Mi irresistible enemigo Capítulo 59
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Capítulo 59

Luna

Después de un día agotador estaba sentada en el sofá de mi apartamento, con las piernas cruzadas y el portátil a medio cerrar sobre las rodillas. Llevaba rato mirando una serie sin realmente verla.

Mi mente había decidido centrarse únicamente en Marlon y el problemilla con su empresa. ¿Lo habrían solucionado? ¿Le habría servido lo que le envié? Al no recibir ni un solo mensaje de su parte, no me quedó de otra que quedarme en vilo.

Daphne me llamó para quedar a tomar algo y así hablábamos. No nos veíamos desde que llegamos de la isla. Martha y ella seguían adelante con su historia de amor —noticia que me alegraba un montón—, y tenía la ligera sospecha de que darían el paso para ser algo más serio.

Nico, por el contrario, solo nos mandó una foto al grupo donde estábamos los tres, en la que se le veía tumbado en la cama con Angy. Tan morenos que daban hasta envidia. Ella sonreía como una completa enamorada, y Nico la abraza con fuerza.

Eran tan empalagosos que daban hasta risa.

Y al menos ellos se estaban divirtiendo en su luna de miel.

El timbre sonó justo cuando bajé la tapa del portátil, harta de aquella página en blanco que me devolvía la mirada. Fruncí un poco el ceño. No solía recibir visitas a esa hora. Me levanté del sofá y fui a abrir sin siquiera mirar antes de quién se trataba.

—¿Marlon? —pregunté con sorpresa al verle allí parado, con la camisa arrugada y sin corbata—. ¿Qué haces aquí?

Él no respondió de inmediato, y se quedó unos segundos mirándome de arriba abajo con una lentitud casi ofensiva. Yo también miré hacia abajo… y noté cómo me sonrojaba hasta la raíz del pelo.

Mi pijama era ridículo.

Lo supe desde el momento en que me lo puse. Rosa chicle, con gatitos bordados en blanco y una capucha con orejitas que me cubría la cabeza. Me lo había comprado en internet el año pasado, solo porque me pareció una cucada. Muy cómodo para estar por casa en invierno; cómoda y calentita.

Y desde entonces, no me lo había quitado.

Pero claro, no esperaba visitas ese día y por eso elegí aquel pijama mullido para protegerme del fresco que ya empezaba a hacer en San Francisco.

Y eso ni siquiera era lo peor. Al menos el pijama tenía un pase. ¿Pero la mascarilla de mi cara —también de gatito— y el pelo recogido de cualquiera manera? Eso mataba la pasión en cualquier parte del mundo.

Mandaba narices que Marlon decidiera aparecer justo cuando estaba en mi peor momento. Vale, no el peor, pero sí el más ridículo. Si ya me veía así justo después de tener prácticamente en bikini a diario cuando compartíamos resort en la isla… ¿qué íbamos a dejar para después?

—Joder, Luna…

No me dio tiempo a explicarme ni a defender mi aspecto porque Marlon se abalanzó hacia mí, cerró la puerta con el pie y, antes de que pudiera articular una sola palabra, levantó las dos manos, me quitó la mascarilla con una delicadeza sorprendente y me besó.

Todas mis defensas se vinieron abajo, y sentí cómo mi cuerpo se disolvía y volvía a recomponerse rápidamente. Como si pasara de sólido a líquido y de líquido a sólido en cuestión de segundos. Simplemente me embargó la certeza de que por fin había vuelto a casa.

Marlon me besó como si llevara días —o años— conteniéndose y por fin se le hubiera acabado la paciencia.

Sus labios se movieron contra los míos con una urgencia que me robó el aire de los pulmones, puso mi corazón a bailar y me arrancó un leve gemido que él se tragó con gusto.

Una de sus manos se enredó en mi pelo, y la otra me rodeó la cintura y me pegó contra su cuerpo.

El mundo dio un vuelco violento a nuestro alrededor. Me mareé de verdad. Las piernas me temblaron y tuve que agarrarme a su camisa para no caerme mientras él me besaba. Más o menos como sucedía en las novelas románticas que leía de vez en cuando.

Cuando por fin se separó un centímetro, ambos respirábamos agitados; su aliento y el mío fundiéndose lentamente.

Él apoyó la frente contra la mía, todavía con los ojos cerrados, y yo sentí que el corazón se me quería salir del pecho.

Aquí estaba mi irresistible enemigo. Por fin.

—¿Nunca te han dicho que venir a acosar a mujeres en su casa está mal? —traté de bromear al ver que él no decía nada.

Marlon soltó una risita, aún sin apartarse de mí.

En sus ojos azules brillaba tantas emociones bonitas que me quedé prendada de ellos sin percatarme de cómo sus labios se acercaban a rozar los míos.

—Gracias —susurró—. Por los informes. Conseguiste ayudarme incluso cuando no tenías que hacerlo, y a pesar de que yo fui un capullo contigo. No sé cómo demonios lo has conseguido ni a quién has pedido ayuda, pero gracias a ti hemos conseguido apartar a los japoneses de nuestra empresa.

Tragué saliva. Todavía me temblaban las piernas y el corazón me latía con una fuerza absurda.

—No lo hice para que me agradecieras nada —conseguí decir cuando rompí el contacto entre nuestras frentes—.

Lo hice porque… porque podía exigirle un favor a un viejo conocido —me mordí el labio inferior al recordar la conversación con Mike un par de días atrás—.

Bueno, vale. Era un examigo —hice comillas con los dedos cuando pronuncié la última palabra—.

Cuando nos liábamos, resulta que su ex apareció y me dio la patada justo cuando yo me estaba ilusionando.

Se arrepintió, claro. La ex le puso los cuernos de nuevo.

Me debía una. Él es hacker profesional —dejé claro.

—¿Le dijiste a hacker que se ocupara de esto? —lo preguntó con tanto orgullo que me sentí un poquito menos culpable.

—A veces hay que jugar sucio —encogí uno de mis hombros en un intento patético de restarle importancia—. Entiéndeme, Marlon; después de todo lo que pasó en la isla, no soportaba la idea de que perdieras algo más. Aunque todavía estuviera dolida contigo.

Marlon cerró los ojos un segundo, como si mis palabras lo hubieran golpeado.

—Lo sé. Y eso lo hace todavía más… joder, Luna. —Abrió los ojos y me miró con una intensidad que me dejó sin aire—. ¿Tienes idea de lo que has hecho?

—¿Convertirme en la cómplice de un hombre que hace cosas ilegales?

—No —se rio bajito y me acarició el pelo—. Salvar mi empresa. Salvarme a mí.

Sin pedir permiso ni perdón, mi corazón revoloteó como si tuviera vida propia, y las mariposas de mi pecho alzaron en vuelo de nuevo. Qué bien le sentaba a mi vanidad escuchar a aquel hombre alabando por fin mis acciones, y no condenándolas.

—Tú habrías hecho lo mismo por mí.

—Sí. Y mucho más.

Todo mi cuerpo se relajó por fin. Ya no existían motivos para sentir que estábamos en guerra y en cualquier momento todo saltaría por los aires. Entre Marlon y yo por fin había una calma tan dulce que me aferré con ella con todo mi ser.

—Luna… no puedo más con esta distancia. La respeté porque me lo pediste, y, sobre todo, porque era lo justo después de todo el daño que te hice.

Pero cada día que pasa sin poder llamarte, sin poder verte, sin saber si sigues enfadada o solo necesitas tiempo…

me está comiendo por dentro. Te sigo queriendo.

Te quiero ahora. Y te voy a seguir queriendo mañana, y dentro de un mes, y dentro de un año.

Bastante tiempo he perdido ya odiándote por un error.

Ahora mismo solo quiero estar aquí —sus dedos recorrieron el contorno de mi rostro, regalándome una caricia que me arrancó una sonrisa—.

Contigo. Sin miedo a que me mires y solo veas al hombre que te destrozó la vida.

Nunca, ni en todas mis fantasías juntas, había escuchado a un Marlon tan vulnerable y sincero como este. Que por fin me dijese que me quería lo cambiaba todo.

Sí, habíamos pasado dos años odiándonos y culpándonos.

Y muy probablemente esa herida no se cerraría nunca del todo.

Tal vez Emily volvería a intentar alguna artimaña para destruir a Marlon.

Aunque ya no le funcionaría. Tanto Marlon como yo nos apoyaríamos a partir de ahora.

Seríamos una pareja, y no dos personas enfrentadas.

Y se sentía tan bien. El pijama de gatitos de pronto me pareció lo más ridículo y vulnerable del mundo, pero ya no importaba.

Nada importaba excepto el amor que nos unía gracias a pasar diez días en una isla paradisíaca.

Porque el odio, a veces, era solo el principio de algo más peligroso… como el amor.

—Estos días sin ti se han sentido muy raros.

Echaba de menos tenerte quejándote de que los huevos revueltos del restaurante están sosos, o que te he robado el cargador del móvil durante la noche.

—Tragué saliva. Había tantos recuerdos con Marlon encerrados en mi memoria y mi corazón—.

La cama se me hacía gigante sin ti al lado, leyendo informes incluso de madrugada.

O sin recibir tus besos de buenos días. Yo…

también siento que es una mierda estar alejada de ti —reconocí con algo de vergüenza—.

De todos modos, estaba dispuesta a ofrecerte una cena una noche de estas. Para hablar. No sé.

Marlon sonrió. Esa sonrisa lenta, peligrosa y dulce a la vez que siempre me había desarmado por completo. Me rozó la mejilla con el dorso de la mano, con una ternura que contrastaba con la urgencia de su beso unos minutos atrás.

—Que sea esta noche, entonces —murmuró, acercando otra vez los labios a los míos sin llegar a besarme del todo—. Pero no para hablar.

—¿Entonces qué quieres hacer? —pregunté de forma muy estúpida.

La sonrisa de Marlon se torció ligeramente a medida que me rodeaba la cintura con el brazo y me acercaba a él de un tirón.

—Esta noche recuperamos el tiempo perdido. Y después… después cenamos. O no cenamos. O hablamos hasta que se haga de día. Lo que tú quieras. Pero primero déjame demostrarte que ya no estoy aquí por culpa. Ni por gratitud. Estoy aquí porque te quiero. Y porque no pienso perder ni un minuto más.

Me temblaron las piernas y el aliento se me entrecortó.

—Marlon… ¿es que te pone cachondo verme con mascarillas de gatitos?

—A mí me pone cachondo todo de ti —reconoció sin tapujos—. ¿Sí o no, Luna? —preguntó, rozándome la comisura de los labios con su boca—. ¿Me dejas quedarme esta noche? ¿Follarte hasta que te tiemblen las piernas? ¿O prefieres seguir alargando esto?

—Bueno… esto es injusto. Me estás ofreciendo un orgasmo en bandeja de plata y usar mis dedos en la otra, mientras mantenemos las distancias. ¿Y tú te llamas empresario?

Marlon siguió bajando por mi cuello hasta mis clavículas, sin besarme.

—No sería solo un orgasmo. La oferta está Angy.

—Pero… ¿vienes a follarme porque quieres seguir en el limbo, como en la isla? ¿O porque…?

—Porque te quiero. ¿Acaso no me crees?

—¡Claro que sí! —me aferré a sus hombros para no caer cuando él me inclinó hacia atrás—. Yo también te quiero, que conste. Pero porque eres insufrible.

—Ajá.

—Y un huraño y un… un capullo…

—Hm…

—Y también un buen tipo. Majo, y eso.

—¿Y qué más?

Noté que se me empapaban las bragas, y Marlon aún ni siquiera me había besado o tocado.

—El hombre más increíble del mundo. Sexy, divertido, inteligente y valiente. A tu lado me siento cómoda y tranquila, y… me haces sentir que soy una mujer maravillosa.

Marlon se apartó un poco y ahuecó mi mejilla con la mano libre. Su calor me encendió como una antorcha.

—Es que eres maravillosa. La mujer perfecta a mis ojos.

—Qué exagerado. Si vamos a follar igual, no hace falta que me dores la píldora.

Por decir eso me gané un cachete en el culo.

—Tengo la impresión de que nos vamos a divertir haciéndote callar un poquito.

Su promesa solo sirvió para que mi clítoris palpitara de necesidad.

—¿Vas a seguir siendo mi irresistible enemigo?

—Mejor tu irresistible novio.

—Suena fatal.

—¿Y tu irresistible futuro marido?

—Ya lo vamos viendo.

Marlon clavó sus manos en mi culo y me alzó en volandas. Rodeé sus caderas con las piernas, permitiendo que me llevase hasta mi habitación.

Una vez allí, me tiró sobre la cama y trepó sobre mí hasta acorralarme contra el colchón. Marlon lamió de forma seductora mis labios.

—Tú, en cambio, siempre serás mi chica medusa.

Marlon levantó lentamente la parte de arriba de mi pijama, dejando al aire mi vientre y mis pechos. Acarició la cima de uno de ellos con los nudillos, endureciéndolo.

—Siempre —balbuceé, con la cara encendida.

—¿Lo prometes?

Asentí con la cabeza. Marlon pellizcó uno de mis pezones, arrancándome un jadeo.

—Buena chica. Ahora date la vuelta y déjame demostrarte lo mucho, muchísimo que te quiero…

Obedecí sin rechistar, permitiendo que me llenase de besos. En la boca, en la nuca, en la espalda. Marlon me hizo sentir como si hubiera encontrado mi lugar en el mundo. Y no, no era aquella cama que llenamos con nuestro sudor y jadeos y caricias.

En realidad, se trataba de él.

De mi irresistible enemigo.