Capítulo 54
Luna
Me coloqué junto al altar junto al resto de las damas de honor, con el ramo entre las manos y la sonrisa perfectamente ensayada.
En cualquier momento me daría un ataque.
Tantas emociones en tan poco tiempo no era sano en ninguna circunstancia.
Había pasado del odio al deseo en un parpadeo, y del deseo a la tristeza en un solo día.
Y ahora que por fin se celebraba la boda, y todo iba bien…
yo notaba mi corazón a punto de romperse.
Menos mal que las lágrimas de Nico —que contuvo a duras penas— cuando vio a su futura mujer acercándose al altar, lo cambió todo.
¡Qué alegría sentí por él! Por fin cumplía su sueño de tener una familia de verdad.
Una en la que sentirse amado y respetado todos los días. Angy y él serían muy felices.
Pero por mucho que intentara concentrarme en ella, en los votos, en el momento… mis ojos no dejaban de buscar a Marlon.
Estaba al otro lado, entre los padrinos. Traje oscuro, perfectamente adaptado a su cuerpo, el pelo peinado hacia atrás y esa expresión seria que siempre le había hecho parecer mayor de lo que era. Estaba guapísimo de una forma muy injusta.
Se apoderó de mí un intenso deseo por tirarle de la corbata, acercarlo y plantarle el morreo de su vida.
Tragué saliva y aparté la vista un segundo.
Fingí interesarme por las flores del altar; magnolias, preciosas.
Al celebrarse la ceremonia en la playa, al atardecer, el paisaje era precioso.
Habían cerrado esa parte de la playa solo para nosotros.
Para el enlace más importante. Pero al cabo de unos instantes volví a mirarlo.
Y esta vez él también me estaba mirando.
El corazón me dio un vuelco doloroso dentro del pecho.
Mierda, mierda, mierda.
Me había pillado.
No podía seguir huyendo siempre. Lo sabía. En el fondo de mí, debajo de toda la rabia, del cansancio y del miedo, había una parte que solo quería cruzar el espacio que nos separaba y lanzarse a sus brazos. Olvidar, aunque fuera durante un momento, todo el daño que se había acumulado entre nosotros.
Si esto hubiese sido una de las comedias románticas que me gustaba leer y consumir en la televisión, habría bastado una sonrisa y un beso para poner fin a esos dos años de odio. Pero en la vida real las cosas se solucionaban de otra manera. Más realista, y sin besos de por medio.
Cuando el cura pronunció las palabras mágicas, y Nico besó a Angy, todos aplaudieron. Yo también, feliz por ellos.
Feliz porque, a pesar de todo, el amor había ganado.
—¿Cómo de feo quedaría que me fuese al baño un momento y me perdiera todo ese rollo de tirarles arroz? —preguntó Daphne tras aparecer a mi lado de improvisto y provocarme un microinfarto.
—Coño —solté, y me tuve que morder la lengua en un intento de no llamar la atención—. ¿No te puedes aguantar?
—Es que me hago pis desde hace una hora. El cura habla demasiado —se quejó, pasando el peso de su cuerpo de un zapato a otro.
—Bueno, ve rápido. De todos modos, no vamos a lanzar arroz porque eso ensuciaría la playa, y las aves se enfermarían al comerse los granos crudos. Vamos a lanzar pétalos de flores.
—Cursis —dijo Daphne antes de largarse hacia los baños.
Sacudí la cabeza y me concentré en los recién casados. Nico me guiñó un ojo. Yo aproveché ese momento para ser la primera en lanzar los primeros pétalos de flores. Todo el mundo me siguió justo después.
—¡¡Vivan los novios!! —gritamos.
Angy y Nico se alejaron, cogidos de la mano, sin dejar de recibir pétalos de flores y felicitaciones. La felicidad que se respiraba en el ambiente resultaba contagiosa. A lo lejos, Daphne apareció y se sumó a la fiesta como la que más.
Tanta gente como había en la playa fue imposible alanzar a Daphne y Martha. Todo el mundo quería llegar los primeros al cóctel previo que se celebraba a la cena. Servirían aperitivos, vinos y pondrían música ambiente. En cuanto cayera la noche, el salón se abriría y podríamos cenar al fin.
Intenté abrirme paso entre la gente, pero, justo cuando iba a desviarme por el camino, un brazo rodeándome la cintura me detuvo en seco.
Reconocí al instante que se trataba de Marlon por su olor. Solo él usaba esa deliciosa fragancia.
La boca se me secó de golpe.
¿Podría haber protestado? Sí.
¿Me apetecía? No.
Marlon pegó su boca a mi oreja, acariciándome el lóbulo unos segundos antes de susurrar:
—Búscame luego, chica medusa.
Me quedé congelada en el sitio. Él ya se había apartado cuando me giré. Solo alcancé a ver su espalda alejándose entre los invitados.
Las piernas me temblaban tanto que me quedé un par de minutos allí parada, con cara de idiota, sin quitarle el ojo de encima. Marlon no volvió a mirarme en ningún momento. Tampoco hizo falta.
Mi corazón ya había decidido que iría en su búsqueda.