CAPÍTULO 11 — El Gato, el Viaje y la Brecha de Seguridad
La mañana siguiente a la cena y al infame incidente del gato, despierto a las cinco y media de la mañana con el estómago hecho un nudo.
Me pongo el traje de baño negro, me envuelvo en el pareo y cruzo el jardín, preparándome mentalmente para enfrentar a Dante después de haber huido la noche anterior.
Pero al cruzar el túnel de los arbustos, la puerta corredera de su salón está cerrada. El famoso sofá de flores está vacío. La casa entera permanece a oscuras.
Mi teléfono vibra en mi mano. Es un mensaje suyo.
«Emergencia crítica en los servidores de la sede en Roma. Mi vuelo despegó hace una hora. La lección de natación queda pospuesta. Mantenga el fuerte, vecina.»
Me quedo de pie junto a su piscina vacía, sintiendo un repentino vacío en el pecho, inmensamente superior a cualquier rechazo amoroso. Se ha ido. Y, de pronto, la isla entera se siente abrumadoramente aburrida.
Dante está fuera exactamente doce días.
Doce días para descubrir algo inquietante. Extraño discutir con él. Extraño sus constantes rechazos a mis propiedades. Extraño sus mensajes imposibles a medianoche. Y, para mi desgracia, extraño su forma de mirarme.
Durante ese tiempo, el reloj de nuestro contrato sigue corriendo.
Nos comunicamos a diario, pero solo a través de correos electrónicos corporativos, secos y profesionales, sobre especificaciones de metros cuadrados y cableado de fibra óptica.
Ni una mención a la cena. Ni una palabra sobre la casi-colisión de nuestros labios.
Es como si el implacable magnate hubiera vuelto a levantar sus muros de acero desde Europa.
El Día 14 de nuestro trato, mi asistente me avisa del aterrizaje del señor Moretti en Punta Cana de madrugada, programando nuestro encuentro directo a las diez de la mañana en la recepción de la Torre Nova, en el centro financiero.
Llego quince minutos antes, armada con mi tableta y un traje sastre azul marino, escudos aportándome la seguridad ausente en mi interior. Exactamente a las diez, las puertas giratorias de cristal se mueven.
Dante entra.
Lleva un traje italiano gris plomo ajustándose perfectamente a la amplitud de sus hombros. Su sola presencia parece elevar varios grados la temperatura del inmenso vestíbulo de mármol. Camina hacia mí con esa zancada poderosa y letal. Mi pulso se dispara al instante.
Sin embargo, hay algo distinto en él hoy. Noto una leve sombra de cansancio bajo sus ojos, como si la crisis en Roma le hubiera arrebatado más energía de la admitida por su orgullo. Eso lo humaniza de una forma peligrosa para mi cordura.
Se detiene a un metro de distancia. Sus ojos grises me recorren de arriba abajo, demorándose un microsegundo más de lo estrictamente profesional en mis labios, antes de clavar su mirada en la mía.
—Espero no haber sido seguido por el gato blanco hasta aquí, Valeria —son sus primeras palabras, su voz grave resonando con un toque de ironía y pura advertencia.
El aire se escapa de mis pulmones y una sonrisa involuntaria se dibuja en mi rostro. El muro de acero se ha derrumbado con una sola frase.
—Me aseguré de dejarle un tazón de leche muy lejos de este edificio, señor Moretti —respondo, sintiendo la sangre volviendo a correr por mis venas—. Bienvenido de vuelta.
—Es bueno estar de vuelta —murmura, y la intensidad de su tono me deja clara su verdadera intención: no habla de la isla, sino de tenerme enfrente—. Muéstreme sus opciones.
Recuperando mi compostura profesional, giro la tableta hacia él.
—Es una joya de la arquitectura moderna, Dante. Y no lo digo solo por el diseño de los cimientos a cargo de mi padre. Tiene cristales blindados, generadores de respaldo triple y acceso biométrico en cada planta. Es el edificio más seguro del país. Su empresa no podría estar mejor resguardada.
Dante cruza las manos a la espalda. Sus ojos escanean el techo, las esquinas y la posición del único guardia de seguridad cabeceando levemente detrás del mostrador de recepción.
—Es un colador de cristal —sentencia.
Dejo caer los brazos, soltando un suspiro de genuina frustración. La dinámica ha vuelto exactamente al punto donde la dejamos.
—¿Un colador? ¡Tiene cámaras térmicas en el perímetro exterior!
—Las cámaras térmicas tienen un punto ciego de tres metros en el callejón sur.
Y el sistema biométrico de estas puertas utiliza un software comercial obsoleto.
Un novato con un clonador de frecuencia podría entrar aquí adelantándose al despertar de ese guardia de su siesta —repone él, con una media sonrisa arrogante—. Rechazado.
Mi orgullo profesional se enciende como una antorcha.
—Es usted un paranoico. Ningún sistema es impenetrable, pero este lugar es un búnker. Le apuesto cualquier cosa a su incapacidad de entrar a este edificio después del cierre de operaciones sin hacer saltar las alarmas.
El aire entre nosotros se detiene. He tocado su punto débil: su orgullo como estratega. Da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio vital hasta nublar mis sentidos con su aroma a bergamota.
—¿Una apuesta? —murmura, su voz bajando a un tono peligrosamente seductor—. Excelente. Si las alarmas suenan, firmo el contrato de arrendamiento de este edificio mañana mismo a las ocho de la mañana.
—Hecho. ¿Y en caso de un triunfo suyo? —pregunto, cruzándome de brazos, segura de mi victoria.
Los ojos grises de Dante brillan con pura anticipación.
—De salir vencedor, usted me deberá un favor, señorita Cabral.
Uno a mi entera elección, decidiendo el cuándo y el cómo cobrarlo.
Paso a buscarla a su casa a las once y media de la noche.
Vístase de negro. Voy a demostrarle exactamente los motivos de mi empresa para cobrar millones por asegurar bóvedas, y la razón para llamar castillo de naipes a este edificio.
A las once y media de la noche, el aire caribeño está cargado de humedad. Estoy de pie en el túnel de nuestro jardín, vistiendo unos pantalones ajustados negros y una camiseta de cuello alto. Me siento ridícula, como una ladrona de película de bajo presupuesto, justo hasta la aparición de Dante.
Él también viste de negro: pantalones tácticos y un suéter oscuro ajustándose a sus hombros de una manera capaz de hacerme tragar saliva.
—Lista para delinquir, veo —susurra, con un brillo salvaje en los ojos.
—Si terminamos en la cárcel, lo mato, Dante. Mi reputación está en juego —advierto, caminando hacia su coche.
Veinte minutos después, aparcamos a dos calles de la Torre Nova. Nos deslizamos en silencio por las sombras hasta llegar al estrecho callejón sur.
—¿Ha hecho esto antes? —susurro, viendo su escrutinio sobre la puerta metálica.
—¿Entrar en edificios ajenos? —pregunta él, sin apartar la vista de la cerradura.
—Sí.
—Profesionalmente, sí.
—Eso no me tranquiliza en absoluto.
Dante ahoga una pequeña risa. Se detiene bajo una inmensa rejilla de ventilación.
—Punto ciego de la cámara térmica —me susurra al oído, enviando un escalofrío directo a mi espina dorsal.
Saca un pequeño dispositivo negro de su mochila. Lo acerca a la cerradura electrónica de la puerta de servicio y, tras un leve zumbido ininterrumpido de diez segundos, la pesada puerta metálica hace clack.
Acabamos de entrar al "búnker".
Nos movemos por el pasillo a oscuras. Dante parece conocer el lenguaje secreto de las cerraduras y los corredores, moviéndose por la oscuridad como si el edificio le perteneciera. Yo camino pegada a su espalda, mis manos rozando su suéter ante cada una de sus paradas.
Llegamos a la puerta conectando al vestíbulo principal. Dante la abre un milímetro.
—El guardia bajará en cualquier momento por el ascensor —me informa en un susurro apenas audible.
—Bien. Ya me demostró su punto. Firme su victoria y vámonos de aquí —le susurro de vuelta, ansiosa por salir.
Dante asiente, dispuesto a retroceder, justo al resonar un sonido metálico detrás de nosotros en el corredor. Alguien ha entrado por el callejón. Son los conserjes del turno de noche. Estamos atrapados entre la recepción y la salida trasera.
El instinto de Dante es fulminante.
Me toma por la cintura con ambas manos, levantándome ligeramente del suelo, y me arrastra hacia la única salida viable: el cuarto de servidores de la planta baja. Abre y cierra la pesada puerta insonorizada justo un segundo antes de encenderse las luces del pasillo exterior.
El cuarto es minúsculo, apenas un armario extendido lleno de torres de computadoras parpadeando con luces verdes y rojas en la penumbra. El zumbido de las máquinas se mezcla con el sonido del aire acondicionado helado, pero no hay margen para moverse.
Quedamos atrapados entre un pesado servidor y la puerta blindada. Dante está literalmente aplastado contra mí. Mi espalda choca contra el panel de metal frío, y el frente de mi cuerpo está pegado al suyo.
—No haga ningún ruido —me ordena en un susurro inaudible, sus labios rozando mi frente.
Asiento, paralizada. Afuera, se escuchan los pasos lentos de los conserjes y el tintineo de sus llaves.
El silencio obligado amplifica todos mis sentidos.
No es el miedo a ser descubiertos el causante de la aceleración de mi corazón.
Es la abrumadora realidad: después de doce días sin verlo, Dante Moretti vuelve a estar tan cerca, permitiéndome sentir cada una de sus respiraciones.
Puedo sentir la firmeza de sus muslos contra mis piernas, el calor de su pecho y la tensión en los brazos apoyados en la pared a ambos lados de mi cabeza.
El aroma a bergamota y adrenalina inunda el diminuto espacio, borrando cualquier rastro de aire frío.
Levanto la vista. En la penumbra parpadeante de las máquinas, sus ojos grises me miran fijamente, ardiendo con una intensidad totalmente ajena al allanamiento. La urgencia táctica se ha evaporado, reemplazada por una electricidad física tan densa, dejando al cuarto sin oxígeno.
Mi respiración se vuelve errática. Mi pecho roza el suyo con cada inhalación.
Dante cierra los ojos un segundo y aprieta la mandíbula, luchando contra nuestra gravedad mutua.
Lentamente, baja la cabeza. Su rostro queda a milímetros del mío.
Una de sus manos se desliza por mi cuello, su pulgar trazando la línea temblorosa de mi mandíbula.
Estamos a punto de cruzar el límite. El abismo de esos doce días de ausencia nos empuja el uno hacia el otro. Mis labios se entreabren, esperando la rendición.
Y entonces, el sonido inconfundible de unas llaves choca contra la cerradura de nuestra puerta.
El pánico estalla. Dante me cubre la boca con su mano libre —el contacto de su palma sobre mis labios cortando mi respiración— y me presiona aún más contra la oscuridad del rincón, cubriéndome por completo con su cuerpo.
La puerta se abre un palmo. La luz del pasillo entra como una cuchilla amarilla. El conserje asoma la cabeza sin mirar realmente, deja un cubo de limpieza en el suelo, apaga el interruptor principal de los pasillos desde el cuadro eléctrico interior, y vuelve a cerrar con llave.
Nos hemos salvado por centímetros.
Cuando los pasos se alejan definitivamente y el zumbido de los servidores es lo único audible, Dante retira la mano de mi boca, pero no se aparta. Su pecho sube y baja con violencia contra el mío.
—Le advertí sobre la vulnerabilidad del edificio —susurra él, con una voz ronca apenas reconocible.
—Tenía razón —logro contestar, sin aliento, aferrada a la tela oscura de su suéter, incapaz de soltarlo.
Dante me mira un segundo infinito en la oscuridad, devorando mi rostro con la vista antes de dar un paso atrás a regañadientes y romper el hechizo.
—Salgamos de aquí, vecina. Antes de una inoportuna aparición felina en este armario, incitándome a cometer un delito mayor.
Minutos después, al volver a salir al aire húmedo de la noche, lo sigo hasta el coche con las piernas temblando y la mente hecha un torbellino.
Mientras las luces de la ciudad se reflejan en el cristal de mi ventana, me doy cuenta de una verdad aterradora. Ya dudo sobre cuál fue el mayor peligro de esta noche.
Si la brecha de seguridad en la torre, o Dante Moretti rompiendo la mía de forma irreversible.