Mi Irritante e Irresistible Cliente (Un Italiano en Punta Cana nº 1) CAPÍTULO 4 — Yaniqueques y Flashes
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CAPÍTULO 4 — Yaniqueques y Flashes

A la mañana siguiente de nuestra tensa cena en Lumière, el eco de mis tacones resuena contra el hormigón, multiplicándose en el espacio vacío. El pesado chasquido metálico de la puerta de seguridad al cerrarse a nuestras espaldas suena exactamente igual a la entrada de una bóveda bancaria.

Dante no dice una palabra. Camina lentamente por el centro del inmenso salón diáfano.

Pasa las yemas de sus largos dedos por la pared gris y áspera, probando la textura y la resistencia del hormigón armado.

Luego, avanza hacia la única fuente de luz natural en todo el lugar: una estrecha franja de cristal blindado de apenas medio metro de ancho, colocada casi a la altura del techo.

Sus hombros, siempre tan rectos e imponentes, caen una fracción de milímetro.

Gira el rostro hacia mí. La escasa luz proyecta sombras duras sobre sus pómulos, y la frialdad habitual de sus ojos grises ha sido reemplazada por algo rozando la pura claustrofobia.

—Un búnker literal —murmura, su voz grave rebotando en las paredes de cemento—. No entra el sol. No hay ventilación cruzada. El oxígeno aquí dentro se siente pesado, casi artificial.

—Cumple con absolutamente todas y cada una de las exigencias de seguridad táctica dictadas ayer —respondo, cruzando los brazos sobre mi pecho y levantando la barbilla, defendiendo mi trabajo—.

Muros de carga. Cero visibilidad exterior.

Control biométrico avanzado. Aquí dentro, ni los satélites sabrían las operaciones de su equipo.

Dante acorta la distancia entre nosotros con pasos silenciosos y felinos. Se detiene tan cerca, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para poder sostenerle la mirada. Su pecho sube y baja con lentitud bajo la impecable camisa de vestir azul oscura.

—Usted me trajo a una prisión de máxima seguridad solo para demostrar un punto, Valeria —su tono es bajo, rasposo, casi un ronroneo de advertencia—. Sabe perfectamente lo rápido que mis analistas se deprimirían aquí dentro. Estamos en el Caribe, no en un refugio antinuclear en Siberia.

Mi pecho se tensa. Me muerdo el interior de la mejilla con fuerza para evitar mostrar mi sonrisa de triunfo. Quería llevarlo al límite para comprobar hasta dónde llegaba su obsesión por los muros, y acaba de ceder.

—Entonces, ¿rechaza la propiedad?

—La rechazo tajantemente —confirma él, sin apartar la vista de mi boca—. Lo cual significa una cena conmigo esta noche. Otra vez.

Dejo caer mis brazos y aflojo la postura, sintiendo la adrenalina del reto recorriéndome las venas, efervescente y adictiva.

—De acuerdo. Pero esta noche las reglas cambian, señor Moretti. Yo elijo el lugar, yo conduzco, y no aceptaré ni una sola queja. Lo espero en el vestíbulo de su hotel a las ocho en punto.

Me doy la vuelta hacia la pesada puerta metálica y lo miro por encima del hombro, lanzando mi última estocada.

—Y un consejo... Deje la seda, los trajes a la medida y los zapatos italianos en el armario. Póngase lo más sencillo que tenga, si es que posee algo así.

***

A las ocho en punto de la noche, el motor de mi todoterreno ronronea frente a las inmensas puertas de cristal de su hotel. Mis dedos tamborilean sobre el volante forrado en cuero, siguiendo el ritmo de una bachata suave en la radio.

«Espera a ver la playa pública», pienso con diversión, sintiéndome victoriosa. «Va a odiar la arena en sus pies. Va a pedir un tenedor de plata en cuanto le sirvan el pescado sobre un plato de plástico».

Las puertas automáticas del vestíbulo se abren.

Mi pie resbala del freno un microsegundo. El aire abandona mis pulmones de golpe y mi cerebro se desconecta por completo.

Dante sale al calor de la noche caribeña.

No hay chaqueta. No hay botones de madreperla ni pantalones de vestir.

Lleva una simple y ajustada camiseta negra de algodón fino, ciñéndose implacablemente a la forma en V de su torso.

La tela oscura marca el relieve exacto de sus pectorales y el corte de sus hombros anchos con cada movimiento.

Unas bermudas tipo cargo de color arena cuelgan de su cadera estrecha, dejando a la vista unas piernas largas y fuertemente musculosas.

Trago saliva. El pulso me late con tanta fuerza en la base de la garganta que apenas puedo respirar. Mis manos aprietan el volante hasta volver mis nudillos blancos. ¿Cómo es humanamente posible verse infinitamente más peligroso y devastadoramente atractivo en ropa casual?

Dante abre la puerta del copiloto y se desliza en el asiento. El espacio de mi vehículo se encoge a la nada. Su rodilla roza el borde de la consola central y la estela de su colonia borra por completo cualquier otro aroma.

Se gira hacia mí. Lleva el cabello oscuro un poco revuelto.

—¿Aprobado el vestuario, Valeria? —pregunta, con un brillo salvaje y divertido en esos ojos color tormenta.

—Servirá —consigo articular a duras penas, agarrando la palanca de cambios y obligándome a mirar al frente.

El camino hacia la playa de Macao transcurre con las ventanillas bajadas.

El viento cálido alborota mi cabello, y para mi absoluta sorpresa, Dante no se queja ni una sola vez del ruido del tráfico.

De hecho, apoya el brazo musculoso en el marco de la ventana, mirando el mar oscuro asomándose entre las siluetas de las palmeras.

Aparco bajo las ramas tupidas de unos almendros. El sonido de las olas rompiendo con fuerza domina el ambiente, mezclado con el crepitar del aceite caliente y las risas altas de los locales.

Mientras caminamos por la arena hacia los puestos de comida, noto un destello fugaz a lo lejos, cerca de los vehículos aparcados. Un hombre sostiene algo metálico a la altura del rostro.

—¿Conoces a alguien por aquí? —pregunto distraídamente.

Dante gira apenas la cabeza. Su mandíbula se tensa de inmediato.

—No.

La respuesta sale demasiado rápida. Cortante. Luego, vuelve a relajar los hombros como si nada hubiera ocurrido, pero su mirada escanea el perímetro una vez más antes de centrarse en mí.

Lo guio hasta una mesa de madera rústica pintada de azul vibrante, iluminada por hileras de bombillas amarillas.

—¿Aquí vamos a cenar? —pregunta él, evaluando las sillas de plástico.

—No ponga esa cara.

—No he dicho nada.

—Lo pensó —replico, apoyando los antebrazos en la madera desgastada.

—Quizá —concede, sentándose frente a mí.

Me preparo para escuchar su primera queja, pero en lugar de eso, Dante se inclina hacia abajo y se quita los mocasines ligeros sin decir una palabra. Hunde sus pies descalzos directamente en la arena blanca y exhala un suspiro largo, aflojando el cuerpo por completo.

—Está demasiado callado —señalo, entrecerrando los ojos.

—Estoy comiendo.

—Pensé que iba a quejarse de algo. Llevo todo el camino esperándolo.

—Todavía puedo hacerlo —advierte, apoyando los codos en la mesa con una sonrisa ladina.

—¿De qué?

—De haberme traído a este lugar apenas al tercer día de conocernos, porque ahora voy a exigir volver cada semana.

Siento un latido traicionero en el pecho ante esa pequeña victoria suya. La camarera se acerca y pido la orden: pescado frito entero, limones, tostones y una bandeja rebosante de masa dorada.

Cuando los platos aterrizan frente a nosotros, el vapor perfumado sube hacia la luz de las bombillas. No hay cubiertos.

Dante mira el plato central con genuina curiosidad.

—¿Qué es exactamente esto? —pregunta, señalando la masa frita.

—¿Un yaniqueque? —Me llevo una mano al pecho con fingida indignación—. Es una ofensa nacional que no lo sepa. Pruébelo.

Él no duda. Toma el yaniqueque dorado con sus dedos. La masa cruje de forma audible cuando la parte por la mitad y le da un bocado. Mastica despacio. Cierra los ojos y un sonido ronco, profundo y cargado de puro placer vibra en el fondo de su garganta.

—Cielo santo... —murmura, abriendo los ojos—. Esto es un manjar.

Un pequeño grano de sal gruesa se le ha quedado pegado en la comisura del labio inferior. Mis ojos se clavan allí, atraídos como un imán. Mi respiración se vuelve superficial.

Dante nota el peso de mi mirada. Se detiene. Sin apartar sus ojos de los míos, levanta el pulgar, limpia el cristal de sal de su labio con un movimiento lento y me regala una sonrisa cómplice, plenamente consciente del efecto letal causado en mí.

Durante la siguiente hora, la magia rústica de la isla hace de las suyas. Comemos con las manos, olvidándonos de los modales. Entre risas bajas, me cuenta anécdotas de sus primos y su primer contacto desastroso con el ron local. No hay escudos de acero. Solo un hombre cálido y peligrosamente real.

—¿Y tú? —pregunta Dante de pronto, limpiándose los dedos con una servilleta de papel—. ¿Qué soñabas hacer cuando tenías dieciocho años?

Sonrío con un deje de nostalgia.

—Irme.

—¿Tan terrible era Punta Cana?

—No. Era yo quien necesitaba escapar.

Sus ojos grises se fijan en los míos, repentinamente serios.

—¿De qué?

El recuerdo de Pedro aparece como una sombra fría en mi mente.

—De cometer errores.

Dante percibe la historia oculta detrás de mis palabras. Ve la sombra cruzar mi rostro y, demostrando una inteligencia emocional inesperada, no presiona. Respeta el límite.

—¿Lista para irnos? —pregunta suavemente.

Asiento con la cabeza, agradecida por su tacto. Caminamos de regreso al coche, bordeando la espuma de las olas. Dante camina tan cerca de mí que el roce accidental de nuestros brazos envía chispas eléctricas directamente a mi torrente sanguíneo.

Estamos a solo diez metros de mi vehículo. El sonido de la bachata del restaurante ha quedado atrás.

Entonces, el mundo estalla.

¡Flash! ¡Flash!

Una luz blanca y cegadora me golpea las pupilas con violencia, dejándome viendo manchas negras. El sonido rápido, mecánico y agresivo de los obturadores fotográficos rasga la paz de la playa.

—¡Dante! ¡Dante, guarda qui! —grita una voz masculina desde las sombras de los árboles, disparando ráfagas de luz—. ¿Quién es tu nueva chica en el Caribe? ¡Solo una sonrisa para la revista!

El instinto me hace levantar las manos hacia mi rostro, desorientada. Un terror punzante y paralizante me atraviesa el pecho; la sensación asfixiante de ser cazada, de que mi privacidad está siendo robada a la fuerza.

Pero antes de poder dar un solo paso atrás, el hombre relajado a mi lado se transforma en un arma letal.

Una mano inmensa atrapa la parte posterior de mi cuello.

En un movimiento rápido y fluido, Dante me empuja contra la pared sólida y caliente de su pecho.

Su brazo derecho me envuelve por completo, aplastando mi rostro contra el suave algodón de su camiseta, ocultando mis facciones totalmente de los objetivos.

—¡Indietro! ¡Subito! —el grito saliendo de sus labios es un rugido gutural en italiano. No es el tono molesto de una celebridad; es la orden letal y absoluta de un hombre acostumbrado a dominar escenarios de guerra.

No me suelta. Su brazo alrededor de mi cintura es un cerrojo inquebrantable. Me guía hacia el todoterreno, usando su propia envergadura como un escudo humano irrompible. Siento sus músculos tensarse con ferocidad, apartando agresivamente el objetivo de una cámara atreviéndose a acercarse demasiado.

Abre la puerta del copiloto, me empuja con firmeza al interior y da un portazo contundente.

Segundos después, entra de un salto por el lado del conductor, bloqueando los seguros electrónicos y arrancando con un rugido de motor.

Salimos disparados hacia la carretera oscura, dejando atrás los destellos cegadores.

La respiración me quema los pulmones. Miro por la ventanilla, mi pecho subiendo y bajando de forma errática mientras la oscuridad nos traga.

A mi lado, Dante conduce aferrado al volante. Su mandíbula está apretada, respirando profundamente por la nariz, tratando desesperadamente de contener la furia amenazando con desbordarlo.

Frena de golpe en el arcén de la carretera varios kilómetros después, ocultando el todoterreno bajo la fronda de unos árboles. Pone la palanca en Park y apaga el motor.

El silencio cae sobre nosotros, pesado y cargado de adrenalina.

Dante suelta el volante. Gira el torso hacia mí. Sus ojos grises son dos estanques de agua turbia, rebosantes de tensión.

—Lo siento, Valeria.

Aprieta los dientes, la culpa endureciendo sus facciones.

—Te traje exactamente al tipo de situación que llevo años intentando evitar.

Su mirada se oscurece. Estira su brazo sobre la consola central. Su mano grande, la misma convertida en un escudo inquebrantable hace unos minutos, se posa con firmeza sobre mis manos temblorosas. El calor de su palma derrite el frío del susto.

—Estoy acostumbrado a que me sigan —continúa él, apretando mis dedos en un gesto protector—. Pero tú no deberías tener que lidiar con eso. Y ni siquiera te di la oportunidad de decidir si querías formar parte de ello.

Trago saliva, deshaciendo el nudo de mi garganta, y miro nuestras manos unidas.

Él no pensó en posar. No pensó en su imagen pública. Pensó únicamente en ocultar mi rostro con su propio pecho, recibiendo él todos los golpes.

El corazón me galopa contra las costillas, latiendo con una fuerza aterradora. Había pasado días construyendo un muro de frialdad, convencida de conocer exactamente al hombre sentado frente a mí.

Debería alejarme. Debería recordar quién es él. Debería recordar quién soy yo.

Pero mientras sus dedos siguen cubriendo los míos en la oscuridad del coche, una verdad aterradora se instala dentro de mí.

Ya no estoy luchando por mantenerlo fuera. Estoy empezando a preguntarme qué ocurriría si lo dejara entrar.

Y sospecho que, si eso ocurre, ya no habrá vuelta atrás.