CAPÍTULO 3 — La Pecera de Cristal
El segundo café americano descansa en el portavasos de mi coche. Después de encontrarlo por casualidad en El Rincón del Grano el día anterior, ya sé exactamente cómo le gusta. Es una pequeña concesión, un detalle táctico para suavizar el terreno antes de entrar en batalla.
Dante baja de su vehículo de transporte privado exactamente a las diez de la mañana frente a la entrada principal de la Torre Prisma. Hoy lleva un traje azul medianoche sin corbata, luciendo igual de letal e inalcanzable.
—Puntualidad impecable, Valeria —saluda, acortando la distancia entre nosotros. Su tono es fraccionalmente menos rígido, desprovisto de la hostilidad absoluta de nuestra primera reunión.
Le extiendo el vaso térmico.
—Usted tampoco llega tarde, señor Moretti —respondo, aceptando esa minúscula tregua.
Él toma el café, aspirando el aroma antes de dar un sorbo. Un destello de aprobación cruza sus ojos grises, pero no dice nada. Se gira para evaluar el imponente edificio frente a nosotros.
Durante toda la noche anterior repasé los requisitos técnicos de esta propiedad.
Después del mensaje de mi tío Ernesto y las miradas expectantes de la junta, necesito desesperadamente una victoria.
Analicé los planos, revisé la zonificación y me aseguré de blindar cada posible objeción.
Estoy convencida de mi victoria; esta vez no encontrará fallas.
Entramos al vestíbulo y tomamos el ascensor privado hasta el último piso.
—La Torre Prisma cuenta con cimientos antisísmicos de última generación —explico, caminando por el inmenso piso diáfano—.
El acceso es exclusivo. Nadie puede detener el ascensor en esta planta sin la tarjeta biométrica de su empresa.
Los servidores tienen espacio suficiente en el ala oeste, con refrigeración independiente y fibra óptica ya instalada.
Dante camina lentamente por el espacio. Sus zapatos italianos resuenan contra el suelo de mármol pulido.
Observa la distribución, evalúa las salidas de emergencia y comprueba el grosor de las paredes interiores.
Todo el perímetro exterior del piso es de cristal blindado de suelo a techo, ofreciendo una vista panorámica espectacular de treinta y seis grados sobre Punta Cana y el mar Caribe.
Se detiene frente al ventanal principal. Observa el horizonte en absoluto silencio durante un minuto eterno.
—La ubicación es brillante —admite finalmente, sin girarse.
Me quedo inmóvil. El aire se atasca en mis pulmones. Es la primera vez en dos días donde lo escucho elogiar algo sin sarcasmo. Un calor de puro orgullo profesional florece en mi pecho.
Dante se da la vuelta, metiendo una mano en el bolsillo del pantalón, y clava su mirada gélida en mí.
—Y usted hizo la tarea. Pocas personas entienden los requisitos que les doy tan rápido —añade, concediéndome un respeto que no esperaba. Luego, su expresión se endurece—. Pero sigue siendo una pecera.
El orgullo se evapora, reemplazado por una frustración instantánea.
—Los cristales son a prueba de balas y tienen un nivel de tintado regulable por domótica —replico, defendiendo mi fortaleza—. Nadie puede ver hacia adentro desde los edificios adyacentes.
—No se trata solo de balas, Valeria. Se trata de satélites, de drones tácticos y de láseres de lectura de vibración en los cristales —rebate él, su voz tranquila pero implacable—.
Mi equipo maneja información clasificada a nivel gubernamental.
No puedo permitir una fachada transparente. Necesito opacidad. Necesito muros.
Sostengo su mirada, negándome a mostrar mi decepción, pero sabiendo perfectamente mi derrota.
—Propiedad rechazada —sentencio en voz baja.
Una media sonrisa curvada y peligrosa asoma a sus labios.
—Exactamente. Lo cual significa un triunfo para mí en el primer asalto. Esta noche manejo yo. Paso por usted a su casa a las ocho en punto. Póngase algo elegante.
Un nudo se forma en mi garganta. Algo elegante. Pedro también convertía cualquier salida, cualquier conversación o simple cena, en una actuación cuidadosamente calculada donde todo debía ser estéticamente perfecto. Y yo había prometido no volver a interpretar ese papel para ningún hombre.
—Le enviaré la ubicación al teléfono —respondo con sequedad, dando media vuelta hacia el ascensor para ocultar mi incomodidad.
***
A las ocho y quince de la noche, el ambiente del restaurante Lumière, uno de los salones más exclusivos y elitistas de la isla, vibra con un jazz suave y el tintineo de copas de cristal de baccarat.
Sentada frente a Dante, intento desesperadamente recuperar el control de la situación. Llevo un vestido negro de escote asimétrico, elegante pero sobrio, mi armadura personal. Él, por supuesto, encaja en este ambiente de lujo aristocrático como si hubiera nacido aquí.
Tomo un sorbo de mi vino blanco y apoyo los antebrazos en la mesa, enfocándome en lo único capaz de mantenerme a salvo: el contrato.
—¿Cuántos empleados tendrá la sede caribeña? —pregunto, adoptando mi tono más corporativo.
—Veinticinco inicialmente —responde él, cortando su filete con movimientos precisos—. Ingenieros de sistemas, analistas de riesgos y personal de seguridad de extracción rápida.
—¿Y por qué el Caribe? —insisto—. Pudo haber elegido cualquier paraíso fiscal en Europa. Suiza, Mónaco...
Dante deja los cubiertos sobre el plato de porcelana. Limpia sus labios con la servilleta de hilo y me mira fijamente, bajando por completo sus escudos corporativos.
—Fue idea de mi madre.
Parpadeo, sorprendida por la respuesta. ¿El implacable Dante Moretti tomando decisiones estratégicas internacionales basándose en el consejo materno?
—Mi madre siempre detecta oportunidades antes del resto —continúa él, y su voz adquiere una calidez inusual, desprovista de arrogancia—.
Cuando todos veían playas y turismo, ella veía mercados sin explotar, corporaciones necesitadas de infraestructura de seguridad para proteger sus inversiones en la región.
Ella es la verdadera estratega de la familia.
La admiración en su tono lo humaniza de golpe. Destruye la imagen de máquina insensible y me obliga a ver al hombre leal detrás del traje. Me relajo contra el respaldo de la silla, bajando la guardia una fracción de milímetro.
—Parece una mujer fascinante. Entonces ella fue quien vio la oportunidad —comento.
—Sí.
—¿Y usted siempre le hace caso?
Una sonrisa fugaz aparece en sus labios.
—Solo cuando sé que tiene razón.
—Debe ser difícil admitir eso.
—Mucho más difícil de lo que imagina —concede, inclinándose hacia adelante. El cambio en su postura vuelve el aire repentinamente denso—. Y también es sumamente observadora. Algo parecido a mí. Como ayer, por ejemplo. Cuando salió huyendo de la cafetería como si el local estuviera en llamas.
Siento un pinchazo de alerta.
—Tenía trabajo —miento con una naturalidad entrenada.
Dante ladea la cabeza. Sus ojos grises me escanean bajo la tenue luz de las velas.
—Claro —murmura, alargando la vocal—. Aunque no creo justificado huir por trabajo. No cuando la conversación se vuelve personal.
—No sé de qué me habla.
—Sí lo sabe, Valeria —su voz baja de volumen, convirtiéndose en una caricia rasposa—.
Tienes un muro alrededor. Uno muy alto y grueso.
Lo vi en tu oficina, y lo comprobé en la cafetería.
En el instante donde alguien se acerca demasiado, te cierras en banda.
Te refugias detrás de tu título y tu eficiencia.
El nombre de Pedro ni siquiera es pronunciado. No hace falta. Aun así, siento el mismo nudo frío y pesado en el estómago, el mismo pánico al sentirme expuesta.
—Analizar perfiles psicológicos es parte de mi trabajo, no del suyo —advierto, mi voz temblando apenas una fracción.
—No estoy observándola como cliente. —Sus ojos no abandonan los míos—. Solo intento entender por qué alguien tan brillante parece empeñada en mantener al mundo entero a distancia.
Trago saliva, incapaz de apartar los ojos de los suyos. El ruido del restaurante, los camareros y la música de jazz desaparecen por completo. Solo quedamos él, yo, y la verdad aplastante flotando sobre la mesa.
Dante Moretti busca muros. Búnkeres. Fortalezas. Lugares imposibles de penetrar. Lo inquietante es que empiezo a sospechar que no está hablando únicamente de edificios.
Y lo peor de todo es descubrir a una parte oculta de mí empezando a preguntarse cómo sería dejarlo entrar. Y esa idea resulta muchísimo más aterradora que cualquier propiedad capaz de rechazar.