Mi Irritante e Irresistible Cliente (Un Italiano en Punta Cana nº 1) CAPÍTULO 15 — La Confesión y el Búnker de los Sueños
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CAPÍTULO 15 — La Confesión y el Búnker de los Sueños

La mañana posterior a nuestro primer beso le devuelve los colores al mundo.

El sol caribeño se filtra por las cristaleras de la casa de Dante, pintando diamantes de luz sobre el agua de la piscina.

Mi mano golpea el azulejo del borde, salpicando agua salada sobre la piedra.

Rompo la superficie, exhalando con fuerza, y me quito las gafas protectoras.

A pesar del ardor de mis músculos, una euforia vibrante me recorre las venas.

Dante está de pie en la zona menos profunda. Las gotas de agua resbalan por la ancha musculatura de sus hombros y su pecho, brillando bajo los primeros rayos del sol. Me observa con los brazos cruzados y una sonrisa cargada de un orgullo sumamente genuino, capaz de hacer saltar mi corazón.

—Quinientos metros —anuncia él, resonando su voz grave sobre el suave murmullo del agua—. Un ritmo constante, respiración controlada. Absolutamente impecable, Valeria.

Nado los escasos metros separándonos hasta quedar frente a él. Apoyo mis manos mojadas sobre sus pectorales firmes, sintiendo el latido constante de su corazón. La sombra de Richard y la frialdad de la gala pertenecen a otra vida.

—Debo confesar algo, entrenador —murmuro, acercando mi rostro al suyo con una sonrisa juguetona—. Los manuales omiten un detalle crucial en tu técnica de enseñanza. Aparentemente, tus besos son el verdadero motor de mi resistencia diaria.

Los ojos grises de Dante se oscurecen de inmediato.

—Bajo esas circunstancias —ronronea, deslizando sus manos por mi cintura bajo el agua para atraerme contra él—, mi deber como profesional de la seguridad exige evitar cualquier retraso en su entrenamiento.

Se inclina y captura mis labios en un beso con sabor a sal, a café y a futuro.

Media hora después, envueltos en gruesas batas de algodón egipcio, estamos sentados en la cocina. El aroma a café recién molido llena el espacio, creando una atmósfera de absoluta domesticidad, maravillosa y aterradora al mismo tiempo por mi profundo encanto hacia ella.

Dante me pasa una taza humeante, sosteniendo mis dedos entre los suyos al entregarla. Su mirada se vuelve seria, casi vulnerable.

—Tengo una confesión para ti, Valeria. Después de los eventos de anoche, mereces la transparencia total.

—Empiezas a asustarme, Moretti —bromeo, sintiendo un vuelco en el corazón.

—La apuesta de las propiedades... aquella regla sobre la cena como penalidad por cada rechazo —una sonrisa lenta y casi tímida suaviza su rostro—. Jamás fue una estrategia de negocios. Fue una invención de último minuto esa misma mañana en tu oficina.

Lo miro con los ojos muy abiertos.

—Tu irrupción en mi círculo en aquel yate con esa furia elegante logró cautivarme de inmediato —continúa él, acariciando mis nudillos—.

Reconocí en ti a una mujer indispuesta a aceptar una invitación a salir de un hombre con mi perfil, especialmente tras tu pasado.

Por ende, inventé esa absurda apuesta corporativa con el único fin de obligarte a pasar tiempo conmigo y evitar tu huida.

Mi pecho se infla de una ternura infinita. El "Acero Herido" estructuró un contrato millonario solo para conseguir una cita conmigo.

—Eres un estratega tramposo, Dante.

—Soy un hombre con propósitos extremadamente claros —corrige él, besando mi mano—. Y ahora, arréglate. Ansío visitar la famosa propiedad "imposible" mencionada por ti anoche.

A las diez de la mañana, aparcamos frente a unas inmensas puertas de hierro forjado. Las letras doradas y desgastadas en la fachada de hormigón cuentan la historia de una gloria pasada.

—¿Un casino? —pregunta Dante, ajustándose la chaqueta del traje al escanear el perímetro con sus ojos.

—El antiguo Casino de la Costa —explico, sacando las llaves—. Clausurado hace tres años. Don Ernesto, el dueño, ordenó su cierre tras descubrir la realización de actividades poco éticas a sus espaldas. Prefirió la pérdida de millones a manchar su nombre.

Abro las pesadas puertas. El aire estático del interior nos da la bienvenida. Ante nosotros se revela un salón inmenso de techos altísimos y candelabros cubiertos de polvo. Caminamos por el centro, dejando nuestros pasos resonar en el silencio sepulcral.

—Míralo bien, Dante. La arquitectura de los casinos clásicos busca la pérdida total de la noción del tiempo en sus visitantes. Cero ventanas. Nula visibilidad desde el exterior. Representa una pesadilla para el espionaje y el búnker ideal para tus servidores.

Bajamos al subsuelo. Allí el frío del concreto se vuelve más intenso. Nos detenemos frente a una colosal puerta de acero inoxidable con una rueda de combinación masiva.

—La antigua bóveda —anuncio, apoyando la mano sobre el acero frío—. Intacta. Ignífuga. Sismo-resistente. El lugar exacto del nacimiento de tu imperio en el Caribe.

Dante camina por el interior del cuarto de acero, midiendo el espacio, procesando la brillantez táctica del lugar. Al girarse hacia mí, deja atrás al cliente para revelar a un hombre eufórico.

—¡Valeria! —exclama.

Acorta la distancia, tomándome por la cintura para levantarme del suelo y hacerme girar. Su risa llena la bóveda. El vértigo me obliga a aferrarme a sus hombros, riendo con él.

—Eres brillante. Victoria total para ti, mia regina. Lo compro. Hoy mismo —sentencia, su voz cargada de una autoridad absoluta—. Y si alguien intenta arrebatármelo, descubrirá el verdadero motivo de mi éxito construyendo imperios durante los últimos veinte años.

Sella la victoria con un beso profundo en medio de esa fortaleza de acero. Nos separamos jadeando, portando sonrisas imborrables.

—Echaré de menos el rechazo de tus propiedades —murmura él contra mi frente—. Mi excusa para cenar contigo acaba de caducar.

—Las excusas son innecesarias ahora, Dante —le aseguro en un susurro—. Cenar juntos ya no es una penalidad. Es nuestra nueva tradición.

Su intención de besarme de nuevo se ve frustrada por un sonido estridente y metálico. Mi teléfono grita desde el bolso, rebotando el eco en las paredes de la bóveda a modo de sirena de ataque.

Es Laura.

—¿Hola? Laura, estoy en el Casino con el señor Moretti. Prepara los documentos de cierre...

—¡Valeria, detente! —la voz de mi asistente suena quebrada por el pánico—. No hay cierre. Acabo de recibir una llamada del dueño. Otra parte acaba de meter una oferta de compra total en efectivo hace veinte minutos.

Siento mi sangre helarse.

—¿Quién, Laura? ¿Quién dispone de semejante capital en efectivo?

—La oferta no provino directamente de Richard —responde ella, logrando darme un segundo de alivio—. Provino de Inversiones Cabral busca acorralarnos.