CAPÍTULO 8 — La Señora Moretti
Dos horas más tarde, el contraste no puede ser mayor.
Hemos pasado del sol de la cancha al frío aire acondicionado de «Lusso e Forma», la tienda de diseño de interiores más exclusiva de la isla.
Dante vuelve a llevar su uniforme de magnate: un pantalón de lino oscuro y una camisa blanca impecable, mientras yo luzco un vestido camisero azul claro y el cabello recogido.
Caminamos juntos por la inmensa exposición de muebles de lujo.
—Quiero su aprobación en la mesa del comedor. Es de roble macizo con detalles en acero oscuro. Muy industrial, muy su estilo —le indico, guiándolo hacia un inmenso comedor de ocho plazas.
Dante pasa los dedos por la superficie de la madera, asintiendo con aprobación.
—Es perfecta. Sólida. La quiero.
—Bien, ahora viene lo complicado. El dormitorio principal —anuncio, sintiendo un repentino nerviosismo al pronunciar las palabras. Elegir la cama de un hombre es cruzar una línea de intimidad capaz de marearme—. Venga por aquí.
Caminamos hasta la sección de dormitorios. Me detengo frente a una inmensa cama King size de diseño minimalista, con un cabecero tapizado en lino gris tormenta que curiosamente hace juego con el color de sus ojos.
—Esta es mi elección para usted —digo, evitando mirarlo directamente—. El colchón es de firmeza alta, como recomendó en su lista de preferencias, y el marco es de nogal negro.
Dante se acerca a la cama. En lugar de solo mirarla, se sienta en el borde.
El colchón cede levemente bajo su peso. Apoya las manos en la colcha blanca y luego levanta la vista hacia mí.
El espacio entre nosotros de pronto parece cargado de una electricidad estática innegable.
La imagen de él sentado allí, probando la cama donde pasaría sus noches, resultó peligrosamente íntima.
Mucho más de lo que una simple compra de mobiliario debería ser.
Justo cuando abro la boca para sugerirle ver los armarios, una vendedora elegantemente vestida aparece de la nada, con una tableta en las manos y una sonrisa radiante.
—¡Buenas tardes! Veo que están admirando nuestra línea Roma —dice la mujer, deteniéndose a nuestro lado con absoluta confianza—.
Es una elección magnífica. A las parejas de recién casados siempre les fascina este modelo para su primer nido de amor.
Es elegante, resistente y el cabecero de lino le da un toque muy cálido.
¿Tienen ya la fecha de la boda o están amueblando su nueva casa después de la luna de miel?
El aire abandona mis pulmones de golpe. Me quedo congelada en el sitio, sintiendo el calor subir por mi cuello hasta las orejas. ¿Recién casados? ¿Nosotros?
—Oh, no, noso... nosotros no somos... —empiezo a tartamudear, frunciendo el ceño con indignación reprimida e intentando aclarar el malentendido con torpeza.
Pero antes de poder terminar la frase, la voz profunda de Dante corta el aire.
—Estamos amueblando la casa nueva —dice él, con una tranquilidad pasmosa dejándome de piedra.
Giro el rostro hacia él, con los ojos abiertos de par en par. Dante sigue sentado en el borde de la cama, pero ahora tiene una media sonrisa curvando sus labios, una clara expresión de pura diversión al ver mi colapso nervioso. Está jugando. El temible magnate está jugándome una broma en público.
—¡Oh, felicidades! —entona la vendedora, juntando las manos con emoción—. Entonces el señor debe estar encantado con esta elección.
—Totalmente —responde Dante, levantándose lentamente y poniéndose de pie con toda su imponente altura—.
Confío en el gusto de mi mujer ciegamente para cada detalle de nuestro hogar.
Llevaremos la cama, el comedor de roble y el juego de mesas auxiliares.
Por favor, sea tan amable de llevar a la señora Moretti a ver las opciones de tapizados para la sala principal, mientras yo le entrego mis datos de facturación en la caja.
La vendedora asiente, absolutamente encantada con la venta y el romanticismo de la escena.
—Por supuesto, señor. Por aquí, señora Moretti —me sonríe la mujer, indicándome el camino.
El sonido de la palabra «señora» unida a su apellido es como un dardo directo al centro de mi estómago.
Miro a Dante con los ojos entrecerrados, lanzándole dagas invisibles y prometiéndole en silencio que me las pagará por aquella jugada.
Él solo me dedica un imperceptible guiño de victoria antes de girarse hacia la zona de cajas.
Me aclaro la garganta, recuperando mi postura a la fuerza mientras camino unos pasos con la vendedora, aunque mi corazón sigue atrapado en la locura que él acaba de alimentar.
Cuando Dante regresa a nuestro lado unos minutos después, guardando su exclusiva tarjeta de crédito en la chaqueta, me mira expectante.
—¿Y bien? ¿Ya eligió el tapizado para nuestro sofá de la sala principal, cariño? —pregunta, remarcando la última palabra con pura ironía.
Esbozo una sonrisa misteriosa y cargada de dulzura fingida, recuperando el control de mi juego.
—Eso no está a discusión, Dante —respondo, usando su nombre de pila frente a la vendedora para mantener la fachada, pero mirándolo con fijeza—.
Tú me diste presupuesto ilimitado. El sofá principal de la casa ya está elegido y será una sorpresa absoluta.
No lo verás hasta el día de la entrega de llaves.
Dante frunce el ceño, su instinto de control disparándose al instante y borrando la diversión de su rostro.
—Valeria —advierte él, su tono volviéndose serio de inmediato—. No quiero sorpresas con el mobiliario. Sabe que busco sobriedad.
—Y tendrá exactamente lo que merece —prometo, conteniendo una carcajada interna.
Apenas unos minutos antes, mientras Dante estaba ocupado en la caja con los trámites de facturación, mis ojos habían caído sobre un rincón de la sección de textiles.
Allí, oculta tras unos elegantes rollos de terciopelo, la vendedora me había mostrado un muestrario de una "colección tropical experimental" que nadie se atrevía a comprar.
Era un estampado de flores gigantescas en fucsia, amarillo chillón y verde loro; una combinación tan escandalosa que resultaba casi hipnótica por lo espantosa que era.
En un arranque de pura genialidad y venganza por haberme llamado "Señora Moretti" frente a todo el mundo, le pedí a la mujer venderme una funda de ese mismo patrón guardada en el almacén.
La pagué con mi propia tarjeta en un segundo y la oculté en una bolsa de papel neutra, asegurándome de que Dante no viera el contenido al regresar.
Planeo ponérsela al sofá sobrio justo antes de entregarle la casa, solo para ver la expresión de horror absoluto en su rostro perfecto y cobrarme así su osadía.
—Bien —cede él finalmente, soltando un suspiro de rendición—. Si hay una persona capaz de convertir una casa vacía en un lugar habitable, es usted.
Caminamos hacia la salida de la tienda bajo el cálido sol de la tarde, dejando atrás a la sonriente vendedora. Mi coche está aparcado a pocos metros del suyo.
—Gracias por acompañarme a elegir el mobiliario vital —le digo, deteniéndome frente a mi vehículo, intentando mantener la distancia emocional exigida por la prudencia—. Y gracias por su brillante actuación allá adentro. Supongo que el papel de marido obediente le pareció muy divertido.
Dante se detiene frente a mí. La intensa seriedad desaparece de sus ojos grises, siendo reemplazada por un brillo de pura picardía que rara vez deja asomar. Se guarda las manos en los bolsillos del pantalón, luciendo peligrosamente relajado.
—Admito que no fue solo para divertirme, Valeria.
Fue un experimento fascinante —confiesa, y una media sonrisa ladeada transforma por completo su rostro—.
Ver a la mujer que hace un par de horas casi me decapita con una pelota de pádel, quedarse completamente muda y sonrojada por la palabra «esposa». .. eso no tiene precio.
Pongo los ojos en blanco, cruzándome de brazos, aunque el calor en mis mejillas seguramente me delata.
—Es usted un tramposo, señor Moretti. En la cancha y fuera de ella. Acaba de alimentar las fantasías románticas de esa pobre vendedora.
—Soy un estratega —corrige él con un destello de orgullo—. Y usted tiene un talento innegable para gastar mi dinero. Tiene exactamente ocho días para entregarme las llaves, Valeria. No me decepcione.
—Le aseguro que la entrega lo dejará sin palabras —respondo, logrando mantener mi expresión de póker intacta.
Me sostiene la mirada un segundo más, con ese brillo de desafío intacto, antes de asentir a modo de despedida y caminar hacia su coche oscuro. Lo veo alejarse, dejándome de pie en medio del estacionamiento con una mezcla de indignación y una sonrisa costándome horrores reprimir.
Subo a mi coche y enciendo el motor. Miro por el espejo retrovisor la bolsa de papel ocultando la escandalosa funda de tela tropical en el asiento trasero.
Mi plan inicial era hacerle una simple broma, pero ahora, después de su pequeña jugareta en la tienda, esa aberración floral fucsia se ha convertido en una verdadera declaración de guerra.
Me quedan solo ocho días para entregarle la casa terminada e iniciar oficialmente los cien días de búsqueda corporativa.
Aprieto el volante, sintiendo la adrenalina del reto correr por mis venas.
Dante Moretti cree tener el control de la situación y la última palabra, pero no tiene ni la más remota idea de la monstruosidad visual esperándolo en su nuevo y perfecto refugio.