Mi Irritante e Irresistible Cliente (Un Italiano en Punta Cana nº 1) CAPÍTULO 1 — El Búnker de Cristal
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Mi Irritante e Irresistible Cliente (Un Italiano en Punta Cana nº 1)

Mi Irritante e Irresistible Cliente (Un Italiano en Punta Cana nº 1)

Por Veronica Breton

© inepub.com

CAPÍTULO 1 — El Búnker de Cristal

Exactamente a las ocho en punto, sin llamar a la puerta, Dante Moretti entra en mi oficina.

Ni siquiera levanta la vista para saludar.

Primero inspecciona las ventanas. Luego las salidas.

Después mi imponente escritorio de caoba.

Y, finalmente, a mí. Lo hace con la fría precisión de quien evalúa un riesgo de seguridad a neutralizar.

Lleva un traje gris plomo confeccionado a la medida, pero su postura es rígida, absolutamente militar.

Sus ojos gélidos se detienen en la placa dorada sobre mi mesa.

Vicepresidenta.

Ahí está. El título merecedor de diez años de sacrificios, trabajando el doble de horas que cualquier otro agente, mientras media empresa murmura a mis espaldas sobre mi inmerecido puesto, atribuido únicamente al apellido Cabral.

Me pongo de pie, obligando a los músculos de mi rostro a componer mi máscara de frialdad profesional más perfecta.

—Señor Moretti. Al menos conoce el significado de la puntualidad.

Él se acerca con una parsimonia irritante, poniéndome los nervios de punta, y deja caer una pesada carpeta oscura sobre la madera de mi escritorio.

—He aprendido una valiosa lección: en la protección de activos de alto riesgo, un segundo de retraso puede ser la diferencia exacta entre el éxito y el desastre —dice, con una voz barítona teñida de un marcado acento italiano—.

Admito mi sorpresa, señorita Cabral. Me asombra ver a la heredera del imperio inmobiliario aquí un lunes a primera hora.

Supuse el envío de un asistente para lidiar con el trabajo pesado.

Un escalofrío traicionero me recorre la espina dorsal. Mis manos, ocultas bajo la mesa, se cierran en puños.

Ahí está otra vez. Esa sonrisa afilada. Esa seguridad insoportable de quien domina el tablero.

Pedro también me miró así durante nuestro primer encuentro.

Y yo, estúpida e ingenua, creí estar construyendo un futuro sólido a su lado, hasta descubrir, de la peor manera posible, sus planes de boda con otra mujer.

«Solo es un cliente, Valeria. Levanta tus escudos», me ordeno mentalmente.

—Entonces debería despedir al responsable de preparar mi expediente, señor Moretti —respondo, retomando mi asiento e invitándolo a hacer lo mismo con un gesto fluido de la mano.

Dante enarca una ceja oscura.

—¿Por qué?

—Llevo aquí desde las seis de la mañana —replico, con una sonrisa cortante como el cristal—. En esta oficina no hay herederas. Solo hay profesionales.

Él toma asiento, cruzando una pierna con elegancia. Me observa de pies a cabeza, y la tensión en su cuerpo no disminuye en absoluto.

—Veremos si es cierto —murmura, apoyando los antebrazos sobre los reposabrazos—.

Como sabrá, no busco una residencia vacacional con ventanas panorámicas.

Mi empresa de contrainteligencia requiere un centro de mando operativo.

Necesito muros de hormigón reforzado, capacidad estructural para servidores dedicados, privacidad absoluta y una ubicación estratégica para llegar a cualquier resort premium de la isla en menos de diez minutos.

Abro mi ordenador portátil con movimientos precisos y proyecto un mapa digital tridimensional sobre la gran pantalla de la pared izquierda.

—He seleccionado tres propiedades. La primera está situada en una antigua zona industrial reacondicionada —comienzo, adoptando mi tono más resolutivo—.

Y para adelantarnos a sus dudas sobre logística técnica: la zona ya tiene los permisos ambientales preaprobados para su infraestructura subterránea requerida.

El suelo rocoso soportará sin problemas la carga de sus servidores y los muros de hormigón.

Y lo más importante, la instalación tardará meses, no los años necesarios para gestionar permisos en la costa.

Dante se queda callado.

Sus ojos grises, fríos como el acero, se clavan en mí. Está buscando una fisura, dudando si la mujer sentada frente a él es real o solo una fachada bien entrenada.

—¿Memorizó todo eso solo para impresionarme, señorita Cabral? —pregunta, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un roce provocador.

—No —respondo, sosteniendo su mirada sin parpadear—. Lo sé por dominar mi trabajo. Y lo hago mejor que nadie en esta isla.

El silencio inunda la sala. Veo cómo un destello de genuina sorpresa cruza sus pupilas. Es la primera vez desde su entrada a mi oficina donde parece haber olvidado por completo mi parentesco con el dueño.

Interesante, parece decir su expresión.

—Dígame, Valeria... —el ambiente pierde su filo comercial para volverse repentinamente denso—. ¿Cuál es la razón para aceptar mi cuenta personalmente? Conoce perfectamente las altísimas posibilidades de un rechazo total a sus opciones. Mi reputación es de alguien imposible de complacer.

—Me encantan los retos —digo, inclinándome ligeramente hacia el frente—.

Y me gusta aún más destrozar los prejuicios de la gente.

Usted cruzó esa puerta subestimándome por mi apellido.

Y yo reconozco su motivo para estar sentado ahí: su orgullo le impide aceptar su necesidad de la mejor asesoría de Punta Cana, provenga de quien provenga.

Una media sonrisa, letal y atractiva, curva sus labios. Dante acorta la distancia, invadiendo la zona neutral de mi escritorio.

—Espero que su eficiencia técnica esté a la altura de su lengua afilada.

Establezcamos las reglas de nuestro pequeño juego.

Tiene un mes. Treinta días exactos en el calendario para encontrarme ese búnker perfecto.

Pero por cada propiedad rechazada durante nuestros recorridos, usted cenará conmigo esa misma noche.

Me obligo a mantener la respiración nivelada. ¿Cenar con él? ¿Compartir horas de intimidad con un hombre envuelto en semejante magnetismo? Es exactamente el tipo de peligro del cual llevo años huyendo.

Sin embargo, no voy a retroceder.

—Acepto el riesgo —sentencio con firmeza—.

Pero permítame establecer mi premio. Cuando yo gane y le entregue las llaves antes de finalizar esos treinta días, usted firmará un documento otorgándome la exclusividad total como su agente inmobiliaria para todas las futuras propiedades requeridas por su imperio en el Caribe.

Él parece impresionado, pero no le doy tiempo a responder.

—Y no solo eso —añado, rematando mi jugada con ambición—. Asumo una necesidad inevitable en un hombre de su calibre: echar raíces tarde o temprano. Esa exclusividad incluye su residencia personal.

Dante me observa, procesando el alcance de mi desafío. Lentamente, su actitud a la defensiva se transforma en una expresión de respeto absoluto. Se pone de pie, abotonando su chaqueta con un movimiento pulcro.

—Es usted una negociadora implacable. Tiene mi palabra.

Si encuentra mi búnker en treinta días, tendrá la exclusividad absoluta —extiende su mano derecha hacia mí—.

Nos vemos mañana a las diez en punto en la primera dirección.

Y, si me permite un consejo... vaya eligiendo su vestido para mañana por la noche, pues le aseguro que ganaré yo la primera cena.

Me pongo de pie y acepto su mano. Su apretón es firme, fuerte, enviando una sacudida eléctrica directa a mi pulso, advirtiéndome del fuego vivo encarnado en este hombre.

—Yo no suelo perder —murmuro.

Retira su mano con lentitud, manteniendo el contacto visual un segundo extra antes de darse la vuelta. La pesada puerta de cristal se cierra a sus espaldas.

Permanezco inmóvil durante varios segundos, observando el cristal esmerilado. Debería estar pensando en contratos. En propiedades. En la junta directiva y en mi oportunidad para silenciarlos a todos.

En lugar de eso, mi mente está secuestrada por una única idea: Dante Moretti me recuerda demasiado a un hombre del cual juré alejarme para siempre.

Y eso es un problema.