Mi Irritante e Irresistible Cliente (Un Italiano en Punta Cana nº 1) CAPÍTULO 13 — Lecciones Privadas y el Fantasma del Pasado
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CAPÍTULO 13 — Lecciones Privadas y el Fantasma del Pasado

Los catorce días previos a la gala resultan ser una exquisita tortura.

Fiel a su palabra, Dante exige sus lecciones para aprender a moverse al ritmo del Caribe.

Cada noche, tras nuestras exhaustivas jornadas revisando planos corporativos, apartamos la mesa de centro de su sala de estar —con el espantoso sofá floral como único testigo— y ponemos música.

Al principio, el implacable magnate cuenta los pasos en voz baja, con la rigidez de un soldado.

Pero hacia el final de la segunda semana, el conteo desaparece.

Sus manos en mi cintura se vuelven instintivas, cálidas y posesivas.

Pasamos catorce noches respirando el mismo aire, a milímetros de distancia, acumulando una tensión tan densa capaz de incendiar la casa entera.

Y ahora, el reloj llega a cero. Es la noche de la Gala Ravieri.

El reflejo en el espejo de cuerpo entero de mi habitación me devuelve la mirada de una mujer lista para conquistar el mundo.

Elijo un vestido de seda en un rojo oscuro y profundo.

Un diseño elegante pero audaz, de escote asimétrico con un hombro al descubierto y un corte sirena ceñido a mis curvas antes de caer en una onda fluida hasta el suelo.

Llevo el cabello recogido en un moño bajo y pulido, adornado únicamente con unos sencillos pendientes de diamantes, herencia de mi abuela.

Respiro hondo, intentando calmar el aleteo frenético de mi estómago. Esta noche no solo enfrentaré a la alta sociedad y a mi ex; esta noche caminaré del brazo del hombre adueñado de mis pensamientos durante los últimos dos meses.

Salgo al jardín trasero. La brisa es cálida y las estrellas brillan con fuerza sobre Punta Cana. Camino hacia la barrera de arbustos, pero antes de apartar las ramas, la imponente figura de Dante emerge del túnel de hojas.

El oxígeno abandona mis pulmones de forma repentina.

Acostumbrada a sus trajes a medida y ropa casual, nada me prepara para verlo de etiqueta.

Lleva un esmoquin negro impecable. La tela se ajusta a la perfección a la anchura de sus hombros y a su torso, la camisa blanca inmaculada contrasta con su piel ligeramente bronceada por el sol caribeño, y la pajarita oscura le otorga un aire de realeza europea, peligrosamente atractivo e inalcanzable.

Dante se detiene en seco al verme. Sus ojos grises, usualmente fríos y calculadores, se oscurecen de golpe.

Su mirada recorre la seda roja de mi vestido, desde el dobladillo hasta detenerse en mis labios.

Veo los músculos de su mandíbula tensarse, volviendo el silencio entre nosotros tan espeso como para cortarlo con un cuchillo.

—Valeria... —murmura, su voz ronca y cargada de una reverencia capaz de hacerme temblar—. Estás absolutamente deslumbrante.

—Tú tampoco te quedas atrás, vecino —logro articular, sintiendo el rubor subiendo a mis mejillas—. Pareces sacado de una película de espías.

Dante suelta una risa baja, acortando la distancia entre nosotros. Ofrece su brazo con una elegancia impecable.

—Entonces, vayamos a cumplir nuestra misión.

Veinte minutos después, nuestro coche se detiene frente a la majestuosa entrada del Hotel Ravieri. Las luces iluminan la inmensa alfombra roja, bordeada por fotógrafos de revistas locales y medios de prensa.

Anticipándose al aparcacoches, Dante ya está allí, ofreciéndome su mano.

Al bajar, el destello de los primeros flashes nos golpea.

Siento un instante de pánico al recordar la emboscada en la playa de Macao y su profundo desprecio por la exposición pública.

Instintivamente hago el amago de retroceder, pero el brazo de Dante rodea mi cintura con una firmeza absoluta.

No intenta esconderse ni apartar las cámaras. En lugar de eso, yergue su postura dominante y camina a mi lado, guiándome con aplomo a través del mar de luces, enviando un mensaje claro a cualquier espectador: él es mi escudo de acero.

Al entrar al inmenso salón de baile, decorado con candelabros de cristal y arreglos florales blancos, el murmullo de las conversaciones baja de volumen.

Las cabezas comienzan a girarse. La presencia de Dante, el enigmático experto en seguridad reacio a los eventos sociales, atrae la atención de todos los presentes como un imán.

Y entonces, a lo lejos, lo veo.

Cerca de la barra de champán, Pedro está de pie con un grupo de conocidos.

Sus ojos se cruzan con los míos. Noto su intención inicial de acercarse, la arrogancia formándose en su rostro, hasta desplazar su mirada hacia el hombre aferrado a mi cintura.

Dante le devuelve la mirada. No parpadea.

Es una advertencia silenciosa, letal y aplastante.

Pedro traga saliva, palidece bajo las luces del candelabro y se da la media vuelta, perdiéndose rápidamente entre la multitud hacia el lado opuesto del salón.

Suelto un suspiro de alivio largamente contenido.

—Te prometí la ausencia de escenas esta noche —me susurra Dante al oído, enviando el roce de su aliento un escalofrío electrizante por mi cuello.

La velada transcurre como un sueño. Caminamos por el salón, saludando a clientes potenciales de mi agencia. Dante es el acompañante perfecto: encantador, diplomático y siempre manteniendo una distancia sugerente de nuestra unión indudable.

A las diez de la noche, la orquesta en vivo cambia el repertorio clásico por el ritmo vibrante y cadencioso de un merengue dominicano.

Me giro hacia él con una sonrisa juguetona, sosteniendo mi copa de champán.

—Lástima tu origen europeo, señor Moretti. Este es el momento del dominio caribeño sobre la pista, pero asumo una inminente traición de tus nervios en público.

Dante levanta una ceja, revelando una chispa de pura arrogancia y desafío en sus ojos. Me quita la copa de las manos, la deja sobre la mesa más cercana y, sin previo aviso, toma mi mano, guiándome directamente hacia el centro de la pista de baile.

—¿Qué haces? —pregunto, riendo por la sorpresa mientras la multitud nos abre paso.

—Demostrarle la utilidad de las catorce noches de tortura en mi sala de estar, señorita Cabral.

Su mano derecha se posa con firmeza en la curva de mi cintura, atrayéndome hacia su pecho, mientras la otra toma mi mano. En el segundo de iniciar sus movimientos, mi cerebro sufre un cortocircuito.

Dante no solo recuerda los pasos; se ha convertido en un maestro del control.

Se mueve con una fluidez y un ritmo desafiantes de toda lógica europea.

Sus caderas acompañan el compás de la música con asombrosa naturalidad, guiando mis movimientos con una autoridad sutil, obligándome a seguirlo sin dudar.

El roce de nuestras piernas, la seda de mi vestido contra la tela de su esmoquin, la fuerza de su agarre. .. todo es puro fuego.

—Estás bromeando —jadeo, dando un giro perfecto bajo su brazo antes de volver a chocar suavemente contra su pecho—. Bailas mucho mejor, superando incluso a mis primos.

Dante se inclina, rozando mi mejilla con sus labios al guiarme por la pista, vibrando su voz profunda en mi oído.

—Tuve a una maestra extremadamente estricta. Una dispuesta a pisarme los pies ante mi falta de ritmo —me hace retroceder un paso, atrayéndome de nuevo con un movimiento de inmensa seducción—. Yo nunca pierdo una apuesta, Valeria.

El aire se queda atascado en mi garganta. La música, los fotógrafos y la multitud del salón desaparecen. Solo existen sus ojos oscuros, su olor a bergamota y el latido desbocado de mi propio corazón. La tensión de los últimos cincuenta días llega a su punto de ebullición.

La canción termina y el aplauso de los invitados nos devuelve a la realidad. Dante no suelta mi cintura. Baja la mirada hacia mis labios. El oxígeno abandona mis pulmones por completo. Él también respira con dificultad.

—Valeria... —susurra, dando un paso más, dispuesto a acortar la escasa distancia entre nuestras bocas.

Justo en ese preciso y fatídico instante, una voz fuerte, jovial y familiar nos detiene en seco.

—¡Valeria, hija! Te he buscado por todo el salón.

Me congelo. Giro sobre mis tacones, y la mano de Dante desaparece de mi cintura. Su postura se tensa al instante.

Mi padre, don Augusto Cabral, camina hacia nosotros con una sonrisa inmensa.

Y no viene solo. A su lado, luciendo un elegante traje gris y una sonrisa deslumbrante, camina Richard.

Él es exactamente el tipo de hombre capaz de tranquilizar a cualquier padre.

Educado, exitoso, amable y perfectamente predecible.

—¡Richard! —exclamo, genuinamente sorprendida. Por pura inercia y cariño fraternal, doy un paso adelante, abrazando al hijo del mejor amigo y socio de mi padre—. ¡Ignoraba por completo tu regreso de Europa!

—Llegué ayer por la tarde, Vale —responde Richard, devolviéndome el abrazo con efusividad y separándose para mirarme de arriba abajo—. Estás increíble. El rojo definitivamente es tu color.

Mi padre suelta una carcajada complacida, ignorando olímpicamente la presencia imponente de Dante a mi espalda.

—¿Verdad, muchacho? —interviene mi padre, dándole una fuerte palmada en el hombro a Richard—.

Les comentaba a los socios en la mesa sobre tu maestría en negocios internacionales.

Ya estás listo para tomar la empresa familiar, solo te falta establecerte.

Siempre he apostado por ustedes dos. Siempre soñé con verlos terminar juntos.

Richard siempre ha cuidado de ti, Valeria.

Unir nuestras familias sería el negocio del siglo.

Las palabras de mi padre caen como bloques de hormigón armado en medio de la conversación. Mi sonrisa vacila. Trago saliva, sintiendo un repentino y asfixiante ataque de pánico. Me giro instintivamente para mirar a Dante.

El hombre relajado y seductor de la pista de baile, el hombre dispuesto a sostenerme en la oscuridad de su casa durante catorce noches, ha desaparecido por completo.

El "Acero Herido" está de vuelta.

Su postura es rígida, militar. Su mandíbula está apretada con una fuerza aterradora y sus ojos grises están completamente vacíos, cerrados detrás de ese muro inexpugnable de hielo aparentemente derribado por mí.

Reconozco esa expresión. No está viendo a mi padre ni a Richard. Está viendo fantasmas.

Está reviviendo su peor pesadilla en tiempo real: él es el forastero, el peligroso, la opción oscura; mientras, frente a él, brilla la opción "perfecta, familiar y segura" aprobada por el mundo y encargada de cuidarme.

—Papá, por favor, detén esos comentarios —intento intervenir, temblándome la voz por la ansiedad al ver la reacción de Dante—. Además, no los he presentado. Papá, Richard, él es Dante Moretti. Mi cliente corporativo.

Richard le tiende la mano con cortesía, pero Dante no mueve un músculo de inmediato. Deja al silencio alargarse durante un segundo agonizante antes de aceptar el saludo con un apretón breve, calculador y mortalmente frío.

—Señor Cabral. Richard —la voz de Dante carece de cualquier inflexión o emoción humana. Es una máquina blindada—. Un placer.

—Ah, claro, el cliente de seguridad mencionado por la junta —dice mi padre con tono de negocios, desestimando la tensión con torpeza—. Espero ver a mi hija encontrándole el local adecuado pronto, señor Moretti.

Dante me mira. Y en esa mirada no hay fuego, ni promesas, ni el rastro de las lecciones de baile compartidas. Solo hay distancia. Un abismo de miles de kilómetros recién abierto por él entre los dos para proteger su corazón de otro abandono inminente.

—La señorita Cabral está haciendo un trabajo muy profesional, don Augusto —responde Dante, usando mi título con una formalidad tajante capaz de partirme el pecho en dos.

Luego, ajusta los botones de su esmoquin con un movimiento pulcro y da un paso atrás—.

Y, observando la situación, creo ya no ser necesario aquí.

Disfruten de la noche, señores. Señorita Cabral, la veré la próxima semana para continuar con el trabajo corporativo.

Da media vuelta y camina hacia la salida del salón. Su espalda ancha y recta se pierde entre la multitud de la alta sociedad, dejándome rodeada de luces, de música y de la supuesta "compañía perfecta", mientras siento a la noche más mágica de mi vida convertirse en cenizas bajo mis pies.

Me ha protegido de Pedro, sí. Pero ahora, me toca a mí la tarea casi imposible de salvarlo de sus propios fantasmas.