Mi Irritante e Irresistible Cliente (Un Italiano en Punta Cana nº 1) CAPÍTULO 14 — La Visita y la Caída del Acero
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CAPÍTULO 14 — La Visita y la Caída del Acero

La luz del amanecer se filtra por las persianas de mi habitación, pintando franjas doradas sobre las sábanas intactas. El insomnio me ha dominado durante toda la noche.

El vestido rojo de seda yace sobre el sillón de la esquina, como un recordatorio silencioso del desastre de la velada.

Mi mente reproduce sin cesar, en un bucle tortuoso, el momento exacto de la extinción de la calidez en los ojos de Dante, reemplazada por un muro de hielo impenetrable tras las palabras de mi padre.

Su espalda recta alejándose entre la multitud de la alta sociedad es una imagen grabada a fuego en mi pecho.

A las nueve de la mañana, me rindo. Me levanto arrastrando los pies, me envuelvo en una bata de seda color perla hasta las rodillas y camino hacia la cocina.

El silencio de mi casa es ensordecedor. Preparo una taza de café negro, deseando disipar la niebla de mi cerebro con el sabor amargo.

Sin embargo, al apoyarme en la isla de cuarzo para dar el primer sorbo, el timbre de la puerta principal me hace dar un salto.

Frunzo el ceño. Nadie se presenta en Cap Cana a las nueve de la mañana de un sábado sin previo aviso.

Dejo la taza sobre la encimera, me ajusto el nudo de la bata y abro la puerta, ensayando una sonrisa de disculpa por mi aspecto desaliñado.

Pero la sonrisa muere en mis labios antes de nacer.

—¡Buenos días, Vale! —saluda Richard, golpeándome con su efusividad semejante a una ráfaga de viento inoportuna.

Lleva unos pantalones cortos color caqui, un polo blanco de diseñador impecablemente planchado y unas gafas de sol colgadas del cuello.

Su cabello rubio oscuro exhibe esa estudiada despreocupación típica de los hombres ajenos a cualquier lucha.

Me sonríe con la misma confianza arrolladora de nuestros días adolescentes correteando por los clubes de campo de nuestros padres.

Parpadeo, aferrando el borde de la puerta, completamente desconcertada.

—Richard. Hola. ¿Cuál es el motivo de esta visita tan temprana?

—Vine a secuestrarte —anuncia, apoyando una mano en el marco de la puerta con excesiva familiaridad—.

Ayer en la gala apenas pudimos cruzar dos palabras por todo el alboroto de tu padre, los socios y los fotógrafos.

Tuve la idea de ir a desayunar a la Marina.

O almorzar, a tu elección. Deseaba relatarte los detalles de mi maestría en Europa y ponernos al día.

Ya sabes, retomar las cosas en nuestro punto de pausa.

Un nudo de ansiedad comienza a formarse en mi garganta. La simple idea de sentarme en un restaurante a fingir interés en anécdotas europeas, con mi corazón roto al otro lado de la cerca de arbustos, me resulta insoportable.

—Yo... Richard, te lo agradezco de verdad, pero considero inoportuno este momento —intento excusarme, mi voz sonando tensa. Me cruzo de brazos, sintiéndome repentinamente muy expuesta en mi ropa de dormir—. He dormido muy mal y tengo una montaña de correos de la agencia pendientes de revisión.

—Vamos, Vale, me niego a aceptar un no por respuesta —insiste él.

Con una perseverancia sorpresiva, da un paso hacia el interior del pequeño porche, acortando la distancia entre nosotros. Adelantándose a mi retroceso, levanta las manos y toma las mías, hasta entonces apretadas contra mi pecho. Sus pulgares rozan mis nudillos.

—Será como antes. Solo tú y yo. Y de paso, me cuentas sobre ese italiano tan misterioso, tu acompañante de anoche. Tu padre parecía bastante ansioso por alejarlo de tu lado.

El roce de sus manos no me produce absolutamente nada. Ninguna chispa. Ningún calor. Solo una profunda y urgente necesidad de apartarme.

Pero antes de lograr dar el tirón para soltarme, un movimiento periférico capta mi atención. Mi mirada vuela por encima del hombro de Richard, atravesando el pasillo abierto de mi casa, cruzando las inmensas puertas de cristal de mi salón, hasta llegar al exterior.

El corazón se me detiene en el pecho.

Allí, de pie en el límite exacto demarcando su césped del mío, está Dante.

Lleva ropa deportiva oscura. Al parecer, acaba de terminar una rutina de ejercicios incapaz de apaciguar sus fantasmas.

Está completamente inmóvil, con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones de entrenamiento.

A pesar de la distancia de varios metros, la intensidad de su postura cruza el espacio como una corriente de alto voltaje.

Está mirando directamente hacia mi puerta principal.

Desde su ángulo, la composición de la escena debe ser un retrato perfecto de sus peores pesadillas: la soleada mañana de sábado, la mujer en bata de seda recién levantada, y el "partido perfecto", el amigo de la infancia aprobado por la familia, invadiendo mi espacio personal y sosteniendo mis manos con íntima familiaridad.

Deseo gritar. Deseo apartar a Richard de un empujón. Pero el pánico me paraliza durante un segundo fatal.

Veo a Dante erguir los hombros. La mandíbula se le tensa con suma fuerza, marcando su perfil rígido incluso desde lejos.

No hay furia evidente, ni reclamos. Su rostro se convierte en una máscara de acero pulido, impenetrable y letalmente fría.

Con una brusquedad militar, da media vuelta y camina hacia el interior de su casa, desapareciendo de mi vista.

El sonido de la puerta corredera de su salón cerrándose de golpe resuena como un disparo en el silencio de la mañana.

La parálisis se rompe. Tiro de mis manos con tal fuerza obligando a Richard a dar un traspié, mirándome con genuina confusión.

—Richard, debes irte —mi voz sale ronca, cortante, desprovista de cualquier cortesía sureña o diplomacia de negocios—. Me alegra mucho tu vuelta a la isla, pero me niego a ir a almorzar. Hoy no. Ni mañana.

—Vale, oye, disculpa si dije algo malo... —empieza a justificarse, levantando las manos en son de paz, dando un paso atrás hacia el camino de entrada.

—El problema soy yo. Me ha surgido una urgencia. Hablamos luego —lo corto sin piedad.

Sin siquiera esperar a ver su media vuelta, cierro la pesada puerta de madera de un tirón. Paso el pestillo con manos temblorosas. No me detengo a calzarme. No me detengo a cambiarme de ropa.

Cruzo la sala de estar corriendo descalza, abro mis puertas de cristal y salgo al césped bañado por el sol.

El rocío de la mañana empapa mis pies, pero ignoro el frío.

Corro hacia la barrera de hibiscos separadora de nuestras propiedades y me abro paso por el túnel de ramas creado por él semanas atrás.

Las hojas me raspan los brazos desnudos; sin embargo, este leve escozor es minúsculo comparado con el terror absoluto de perderlo oprimiéndome el pecho.

Salgo a su patio. Sus cristaleras están cerradas, pero sin el seguro puesto. Deslizo la pesada puerta y entro como un huracán en su inmaculada sala de estar.

Dante está en la cocina, de espaldas a mí, apoyado con ambas manos sobre la isla de mármol negro.

Su cabeza cuelga ligeramente hacia adelante.

La tensión en su espalda ancha es sumamente abrumadora, como si sostuviera el peso de un edificio a punto de colapsar.

La respiración le agita el pecho en movimientos cortos y erráticos.

—Dante... —jadeo, intentando recuperar el aliento.

Él no se gira. Sus nudillos, apoyados sobre la piedra fría, se vuelven blancos por la presión.

—Creí recordar su política estricta sobre recibir visitas los fines de semana, señorita Cabral —su voz resuena en la cocina vacía. Es suave, peligrosamente baja y desprovista de cualquier calidez. Es la voz del magnate corporativo cerrando una negociación fallida.

El uso de mi apellido me duele más, mucho más, a comparación de una bofetada física.

—No me llames señorita Cabral —exijo, dando dos pasos hacia él, acortando la distancia hasta quedar a escasos metros de su espalda—. Y ni se te ocurra esconderte detrás de esa fachada de hielo conmigo.

Dante suelta una risa amarga y carente de humor. Se endereza lentamente y gira sobre sus talones. Sus ojos grises son una tormenta perfecta: oscuros, furiosos y cargados de una agonía tan profunda, capaz de robarme el oxígeno.

—¿Fachada? —repite, cruzándose de brazos, su postura convirtiéndose en una muralla inexpugnable—.

Le aseguro la inexistencia de cualquier fachada.

Solo soy un experto en la lectura del entorno, Valeria.

Es mi trabajo. Analizo amenazas y evalúo terrenos.

Y el panorama recién presenciado en su puerta principal está bastante claro.

El hijo del socio. El heredero perfecto.

Sosteniéndole las manos a una mujer vestida con ropa de dormir.

—¡Vino sin avisar! —estallo, con la indignación y la desesperación mezclándose en mi voz—. ¡Es solo un amigo de la infancia! Me estaba invitando a almorzar y le estaba dando una negativa. De haberte quedado un segundo más en lugar de huir, lo habrías visto.

Los ojos de Dante destellan con furia contenida. Despliega los brazos y da un paso hacia mí. Su envergadura domina el espacio, empequeñeciéndome, pero me niego a retroceder.

—No hui, Valeria. Me retiré de una batalla ajena a mi jurisdicción —su voz sube de volumen, resquebrajándose su control perfecto—.

Anoche, en la gala, noté la mirada de su padre dedicada a ustedes dos.

Escuché cada dolorosa palabra. «La dupla perfecta».

«La unión familiar ideal». Noté el alivio en la voz de su padre al imaginar a su hija finalmente asentada junto al hombre correcto de su propio mundo.

—¡Mi padre no es dueño de mi vida! —le grito, sintiendo arder mis ojos por las lágrimas de frustración—. ¡No soy una empresa destinada a una fusión con la familia de su socio! ¡Mis sentimientos por Richard son absolutamente nulos!

—¡Tus sentimientos actuales no importan! —ruge Dante. El estruendo de su voz hace vibrar los cristales.

Acorta la distancia entre nosotros en una sola zancada, plantándose frente a mí. Su pecho sube y baja con violencia, y la máscara del CEO implacable se hace pedazos frente a mis ojos, dejando al descubierto al hombre destrozado en el pasado.