Mi Irritante e Irresistible Cliente (Un Italiano en Punta Cana nº 1) CAPÍTULO 14 — La Visita y la Caída del Acero #2
75%

CAPÍTULO 14 — La Visita y la Caída del Acero #2

—¡Conozco este humillante guion de memoria!

—continúa, desgarrándose su voz por la fuerza de sus emociones—.

Él es lo seguro. La opción lógica y familiar.

Hace cinco años, mi futura esposa me abandonó a tres semanas de la boda para volver con su primer amor.

Me miró a los ojos, acusó a mi mundo de ser demasiado oscuro y complicado, y eligió la tranquilidad.

Me humilló frente al mundo entero, dejándome clara mi insuficiencia.

Cierra los ojos con fuerza y se pasa ambas manos por el cabello oscuro, tirando de los mechones en un gesto de pura desesperación. Al volver a abrir los ojos, el brillo de la agonía sin filtros en sus pupilas me encoge el corazón.

—Y anoche... —susurra, descendiendo su voz a un tono ronco, roto y dolorosamente vulnerable—, al verte sonreírle a ese chico y escuchar a tu padre planificar un futuro juntos.

.. el suelo desapareció bajo mis pies. Supe mi destino: estaba a un segundo de volver a vivir la misma historia.

Estaba a punto de convertirme, otra vez, en la segunda opción.

El silencio posterior a su confesión es abrumador. En ese silencio, todas mis dudas, todos mis miedos de haber quedado rota para siempre por culpa de mi ex, se evaporan en el aire.

Frente a mí no hay un magnate arrogante.

Hay un hombre dispuesto a perder la única luz encontrada en años solo para evitar sangrar de nuevo.

Un hombre preocupado por abrigarme con una bata, dedicado a cocinar para mí, enfrentado a la peor versión de mi pasado para protegerme de los flashes, y ahora aterrorizado de no ser suficiente.

Un amor feroz, instintivo y absolutamente indomable despierta en mi interior. Me niego a dejarlo huir. Jamás permitiré la intervención de los fantasmas de una mujer ciega ante su valor para dictar nuestro futuro.

Me seco la lágrima de la mejilla con el dorso de la mano. Yergo la espalda y lo miro con toda mi fuerza y convicción.

—¿Segunda opción? —replico, acortando los dos pasos separándonos—.

Eres el hombre dispuesto a cruzar una playa llena de fotógrafos por mí.

Quien me enseñó a nadar al haber dejado yo misma de creer en mis capacidades.

El hombre oculto conmigo en un cuarto de servidores, capaz de apartarse al considerarme aún no preparada. Tú nunca has sido una segunda opción.

Dante frunce el ceño, confundido por la fuerza de mis palabras, el aire atascado en sus pulmones.

No le doy tiempo a procesarlo. Ignoro su muro defensivo, levanto las manos y atrapo su rostro entre mis palmas.

Mis dedos se hunden en su cabello oscuro en la nuca, sosteniéndolo con una firmeza absoluta, obligándolo a inclinar ligeramente la cabeza para impedirle apartar sus ojos tormentosos de los míos.

Siento el calor de su piel, el roce áspero de la sombra de su barba y el pulso desbocado latiendo en su mandíbula.

—Richard es mi pasado —mi voz no tiembla. Es un juramento—. Tú eres el hombre hacia el cual corro descalza, atravesando un jardín entero, por el puro terror de perderlo. Eres la única persona en este mundo capaz de hacer latir mi corazón de nuevo.

Un gemido sordo, áspero y cargado de una desesperación profunda, nace en el fondo de la garganta de Dante.

El control se rompe por completo.

Sus manos, grandes y cálidas, encuentran mi cintura como si llevaran semanas conteniéndose.

Me levanta del suelo con una fuerza arrebatadora, haciéndome jadear por la sorpresa al despegar mis pies descalzos de la madera.

Me estrella contra la solidez de su pecho musculoso, anulando cualquier distancia entre nosotros, y su boca desciende sobre la mía con la fuerza devastadora de un huracán.

El impacto de sus labios contra los míos es una explosión sensorial arrebatándome el sentido del equilibrio.

No es un beso dulce. No hay dudas ni preguntas educadas. Es un reclamo crudo, posesivo y ardiente. Es el choque de dos almas hambrientas durante años, repentinamente frente a un festín.

Abro los labios con un suspiro ahogado, rindiéndome por completo a la fuerza de su beso. El sabor a café, a menta y a la masculinidad pura de Dante inunda mis sentidos. Cada roce de su boca contra la mía es febril, hambriento y sumamente desesperado, arrancándome un gemido involuntario.

Mis brazos rodean su cuello, mis dedos enredándose con fuerza en su cabello, acercándolo aún más, de ser eso físicamente posible. Deseo borrarle de la memoria cualquier rastro de dolor; necesito hacerle ver mi realidad, asegurarle mi permanencia, gritarle mi elección por él.

Dante cambia el ángulo del beso, profundizándolo hasta dejarme sin aire.

Sus brazos me rodean con una firmeza protectora, aferrándose a mi espalda por temor a desvanecerme.

Me aprieta contra su pecho con una urgencia arrolladora, dejándome sentir el latido desbocado de su corazón y la fuerza innegable de un abrazo destinado a no soltarme jamás.

Deja escapar un suspiro ronco contra mi boca, haciéndome temblar de pies a cabeza.

Camina hacia atrás sin romper el beso ni aflojar su agarre, hasta hacer chocar mi espalda suavemente contra la pared de la cocina.

Me sostiene allí, su cuerpo actuando como una barrera de calor para refugiarme eternamente.

Nos besamos hasta rogarle piedad a nuestros pulmones, hasta desvanecer por completo el mundo exterior, reducido únicamente al ritmo frenético de nuestros corazones latiendo al unísono.

Al verse finalmente obligado a apartarse para respirar, no va muy lejos. Mantiene su frente apoyada contra la mía. Sus ojos grises están oscurecidos por la emoción y la pura intensidad del momento. Su pecho sube y baja ruidosamente contra el mío.

Levanta una mano, sus dedos temblando ligeramente al trazar la curva de mi mejilla, como si necesitara comprobar mi existencia real.

—Valeria... —susurra mi nombre semejante a una plegaria, su aliento acariciando mis labios todavía húmedos y palpitantes.

Le sonrío, una sonrisa deslumbrante, exhausta y llena de una promesa inquebrantable, mientras deslizo mis manos por su pecho hasta posarlas sobre su corazón, latiendo con la fuerza de un tambor.

—Y tú eres mi perdición, Valeria —susurra.

Amplío mi sonrisa, sintiendo el triunfo correr por mis venas.

—Entonces deja de intentar escapar de mí, vecino.

Se inclina hacia mí una vez más. Esta vez, el beso no es un reclamo desesperado impulsado por el miedo, sino una promesa dulce, profunda y deliberada.

Sus labios rozan los míos con una ternura infinita, saboreando el momento, sellando el pacto silencioso entre los dos.

Me dejo envolver por su calidez, cerrando los ojos con la certeza absoluta sobre la caída definitiva de su inquebrantable muro de acero.

Sin embargo, al detenerse el mundo entre sus brazos, el sonido estridente de mi teléfono celular rompiendo el silencio desde el interior de mi bolsillo me devuelve bruscamente a la realidad.

La guerra por nuestros corazones ha terminado, declarándonos vencedores.

Pero con Richard de vuelta en la isla y mi padre buscando la "fusión perfecta", la verdadera guerra corporativa —la amenaza dispuesta a destruir nuestra esencia y nuestras construcciones de estas semanas— apenas acaba de comenzar.