Mi irresistible enemigo Capítulo 49
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Capítulo 49

Marlon

Las piezas encajaban por fin.

Todas. Una tras otra. Como un rompecabezas que había estado mal armado durante dos años, y que ahora, de repente, mostraba la imagen real.

Princess.

La mujer que me había jodido la vida de todas las formas posibles. La que juró vengarse el día que me devolvió el anillo tras descubrirse su infidelidad. La misma por la cual estuve meses sin ser capaz de acerarme a una sola mujer, por miedo a que me hicieran lo mismo.

Fue ella.

Mi ex.

Luna seguía sentada en el borde de la cama, temblando. Tenía los ojos brillantes, a punto de derramar las lágrimas que llevaba aguantando desde el principio de la conversación. Yo la miraba y sentía cómo el suelo se me movía debajo de los pies.

Había sido tan imbécil.

—¿Ella? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Quién es ella?

—Mi ex —dije al fin, con la voz ronca.

Ella levantó la vista de golpe.

—¿Qué? Espera… ¿por qué iba tu exnovia a joderte de esa manera?

— Cuando terminamos… no fue amistoso. —Me pasé una mano por la cara, todavía intentando procesarlo.

Que ella hubiese estado detrás de todo tenía muchísimo sentido—.

Ella quería quedarse con casi todo. La casa que compramos durante nuestra relación, parte de las acciones, una cantidad absurda de dinero…

Decía que era lo justo, porque fue la imagen pública de un hombre como yo.

Que dio la cara en fiestas y cócteles y reportajes de revistillas, y no se quejó en ningún momento.

»Yo me negué. Le dije que no iba a chantajearme con una relación que ella misma había destruido al acostarse con otro hombre durante meses.

Se fue de casa gritando que me iba a arrepentir.

Que iba a hacer que todo el mundo viera quién era yo en realidad.

Nunca imaginé que llegaría tan lejos. Ni que usaría el nombre de otra persona para hacerlo.

Luna abrió mucho los ojos. La expresión de incredulidad en su cara me golpeó directamente en el pecho.

Por culpa de Emily todos habíamos sufrido. Ella fue quien orquestó su venganza y se llevó a todos por delante sin que le temblase el pulso. Cuanto más lo pensaba, más me iba cabreando.

—¿Me estás diciendo… que mi vida se fue a la mierda por culpa de una mujer que quería vengarse de ti?

Asentí con la cabeza. No podía hablar.

La rabia me subió por la garganta, caliente y asfixiante. Rabia contra mi ex, contra mí mismo por haber sido tan estúpido, tan ciego. Y tan rápido en señalar a la persona equivocada.

—Dos años —murmuré, más para mí que para ella. Ahogué una amargada carcajada al pasarme una mano por el rostro—. Maldita sea, llevo dos años odiándote y creyendo que me habías destruido a propósito. Que te habías vengado porque te rechacé aquella noche. Y resulta que… resultas que nunca fuiste tú.

Me acerqué un paso. Necesitaba… No sabía bien qué. Pedirle perdón. Tocarla. Hacer algo que borrara el daño que le había causado. Pero Luna se levantó de la cama de un salto y alzó una mano, deteniéndome.

—No —dijo—. No te acerques.

Me detuve en seco.

—Luna…

—Lo siento —continuó, y esta vez las lágrimas sí empezaron a resbalarle por las mejillas—.

De verdad lo siento. Por ti y por mí. Y por todo este puto desastre.

Ambos somos víctimas de la misma persona.

Lo entiendo. Pero yo… yo no puedo procesar esto de golpe.

Llevo años cargando con la culpa de algo que no hice.

Años sintiendo que me habías destruido sin motivo.

Y ahora resulta que sí había un motivo… solo que no era yo.

—Se secó las lágrimas de con movimientos bruscos de las manos—. Necesito irme. Necesito aire.

—Luna, espera. Sé que he sido un cabrón contigo y no te lo merecías, pero yo también fui víctima de esto —intenté redimirme. Explicar mi punto de vista—. ¿Cómo iba a saber que se trataba de ella? Nunca dijiste nada.

—Tampoco me diste opción. En el periódico me usaron de chivo expiatorio para que tú no siguieras adelante con la demanda —hipó—. Si yo pagaba por todo, tú los dejarías en paz y se acabaría todo.

Muy injusto.

Sí, recordaba aquellas semanas. Un artículo en el periódico que hablaba de la triste, trágica y turbia historia de mi abuelo.

El mismo hombre que me enseñó, junto a mi padrastro, todo lo que sabía sobre negocios.

Con la diferencia de que Christopher Jones, mi abuelo, era capaz de todo por conseguir sus propósitos.

Cuando yo solo era un niño, me sentaba en sus rodillas, allá en el despacho de su casa, y me enseñaba cómo provocar miedo a los clientes y descubrir, con solo un vistazo, quién mentía y quién no. Y aunque era cierto que hizo cosas malas, también hizo cosas buenas.

Parte de su fortuna iba a parar a orfanatos de la ciudad, a causas benéficas. Ayudaba al prójimo porque recordaba muy bien de dónde venía: una familia humilde que ganó dinero gracias a sus inversiones.

Pero había algo más. Él tenía una hermana que también formaba parte de la empresa y el legado familiar.

Como se enamoró de un hombre que trabajaba en la obra, sus padres le prohibieron seguir adelante.

De nada sirvió. Leyla Jones, la hermana de mi abuelo, tuvo una aventura con él y quedó embarazada fuera del matrimonio. Todo un escándalo en aquella época.

Para proteger el apellido y la empresa, la declararon incapacitada y la obligaron a abortar.

También la encerraron durante algunos años en un centro psiquiátrico de Boston, bajo el pretexto de esquizofrenia.

Allí la sometieron a una lobotomía que borró toda su personalidad, sus recuerdos y su forma de disfrutar del mundo.

Apenas duró tres años así. Un otoño de fuertes lluvias, Leyla Jones enfermó de neumonía y murió.

Mi abuelo, que era el único que quedaba de la familia por aquel entonces, se encargó de pagarle un funeral discreto y enterrarla lejos de sus padres. Un escándalo que nunca le salpicó… pero que me estalló a mí en la cara dos años atrás.

En el artículo me compararon con él. Hablaron de mi padre, que se fugó con una belga y se llevó parte del dinero de la empresa; dejando a decenas de afectados. Y como yo tuve que rescatar todo, me señalaron como la mente maestra detrás de todo. Porque de tal palo, tal astilla.

Solo de recordarlo sentí las náuseas subiéndome por la garganta.

Nunca pensé que mi ex sería la encargada de vender mi historia familiar. Me puso en el punto de mira cuando mejor estaba, y casi acabó con mi carrera.

El problema era que siempre culpé a Luna por eso.

Mierda, tendría que haber sabido desde el principio que ella no tenía nada que ver.

La rabia y el miedo me cegaron, y amenacé al periódico con hundirlos si no retiraban todos los periódicos y me daban la cabeza de Luna en bandeja de plata.

Y claro que lo hicieron. La lanzaron a los lobos y luego se olvidaron de ella.

Joder, joder, joder.

—Luna, lo siento. Lo siento mucho. Sé que esto ya no soluciona nada, pero…

Como ya no tenía nada que perder, le conté todo.

Que lo que salió en aquel artículo era cierto y me provocaba vergüenza y asco a partes iguales.

Y descubrir aquella verdad cuando no era más que un adolescente me causó ataques de pesadillas recurrentes.

También porque mi madre me contó que se rumoreaba que en mi familia también se encubrieron otras cosas respecto a Leyla.

Cuando aún estaba en el centro psiquiátrico, uno de los médicos abusó de ella en repetidas ocasiones al verla tan vulnerable. Leyla apenas podía hablar o explicar las cosas, y solo se dieron cuenta de lo ocurrido porque quedó embarazada de nuevo.

Al enterarse, mi abuelo mandó a sacarla de allí y practicarle otro aborto. Pero Leyla no murió como decía en su esquela. En realidad, lo que acabó con su vida fue un sangrado durante la interrupción de su embarazo. Murió apenas unas horas después, y mi abuelo mandó a ocultar todo aquello.

¿Cómo no iba a joderme que la gente lo supiera?

¿Que esa trágica y repulsiva historia saliera a la luz?

No es que quisiera proteger a mi abuelo.

Es que no quería que sus malas decisiones y acciones ensombrecieran todo lo que mi padre, padrastro y yo construimos cuando él se fue de este mundo.

Porque ninguna de las personas que trabajaba para nosotros, y confiaba en nuestro proyecto, merecía acabar en la calle o salpicados con ese escándalo.

—Necesito aire. Esto… Esto me parece… atroz…

—Luna, espera.

—No. Lo siento, pero no puedo. Es que… esto es demasiado. Necesito irme.

Asentí con la cabeza, sin saber qué más decirle. Pues ya se lo había dicho todo.

Ella recogió su bolso con manos temblorosas. No me miró cuando pasó a mi lado. Solo oí el clic de la puerta al cerrarse detrás de ella.

Me dejé caer sobre la cama, con la mirada fija en el techo y el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.

Princess.

Siempre había sido ella.

Y ya no podía cambiar lo sucedido.

Había odiado a Luna durante dos años. La había culpado una y otra vez. Y todo ese tiempo ella fue tan víctima como yo, sino más.

—Joder —murmuré, y mi voz se perdió en el silencio de la habitación—. Joder, joder, joder.

Me pasé las manos por la cara, sintiendo cómo la rabia y la culpa se mezclaban en mi pecho.

¿Cómo coño iba a solucionar este desastre?