CAPÍTULO 7 — Agua Salada, Raquetas y Desafíos
Tras mover cielo, tierra y la paciencia de la junta directiva para asegurarle a Carolina la codiciada Villa Número Siete en tiempo récord, los primeros seis días de mi nuevo acuerdo con Dante Moretti son un auténtico caos logístico.
Cuando le prometí tener su casa lista en quince días, subestimé por completo la magnitud de sus exigencias, en especial las del área exterior.
—No entiendo cuál es el problema, arquitecto —digo por el teléfono, frotándome las sienes mientras camino por el borde de la inmensa piscina de nado vacía—.
El señor Moretti fue muy claro. Quiere cambiar todo el sistema de filtrado tradicional por uno de cloración salina de última generación.
Y lo necesito instalado para el viernes.
—Señorita Cabral, un sistema de agua salada de ese nivel requiere importar las celdas de titanio desde la capital —responde la voz cansada del contratista al otro lado de la línea—. Y reprogramar la bomba para esa cantidad de galones lleva tiempo.
—Le pagaré un recargo del treinta por ciento por urgencia si el camión con el equipo está aquí mañana a las ocho de la mañana.
Hay un breve silencio. El poder de un presupuesto ilimitado es algo verdaderamente mágico.
—Estaré ahí a las siete y media, señorita.
Cuelgo el teléfono, soltando un largo suspiro perdiéndose en el aire húmedo de Punta Cana.
La antigua casa de Carolina —ahora oficialmente el refugio de Dante— está invadida por pintores, ebanistas y técnicos.
Paso mis días coordinando entregas, aprobando paletas de colores neutros y asegurándome de que todo el sistema inteligente de la propiedad funcione a la perfección.
Al principio, la distancia es un alivio. No tener que enfrentarme a los gélidos ojos grises de Dante durante las cenas me da espacio para respirar y enfocarme en mi trabajo sin sentir que camino sobre un campo minado.
Pero, al cuarto día, el silencio se vuelve denso.
Empiezo a notar una reacción casi involuntaria en mí: cada vez que la pantalla de mi teléfono se ilumina sobre el mostrador de la cocina en remodelación, mi corazón da un salto de anticipación.
Dejo los catálogos de madera, camino a paso rápido hacia el aparato y.
.. es el plomero. O mi asistente de la oficina. O un correo corporativo.
La decepción me golpea como un balde de agua fría.
Me niego a admitirlo en voz alta, pero extraño nuestras batallas intelectuales.
Extraño la forma en que su mente brillante desafía cada una de mis afirmaciones.
La adrenalina de la rivalidad se ha convertido en una necesidad de la cual ahora me han privado.
El séptimo día, el silencio finalmente se rompe.
Son las once y media de la noche. Estoy en la sala de mi propia casa (justo al lado de la suya), sentada en el suelo en pijama, rodeada de muestras de telas para las cortinas. Mi teléfono vibra con un mensaje de texto.
Dante: ¿Sobreviviendo al caos, Valeria? Supongo que a estas alturas ya debe estar arrepentida de haber aceptado el reto.
Una sonrisa genuina ilumina mi rostro en la penumbra de mi sala. Tecleo la respuesta a la velocidad del rayo.
Valeria: Jamás me arrepiento de un trato ganador, señor Moretti. Aunque debo admitir que su capricho del sistema de agua salada casi me cuesta un colapso nervioso con los contratistas. Están trabajando en ello.
La pantalla muestra el indicador de "escribiendo" durante unos segundos. Y entonces, en lugar de un texto, el teléfono comienza a sonar. Es una llamada entrante.
Mi pulso se acelera. Me aclaro la garganta, me siento en el sofá y deslizo el dedo por la pantalla para contestar, adoptando mi tono más profesional.
—¿Problemas con el agua salada? —su voz grave, profunda y ligeramente ronca llena el silencio de mi casa, enviando un escalofrío directo a mi columna. Suena cansado, pero increíblemente cercano en la oscuridad de la noche.
—Digamos que los ingenieros de Punta Cana no están acostumbrados a trabajar con los plazos de un emperador romano —bromeo en voz baja, abrazando un cojín, permitiendo que la rigidez corporativa ceda un poco—.
Pero logré un milagro logístico y el equipo de titanio se instalará mañana a primera hora.
Tendrá su mar privado en el patio trasero tal como ordenó.
Escucho una exhalación suave al otro lado de la línea. Una risa contenida.
—Excelente. Sabía que dejar la logística en sus manos era la decisión correcta. Las reuniones en mi empresa han sido un desfile de incompetencia hoy. Hablar con alguien eficiente es un verdadero alivio.
Hablamos durante más de una hora. Sentados en la intimidad de nuestras respectivas soledades, la conversación fluye con una naturalidad capaz de asustarme.
Hablamos de arquitectura, de su aversión por las ciudades ruidosas y de mi amor por el Caribe.
La frialdad corporativa desaparece por completo, dejando al descubierto a un hombre brillante y fascinante.
—Por cierto, tengo una confesión que hacerle, señorita Cabral —dice Dante de pronto, su tono adquiriendo un matiz misterioso y seductor.
—¿Debería preocuparme?
—Depende de qué tan buena sea su defensa. Esta tarde firmé un formulario y me convertí oficialmente en socio diamante de su querido club deportivo «El Círculo».
Me quedo paralizada, la sorpresa robándome las palabras.
—¿Se hizo socio del club? ¿Para qué? Odia las reuniones sociales.
—Carolina fue muy clara la noche de nuestra cena.
Dijo que usted no tiene piedad en la cancha.
Y ya le mencioné cuánto me fascinan las personas que juegan para ganar —su voz baja un tono, volviéndose un reto directo—.
La desafío a un partido de pádel, Valeria.
Mañana por la mañana. Quiero ver con mis propios ojos si de verdad es tan implacable como dicen, o si es puro espejismo.
El desafío enciende una chispa de fuego competitivo en mi interior.
—Señor Moretti, yo no juego por diversión. Juego para destruir a mi oponente en la cancha. Pero tengo un problema: si pierdo dos horas de mi día en el club con usted, me retrasaré en la compra de los muebles principales. Mi plazo de quince días es inamovible.
Hay una pausa táctica al otro lado de la línea.
—Soy un hombre razonable —concede él con un toque de arrogancia—.
Si acepta jugar conmigo mañana a las diez, le cederé un día más.
Tendrá dieciséis días de plazo antes de iniciar la cuenta de los cien.
Considérenlo una inversión; mi agente inmobiliaria necesita descargar el estrés de lidiar con contratistas, ¿no le parece?
—Dieciséis días. Y luego me acompañará a la tienda de diseño para aprobar la mesa de comedor en persona, ya que estaremos juntos —negocio.
—Trato hecho. Prepárese para perder, Valeria.
***
A las diez de la mañana del octavo día, el sol del Caribe brilla con intensidad sobre las canchas de cristal azul del club.
Llevo mi uniforme habitual: falda deportiva blanca, un top ajustado, visera y mi pala de carbono sujeta firmemente en la mano derecha.
He calentado durante veinte minutos, pero nada me prepara para el impacto visual de ver a Dante entrar a la cancha.
Ha dejado atrás los trajes italianos. Lleva unos pantalones cortos deportivos negros y una camiseta técnica ajustada, marcando perfectamente la amplitud de sus hombros y la firmeza de su pecho.
Es la primera vez que lo veo sin su armadura corporativa, y la imagen es tan imponente que me roba el aliento por una fracción de segundo.
Camina hacia la red con la pala en la mano, luciendo como un gladiador moderno a punto de entrar a la arena.
—Puntual. Me gusta —dice él, deteniéndose a un metro de la red, sus ojos grises evaluándome de pies a cabeza con una apreciación encendiendo mi sangre bajo el sol.
—Saque usted primero. Para evitar quejas sobre mi falta de cortesía con los clientes —le reto, lanzándole una pelota verde fluorescente que él atrapa en el aire con reflejos felinos.
El partido es una batalla campal.
Dante juega exactamente como maneja sus negocios: de manera calculada, letal y con una fuerza abrumadora.
Sus saques son rápidos y sus golpes al fondo de la pista me obligan a correr de un lado a otro.
Pero yo conozco la cancha como la palma de mi mano.
Uso las paredes de cristal a mi favor, devolviendo sus golpes más potentes con cortes precisos y dejadas sutiles cerca de la red, obligándolo a frenar en seco.
No hablamos. Solo se escucha el sonido de la pelota, el chirrido de nuestras zapatillas contra el césped artificial y nuestras respiraciones agitadas. Es una danza física, un reflejo exacto de la tensión consumiéndonos en cada una de nuestras negociaciones, pero esta vez traducida a agilidad pura.
Llegamos al tie-break, empatados en un punto crítico. La tensión es tan densa que se puede cortar con un cuchillo. Dante se prepara para el saque decisivo, concentrado al máximo. Yo flexiono las rodillas, lista para devolverle el golpe de mi vida. Nuestros ojos se cruzan, desafiantes.
Pero antes de que su raqueta toque la pelota...
¡BZZZ-BZZZ!
El estridente timbre automático de la cancha resuena por los altavoces, indicando de forma implacable el final de nuestra reserva de sesenta minutos.
Dejo caer los brazos, respirando agitadamente. La burbuja de intensa concentración se rompe de golpe. Dante detiene el movimiento de su saque, cierra los ojos un segundo con pura frustración y mira el reloj digital de la pared. Nuestra hora se ha agotado.
Caminamos hacia la red al mismo tiempo. Mi pecho sube y baja con fuerza por el agotamiento y la adrenalina.
—Un empate técnico —murmura él, su voz ronca por la respiración acelerada.
Me acerco a la red y él hace lo mismo. Extiende su mano y toma la mía. Su agarre es firme, caliente por el esfuerzo. La red era la única barrera entre nosotros, una franja insignificante de malla incapaz de reducir la intensidad de aquella mirada.
—Carolina se quedó corta —añade, sus ojos fijos en los míos, brillando con una mezcla de frustración competitiva y fascinación—. Es usted absolutamente feroz, Valeria. Jamás había sudado tanto por mantener el ritmo. Esto no se queda así. Exijo la revancha.
Mi pulso se desboca por completo ante el peso de su reconocimiento. Trago saliva, obligándome a soltar su mano lentamente.
—Tendrá su revancha, señor Moretti. Pero ahora, un trato es un trato. Me acaba de ganar un día más de plazo. Vaya a ducharse, tenemos que ir a comprar sus muebles.