Capítulo 57
Marlon
El despacho de San Francisco estaba en el piso cuarenta y dos, con vistas a la bahía y una pared entera de cristal que dejaba entrar la luz gris de la tarde.
Sobre la mesa descansaban tres carpetas abiertas, dos tazas de café frío y un plano de la ciudad que Steph había dibujado a mano para explicarme no sé qué estrategia de expansión que ya no me interesaba.
Esa misma tarde era la firma con los accionistas y los japoneses. Habían pasado cinco días desde que los abogados nos cedieron algo de tiempo. Y tres desde la boda.
Tres días en los que había respetado el trato con Luna al pie de la letra.
Salvo por los mensajes que intercambiábamos todas las noches, no la llamé ni me presenté de improvisto en su casa.
Principalmente porque hubiese sido difícil explicarle de dónde había sacado tal información. Y no quería asustarla más.
Pero lo cierto era que la echaba de menos.
Cada día que pasaba y no oía su voz se sentía como un día desperdiciado. Sí, volver a la rutina ayudó. Los cafés con Steph, las cenas en mi apartamento, ver de nuevo a mi secretaria y el resto de los trabajadores… Todo eso estaba genial. Pero ninguno de ellos era Luna.
Y mi mente y mi corazón la anhelaban a ella.
Steph estaba sentado frente a mí, revisando el último borrador del contrato con el ceño fruncido. El pelo oscuro le caía suavemente sobre la frente, algo más despeinado que de costumbre, y sus ojos castaños perseguían la información de su informe con cierta rapidez.
—Por lo poco que veo, los accionistas están vendiendo a precio de saldo sus acciones. Supongo que por quitárselas de encima cuanto antes.
—Lo sé —contesté, pasándome una mano por la cara—. Los han debido presionar mucho para que accedan a este despropósito.
—Ya sabes cómo son este tipo de buitres —dijo Steph, soltando el informe sobre la mesa—. Les encanta aprovecharse de todo el puto mundo.
Estaba frustrado. Habíamos ganado tiempo, sí. Pero el tiempo se estaba agotando y yo no veía la manera de romperles el juego. Cada escenario que planteábamos acababa igual: ellos ganaban, y nosotros perdíamos control de la empresa.
—No hay mucho más que hacer —se lamentó Steph.
—Tiene que existir alguna manera —insistí, sin querer rendirme.
Llevábamos así las últimas horas, pero, a menos que sucediera un milagro, ni los abogados ni nosotros podríamos impedir esa firma. Legalmente estaban en su derecho.
—¿Y si volvemos a hacerles una oferta mejor? —sugerí a la desesperada.
—Los abogados lo intentaron por sexta vez esta mañana, y dijeron que no. Están decididos a vender a los japoneses.
Maldita sea.
No lo soportaba más. Me iba a explotar la cabeza en cualquier momento.
Steph y yo nos sumimos de nuevo en el silencio, cada uno mirando un informe diferente. Buscando algo a lo que aferrarnos antes de perder toda esperanza. Tras un rato así, la puerta se abrió y entró mi secretaria, con una carpeta gruesa bajo el brazo y una expresión algo confusa.
—Perdone, señor Jones. Acaban de dejar esto en la recepción para usted. El mensajero dijo que venía de parte de… “chica medusa”. No quiso dar más datos.
Me quedé de piedra. El corazón me dio un vuelco tan fuerte que Steph levantó la vista al instante.
—¿Chica medusa? —repitió él—. ¿Quién es? Suena a vacilada total.
Extendí la mano y cogí la carpeta. El peso me sorprendió. Debía contener un buen taco de papeles. Me temblaron un poco los dedos cuando la abrí encima del escritorio, ajeno a la mirada sospechosa de Steph.
Chica medusa… solo podía ser ella. Luna.
Dentro de la carpeta había informes y fotos.
Decenas de páginas repartidas en análisis financieros, movimientos de compra de empresas competidoras en Asia y Europa, documentación de cómo las adquirían, las desmantelaban pieza a pieza y las enviaban al olvido.
Y, al final, una demanda presentada en Alemania por una de esas compañías: coacción, amenazas, presión ilegal sobre los accionistas minoritarios.
Todo perfectamente organizado, con fechas, nombres y referencias cruzadas.
Con tanta información no me había percatado de que me sudaban las manos y me latían las sienes. Esto era una mina de oro de información clasificada. ¿Cómo lo habría conseguido Luna? ¿En qué andaba metida?
Debajo de todo el papeleo había una nota escrita a mano.
No soy buena investigando, ya te lo dije.
No te mentí.
Pero tengo contactos que sí lo son.
Les pedí que me hicieran el favor y esto fue lo que me entregaron.
Espero que esto te sirva.
L.
Me eché a reír muy fuerte.
Esa era mi chica.
Dios mío, me había salvado el culo en el último momento.
—¿Qué coño…? —preguntó Steph, quedándose a cuadros cuando cogió un informe al azar y leyó lo que ponía—. ¿Quién ha enviado esto?
—Ella —dije, todavía riendo—. Ha sido ella.
Steph se inclinó sobre la mesa y empezó a leer por encima de mi hombro. Su expresión cambió en segundos.
—Esto… esto es dinamita, Marlon. Si lo presentamos esta tarde, los japoneses no tendrán dónde esconderse. La demanda alemana sola ya les complica la exclusividad. Y el patrón de adquisición… joder. Esa novia tuya ha conseguido lo que nosotros no pudimos.
No escuché del todo lo que decía Steph. Tenía la nota de Luna entre los dedos y el pecho tan lleno de amor que me costaba respirar con normalidad. Había respetado el trato. Había mantenido la distancia. Y aun así ella, desde su silencio, me había enviado exactamente lo que necesitaba.
Sin exigir nada a cambio.
—Los tenemos —murmuré—. Tenemos a esos hijos de puta.
No podía amar más a esa mujer.
Ni aunque lo intentara.