Mi Irritante e Irresistible Cliente (Un Italiano en Punta Cana nº 1) CAPÍTULO 12 — El Cobarde y el Caballero
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CAPÍTULO 12 — El Cobarde y el Caballero

El agua salada salpica a mi alrededor mientras mi mano derecha finalmente toca el azulejo del borde de la piscina. Rompo la superficie, jadeando en busca de aire, pero con una sonrisa de triunfo absoluto abarcándome todo el rostro.

Me quito las gafas de natación y miro hacia arriba.

Dante está sentado en el borde, vistiendo una impecable camisa de lino gris con las mangas remangadas.

Tiene los pies sumergidos en el agua y dos tazas de espresso doble esperándonos en la pequeña mesa contigua.

La rutina de nuestras mañanas se ha convertido en mi momento favorito del día.

—¡Quinientos metros corridos! —anuncio, apoyando los antebrazos en el borde, con el pecho subiendo y bajando por el esfuerzo—. Ni una sola pausa.

—Quinientos metros exactos —confirma él, inclinándose para entregarme una toalla pequeña.

El roce de sus dedos contra los míos me envía el ya familiar cosquilleo por el brazo—.

Pero note cómo su respiración se volvió errática en los últimos diez metros.

Se emocionó al ver el final y aceleró el ritmo antes de tiempo.

Me seco el rostro, asintiendo mientras recupero el aliento.

—Es cierto. Sentí una repentina falta de aire por la ansiedad de terminar.

—La natación no perdona la prisa, Valeria.

Es un proceso gradual de entrega —explica, su voz grave y calmada flotando en la brisa de la mañana—.

Cuando uno se acelera por ansiedad, los músculos consumen más oxígeno y la resistencia cae en picada.

Es necesario hacerlo lento. Dominar el propio ritmo.

Al mantener la calma y enfocarse en la constancia, uno llega hasta la meta propuesta.

Sus palabras tienen demasiado sentido para estar hablando solo de natación. Dante nunca me empuja. Nunca exige más allá de mi propia disposición. Va construyendo mi confianza tal como me ha enseñado a nadar: una brazada a la vez.

Lo miro a los ojos, entendiendo perfectamente el mensaje oculto detrás de la técnica. Me ofrece ir a mi ritmo. Promete no presionarme a soltar mis miedos de golpe, mostrándose dispuesto a ir lento para evitar dejarme sin aire.

—Lento y constante. Entendido, entrenador —murmuro, devolviéndole la sonrisa con una gratitud infinita.

A las once de la mañana, la paz de la piscina ha sido reemplazada por el bullicio de la Marina de Cap Cana.

Estamos sentados en la terraza de un exclusivo café frente a los yates atracados, revisando en mi tableta las tres últimas opciones de propiedades comerciales. La brisa marina nos alivia del sol del mediodía, y la dinámica corporativa entre nosotros fluye con la precisión de un reloj.

De repente, el teléfono personal de Dante vibra sobre la mesa de cristal. Mira la pantalla y frunce el ceño ligeramente.

—Es mi hermano desde Roma. Llevo dos días evadiendo su reporte de seguridad —se disculpa, poniéndose de pie y abotonando su chaqueta ligera—. Deme dos minutos, Valeria.

—Tómese su tiempo —respondo, volviendo mi atención a los planos de la pantalla.

Lo veo alejarse hacia el malecón, buscando un poco de privacidad. Me quedo a solas, disfrutando de mi café helado, cuando un olor agresivo y empalagoso a colonia invade mi espacio. Mi estómago se contrae instintivamente en un nudo helado incluso antes de escuchar su voz.

—Valeria. Qué sorpresa tan agradable.

Levanto la vista de golpe. El pulso se me acelera, pero no por miedo, sino por una mezcla tóxica de indignación y profunda repulsión.

Pedro está de pie junto a mi mesa. Lleva una camisa de lino abierta un botón de más y esa sonrisa arrogante característica del dueño del mundo. Sin pedir permiso, tira de la silla recién desocupada por Dante y se sienta, cruzando las piernas con exasperante confianza.

—Esta silla está ocupada, Pedro —digo, mi voz gélida, cortante como el cristal—. Y no recuerdo haberte invitado a mi mesa. Vete.

Él suelta una risita condescendiente, apoyando los codos sobre la mesa e invadiendo mi espacio personal.

—Siempre tan a la defensiva, Vale. Te vi desde el otro lado del muelle y pensé en venir a saludarte. Ha pasado un tiempo. Me enteré de tu soltería, enterrada en el trabajo de tu papá. Te imaginaba con el berrinche ya superado.

Aprieto la mandíbula con tanta fuerza hasta sentir dolor en los dientes. El cinismo de este hombre no conoce límites.

—El único berrinche fue imaginarte con un mínimo de honor —replico, clavando mis ojos en los suyos sin retroceder un milímetro—. No tenemos ningún tema pendiente. Levántate de esa silla ahora mismo.

Pedro rueda los ojos y suelta una risa seca.

—Vaya. ¿Ahora sales con millonarios europeos? Siempre te gustó ascender rápido —escupe, con veneno en la voz.

Extiende la mano sobre la mesa y, antes de lograr apartarme, me agarra la muñeca derecha con fuerza. Sus dedos se clavan en mi piel con una posesividad repulsiva, revolviéndome el estómago.

—No te hagas la difícil conmigo. En el fondo añoras nuestro pasado...

La temperatura en la terraza parece caer diez grados de golpe. Una sombra inmensa bloquea la luz del sol sobre nuestra mesa.

El hombre relajado y paciente de mi lección matutina desaparece por completo.

Dante Moretti está de pie justo detrás de Pedro.

Su postura es la de un bloque de granito a punto de aplastar todo a su paso.

Los músculos de su mandíbula saltan y sus penetrantes ojos grises son dos pozos de furia pura y gélida.

No grita. No hace un escándalo. Su voz es un susurro bajo, rasposo, cargado de una amenaza letal capaz de silenciar el ruido de la Marina.

—Te daré exactamente tres segundos para soltarla antes de romperte los dedos, uno por uno. Y créeme, soy extremadamente paciente al contar hasta tres.

Pedro se queda paralizado. Suelta mi muñeca de inmediato, como huyendo del fuego, y gira el rostro hacia arriba, enfrentándose a la imponente envergadura del italiano.

La falsa valentía de mi ex se esfuma al instante al chocar contra la fría y calculadora mirada de un hombre verdaderamente peligroso.

—Yo... solo estábamos hablando —balbucea Pedro, su voz temblando mientras se pone de pie a trompicones, retrocediendo y chocando casi contra la silla.

Dante da un solo paso hacia adelante, invadiendo el espacio de Pedro, forzándolo a retroceder de nuevo.

—No estaban hablando. La estabas incomodando, tocándola sin su consentimiento —la voz de Dante corta el aire como un látigo—.

Desconozco tu identidad, y no me importa.

Pero si vuelves a acercarte a menos de diez metros de esta mujer, juro encargarme personalmente de hacerte arrepentir el resto de tu vida. Ahora, largo de mi vista.

Pedro traga saliva, pálido como el papel. Mira alrededor buscando apoyo. No encuentra ninguno. Desvía la mirada, incapaz de sostener el contacto visual con Dante, y se marcha a paso rápido, casi huyendo, perdiéndose entre la multitud de turistas del muelle.

Su partida deja un silencio pesado. Mis manos tiemblan sobre mi regazo y mi pecho sube y baja con rapidez por la adrenalina.

Dante me observa durante un largo segundo antes de sentarse, no en la silla de enfrente, sino a mi lado. Su cercanía protectora es un ancla en medio de mi tormenta emocional.

—¿Te hizo daño? —pregunta. Su voz ha perdido el filo letal para volverse inmensamente suave, sus ojos fijos en la marca rojiza dejada por los dedos de Pedro en mi piel.

Niego con la cabeza, tragando el nudo áspero de mi garganta.

—Estoy bien. Ese... ese era Pedro.

El rostro de Dante se endurece de nuevo al escuchar el nombre. Las piezas encajan en su brillante mente al instante.

—Ese es el miserable traidor.

—Sí —suelto un suspiro tembloroso, frotándome las sienes—.

Y deseo dejar un asunto claro, Dante. Mi huida no es por conservar algún sentimiento.

Al descubrir su traición, todo mi amor por él murió instantáneamente.

Se volvió polvo. El sentimiento superviviente no era amor. Era miedo. No lo quiero, no lo extraño.

—Pero le temes —observa Dante, leyendo mi lenguaje corporal a la perfección.

—Temo sus escándalos —corrijo, mirándolo a los ojos con profunda frustración—. Es un narcisista, Dante. No acepta mi avance. Y mi verdadero problema no es este encuentro fortuito. Es la Gala Anual del Hotel Ravieri.

Dante ladea la cabeza, escuchando atentamente.

—Es en exactamente dos semanas —continúo, la angustia asomándose a mi voz—.

La Gala Ravieri es famosa por una razón.

No es una simple cena benéfica. Es el evento social más fotografiado del año en Punta Cana.

El dinero recaudado va directamente a una escuela increíble para niños autistas.

Mi agencia patrocina la escuela, convirtiendo la gala en el evento perfecto para conseguir clientes de alto perfil. Es crucial para mi carrera.

—Pero Pedro estará allí —adivina él, su mandíbula tensándose.

Asiento.

—Él y su familia son grandes donantes. Conozco perfectamente sus intenciones.

Al ir sola, me acorralará en el salón. Intentará crear una escena, hablará en voz alta buscando público, e insinuará mi interés hacia él solo para alimentar su ego.

Hará un escándalo capaz de manchar mi reputación profesional.

Ayer estuve a punto de cancelar mi asistencia con las organizadoras.

Estaba dispuesta a rendirme por terror a un desastre.

Dante se queda en silencio. Mira hacia el muelle, justo hacia la ruta de escape de Pedro, y veo sus nudillos volverse blancos sobre la mesa de cristal.

Mi disposición a sacrificar una noche crucial para mi carrera, y para una causa tan noble, todo por la cobardía de mi ex, parece encender una furia silenciosa en su interior.

Lentamente, Dante vuelve su mirada hacia mí. Sus ojos grises no reflejan lástima, sino una determinación absoluta e inquebrantable, robándome el aliento.

—No vas a cancelar nada, Valeria —sentencia, su voz profunda y firme, envolviéndome en una capa de seguridad impenetrable—. Vas a ir a esa gala. Vas a representar a tu agencia y vas a brillar por esos niños.

—Dante, no entiendes, si él hace una escena...

—No habrá escena —me interrumpe con suavidad. Su mano grande y cálida cubre las mías temblorosas, transmitiéndome su fuerza—. No irás sola. Yo iré contigo.

El mundo entero parece detenerse. Mis labios se entreabren, incapaz de procesar la magnitud de su oferta. Recuerdo los flashes en la playa de Macao, su respiración agitada en el coche, su asco profundo hacia la prensa y los eventos sociales.

—¿Tú? ¿A un evento lleno de cámaras y alta sociedad? —susurro, con el corazón encogiéndose en mi pecho—. Dante, tú odias a los paparazzi. No necesitas someterte a eso por mí.

—Iremos juntos, vecina —repite él. Una sonrisa depredadora, arrogante y maravillosamente protectora se dibuja en su rostro—.

Quiero ver la valentía de ese cobarde para acercarse a incomodarte estando del brazo del experto en seguridad más temido de Europa.

Tenemos catorce días de preparación. Más le vale enseñarme a bailar esa música suya, señorita Cabral.

Y en ese instante, sintiendo el calor de su mano sobre la mía bajo el sol caribeño, asumo estar enamorada de él sin remedio.

Con Dante Moretti a mi lado, por primera vez en años, no tengo miedo de enfrentar a Pedro. Sin embargo, desconozco un detalle vital: la verdadera amenaza para mi corazón no lleva el apellido de mi ex.

Lleva el de Moretti.

Dante Moretti nunca ha sido el villano de mi historia. Su inminente transformación en el héroe es el verdadero problema.