CAPÍTULO 2 — Grietas en el Sistema
Necesito un café. Fuerte. Negro. Urgentemente.
El corto trayecto desde mi oficina hasta El Rincón del Grano, una pequeña cafetería de especialidad a unas calles del edificio corporativo, sirve para despejar mi mente.
El contraste del aire acondicionado esterilizado con la cálida brisa caribeña me devuelve a la realidad.
Escucho el claxon lejano de los taxis y el murmullo de los turistas, recordándome mi dominio sobre este territorio.
Empujo la puerta rústica del local. El tintineo de la campana anuncia mi llegada, y el aroma embriagador a grano recién tostado me ofrece una paz inmediata.
Sin embargo, esa paz dura exactamente tres segundos.
Allí, sentado en la mesa más apartada del rincón, semioculto en las sombras, está Dante Moretti.
Mi primer instinto es dar media vuelta y huir, pero mis pies se quedan clavados en las baldosas de terracota. Él no ha notado mi entrada; su atención está completamente absorta en la pantalla de su teléfono. Pero lo desarmante no es su imponente presencia, sino su postura.
Durante unos segundos no parece un multimillonario. No parece un estratega letal. No parece el hombre capaz de desafiarme en mi propia oficina. Parece simplemente agotado.
Tiene los codos apoyados pesadamente en la pequeña mesa de madera. Se frota el puente de la nariz con los dedos, delatando un cansancio profundo. Pasa una mano por su oscuro cabello, desordenándolo ligeramente, y suelta un suspiro cargado de presión.
Pedro jamás mostraba grietas. Siempre parecía tener el control absoluto de cada situación, interpretando el papel del hombre invencible. Tal vez por eso, ver a Dante agotado me desconcierta más de lo debido. Esa pequeña muestra de humanidad logra resquebrajar mis escudos defensivos.
En ese instante, levanta la vista. Veo la maquinaria táctica activarse de nuevo. Su espalda se tensa y su mandíbula se cuadra, recomponiendo esa letal armadura de control casi al instante. Levanta su taza de porcelana a modo de saludo distante y me indica la silla vacía frente a él.
Pido mi café americano y camino hacia su mesa, obligándome a recordar mi posición.
—Señorita Cabral —saluda él, su voz ronca flotando sobre las suaves notas de jazz del local—. ¿Viene a replantear su estrategia táctica, o simplemente huye del congelador de su oficina?
—Un poco de ambas, supongo —respondo, sentándome e intentando sonar casual—. Aunque me sorprende verlo aquí sin su séquito.
—Este rincón es el único lugar capaz de complacerme con un expreso italiano real, sin sabor a tierra quemada —suelta una risa ronca, genuina, provocándome un cosquilleo inesperado en el estómago.
El camarero coloca mi taza frente a mí. Tomo un sorbo lento. Dante me observa con curiosidad, sin la hostilidad corporativa de antes.
—Mudar el cerebro de una empresa de seguridad de un continente a otro es... agotador —confiesa, girando su taza vacía entre sus dedos largos.
—Me imagino —concedo en voz baja—. ¿Cómo suele botar el estrés un hombre acostumbrado a tener todas las variables bajo estricto control?
—Nadando —responde, recostándose en la silla—.
El agua es el único lugar donde la gravedad desaparece.
Donde el mundo exterior se queda en completo silencio.
Pero la piscina de mi hotel es una abominación.
Tiene cascadas de piedra falsa, curvas sin sentido y una ridícula isla en el centro con un flamenco de yeso.
No puedo evitarlo; una sonrisa amplia y divertida se dibuja en mis labios.
—¿Está declarando la guerra a un flamenco decorativo?
—Estoy declarando la guerra a cualquier objeto capaz de interrumpir cincuenta metros de nado continuo —replica, torciendo el gesto con un desagrado casi cómico—. Debe comprenderlo, Valeria. Necesito un hogar funcional, sin obstáculos en línea recta.
Hogar. Suena permanente. Sólido y definitivo.
—Debe ser agotador vivir dentro de su cabeza, señor Moretti —murmuro, sintiendo la chispa cálida entre nosotros.
—Por eso la necesito a usted para solucionarlo.
Su mirada desciende a mis labios, anclándose allí un segundo de más. El aire vuelve a espesarse, acelerando mi pulso de forma errática. Mi instinto de supervivencia se enciende de golpe. No puedo bajar la guardia solo por una sonrisa cansada y una anécdota divertida.
Tomo mi bolso abruptamente.
—La veré mañana a las diez, señor Moretti. Le aseguro opciones sin aves de yeso.
Él nota mi repentina huida. Una media sonrisa letal vuelve a curvar sus labios.
—Estoy contando con ello, Valeria.
Conducir de regreso a casa es un ejercicio de frustración.
El tráfico pesado de la tarde, los turistas caminando sin rumbo y los constantes desvíos por nuevos proyectos de construcción en Punta Cana pasan desapercibidos frente a mis ojos.
Mi mente está anclada en la cafetería. Lo irritante es no poder decidir la peor de mis molestias: su arrogancia al invadir mi despacho, o el hecho innegable de desear volver a verlo mañana.
Al cruzar los portones de seguridad de mi residencia, el silencio me da la bienvenida.
La casa es mi mayor orgullo personal. No fue un regalo de mi padre ni un privilegio del apellido Cabral; cada bloque, cada cristalera inmensa rodeada de palmeras, lo he pagado con mis propias comisiones a base de esfuerzo puro.
Es un espacio hermoso, imponente y absolutamente mío.
Dejo las llaves sobre la consola del vestíbulo, me quito los tacones con un gemido de alivio y camino descalza hasta la enorme cocina de mármol para servirme una copa de vino tinto. Por primera vez en todo el día, mis pulmones se llenan de aire real.
El sonido de mi teléfono vibrando sobre la isla de la cocina interrumpe la paz.
Es un mensaje de WhatsApp de mi tío Ernesto, el miembro más conservador de la junta directiva y mi principal detractor.
«Valeria. La junta preguntó hoy por la cuenta Moretti. Todos coincidimos en que es una oportunidad extraordinaria para la empresa. Esperamos avances positivos. Ernesto.»
Aprieto los dientes. Es un mensaje impecablemente corporativo, pero el veneno y la amenaza brillan en cada palabra. Si fallo, no solo perderé un cliente; perderé la autoridad por la cual he luchado diez años.
Necesito aire.
Salgo a mi terraza trasera, la cual colinda directamente con la propiedad vecina, separada solo por un muro de arbustos. Al otro lado del muro está Carolina. Mi vecina. Mi mejor amiga. Y una de las pocas personas capaces de decirme la verdad aunque no quiera escucharla.
—¿Esa es la cara de una vicepresidenta a punto de cometer un homicidio corporativo? —pregunta Carolina, levantando su propia copa a modo de saludo.
Me apoyo en el muro de piedra, dejando caer la cabeza hacia atrás.
—Ernesto acaba de escribirme. La presión por el nuevo cliente italiano es oficial.
—Ah, el famoso magnate de la seguridad. ¿Y cómo es? —Carolina se acerca al muro, con los ojos brillando de curiosidad.
—Insufrible. Arrogante. Controlador hasta la médula y exasperante —enumero, tomando un sorbo de mi vino.
Carolina sonríe de medio lado.
—O sea, guapo.
Suspiro, derrotada por la evidencia.
—Desesperadamente.
Carolina suelta una carcajada cristalina.
—Cuidado, Val. Ya pasaste por un hombre de traje impecable y labia perfecta. No dejes entrar a otro lobo en el gallinero.
—No te preocupes. Solo tendré que lidiar con este lobo durante treinta días. Una vez que gane la apuesta y le entregue las llaves, no tendré que volver a verlo.
Un par de horas después, acostada en mi cama, la seguridad de mis propias palabras parece haberse evaporado. Intento leer el borrador de un contrato comercial. No puedo. Intento repasar las especificaciones de la zona industrial. Imposible.
Mi mente vuelve al mismo punto ciego: la apuesta, el reto de su mirada, la vulnerabilidad en la cafetería.
Mañana solo vamos a visitar una propiedad. Nada más. Entonces, ¿por qué siento esta absurda necesidad de volver a verlo?
Cierro los ojos con frustración.
Definitivamente tengo un problema.