Mi irresistible enemigo Capítulo 55
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Capítulo 55

Luna

Comí tanto durante la cena que fue un milagro el hecho de que el vestido no explotase en algún momento, y yo me quedase en bragas.

Daphne y Martha no pararon de darse besos y arrumacos a pesar de que nos sentaron con la prima de Angy y su amiga, y las dos las miraban con la boca abierta.

No me quedó muy claro de si les molestaba ver a dos mujeres del mismo sexo juntas o solo les descolocaba que no se ocultaran. De alguna manera fue hasta cómico.

Nico y Angy, tras cenar en la mesa principal, se movieron por todo el salón y se hicieron un montón de fotos con los invitados. Locura total. Cada dos pasos, alguien los detenía y debían hacerse varias selfies y grabar distintos vídeos.

Cuando llegaron a nuestra mesa, estaban sonrojados y agotados. Brindamos por ellos y nos hicimos un montón de fotos juntos.

Se merecían ese momento, y disfrutar de una felicidad sin fisuras. Y yo, aunque todavía cargara con mi propio caos, era capaz de alegrarme por ellos sin que me doliera el pecho. Nada ni nadie ensombrecería mi humor esta noche.

Bailé un par de canciones con Daphne y con Nico. Después con un primo lejano de mi mejor amigo que no paraba de hacerme reír con chistes malos. También me crucé a Anthony, pero él no me echó en cara que lo hubiese dejado en el olvido.

Entre baile y baile volvía a la barra a por otro mojito. El alcohol me estaba haciendo exactamente lo que necesitaba: aflojarme por dentro y anestesiar la ansiedad.

Pero la tregua duró poquísimo. Marlon apareció de la nada, cuando iba a pedir otra bebida, y rodeó con firmeza mi muñeca. Me apartó del grupo con suavidad, y yo, como una tonta, me dejé llevar fuera del salón.

—Ven conmigo, chica medusa —murmuró cerca de mi oído.

No pregunté el destino, porque en el fondo me daba igual.

Marlon nos llevó hasta los jardines, donde un montón de luces colgaban del techo, y las altas mesas —a esas horas vacías— nos rodearon como testigos mudos.

—Estás muy guapo hoy —comenté, por romper el hielo.

Marlon clavó en mí sus ojos azules con una intensidad que el aire se congeló en mis pulmones.

Mierda. Siempre conseguía alterarme de todas las formas posibles.

—Estoy harto de esta distancia, Luna —dijo sin preámbulos.

Sus dedos comenzaron a desanudar la corbata—.

Harto. No soporto el vacío que hay a mi alrededor desde que te fuiste de la habitación.

—Inspiró profundamente—. Prefiero que vuelvas a ser la Luna de siempre.

Que me odies si quieres, y me insultes. Que me hagas mil putadas, como hace una semana.

Lo que sea. Pero odio el jodido silencio que has dejado a tu paso. Es insoportable.

»Pagaría todo el dinero que tengo a cambio de escuchar tus insultos y tus quejas una vez más. De que me dejes en calzoncillos delante de todos porque te parece graciosísimo de una forma que no entiendo. ¿Pero la indiferencia? No soy capaz de capear eso, Luna.

Qué tierno era Marlon cuando hablaba desde el corazón. Y lo más gracioso es que ni cuenta se daba.

No es que cambiase lo sucedido, pero al menos me tranquilizaba saber que no usó un discurso estándar con el único propósito de aflojarme las bragas. Se notaba a leguas, tanto por la tensión de sus hombros como el temblor de sus manos, que estaba pasándolo igual de mal que yo.

Y… maldita sea, me hubiese encantado envolver su cuello con mis brazos. Rendirme por completo a lo que sentía por él y mandar todo lo demás al infierno. Pero no era tan fácil.

Saltarse veinticinco pasos de golpe en una relación, fuese del tipo que fuese, no era sano ni lógico. Incluso si el corazón te lo suplicaba.

—No estoy enfadada, Marlon —respondí en lugar de gritarle que quería un beso, un abrazo o que me llevase al fin del mundo con él—.

Estoy dolida con la situación, que es muy diferente.

Porque perdí muchas cosas hace dos años, y descubrir la verdad no cambia nada de eso.

El motivo es lo de menos, aunque ahora sepa que tú fuiste, de alguna forma, una víctima también.

Si rascas todo eso, sigue quedando las consecuencias que me explotaron en la cara cuando solo te hice una entrevista de lo más normal.

Yo… sé que Emily actuó mal, y que es algo que debéis solucionar vosotros dos, pero no quita que perdiese el trabajo de mis sueños.

Marlon se enrolló la corbata en la muñeca de una forma que, en esas circunstancias, no debería parecerme sexy en absoluto. Y aun así logró distraerme un poco.

—He pensado en cómo vengarme de ella desde que me enteré de la verdad. Steph, mi mejor amigo y socio, me recomendó que lo dejase estar. Dice que sería levantarle el apetito a la serpiente de nuevo. Y quizás tiene razón —gruñó—. Aunque yo todavía quiero hacerle pagar todo lo que nos hizo.

—Estoy de acuerdo con Steph en que ya no es necesario.

—Pero ella no pagará por esto.

—¿Y qué? ¿Cambiará algo? No. Solo alargarás la guerra con ella.

—¿No quieres verla sufrir?

Su pregunta me dejó un poco en shock. Abrí los ojos más de lo normal, barajando la posibilidad de que estuviera de broma. Pero no. En el rostro de Marlon no había ni rastro de humor.

—No —respondí con sinceridad—. No quiero verla sufrir. Ni a ti, ya que estamos. Marlon… no merece la pena. Es mejor si solo dejas el pasado como está.

A él no pareció gustarle mucho mi respuesta. Marlon tragó saliva mientras se pasaba una mano por el pelo, tal vez dividido entre lo que él quería y necesitaba, y lo que los demás esperábamos.

—Eres demasiado bueno, chica medusa —dijo al fin.

Solté una risita, más de alivio que de alegría.

—¿Por no buscar recrearme en algo que, hoy en día, ya no me importa tanto?

Me duele, sí, y creo que de algún modo siempre me dará algo de pena…

Pero también sé que no merece la pena vivir en un bucle de odio constante.

A mí eso no me hacía feliz —reconocí con el corazón en un puño—.

Soy consciente de que la vida siempre da nuevas oportunidades —continué, bajando un poco la mirada hacia mis pies enfundados en unas sandalias incomodísimas—.

De que no puedo quedarme atrapada en lo que me hicieron.

Ni en lo que tú asumiste. Ni en lo que yo callé durante tanto tiempo.

Quizá… quizá sea hora de pasar página. Olvidarnos de Emily, de lo que hizo, de lo que pensamos el uno del otro, del rencor, de las putadas…

»La verdad es que ya no quiero ser esa mujer nunca más, Marlon —reconocí con llaneza—. Me gustaba más la mujer que era estos días atrás, rodeada de colores, de naturaleza… Conociendo a un hombre increíble como tú.

Marlon dio un paso hacia mí. Durante una fracción de segundo creí que me besaría por fin. Como en las películas. Rodeándome la cintura con un brazo, pegándome a su pecho y morreándome hasta que yo levantase un pie y saltaran decenas de fuegos artificiales en el cielo.

Pero una vez más… esto era la vida real, y Marlon no me besó.

—No quiero pasar página si eso significa perderte del todo —dijo, con una honestidad que me removió las entrañas—. Prefiero pelear. Preferiría que me gritaras. Cualquier cosa antes que esto, Luna.

Me levantó la barbilla con dos dedos, despacio, dándome tiempo a apartarme si quería. Yo no me aparté. Anhelaba ese beso más que ninguna otra cosa en el mundo.

—¿Qué va a ser de mí si ya no soy tu irresistible enemigo?

La barbilla me tembló por las intensas ganas de llorar que me arrolló de pronto. Y él, dándose cuenta también, se inclinó y me besó por fin.

No hubo fuegos artificiales, ni me cogió el culo con ambas manos. Pero, a diferencia de otros tantos besos que nos habíamos dado, este me encendió una llama por dentro capaz de quemar el mundo entero.

Sus labios se movieron contra los míos con una urgencia contenida, y yo respondí envolviendo su cuello con mis brazos y pegándome a él en un intento desesperado por sentir su calor.

A la mierda las películas románticas; esto era mucho mejor.

Era real.

Cuando nos separamos, apoyé la frente contra la suya un segundo y cerré los ojos.

Hubiera sido tan fácil quedarnos así y fingir que no había pasado nada malo entre los dos. Que todo lo que nos trajo aquella entrevista ya no importaba. Como si los protagonistas de dicho engaño fueran otras personas y no nosotros.

Pero, aunque me había enamorado perdidamente de Marlon, no sería justo para ninguno de los dos empezar lo que fuese sobre los escombros de dos años de rencor y mentiras.

—Escúchame —susurré tras separarme de él y mirarle a los ojos—.

Si después de todo lo que ha pasado en esta isla…

cuando volvamos a San Francisco… todavía deseas estar cerca de mí…

yo lo aceptaré. Pero no ahora. No con la resaca de todo esto encima.

Cuando estemos allí, en nuestra vida real, si sigues queriendo intentarlo… entonces te daré esa oportunidad.

Marlon asintió despacio. Sus dedos seguían rozándome la mandíbula con una ternura infinita.

Alivio y calidez me invadieron por dentro mientras esbozaba una pequeña sonrisa. Menos mal que aquel hombre que tenía delante me escuchaba por fin, y no se comportaba como un necio con tapones en los oídos.

—Accedo —dijo, con la voz ronca—. Esperaré. Pero no voy a dejar de buscarte, Luna. Ni allí, ni aquí. Eres mía, chica medusa. Que eso te quede claro.

Eres mía. Repetí las palabras en mi cabeza y me invadió un escalofrío de puro placer.

Sí, era suya.

—Vuelve —ordenó él—. Baila. Ríe. Yo estaré cerca, chica medusa. Siempre.

Su promesa se marcó a fuego en mi pecho.

Ajusté el vestido, me pasé el dedo por los labios para asegurarme de que el pintalabios no estuviera demasiado corrido y regresé al convite con el corazón todavía desbocado.

El resto de la noche bailé, reí e hice más fotos de las necesarias. Pero cada cierto tiempo buscaba su rostro entre la gente. Y cada vez que nuestros ojos se encontraban, él sonreía; y yo le devolvía la sonrisa.

Mi irresistible enemigo.