Capítulo 56
Luna
Aún me pregunto cómo conseguimos subirnos al avión veinticuatro horas después del día de la boda.
Las tres íbamos juntas en la misma fila: Martha junto a la ventanilla, Daphne en el medio y yo en el pasillo. Todavía teníamos resaca.
Y la mía ni siquiera era por el alcohol —aunque también—, sino por todo lo vivido en esos diez días en la isla. No sabía cómo iba a procesarlo todo sin sentirme profundamente deprimida por el camino.
Si me hubiera largado a San Francisco cuando llegué, nada de esto estaría pasando . Y era cierto. Pero tampoco me arrepentía de haberme quedado al final. La boda fue preciosa, y Marlon y yo por fin pudimos conocer la verdad.
Me acomodé mejor en el asiento y cerré los ojos un segundo. El motor empezó a rugir. Dentro de unos minutos despegaríamos y dejaríamos atrás la isla. Y con ella, todo lo vivido. Cada emoción, cada risa, cada lágrima. Todos los besos y caricias. Todas las medias verdades. Todo el amor.
Era demasiado para meterlo en una sola maleta.
—Oye —dijo Daphne en voz baja, tocándome el brazo—. Llevas un rato sin hablar. ¿Estás bien de verdad o estás haciendo esa cosa tuya de fingir que sí para que nadie te moleste?
Abrí los ojos y la miré de reojo. Daphne me conocía demasiado bien. Siempre lo había hecho.
—Estoy… procesando esta semana de locos —admití, encogiendo un hombro—. No sé ni por dónde empezar, la verdad. Son demasiadas cosas.
Martha bufó desde la ventanilla, todavía con los ojos cerrados.
—Si vais a hablar de sentimientos, avisadme para ponerme los auriculares. Que no quiero pecar de cotilla.
—Gracias, Martha. Pero no será necesario. Confiamos en ti —le dijo Daphne sin mirarla, y después volvió a centrarse en mí—. Cuéntame. De verdad. ¿Qué pasó con Marlon en el convite?
El cinturón de seguridad me apretaba un poco el estómago y me provocaba cierta incomodidad. O quizás era el nudo que siempre se me cerraba alrededor de la garganta cuando pensaba en el hombre más increíble, insufrible y sexy del mundo.
—Estoy hecha un lío, Daph. Un lío enorme. —Me pasé una mano por la cara y acabé ocultándome detrás de ella—. Le dije que podríamos ver qué pasaba una vez nos encontráramos en San Francisco. Y una parte de mí sabe que hizo lo correcto, pero la otra no deja de protestar.
—¿Porque te apetece estar con él?
—Sí —murmuré—. Mucho.
Daphne me cogió la mano y la apretó con fuerza.
—Oye. Mírame. —Esperó a que lo hiciera—.
Tú no tienes que decidirlo todo ahora. Ni en el avión.
Ni mañana. Ni la semana que viene. Le dijiste que cuando estuvierais en San Francisco veríais cómo os sentíais.
Eso ya es suficiente. No tienes que dar con una respuesta hoy.
A veces viene bien mantener las distancias y asegurarse de que quieres algo de verdad, y no es una decisión impulsiva.
—Pero siento que debería tenerla —murmuré—.
Como si después de todo lo que ha pasado tuviera que saber ya si le perdono del todo o no.
Y no lo sé. Todavía recuerdo cómo me echaron del periódico.
Cómo nadie me cogía el teléfono. Cómo tuve que empezar de cero mientras él seguía con su vida…
odiándome por algo que yo no había hecho.
Y la manera en que yo lo odiaba a él por joderme la vida y los sueños.
Martha se removió en su asiento y abrió un ojo.
—Para ser sincera, yo le habría mandado a la mierda para siempre. Pero bueno. Tú siempre fuiste más… complicada con los sentimientos.
—Martha, por favor —le dijo Daphne.
—¿Qué? Solo digo que es normal que esté hecha un lío. El tío le jodió la vida, aunque fuera por error. Eso no se borra con un beso en un pasillo y un “perdóname”.
Tenía razón. Y eso solo me hacía sentir peor.
Me recosté hacia atrás y miré el respaldo del asiento que tenía delante. El avión empezó a moverse por la pista. El ruido de los motores aumentó y ya no fui capaz de oír los latidos de mi propio corazón.
—¿Y si en San Francisco sigue queriendo estar cerca? —pregunté en voz baja—. ¿Y si yo también? ¿Qué hago entonces? ¿Fingimos que no pasó nada? ¿Empezamos desde cero? ¿Cómo se supone que se empieza desde cero con alguien que te ha odiado durante dos años?
Daphne se encogió de hombros con suavidad.
—Se empieza hablando. Sin exigirle a la otra persona que borre el pasado como si no hubiera existido. Y se empieza, sobre todo, dándote permiso a ti misma para dudar. Para tener miedo. Eso no te hace débil, Luna.
Me giré hacia ella. Tenía los ojos un poco brillantes detrás de las gafas de sol, y supe que no solo estaba hablando de mí. Daphne siempre había tenido esa capacidad de ver más allá de lo que yo decía.
—Gracias. Creo que eso me servirá.
—Si en San Francisco resulta que todavía quieres lanzarte a sus brazos, pues lo hablamos. Y si resulta que necesitas más tiempo, también. Y si decides que no, que es demasiado… pues igual. Yo estoy. Martha también, aunque se haga la dura.
—Oye —protestó Martha desde su asiento—. Yo soy la que trae el alcohol y los comentarios honestos. Eso también cuenta.
Las tres nos echamos a reír. El avión aceleró. Sentí la presión en el pecho al levantarse del suelo. Daphne no soltó mi mano.
Miré por encima del hombro de Martha, hacia la ventanilla. La isla se iba haciendo cada vez más pequeña. El mar, el resort, la cala donde nos habíamos besado, la habitación donde había llorado en sus brazos, el pasillo donde me había pedido perdón… todo se iba quedando atrás.
Había vivido demasiadas cosas en esa isla. Demasiadas. El odio, el deseo, la revelación, el dolor, ese pequeño destello de posibilidad al final. Todo quedaría guardado en algún rincón de mi pecho.
No sabía todavía qué iba a hacer con ello. Solo sabía que no podía fingir que no había pasado.
Apoyé la cabeza en el hombro de Daphne y cerré los ojos justo cuando el avión terminó de elevarse.
—Creo que por ahora necesito un zumo de naranja —dije.
Daphne se echó a reír y Martha llamó a la azafata para que nos lo trajera.