CAPÍTULO 10 — Lecciones de Nado y Pasta al Dente
El sonido de mi alarma fractura el silencio de la habitación a las cinco y media de la mañana.
Por lo general, madrugar es una tortura, pero hoy abro los ojos antes del segundo tono.
La resaca emocional de la noche anterior me tiene el pulso alterado.
El fantasma de los labios de Dante rozando la comisura de mi boca sigue quemándome la piel.
Un nerviosismo eléctrico me revolotea en el estómago mientras me levanto, camino hacia el baño y desempaqueto su regalo.
Al ponerme el traje de baño, comprendo el motivo de la elección de Dante. La tela negra se ajusta como una segunda piel. No es revelador, pero al mirarme en el espejo me siento peligrosamente vulnerable.
Me envuelvo en un pareo ligero de seda, tomo una toalla y salgo al jardín.
El aire del amanecer es fresco y el césped está húmedo bajo mis pies descalzos. Cruzo directamente por el túnel de arbustos abierto por Dante la noche anterior y, al asomarme a su patio, me detengo en seco.
Las inmensas puertas correderas de cristal de su salón están abiertas de par en par. Dante está allí. Lleva únicamente un pantalón corto de natación oscuro. La luz del amanecer dibuja la amplitud de sus hombros.
Mi mayor sorpresa no radica en su físico, sino en su ubicación.
Dante está recostado exactamente en el centro del espantoso sofá de flores fucsia y amarillo neón, bebiendo una taza de espresso humeante con absoluta naturalidad.
Ha cumplido su promesa de la noche anterior: no ha quitado mi aberración botánica.
Ver al implacable magnate de seguridad relajado sobre ese desastre tropical es una imagen demasiado surrealista, obligándome a apoyarme en el marco del cristal para ahogar una sonrisa.
—Buenos días, vecina —saluda él sin girarse, como si tuviera un radar para mi presencia. Toma un sorbo de café y finalmente gira el rostro hacia mí—. Sigo considerando este tapizado un atentado visual capaz de costarme varias dioptrías, pero confieso su sorprendente comodidad.
Suelto una carcajada abierta, entrando al salón con pasos ligeros.
—Imaginé la tapicería arrancada inmediatamente después de la marcha de sus primos anoche —confieso.
Dante deja la taza sobre la mesa de ébano y se pone de pie.
Sus ojos azul hielo viajan desde mis pies descalzos, subiendo por mis piernas, hasta detenerse en el escote de mi traje de baño.
Veo el subir y bajar de su manzana de Adán antes de lograr clavar sus pupilas en las mías.
Una chispa de fuego cruza su mirada antes de enmascararla con su habitual control.
—Soy un hombre de palabra, Valeria. Prometí dejarlo para recordar su falta de temor hacia mí, y aquí está —murmura, acortando la distancia entre nosotros con esa gracia letal de depredador—.
A pesar de ser hoy oficialmente el Día Uno de nuestro contrato de cien días.
Le sugiero aprovechar su ventaja como vecina antes de mi conversión en su cliente a las nueve de la mañana.
El tono tan bajo y vibrante de su voz me provoca un escalofrío en la nuca. Trago saliva, sintiendo el aire volviéndose espeso y cargado de electricidad.
—La piscina nos espera —logro articular, señalando hacia el exterior para escapar de la intensidad de sus ojos.
Me quito el pareo de seda, dejándolo sobre un sillón, y camino hacia el borde de la inmensa piscina rectangular. El agua de sal está en calma absoluta, reflejando el cielo del amanecer como un espejo.
Dante no articula palabra. Se acerca al borde, flexiona las rodillas ligeramente y, con un movimiento de fluidez mágica, se lanza al agua. Corta la superficie casi sin salpicar. Emerge a los pocos metros, pasándose las manos por el cabello oscuro para retirarlo de su rostro.
—Baje —ordena suavemente.
Me siento en el borde y me deslizo dentro. La temperatura es perfecta, un contraste tibio con la brisa fresca del exterior. Siento la suavidad de la sal en mi piel, muy diferente al cloro químico tradicional.
Intento dar unas cuantas brazadas, levantando la cabeza para respirar y tragando un poco de agua en el proceso. Me detengo, tosiendo levemente, sintiéndome torpe bajo su atenta mirada.
—No luche contra el agua, Valeria —me corrige en voz baja.
Se acerca caminando por la parte menos profunda hasta quedar a mi lado. Sus manos grandes y cálidas se posan sobre mis brazos mojados, corrigiendo mi postura con una paciencia inesperada.
—Confíe en mí. Yo la sostengo.
Sus palmas descienden hasta mi cintura, ofreciéndome soporte absoluto. El contacto bajo el agua me hace soltar un pequeño jadeo involuntario.
—Así. Déjese llevar.
Sostenida por su fuerza implacable, avanzo por el agua con una facilidad jamás experimentada. Al detenerme a los pocos metros, riendo por la sorpresa del triunfo, descubro sus manos aún aferradas a mi cintura.
Además, la evaluación de mi técnica por parte de Dante ha terminado. Me está mirando a mí.
La alegría del momento se disuelve, dando paso a una tensión casi asfixiante.
Estamos solos, bajo el cielo rosado, a milímetros de distancia.
Mis manos, instintivamente, se han apoyado en sus pectorales mojados para mantener el equilibrio.
Puedo sentir el latido acelerado de su corazón contra mis palmas.
El recuerdo del beso en la mejilla late entre nosotros.
Pero Dante cierra los ojos un instante, respira hondo y da un paso atrás, rompiendo el contacto físico con una resistencia enorme, digna de un esfuerzo sobrehumano. Conoce la frescura de nuestras heridas y la necesidad de construir la confianza sin forzarla.
—El aire está refrescando —dice él, su voz notablemente ronca—. Suficiente por hoy. Salga, antes de resfriarse. Y vístase para la guerra, pues el Día Uno de los cien acaba de empezar.
Asiento, tragando el nudo de anticipación formado en mi garganta, y nado hasta las escalerillas de acero.
Al salir de la piscina, la brisa de la mañana caribeña me golpea la piel húmeda, haciéndome temblar. Me abrazo a mí misma, pero antes de alcanzar mi pareo, Dante me envuelve en una inmensa bata de algodón egipcio, gruesa y tibia. El gesto, tan íntimo y protector, me deja sin palabras.
—Gracias —susurro, cerrando los ojos un segundo.
—Venga. Le prepararé un espresso doble para ahuyentar el frío —ofrece, guiándome hacia la cocina.
Tres horas más tarde, la dinámica entre nosotros ha dado un giro de ciento ochenta grados. Ya no hay batas ni piscinas; vuelvo a estar frente al implacable estratega. Recorremos los jardines de una nueva propiedad corporativa descartada por Dante en menos de diez minutos.
—Otra cena de castigo para mí —suspiro, fingiendo derrota, aunque en realidad sus rechazos son excusas maravillosas para seguir enfrentando nuestras mentes—. ¿Adónde desea ir esta vez?
Dante mete las manos en los bolsillos de su pantalón. Sus ojos azul hielo se clavan en los míos.
—Esta noche será diferente, Valeria.
—¿Diferente cómo?
—La cena será en mi casa —anuncia, acortando la distancia entre nosotros—. A las ocho en punto. Voy a cocinar yo.
El orgullo en su voz me hace sonreír.
—¿No pedirá comida a domicilio en su primer día oficial en Cap Cana?
—Al ser vecinos, debe probar mi pasta —corrige él—. Receta de la nonna Moretti. Es un requisito obligatorio.
El ofrecimiento es tan inesperado como encantador.
—A las ocho estaré allí, Dante. Esa pasta debe ser tan buena como asegura.
Llegadas las ocho de la noche, cruzo mi jardín con un nudo de nervios en el estómago. Atravieso nuestro túnel secreto en los arbustos con un vestido de verano color coral y sandalias planas.
La puerta corredera de su patio está abierta. Antes de entrar, un aroma denso, embriagador y absolutamente delicioso a ajo dorado en aceite de oliva, tomates asados y albahaca fresca me detiene en seco. Entro al salón, ignorando el ridículo sofá de flores, y camino hacia la cocina.
Allí está él.
Dante Moretti, el temido magnate de seguridad internacional, tiene las mangas de su camisa blanca remangadas hasta los codos.
Lleva un delantal negro atado a su estrecha cintura y está concentrado frente a los fogones, removiendo una olla burbujeante con una cuchara de madera.
Una copa de vino tinto descansa sobre la encimera y una lista de reproducción de jazz suena de fondo.
Su aspecto tan hogareño, masculino e increíblemente real me obliga a apoyarme en el marco de la puerta para no perder el equilibrio.
—Huele a paraíso en la tierra —anuncio.
Dante levanta la vista. Al verme, su rostro se ilumina con una sonrisa llegándole directamente a los ojos. Deja la cuchara, toma un paño para secarse las manos y camina hacia mí, retirando una silla de la mesa del comedor, ya elegantemente puesta con velas encendidas y copas de cristal.
—Puntualidad perfecta, como siempre, Valeria. Tome asiento.
—Debo confesar mis dudas previas —digo, aceptando la copa de vino servida por él—. Esperaba el uso del microondas.
—Ofende mi linaje, señorita Cabral —responde él, volviendo a la cocina para servir los platos—. En Italia, la incapacidad de cocinar una buena pasta desde cero es motivo de destierro familiar.
Regresa con dos platos humeantes. La pasta, perfectamente al dente, está bañada en una salsa de tomate rústica, coronada con mozzarella fresca y hojas de albahaca perfumando la mesa entera. Tomo el tenedor, enrollo un poco de pasta y me la llevo a la boca bajo la mirada atenta de Dante.
El sabor explota en mi paladar. Es una perfección culinaria inalcanzable para cualquier restaurante de cinco estrellas. Cierro los ojos, dejando escapar un leve sonido de pura apreciación.
—Dante... esto es espectacular —admito—. Necesito tu receta.
—Jamás —responde él con una sonrisa ladeada—. Es un secreto de Estado. Para volver a comerla, deberá volver a cenar conmigo. Es mi seguro de vida.
La cena transcurre en una burbuja de intimidad perfecta. Dante me habla de su infancia en Italia y de las cenas caóticas de su inmensa familia. Yo le cuento sobre mi padre construyendo sus primeros hoteles y mi lucha para abrirme camino en un mundo de hombres sin usar mi apellido como escudo.
Él me escucha con atención reverencial. No me interrumpe. Valida mis esfuerzos y aplaude mi ambición.
Terminado el postre, nos trasladamos a la sala. Esta vez, a pesar del patrón escandaloso, me siento en el sofá de flores. Dante se sienta a mi lado, lo suficientemente cerca para rozar nuestras rodillas, girando un poco el torso para mirarme de frente.
La luz de las velas apenas llega hasta nosotros, bañando su rostro en sombras doradas.
—Hoy ha sido un buen día —murmura él, su voz ronca deslizándose por el silencio.
—Lo ha sido —coincido en un susurro, trazando círculos invisibles con mi dedo sobre mi copa de vino—. La lección de natación, el primer día de nuestro trato oficial, la cena...
—Y pensar en tu entrada a mi oficina hace unas semanas, considerándome un arrogante corporativo más —bromea, revelando una nota de vulnerabilidad en su tono.
Bajo la mirada, sintiendo un leve sonrojo.
—Tenía mis defensas altas. Te imaginaba exactamente igual al hombre causante de mi destrucción años atrás. Me aterraba la posibilidad de salir lastimada de nuevo, Dante.
El silencio cae entre nosotros. Es un silencio suave, comprensivo. Dante levanta una mano y, con la yema de su dedo índice, aparta un mechón suelto de mi cabello oscuro, acomodándolo detrás de mi oreja. El roce de su piel contra la mía me hace cerrar los ojos involuntariamente.
—Después de mi pasado, construí muros muy altos —confiesa, su tono grave y contenido golpeándome el corazón—. Los creí suficientes. Luego llegas tú, me enfrentas en búnkeres oscuros, llenas mi casa de chaperones, forras mis muebles con flores espantosas… y empiezo a dudar de su solidez.
Abro los ojos. Su rostro está a centímetros del mío. Su mirada azul hielo es un mar abierto, profundo y sin un solo escudo.
—Dante... —mi respiración se corta.
Su pulgar acaricia mi mejilla, bajando lentamente hasta delinear la línea de mi mandíbula.
El deseo de dejarme caer en él es magnético.
Levanto mi rostro, hipnotizada por la profundidad de sus ojos.
Dante suelta un suspiro tembloroso. Se inclina hacia adelante, cerrando la escasa distancia separándonos.
Sus pestañas rozan mis pómulos. Su aliento acaricia mis labios entreabiertos, esperando el contacto inminente. ..
¡Crash!
El sonido agudo de cristal roto en la terraza exterior nos hace dar un salto.
Nos separamos de golpe, con el corazón en la garganta.
Un segundo después, a través del gran cristal de la puerta corredera, vemos la silueta de un gato callejero blanco escabullirse ágilmente hacia el jardín, dejando atrás los restos fragmentados de una maceta de cerámica.
El hechizo se rompe.
Dante exhala, pasando una mano por su cabello oscuro con frustración antes de girarse de nuevo hacia mí. Sus ojos azul hielo siguen oscuros, cargados de intención. Intenta acortar la distancia de nuevo, levantando la mano hacia mí.
—Valeria...
Pero el pánico ciego, reprimido durante toda la noche, me golpea de lleno.
Retrocedo, apartándome de su alcance. ¿Cuál es mi límite real? Estoy a un milímetro de entregarle mi poder a mi cliente, a un hombre capaz de marcharse de la isla al terminar su contrato. El terror a una nueva destrucción de mi alma me paraliza las cuerdas vocales.
Me pongo de pie de un salto, alisando mi vestido coral con manos temblorosas. La barrera profesional es mi único salvavidas.
—¡Es... tardísimo! —balbuceo, retrocediendo hacia la puerta del patio con el corazón desbocado—. Lo siento, Dante. Mañana tengo una junta a primera hora en la agencia y... necesito dormir. De verdad. Gracias por la cena.
—Valeria, espera... —intenta decir él, poniéndose de pie, con la confusión pintada en sus facciones ante mi repentino cambio.
Pero yo ya estoy huyendo. Salgo a la noche caribeña y cruzo el túnel de los arbustos casi corriendo, pisando el césped a toda prisa. Huyo del único hombre capaz de atravesar mi armadura de hielo, aterrorizada de mi propia vulnerabilidad.
Llego a mi habitación, cierro las puertas de cristal y me apoyo contra el vidrio, cerrando los ojos mientras intento regular mi respiración errática. Soy una cobarde. El pánico me ha vencido justo tras la caída de sus defensas.
Unos minutos después, la pantalla de mi teléfono se ilumina sobre la cama con un suave zumbido.
Trago saliva y camino hacia él. Es un mensaje de texto de Dante.
«Ese gato tiene suerte de poseer siete vidas, pues estuve a punto de quitarle una. Descansa, vecina. Y recuerde nuestra lección de natación número dos mañana a las 6 a.m. La espero con un espresso doble en mano.»
Una sonrisa involuntaria, mezcla de profundo alivio y pura adoración, se dibuja en mis labios. Abrazo el teléfono contra mi pecho. No está ofendido. No me está presionando, ni se ha rendido. Solo está dándome el tiempo y la paciencia infinita necesarios para mi corazón herido.