CAPÍTULO 6 — El Círculo y la Jugada Maestra
El exclusivo restaurante del club privado «El Círculo» es el refugio indiscutible de la alta sociedad de Punta Cana.
El inmenso complejo no necesita letreros luminosos ni publicidad; su majestuosa fachada de piedra coralina y la imponente puerta de roble son un símbolo de estatus, reservado únicamente para quienes pertenecen a la verdadera élite de la isla.
En su interior, el salón comedor es un santuario de sofisticación donde el suave sonido del jazz en vivo se mezcla con el aroma a maderas nobles y jazmín.
Las mesas están dispuestas con una amplitud exquisita y separadas estratégicamente por elegantes celosías de madera y orquídeas blancas, garantizando una privacidad absoluta sin perder el innegable lujo del espacio.
Han pasado apenas unas horas desde nuestra salida de la «Fortaleza Inteligente», pero al cruzar las puertas del club, el aire entre Dante y yo ha cambiado por completo. La electricidad nacida en la oscuridad del apagón sigue latiendo bajo la superficie.
El maître nos saluda con una inclinación de cabeza y nos guía hasta una mesa esquinera.
Dante viste un impecable traje oscuro de corte italiano, sin corbata, con los primeros botones de la camisa abiertos.
Proyecta una elegancia tan natural y letal capaz de desviar varias miradas femeninas a su paso, aunque él no parece notar absolutamente nada más allá de mi presencia.
Yo he optado por un vestido de seda cruzado en color verde esmeralda, discreto, pero haciéndome sentir segura y en control.
Cuando tomamos asiento, Dante no revisa su teléfono ni mira su reloj.
Apoya los antebrazos sobre el mantel de lino blanco y me mira directamente a los ojos.
Sus pupilas, antes dos témpanos de acero calculador, ahora me observan con una intensidad cálida, intentando descifrar mi siguiente movimiento.
—Por sobrevivir a la tormenta —brinda él, alzando su copa de agua cristalina, su voz grave acariciando el silencio a nuestro alrededor—. Y por la extraña honestidad encontrada a veces en la oscuridad.
—Por los sistemas de seguridad fallando en el momento exacto —respondo con una media sonrisa, chocando suavemente mi copa contra la suya. El cristal emite un tintineo limpio y claro.
Dante sonríe. La tensión de su mandíbula se suaviza.
—Me sorprende su elección para cenar —comenta, recorriendo el entorno con profunda aprobación—. Es... silencioso. Casi parece un búnker de cristal. Sin cámaras, sin distracciones.
—Sé cuánto valora su privacidad, señor Moretti. Mi trabajo no es solo mostrarle propiedades, sino entender qué le permite bajar la guardia.
Estamos a punto de pedir la cena cuando una voz femenina, vibrante y cargada de sorpresa, nos interrumpe.
—¡Valeria Cabral! ¡No puedo creerlo!
Levanto la vista y una sonrisa de alivio sincero se dibuja en mi rostro. Es Carolina. Lleva un vestido de lino blanco y su cabello castaño cae en ondas naturales sobre sus hombros.
Me pongo de pie de inmediato para saludarla con un abrazo afectuoso.
Dante, con la caballerosidad impecable de su educación europea, se pone de pie al instante, abotonándose la chaqueta del traje, esperando pacientemente.
—Caro, qué sorpresa. Pensé en tu cena familiar de hoy —digo.
—Me escapé temprano —ríe ella, mirándome de arriba abajo con incredulidad—. Pero la verdadera sorpresa eres tú. ¡Un martes por la noche "socializando" bajo las luces tenues!
Carolina se gira hacia Dante con una chispa de travesura en los ojos.
—Tiene usted muchísima suerte de tenerla sentada en esta mesa —le dice a Dante con complicidad—.
Normalmente, la única forma de ver a Valeria en este club es con el uniforme puesto, dándole una paliza deportiva a alguien en la cancha de pádel.
Viene casi a diario a competir bajo el sol, pero nunca en las noches a socializar. No le gustan las fiestas.
Siento un ligero calor subir por mis mejillas.
—Permíteme presentarte, Caro —intervengo, recuperando mi postura profesional—. Él es el señor Dante Moretti. Dante, ella es Carolina, mi amiga de la infancia y... mi vecina de al lado.
Veo el clic exacto en los ojos de Dante. Sus pupilas se dilatan una fracción de milímetro al procesar la información. Su instinto de cazador acaba de reconocer a su presa.
Carolina extiende su mano y Dante la toma con firmeza.
—Es un verdadero placer, Carolina —murmura él, con un tono sedoso—. Y confieso mi nula sorpresa ante su relato sobre la señorita Cabral. Se nota a leguas su instinto para jugar a ganar.
—Implacable —confirma Carolina con un guiño—. En la cancha de pádel no tiene piedad alguna. O le pegas a la bola, o te aplasta.
Dante me mira de reojo. Una chispa de absoluta fascinación se enciende en el gris de sus pupilas. La idea de mi ferocidad deportiva parece atraerlo como un imán.
—Bueno, no los interrumpo más —añade Carolina, revisando su reloj—. Voy a la barra a pedir un cóctel. ¡Valeria, prométeme nuestro partido el jueves! Un placer conocerlo, Dante.
Cuando Carolina se da la vuelta, el silencio en nuestra mesa se vuelve eléctrico. Dante vuelve a sentarse. Hay una urgencia palpable en su postura.
—Ese es exactamente el refugio deseado, Valeria —murmura, bajando la voz una octava—. Sin muros divisorios. Con esa piscina. Consígame esa casa y estaré dispuesto a renegociar cualquier condición necesaria para el contrato corporativo.
Apoyo los codos sobre el mantel de lino y entrelazo mis dedos, sosteniéndole la mirada.
—Comprar esa casa no es una cuestión de dinero, Dante. Carolina no necesita vender.
—Convénzala.
—Si lo hago —mi tono es firme y sin margen de duda—, mi comisión no será monetaria.
Me entregará el control absoluto para buscar su sede corporativa en la isla.
Cien días, Dante. Quiero tres meses completos para encontrar esa fortaleza inexpugnable.
Y durante ese tiempo, confiará ciegamente en mi proceso.
Dante entrelaza sus largos dedos sobre la mesa. Su mente brillante analiza mi jugada.
—Cien días de exclusividad absoluta a cambio de mi refugio personal —resume, asintiendo lentamente—. Es un trato audaz. Si me consigue esa casa hoy, lo acepto.
Asiento, tomo mi pequeño bolso de mano y me pongo de pie.
—Deme unos minutos.
Camino hacia la barra, donde Carolina espera su bebida. Mi corazón late deprisa. Sé perfectamente lo difícil de esta misión.
—Caro, escúchame con atención —susurro, tomándola del brazo para apartarnos—. Véndeme tu casa. A mí, para él.
Carolina detiene su copa a medio camino de sus labios. Me mira como si me hubieran salido dos cabezas.
—Estás completamente loca. No pienso venderla. Es mi hogar, Valeria.
—Lo sé. Y no te pediría algo así si no fuera de vida o muerte para mi contrato. Sé cuánto te gusta el nuevo proyecto de las Villas Esmeralda frente al mar...
—Las villas están todas reservadas para la junta directiva y socios élite —me interrumpe, entrecerrando los ojos—. Nadie puede comprar ahí.
—A menos que yo te consiga la Villa Número Siete.
La más grande, con la cala privada y esa espectacular piscina infinita con la que siempre has soñado —lanzo mi última carta, apostando mi propia comisión y mi influencia futura en la empresa para lograr el milagro—.
Podrás dejar atrás de una vez por todas tu aburrida piscina de nado actual.
Si te consigo los papeles de esa villa mañana a primera hora, al costo de construcción. .. ¿me cedes tu casa?
Carolina abre los ojos como platos, procesando la magnitud de mi soborno. Sonríe lentamente, evaluando la locura.
—Si logras ese milagro imposible, Valeria Cabral... te cedo mi casa. Pero no firmo nada hasta ver el contrato de la villa.
Respiro hondo. Vuelvo a la mesa y me siento frente a Dante, recomponiendo mi máscara de seguridad.
—Tengo una posibilidad sólida. Pero aún no es una garantía —le informo.
El rostro de Dante se vuelve inescrutable.
—No me interesan las posibilidades, Valeria. Me interesan los resultados.
—Los tendrá. Mañana por la tarde la casa será suya —prometo con una determinación feroz—. ¿Tenemos un trato sobre los cien días?
Dante se inclina hacia adelante, invadiendo mi espacio vital con el aroma a bergamota de su colonia.
—Lo tenemos. Pero, como en todo buen negocio, tengo una condición innegociable.
—¿Qué condición?
—Carolina se llevará sus pertenencias. La propiedad quedará vacía —explica él, bajando el tono a un murmullo profundo e íntimo—.
No quiero que un desconocido tome decisiones sobre el único lugar donde voy a bajar la guardia.
No quiero a un extraño interpretando mi vida o mis espacios.
Usted entiende mis muros, Valeria. Y es la única persona en la cual confío para construirme un hogar por dentro.
El aire abandona mis pulmones.
—Dante, soy agente de bienes raíces. Elegir los colores de sus paredes, sus muebles, su cama... es algo demasiado personal.
—Tiene un instinto impecable para entenderme —rebate él, y sus palabras son una caricia directa a mis defensas—.
Tendrá un presupuesto ilimitado y quince días exactos para entregarme mi casa lista.
Durante esos quince días, el reloj de sus cien días queda congelado.
El conteo corporativo comenzará a correr en el segundo exacto donde me entregue las llaves de mi hogar.
Es el trato perfecto para mi carrera. Ganar tiempo y asegurar el contrato corporativo de mi vida. Pero, a cambio, me exige construirle el nido íntimo donde bajará sus barreras.
Es un riesgo emocional gigantesco. Sin embargo, no pienso retroceder.
—Trato hecho, señor Moretti —acepto, sosteniendo su mirada oscura.
Mientras el camarero se acerca para tomar nuestra orden, me doy cuenta de la verdadera magnitud de mi victoria. He ganado la batalla profesional, sí. Pero acabo de aceptar el reto más letal de mi vida.
Voy a pasar quince días seguidos construyéndole un hogar al hombre del cual debería protegerme, y no tengo la menor idea de cómo voy a evitar dejar un pedazo de mi propio corazón atrapado entre esas paredes.