo causante del cierre de este trato.

Ella rescató ese hotel histórico y convenció a don Ernesto de la protección de mi empresa.

Ella elaboró la estrategia táctica. Yo simplemente tuve el inmenso privilegio de financiar su brillantez.

Mi padre parpadea, desconcertado por la firmeza y claridad de la defensa.

—La prensa está destrozando el nombre de mi familia por esa foto —insiste don Augusto, intentando recuperar terreno.

Dante se niega a mirar la tableta sobre el escritorio. Su atención sigue clavada en mi padre a modo de láser.

—Mi equipo legal en Roma ya está redactando una demanda multimillonaria contra esa revista por difamación, espionaje corporativo y acoso —informa Dante con una calma escalofriante—.

Ese portal de noticias se retractará y cerrará antes del anochecer.

En cuanto al señor Richard, me encargaré personalmente de hacer entender a su familia las dolorosas repercusiones financieras de orquestar este teatro.

Dante da un paso al frente, obligando a mi padre a retroceder ligeramente por pura presencia física.

—Valeria no es un activo corporativo para sus fusiones de capital, don Augusto.

Es la mujer más inteligente, valiente y extraordinaria de mi vida —declara Dante, vibrando su voz con una sinceridad tan profunda capaz de hacerme temblar—.

Y le aseguro, por mi honor y mi vida, mi disposición a exigirle respuestas a cualquiera con intenciones de menospreciarla, hacerla sentir insuficiente o dudar de su capacidad. Sin excepciones.

—¿Y cuál será su destino tras tu inevitable cansancio y tu regreso a Europa? —lanza mi padre como un dardo envenenado, buscando una grieta en su armadura.

Dante no titubea. El poderío táctico desaparece, dándole paso a una emoción cruda, arrolladora y devastadoramente sincera.

—Entonces volveré a buscarla. Donde sea.

El silencio posterior a sus palabras es absoluto y ensordecedor. Mi padre, un hombre acostumbrado a dictar el destino de su entorno, enmudece frente a la resolución inquebrantable del italiano.

La fuerza de esa promesa me estremece el alma. Dante está dispuesto a luchar. Pero me niego a ser un simple trofeo en disputa.

—No necesito defensa alguna, Dante —intervengo, dando un paso al frente para entrelazar mis dedos con los suyos. Tomo aire, levanto la barbilla y clavo mis ojos en mi padre—. Ya tomé mi decisión.

El rostro de mi padre refleja un atisbo de incredulidad.

—Lo elegí a él.

Don Augusto abre la boca, buscando responder, pero no emite ningún sonido.

La incredulidad plasmada en su rostro me golpea con brutalidad, superando cualquiera de sus gritos.

Por primera vez en mi vida, mi padre carece de una orden para dar.

No está perdiendo una discusión. Está perdiendo el control absoluto sobre mi destino.

Dante gira la cabeza hacia mí, aferrándose a nuestra unión con aún más fuerza. Su mirada descarta la guerra para ofrecer refugio y futuro.

—Vámonos, mia regina. Tenemos un contrato para celebrar, y este lugar ya no está a tu altura.