Mi Irritante e Irresistible Cliente (Un Italiano en Punta Cana nº 1) CAPÍTULO 9 — La Emboscada, el Traje de Baño y la Ruta Privada
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CAPÍTULO 9 — La Emboscada, el Traje de Baño y la Ruta Privada

Ocho días.

Ocho días sin una llamada de Dante Moretti.

Ocho días sin una discusión absurda sobre arquitectura, sin sus mensajes a medianoche, sin esa forma exasperante de desafiar cada una de mis palabras.

Y, para mi absoluta humillación, lo he notado cada minuto.

Me repito la conveniencia de esta situación. La salud de la distancia. Mi capacidad de concentración en terminar su casa sin la constante distracción de sus ojos grises.

Mentira.

Al sonar mi teléfono, mi corazón da un salto ridículo esperando ver su nombre en la pantalla.

Nunca es él.

Pero esta noche ya no importa. El plazo de los dieciséis días ha terminado. Y Dante Moretti está a punto de ver su nueva casa por primera vez.

A las ocho menos cinco, estoy de pie junto a la isla de cuarzo de su cocina, alisando compulsivamente la falda de mi vestido de lino blanco.

La casa huele a limpio, a mar y a la madera nueva de los muebles de diseñador.

El sistema de agua salada funciona a la perfección.

Sin embargo, mis ojos no pueden apartarse del centro de la sala.

El gigantesco sofá de cuero oscuro, ahora envuelto en la estruendosa funda de flores amarillo neón y fucsia comprada en secreto, parece brillar con luz propia.

Es un atentado visual de tal magnitud, obligándome a morderme el labio inferior para no soltar una carcajada nerviosa.

Exactamente a las ocho en punto, escucho el motor de un coche aparcar en la entrada. Segundos después, la cerradura electrónica emite un pitido y la pesada puerta principal se abre.

Dante cruza el umbral. Lleva unos pantalones de vestir oscuros y una camisa negra abotonada impecablemente, con las mangas ligeramente arremangadas. En una mano sostiene una elegante bolsa de regalo de papel mate. Entra con la seguridad de un rey inspeccionando su nuevo castillo.

Sus ojos grises barren la entrada, pasan por las inmensas cristaleras hacia la piscina recién iluminada y, finalmente, aterrizan en el centro de la sala.

Dante se detiene en seco.

Toda su maquinaria táctica sufre un cortocircuito.

Parpadea una vez. Luego otra. Su rostro se queda completamente en blanco, desprovisto de cualquier expresión, como si su brillante cerebro de estratega fuera incapaz de procesar la aberración botánica recién colonizadora de su inmaculado y masculino salón minimalista.

El silencio se alarga durante cinco agonizantes segundos.

Estoy apoyada en la barra de la cocina, conteniendo la respiración. Finalmente, él gira la cabeza hacia mí, muy despacio. Sus ojos color acero no reflejan enojo, sino un asombro incrédulo transformado rápidamente en un brillo de pura y peligrosa diversión.

—Es... vibrante —murmura, su voz grave resonando en la casa vacía.

—Imaginé la necesidad de un toque tropical para suavizar tanta frialdad europea —respondo, usando mi tono más profesional—. Bienvenido a su nuevo hogar, señor Moretti. Dieciséis días. Promesa cumplida.

Dante suelta una carcajada baja y ronca, negando con la cabeza mientras deja las llaves sobre la consola de la entrada. Camina hacia el sofá, roza con un dedo uno de los espantosos hibiscos de tela sintética y luego avanza directo hacia mí.

La distancia entre nosotros desaparece. Su aroma a bergamota y noche caribeña me envuelve, acelerando mi pulso al instante. Levanta la bolsa de regalo traída consigo, y la chispa en sus ojos me advierte la pervivencia de la tensión nacida hace ocho días en el club privado.

—Impecable, Valeria. Y como sé reconocer la superioridad del rival, le traje un pequeño detalle de inauguración para abrirlo en privado...

¡Ding-dong!

El timbre de la puerta principal resuena por toda la casa, interrumpiéndolo justo a tiempo. Dante frunce el ceño, confundido, con la bolsa de regalo a medio camino.

—¿Esperamos a alguien? —pregunta.

—Es una inauguración, Dante. Nadie inaugura una casa solo —respondo con una sonrisa inocente, pasando por su lado a paso rápido para escapar de la gravedad ejercida por su cuerpo sobre el mío.

Abro la puerta y la caballería entra como un huracán de risas y botellas de vino.

—¡Sorpresa, cugino! —exclama Lorenzo Moretti, abrazando a un desconcertado Dante con esa efusividad tan italiana, mientras su esposa Bella le entrega una botella de champán—. Nos enteramos de tu residencia oficial en Punta Cana y no podíamos dejarte celebrar solo.

Detrás de ellos entran Ricardo y María del Mar, seguidos de cerca por Marcella y Frank. Dante se queda inmóvil por un segundo, sosteniendo la bolsa de regalo, y luego su mirada cruza la sala, por encima del hombro de su primo, hasta encontrarse directamente con la mía.

Levanta una ceja, la comisura de sus labios curvándose en una sonrisa de total entendimiento.

Su mente lo ha descifrado en un segundo.

Comprende exactamente mi maniobra. He contactado a su propia familia en la isla, invitándolos como mi ejército personal de chaperones por el terror de quedarme a solas con él.

«Cobarde», parece decirme su mirada gris desde el otro lado del salón, pero el gesto suavizador de sus ojos es extrañamente tierno. Y, para mi desgracia, tiene razón.

La noche se transforma en un caos maravilloso.

La funda de flores es el centro de las burlas durante la primera hora. Ricardo se sienta sobre las flores amarillo neón, bromeando a carcajadas sobre la conexión final de Dante con su lado más exótico, ganándose una mirada fulminante de su primo.

Pero al avanzar la velada, me dedico a observar a Dante desde la distancia.

Rodeado de su familia, bebiendo vino tinto en la cocina equipada por mí, el implacable magnate de seguridad desaparece.

Frank y él debaten sobre inversiones, mientras Marcella y Bella lo obligan a probar unos canapés locales.

Se ve relajado, terrenal, anclado. Verlo sonreír con tanto cariño a la familia formada por sus primos en la isla me encoge el corazón de una manera aterradora. Es demasiado fácil enamorarse del hombre detrás del traje.

A la medianoche, las despedidas se alargan. Hay abrazos, promesas de cenas futuras y risas en el porche.

Al desvanecerse los motores de los coches a lo largo de la calle, el silencio cae sobre la casa con una intensidad ensordecedora.

Me doy la vuelta en la sala. El salón está un poco desordenado, con copas de cristal vacías sobre las mesas de ébano. Empiezo a recogerlas apresuradamente, mi ritmo cardíaco acelerándose al notar la desaparición del escudo de su familia. Ahora somos solo él y yo.

—Déjelo, Valeria. Mañana vendrá el servicio de limpieza —la voz de Dante suena justo detrás de mí, mucho más cerca de lo esperado.

Me giro de golpe, sosteniendo dos copas por el tallo. Él me las quita de las manos con extrema suavidad, colocándolas sobre la barra. Su mirada es intensa, despojando la noche de toda comedia. Se gira hacia la isla de la cocina y toma la elegante bolsa de regalo de papel mate, extendiéndomela.

—Esto es para usted.

Limpio mis manos nerviosas contra mi falda y tomo la bolsa. Al abrir el papel de seda oscuro, mis dedos rozan una tela increíblemente suave y técnica. Saco el contenido.

No es una prenda atrevida ni sugerente. Es un traje de baño de una sola pieza, negro, elegantísimo y de diseño aerodinámico, fabricado por la mejor marca profesional de natación del mercado.

Levanto la vista, genuinamente sorprendida por la decencia y la exclusividad del obsequio.

—Tras mover usted cielo y tierra para darme esta piscina de agua salada —explica Dante, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón oscuro—, me pareció justo darle acceso a ella. Puede cruzar el patio y usarla en cualquier momento, Valeria. Es su ruta libre.

El gesto, tan considerado y alejado de los clichés corporativos, me deja sin palabras. Miro el traje de baño profesional y luego la inmensa piscina rectangular iluminada en el patio trasero.

—Gracias, Dante. Es... es un regalo increíble —murmuro, abrazando la tela contra mi pecho—.

Aunque debo confesarle algo. Mi padre diseñó piscinas toda su vida, pero yo no soy ninguna nadadora olímpica.

Solo sé flotar y chapotear un poco para no ahogarme.

No sé nadar con el estilo técnico requerido por un traje como este.

La sonrisa arrogante e irresistible del italiano vuelve a hacer su aparición. Se inclina hacia mí, invadiendo mi espacio vital, y su voz baja una octava, acariciando el aire.

—Venga mañana a las seis de la mañana. Yo le enseñaré la técnica correcta.

Un escalofrío me recorre la columna al imaginar a Dante bajo la luz pálida del amanecer, guiando mis movimientos en el agua. Trago saliva, totalmente incapaz de negarme.

—A las seis —confirmo en un susurro, sintiendo haber firmado mi propia sentencia.

—La acompañaré a su casa —anuncia él, dándose la vuelta para guiarme hacia la salida.

Camino hacia la puerta principal, pero Dante me detiene, posando una mano firme pero suave sobre la parte baja de mi espalda. El calor de su palma traspasa la tela de mi vestido, quemándome la piel.

—Por ahí no —dice, guiándome hacia las inmensas puertas correderas de cristal en dirección al patio—. Ya somos vecinos, Valeria. Es ilógico dar la vuelta por la calle.

Salimos a la humedad de la noche caribeña. El cielo está despejado, repleto de estrellas, y el único sonido es el canto de los grillos. El césped se siente fresco bajo mis cuñas. Caminamos en silencio a través de su inmenso jardín trasero, acercándonos a la línea divisoria de nuestras propiedades.

Al estar el sector diseñado por mi padre, no hay altos muros de hormigón, sino una densa hilera de arbustos y enredaderas altas marcando el límite exacto entre mi patio y el suyo.

Llegamos frente al tupido follaje. Me detengo, dispuesta a bordear los arbustos hasta encontrar la pequeña abertura decorativa más adelante, pero Dante tiene otros planes.

Con pasos decididos, se acerca al centro de los arbustos más altos. Usando sus brazos fuertes, aparta las ramas gruesas y las enredaderas con firmeza, quebrando algunas hojas en el proceso, hasta crear un hueco lo suficientemente grande para dejarnos pasar.

Se gira hacia mí, sosteniendo las ramas apartadas, creando un túnel improvisado entre nuestros dos mundos.

—Esta será nuestra ruta privada —sentencia, y sus ojos grises brillan en la oscuridad con una intensidad posesiva capaz de hacerme temblar.

Camino hacia él para cruzar hacia mi jardín. El espacio, demasiado estrecho, me obliga a pasar rozando su pecho. El olor de las hojas rotas se mezcla de forma embriagadora con el aroma de su piel.

Al llegar al lado de mi propiedad, me giro para darle las buenas noches y agradecerle de nuevo el regalo, pero las palabras mueren en mi garganta.

Dante no ha soltado las ramas, pero se ha inclinado hacia adelante, invadiendo la línea imaginaria de mi patio.

Estamos a escasos centímetros. La respiración se me atasca.

Puedo ver el sutil movimiento de su pecho al respirar, la sombra de su barba de pocas horas y la oscuridad devoradora en sus pupilas.

Levanta una mano lentamente y roza con sus nudillos mi mejilla. El toque es apenas una pluma, pero enciende un reguero de pólvora bajo mi piel.

Luego, se inclina.

Cierro los ojos, sintiendo mi corazón a punto de reventarme las costillas. Espero un asalto, un beso apasionado y definitivo. Pero el «Acero Herido» es un maestro absoluto del control.

Sus labios no buscan mi boca. En cambio, se posan sobre mi mejilla, agonizantemente despacio.

Es un beso inocente en teoría, muy distinto en la práctica.

Se posa peligrosamente cerca de la comisura de mis labios.

Siento la firmeza de su boca, el calor de su aliento rozando mi piel y el roce sutil de su nariz contra la mía.

Se toma su tiempo. No dura una eternidad, pero la lentitud deliberada al saborear mi piel envía una descarga eléctrica capaz de aflojarme las rodillas por completo.

Cuando finalmente se aparta, abre los ojos. Están oscuros, tormentosos y llenos de una promesa silenciosa, libre de palabras.

—A las seis, vecina —susurra, su voz ronca vibrando en el aire quieto de la noche.

Da un paso atrás, suelta las ramas de los arbustos, regresándolas a su lugar con un leve susurro de hojas, y su imponente figura desaparece en las sombras de su propio patio.

Me quedo allí, de pie en la soledad de mi jardín, apretando el traje de baño contra mi pecho, mientras mis dedos suben temblorosos para tocar el rastro ardiente dejado por sus labios junto a mi boca.

El reloj oficial de los cien días acaba de empezar.

Pero al mirar hacia la oscuridad de las ramas rotas, reconozco la realidad: el verdadero reto no son las oficinas ni los contratos.

Dante Moretti acaba de abrir una grieta en mis defensas.

Y, por primera vez desde el inicio de nuestro trato, dudo sobre mis ganas de repararla.