Epílogo
Luna
Seis meses después
Estaba tirada boca abajo en la cama de nuestro apartamento, con el portátil abierto delante de mí y el pelo todavía húmedo y revuelto.
En la pantalla tenía abiertas las tres propuestas de portada que me había enviado la editora.
La primera era sobria, elegante. La segunda jugaba con colores cálidos y una tipografía moderna.
La tercera… la tercera me gustaba, pero no terminaba de convencerme del todo.
Por fin lo había conseguido. Había terminado el libro. Lo había enviado a varias editoriales con el estómago hecho un nudo y, contra todo pronóstico, una de ellas había dicho que sí. Iban a publicarlo. Mi historia.
Y ahora mismo solo tenía que decidir cómo iba a verse la portada. Parecía una tontería, pero me estaba costando más de lo que esperaba.
El ruido que hacía el agua de la ducha se detuvo de golpe. Unos segundos después oí la puerta del baño abrirse y los pasos descalzos de Marlon acercándose. Levanté la vista justo a tiempo para verlo aparecer con una toalla blanca anudada a la cintura y el pelo goteándole por la frente.
Era increíble lo poco que me creía que fuéramos pareja. Y que estuviera más bueno que el queso.
—Otra vez con las portadas —dijo, más como afirmación que como pregunta—. ¿No te cansas de jugar con los programas de edición?
Antes de que pudiera contestar, se dejó caer en la cama; a mi lado. El colchón se hundió con su peso. Se acercó y me besó el hombro desnudo, justo donde empezaba la camiseta ancha que le había robado esa mañana.
—Marlon… estoy trabajando. Y no, no es cosa mía. ¡La editora por fin me ha pasado las propuestas!
—Mh —respondió contra mi piel, dejando otro beso más arriba, cerca del cuello—. Yo también. Estoy trabajando en distraerte. —Coló una de sus grandes manos bajo la camiseta y me pellizcó un pezón—. ¿Ves? Tus tetitas se alegran más de verme que tú.
Me reí a pesar de todo y le di un codazo suave, pero él no se apartó. Siguió besándome el cuello, despacio, con esa calma perezosa de los sábados por la mañana, mientras seguía manoseándome las tetas sin ningún tipo de pudor.
—En serio, Marlon —protesté, aunque la voz ya me salía menos convincente—. Tengo que elegir una. La editora espera respuesta hoy.
—Entonces elige rápido —susurró, mordisqueándome suavemente el lóbulo de la oreja—. Porque si no, te voy a distraer hasta que se te olvide el nombre del libro.
Me giré un poco para mirarlo. Tenía esa expresión juguetona y satisfecha que solo sacaba cuando estábamos así, tirados en la cama. Sin prisas ni obligaciones.
Seis meses atrás habría sido imposible imaginar esta escena. Ahora, sin embargo, se sentía como lo más natural del mundo.
—Eres imposible.
—Y tú estás preciosa cuando frunces el ceño a una pantalla —respondió, antes de besarme.
Como si tuviera todo el tiempo del mundo para hacerme olvidar las portadas, la editorial y cualquier otra cosa que no fuera él.
Me reí y le aparté la cara con suavidad.
—Estoy ocupada, Marlon. En serio. Tengo que decidirme hoy. Si no vas a ayudar, al menos ponte algo encima.
—Que sepas que me ofende un poco que quieras que me vista.
Él suspiró con fingida resignación y se incorporó un poco para mirar la pantalla por encima de mi hombro. Se quedó unos segundos en silencio, evaluando las tres opciones con una expresión indescifrable.
—La del medio —dijo al fin—. La tipografía es limpia, el color no daña a los ojos, y no parece ni demasiado seria ni demasiado infantil. Es la que más se parece a ti.
Fruncí el ceño, indecisa.
—No sé… la tercera también tiene algo.
—Luna. —Me giró la cara hacia él tras colocar dos dedos bajo mi barbilla—.
Te lo mereces. Has hecho un trabajo increíble.
Terminaste el libro, lo vendiste, y ahora estás aquí dándole vueltas a una portada como si fuera a definir el resto de tu vida.
Elige la que te haga sentir bien y punto. Yo estaré orgulloso de cualquiera.
Sus palabras me calaron más de lo que esperaba. Asentí despacio, volví a mirar las tres imágenes… y finalmente hice clic en la del medio. Bajé la tapa del portátil con un sonido suave y lo aparté hacia un lado de la cama.
Marlon no perdió el tiempo. Me atrajo hacia él con un brazo alrededor de la cintura y me besó. Correspondí igual de necesitada que él. Éramos dos insaciables. Podíamos pasarnos tres días enteros sin follar, y luego estar una semana entera como conejos.
Aunque no me quejaba, que conste.
Todo iba bien entre nosotros. De verdad. Era feliz. De una forma tranquila y sólida que nunca había creído posible con él.
—Oye… —murmuré, jugando con el borde de la toalla que todavía llevaba anudada a la cintura—. ¿Cuándo vas a decirles a todos que nos hemos comprometido? Llevo el anillo desde hace dos semanas y solo lo saben Daphne y Steph.
Marlon cogió mi mano izquierda, se llevó los dedos a los labios y besó justo encima del anillo. Una sonrisa pequeña y sincera apareció en su rostro.
—Cuando quieras. Pero yo lo tengo claro: quiero una boda tranquila. Minimalista. Sin circo, sin trescientos invitados y sin mi madre organizando el menú. Solo tú, yo, y la gente que de verdad importe. ¿Te parece bien?
Asentí, sintiendo cómo se me calentaba el pecho.
—Me parece perfecto.
Me derretí por completo.
Lo miré unos segundos en silencio, con el corazón tan lleno que casi me dolía.
Nos queríamos mucho. De una forma que todavía me sorprendía a veces, después de todo lo que habíamos tenido que atravesar para llegar hasta aquí.
Me acurruqué más contra él, rozándole la nariz con la mía, cuando el móvil vibró encima de la mesita.
Resoplé con flojera y lo alcancé. Era un mensaje de Angy. Abrí la conversación… y me quedé congelada.
—Hostia puta.
Marlon levantó una ceja.
—¿Qué pasa?
—Lo de invitar a pocas personas va a ser imposible —dije, todavía mirando la pantalla—. Vamos a tener que ampliar la lista.
—¿Por qué? ¿Es que ha vuelto a hablarte el gilipollas ese que hackeaba?
Negué con la cabeza y le enseñé la pantalla de mi móvil para que viera la foto. Angy aparecía sonriendo como una loca, sosteniendo una prueba de embarazo positiva con las dos manos. Solo había escrito una frase corta: ¡felicidades, futuros titos!
Marlon se quedó mirando la imagen un segundo entero. Después soltó un resoplido largo, pasándose una mano por la cara.
—Estás de broma…
No le dejé terminar la frase. Me le tiré encima, riendo, y empecé a comérmelo a besos. En la mejilla, en la mandíbula, en la comisura de los labios, en cualquier sitio al que llegara mientras él protestaba entre risas y me rodeaba la cintura con los brazos para que no me cayera de la cama.
—Vas a ser tío —le repetía entre beso y beso—. Tío Marlon. Señor minimalista y tranquilo con un sobrino o sobrina corriendo por la boda… Puffff, eso no me lo pierdo. Va a ser un cachondeo.
—Luna… —intentó decir, pero yo ya le estaba besando el cuello—. Oye, no es justo. Acabo de enterarme de que Nico ha preñado a mi hermana.
—¿Y qué te crees que hacen los recién casados, eh? Aparte de discutir por quién hace la compra o tira la basura, quiero decir.
Él se rio a carcajadas y me dio un cachete en el culo.
—Eres imposible —murmuró—. ¿Así que me regañarás por no bajar la basura?
—Puede.
—¿Y también querrás que te preñe?
—Mh… Eso ya lo tendremos que discutir. Por ahora me conformo con practicar un poco —le quité la toalla de encima, dejándolo totalmente desnudo.
—Ya veo. No me ves preparado aún para ser padre.
—Qué va. Si seguro que se te cae la baba cuando tengas al bebé de Angy entre los brazos. Eso no me lo pierdo por nada del mundo.
Marlon negó con la cabeza, todavía sonriendo, y me atrajo para besarme con una dulzura que solo le salía cuando estábamos a solas.
—Muy bien, futura señora Jones. Tú ganas. Ampliamos la lista de bodas y practicamos cómo se hacen los bebés.
—Suena genial, futuro esposo. Tan, tan bien…
Y por un momento, incluso la portada del libro y la boda minimalista quedaron en un segundo plano completamente irrelevante.
Porque… ¿cómo iba a preocuparme de nada más cuando el hombre de mis sueños, el dueño de mi corazón, me estaba besando como si quisiera tenerme junto a él toda su vida?