CAPÍTULO 16 — El Camino de Flores y el Jaque Mate
El eco de mi propia voz al mencionar el nombre de Richard parece congelar el aire dentro de la inmensa bóveda de acero.
Guardo el teléfono en mi bolso con manos aún temblorosas por la adrenalina.
Espero encontrar en Dante esa misma sombra de inseguridad consumidora de su paz en la gala, pero me equivoco.
Frente a mí se alza el letal experto en seguridad.
Su mandíbula se tensa, encendiendo un fuego oscuro, territorial y feroz en sus ojos azul hielo.
—Llama a tu asistente —ordena, acortando el espacio entre nosotros con una zancada—. Transmítele mi orden de duplicar la oferta de ese imbécil ahora mismo. En efectivo. Lo compro hoy.
Mentiría al negar la debilidad en mis rodillas ante su fiereza dispuesto a defender lo nuestro. Deseo usar su inmenso poder como un escudo. Pero niego con la cabeza, levanto las manos y las apoyo sobre su pecho. Su corazón late con fuerza, desbocado, bajo mi palma.
—No, Dante. Guarda tu dinero —le pido suavemente, obligándolo a mirarme a los ojos—.
Entrar en una guerra de billetes nos hará perder tiempo y el dueño olerá la desesperación.
Vamos a tu casa. Necesito mi tableta, los planos del municipio y un litro de café.
Vamos a ganarles jugando al ajedrez, no a los dados.
Una hora después, la inmaculada isla de mármol negro de su cocina se ha convertido en mi sala de guerra.
Estoy inmersa en artículos viejos de periódicos, registros de la propiedad y leyes municipales al resonar el timbre de la puerta principal por toda la casa.
Levanto la vista, desconcertada. Dante, de pie frente a la cafetera preparando un espresso doble, no parece sorprenderse.
Camina hacia la entrada con paso tranquilo.
Escucho el murmullo de varias voces masculinas y el sonido inconfundible de herramientas de jardinería. Unos minutos después, Dante regresa a la cocina y desliza la taza de café humeante junto a mi mano.
—Son unos contratistas —explica, notando mi curiosidad—. Vienen a hacer un arreglo rápido en el patio. Ignóralos y sigue con tu investigación, mia regina. Nada debe interrumpir a esa mente brillante.
El acento italiano marcando las palabras "mi reina" y la devoción en su mirada me roban el aliento, pero me obligo a concentrarme en la pantalla. Y entonces, diez minutos después, las piezas del rompecabezas encajan de manera perfecta.
—¡Lo tengo! —exclamo, poniéndome de pie de un salto al dispararse la adrenalina en mi pecho—. Dante, acércate.
Él no lo duda. Se acerca y se apoya en la encimera justo detrás de mí, tan cerca para rozar mi espalda con su pecho firme. El olor a bergamota y mar inunda mis sentidos al señalar la pantalla con un dedo tembloroso.
—Richard y sus abogados consideran esto una simple transacción de bienes raíces, ignorando por completo la historia —comienzo, girándome ligeramente para mirarlo—.
Don Ernesto no clausuró este casino por bancarrota.
Lo construyó en los años ochenta con muchísimo orgullo; fue uno de los pioneros del turismo en Punta Cana.
Pero hace tres años descubrió la realización de actividades ilícitas en los sótanos a sus espaldas.
Él mismo lo cerró por puro amor a esta isla, evitando manchar su legado familiar.
Dante entorna los ojos, comprendiendo el ángulo al instante gracias a su mente táctica.
—Además —continúo, con una sonrisa triunfal—, los planos originales muestran un pequeño hotel exclusivo en el ala oeste sin nunca llegar a operar. ¡Es el alojamiento perfecto, privado y seguro para tus empleados europeos!
—¿Cuál es tu estrategia exacta, Valeria? —indaga él, vibrando su voz con profunda admiración.
—Le expondremos a don Ernesto los planes de la constructora de Richard: demolerán su legado para hacer otro resort genérico sin alma.
En cambio, le propondremos tu plan de conservación de la estructura histórica.
Y lo más importante: le explicaremos la dedicación de tu compañía internacional a velar por la seguridad y la integridad.
Tu empresa protegerá la ciudad tan amada por él.
Es una conexión moral, no solo financiera.
Dante suelta un suspiro áspero. Levanta una mano y traza la línea de mi mandíbula con la yema del pulgar, mirándome como si fuera la octava maravilla del mundo.
—Eres letal —susurra, con el rostro brillando de puro orgullo—. Es el plan perfecto. Pero antes de ir a la oficina de ese hombre a destruir a tu rival, hay un asunto necesitado de tu atención.
Toma mi mano, apartándome de los planos, y me guía hacia las puertas de cristal del salón. Al salir al jardín, me detengo en seco y me llevo ambas manos a la boca.
Los contratistas ya se han marchado, dejando el resultado de su trabajo a la vista.
En la barrera de arbustos, justo en el lugar de nuestro rústico y secreto túnel, ahora se alza un hermoso camino de piedra blanca.
Y sobre él, un espectacular arco de madera tallada sirve de soporte a exuberantes enredaderas cayendo con decenas de flores blancas y coral, creando una entrada de cuento de hadas entre su mundo y el mío.
—El túnel inicial estaba escondido y te rasguñaba los brazos —explica Dante en un susurro grave, parándose detrás de mí y rodeando mi cintura con sus brazos protectores—.
Al adoptar la tradición de cenar juntos todas las noches, deseaba un camino digno de ti hacia mi casa. No más rasguños. No más escondites.
Una lágrima de pura emoción resbala por mi mejilla. Me giro entre sus brazos y me hundo en su pecho. Ningún hombre se había tomado el tiempo, el esfuerzo o el cuidado de construir un camino de flores solo para hacerme la vida más hermosa.
—Es el detalle más perfecto recibido en mi vida, Dante —murmuro contra su camisa, sintiendo a mi corazón pertenecerle por completo.
Él besa mi frente con una ternura infinita, estrechándome contra su pecho.
—Ahora, vamos a ganar ese contrato.
A las tres de la tarde, las pesadas puertas dobles de caoba de la sala de juntas de Inmobiliaria Cabral se abren de golpe.
La escena frente a nosotros es exactamente la esperada.
Richard está sentado frente al escritorio, sosteniendo una pluma fuente sobre una carta de intención, luciendo una sonrisa arrogante de victoria inminente.
Don Ernesto y mi padre observan satisfechos.
La sonrisa de Richard se borra de golpe al vernos entrar.
Dante no pronuncia palabra. Simplemente irradia un aura de poder tan abrumadora, volviendo pesado el aire en la habitación. Se coloca detrás de mi silla, cediéndome el escenario por completo. Su postura es un mensaje claro para todos los hombres en la sala: Ella manda. Yo le cubro la espalda.
Con una confianza inquebrantable, expongo mi investigación.
Hablo del legado de don Ernesto, del orgullo de los años ochenta y de la integridad moral de Punta Cana.
Muestro la futura demolición de su historia con maquinaria pesada por parte de Richard, contrastándola con la protección del turismo de la isla desde ese mismo edificio a cargo de la empresa de seguridad de Dante.
Detallo el uso del hotel exclusivo para el personal europeo y la conservación intacta de la estructura original.
Los ojos del anciano patriarca se llenan de lágrimas de gratitud contenida al escuchar a alguien valorar su verdadero esfuerzo.
—Don Ernesto, es solo un edificio viejo —intenta intervenir Richard, tartamudeando, la cara roja por la indignación y la pérdida de control—.
¡Nuestra oferta en efectivo duplica el valor del terreno!
Además, ¿cuál será el destino de la propiedad tras el abandono de la isla por parte de Moretti en seis meses?
¿Cómo protegerá su preciado legado entonces?
La imponente figura detrás de mi silla rompe su silencio.
—No pienso abandonar la isla —responde Dante, resonando su voz grave con una autoridad inquebrantable. Apoya las manos en el respaldo de mi asiento. Baja la mirada hasta encontrar la mía, ardiendo su cabello oscuro y sus ojos azul hielo con una promesa absoluta—. Mi futuro está aquí.
El anciano levanta una mano temblorosa pero firme, silenciando al heredero de la constructora. Toma su pluma, aparta el contrato de demolición hacia un lado del escritorio, y firma la carta de intención a favor de Dante Moretti.
Richard, humillado en su propio juego, sale de la oficina dando un portazo.
Hemos ganado.
Al salir del edificio corporativo, la brisa del atardecer caribeño nos recibe con una calidez envolvente.
El cielo comienza a teñirse de tonos fucsias y naranjas, como si la isla misma estuviera celebrando nuestra victoria.
Saco las llaves de mi coche de la cartera, lista para regresar a la seguridad del camino de flores de nuestro jardín, pero la mano firme de Dante se posa sobre la mía, deteniéndome.
—No volvamos a casa todavía —murmura, sus ojos azul hielo brillando con una mezcla de orgullo absoluto y adoración—. Una reina merece celebrar su victoria como es debido.
Media hora después, estamos en la terraza privada de «El Acantilado», el restaurante más exclusivo de la zona, apartado estratégicamente de las miradas curiosas. Nos ofrece una vista panorámica del océano infinito y una intimidad con aires irreales tras la tensión de la sala de juntas.
Me encuentro de pie junto a la barandilla de cristal grueso, con la brisa jugando con mi cabello.
Dante se acerca por detrás. Su pecho firme roza mi espalda, y sus brazos se deslizan con suavidad alrededor de mi cintura.
Su abrazo protector me hace suspirar y dejar caer la cabeza hacia atrás en su hombro.
—Hacemos el mejor equipo del mundo, vecino —susurro, recostándome contra su solidez, sintiendo el ritmo constante y tranquilizador de su corazón a través de la fina tela de su camisa.
—El único equipo valioso para mí —concede él, su aliento cálido acariciando mi cuello.
Dante me hace girar suavemente entre sus brazos, acorralándome con inmensa ternura contra la barandilla. Sus manos acunan mi rostro. Me mira como a un milagro en pleno descubrimiento.
—Eres la mujer más brillante de mi vida, Valeria —confiesa, su voz ronca vibrando con una emoción profunda—. Y estoy inmensamente orgulloso de ti.
Sus labios capturan los míos con una devoción abrumadora.
Es un beso con sabor a victoria compartida, a admiración sincera y a la certeza inquebrantable de nuestro futuro juntos.
Me aferro a sus hombros anchos, enredando mis dedos en el cabello oscuro de su nuca, rindiéndome por completo a la fuerza de sus brazos y al latido desbocado de mi propio corazón.
Estamos tan perdidos en nuestro mundo, tan envueltos en la magia del crepúsculo y en la calidez de nuestra entrega, logrando la desaparición completa del entorno.
Por una fracción de segundo, el rabillo de mi ojo capta un leve y fugaz destello blanco proveniente de un sendero oculto en el acantilado contiguo, a varias decenas de metros de distancia.
Sin embargo, el calor abrasador de los labios de Dante borra cualquier pensamiento racional de mi mente.
Lo ignoro por completo, convencida de ser solo el reflejo del sol ocultándose en el horizonte o la luz de navegación de un yate a lo lejos.
Jamás imaginé la verdad: aquel insignificante resplandor no era un truco de la luz, sino el disparo inclemente del lente telescópico de un fotógrafo a sueldo, acaparando nuestro mayor secreto para mostrárselo al mundo entero.
Habíamos ganado la guerra corporativa por un edificio. Pero la guerra por mi reputación, mi carrera y nuestra privacidad, estaba a horas de estallar.