Mi irresistible enemigo Capítulo 51
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Capítulo 51

Marlon

Tras la discusión con Luna, no me quedó de otra que ponerme en marcha y solucionar el tema de los japoneses antes de que me explotasen más cosas en la cara.

Llamadas. Videollamadas. Correos de los abogados a los que respondí con la mandíbula tan apretada que me empezó a doler la sien. Cada vez que creía haber ganado un poco de terreno, ellos movían otra ficha y el tablero volvía a inclinarse en mi contra.

Estaba exhausto. El café ya no hacía ningún efecto y el nudo en mi pecho no hacía más que apretarse.

A media tarde no me quedó más remedio que llamar a Steph.

—Estás hecho una mierda —me dijo nada más contestar, sin ni siquiera saludar—. Se te oye en la voz. ¿Por qué no te relajas un poco? Ya me hago cargo yo de los abogados y los japoneses.

—Gracias por el diagnóstico médico —gruñí, paseando por el pasillo vacío del resort con el móvil pegado a la oreja—. ¿Tienes algo útil que aportar o solo llamabas para recordarme lo obvio?

—Las dos cosas, como siempre. Escúchame con atención porque voy a ser directo.

Este asunto no lo vas a resolver hoy. Ni mañana.

Ni pasado. Están jugando a desgastarte, a verte sudar para que firmes cualquier cosa solo por conseguir doble victoria.

—Pausa—. Espera a después de la boda. Cuando todo el circo familiar se calme y puedas pensar con la cabeza fría.

—No quiero esperar —contesté, deteniéndome frente a una ventana con vistas al mar—. Cada día que pasa ellos ganan más terreno. Si cedo tiempo, cedo poder.

—Si das el paso equivocado ahora mismo, cederás el puto futuro de la empresa —replicó él con firmeza—.

¿Prefieres perder el control en dos años o aguantar tres días más de tensión?

Porque esas son las opciones reales, Marlon.

No las que te estás inventando en la cabeza para justificar que sigues en modo guerra.

Apreté el móvil con más fuerza. Odiaba cuando tenía razón.

—Le pedí ayuda a Luna.

—¿Perdón? ¿He oído bien?

Bajo cualquier otra circunstancia, hubiese sido hasta cómico enterarme que Luna no fue la responsable de lo ocurrido con aquel artículo que me hizo parecer —a mí y a mi familia— un monstruo sin corazón.

Un déspota capaz de pisotear a cualquiera con tal de ganar dinero y fama.

Pero teniendo en cuenta lo que sentía por Luna —algo a lo que aún era incapaz de darle nombre—, solo me quedaba asumir que todo era una mierda.

Y Steph, tras escuchar toda la historia, opinó lo mismo. Primero se quedó en shock, procesando toda la información. Luego me hizo un par de preguntas de rigor —¿estás seguro de eso?, ¿por qué iba Emily a hacer algo así?— y me llamó directamente idiota.

—La has cagado pero bien.

—Ya lo sé —apoyé la frente sobre el cristal de la ventana, importándome una mierda quién pasara por allí y me viese—. En cuestión de cuarenta y ocho horas toda mi vida se está viniendo a bajo.

—Es muy fuerte que hayas pasado dos años pensando que ella era la culpable… y todo el tiempo fuera Emily. —Escuché que Steph se reclinaba sobre su silla—. ¿Vas a confrontarla?

—Por supuesto que sí. Confié en ella cuando le conté toda mi historia familiar —me tembló un músculo en el cuello al recordarlo—, y ella me traicionó de la peor manera. Emily sabía muy bien lo que significaba todo esto para mí.

—Ella te juró que te daría donde más te dolía, y cumplió su palabra —murmuró mi amigo—. No sé si merece la pena decirle nada a estas alturas.

—¿De qué hablas?

—Solo vas a cabrearla más. Y si ella se entera de que los japoneses te tienen en jaque, hará otra cosa diferente y te joderá el doble. ¿Merece la pena retomar el contacto por algo que hizo y de lo que se siente orgullosa? Ni siquiera te va a pedir disculpas.

En eso llevaba razón Steph. Conociéndola como la conocía, Emily solo se burlaría, y aprovecharía la situación para hacer algo peor.

Darme cuenta de eso me jodió todavía más. Odiaba que la gente como ella se saliera con la suya.

—¿Y qué hago? —pregunté entonces, totalmente agotado.

—Pídele perdón a Luna —dijo sin rodeos Steph—.

De verdad. No con esa cara de ejecutivo intocable que pones cuando no quieres admitir que la cagaste de verdad.

Habla con ella y discúlpate como un adulto que acaba de descubrir que destruyó la vida de alguien por un error de dos años.

De rodillas, si hace falta. Porque esa mujer no merecía todo lo que le hicisteis.

—No es tan sencillo —murmuré, una punzada de culpabilidad atravesándome el pecho—. Luna no va a querer ni verme.

—Claro que no es sencillo. Llevas veinticuatro meses odiando a la persona equivocada.

Construiste toda una narrativa alrededor de ella, y ahora resulta que esa narrativa era una mentira.

Eso no se arregla con un mensaje de texto ni con un “lo siento” tirado al aire mientras miras el móvil.

Tienes que mirarla a la cara y reconocerlo.

Me apoyé contra la pared del pasillo y cerré los ojos un segundo.

—No quiero perder así, Steph. No quiero ceder ante el acuerdo. Ni… lo que sea que estaba empezando a pasar con ella.

—Entonces no te rindas —contestó él, más suave esta vez—.

Pero deja de pretender que puedes controlar las dos cosas al mismo tiempo como si fueras un puto robot.

Estás sobrepasado. Se te nota a la legua.

La voz, la forma en que respiras, hasta la manera en que evitas decir su nombre completo.

Pide perdón. Después de la boda decides qué hacer con los japoneses.

Pero no intentes cargar con las dos guerras a la vez porque vas a perder las dos.

Me quedé en silencio varios segundos. Por un momento deseé estar en cualquier otro sitio que no fuera dentro de mi propia cabeza.

—Lo pensaré —acabé diciendo.

—No lo pienses demasiado —replicó Steph—. Llámala. O ve a buscarla. Pero haz algo antes de que se te escape del todo la única mujer que te ha hecho feliz en los últimos años. Incluso cuando la odiabas.

Colgué antes de contestarle algo de lo que luego me arrepentiría. Llevaba demasiada razón y eso solo me irritaba más.

Me pasé el resto de la tarde atrapado entre correos urgentes y la sensación constante de que cada minuto que pasaba sin hablar con Luna era un minuto que profundizaba el agujero que nos separaba.

Cuando por fin llegué a la habitación, mucho más tarde de lo que pretendía, la puerta se abrió a una quietud que me resultó extraña de inmediato.

Luna no se encontraba allí.

Su maleta ya no estaba en el rincón donde la había dejado. El baño estaba vacío. El albornoz que siempre colgaba en la puerta había desaparecido. Incluso el olor de su perfume apenas se percibía ya, como si se lo hubiera llevado consigo a propósito.

Me quedé un segundo en el umbral, procesando su ausencia, hasta que vi el papel doblado con cuidado encima de la cama.

La cogí con dos dedos, como si pudiera romperse, y leí lo que ponía.

Me he mudado de habitación.

Necesito espacio.

No puedo estar cerca de ti ahora mismo.

L.

Me senté en el borde de la cama con la nota todavía entre los dedos.

El colchón ya no olía a ella. Solo a sábanas limpias y a una ausencia demasiado grande.

Solté el aire muy despacio, sintiendo cómo todo el peso del día —los japoneses, la conversación con Steph, la revelación— se me venía encima de golpe y me aplastaba por completo.

Había pasado horas enteras luchando por no perder mi empresa…

…Sin darme cuenta había perdido lo único que, de pronto, me importaba más que cualquier firma.

No, no voy a rendirme. Si esta es la guerra que me toca luchar, no la perderé . Decidido a hacer algo, a solucionar las cosas con Luna, me levanté de la cama y salí de la habitación como un vendaval. Si ella pensaba que me rendiría solo por esto, se equivocaba y mucho.

Ella me importaba más que los estúpidos japoneses. Esa era mi verdad.