Mi irresistible enemigo Capítulo 48
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Capítulo 48

Luna

Me senté en el borde de la cama porque las piernas ya no me sostenían.

Temblaba, y no de frío. Es que me dolían todos los años que había cargado con aquella acusación sobre mis hombros, sin que nadie me preguntase qué ocurrió de verdad. Y también me dolía lo cerca que habíamos estado de algo distinto apenas unas noches atrás… y de lo rápido que se había roto.

Me enlacé las manos sobre las rodillas para que no se notara tanto el temblor.

—Me enteré después —dije, y la voz me salió más baja de lo que pretendía—. Mucho después. Cuando ya no había nada que hacer y tú te encargaste de tirar una bomba sobre mi cabeza, llevándote todo lo que me importaba.

Marlon no se movió. Seguía de pie, a dos metros de mí, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión indescifrable en el rostro.

—Me despidieron unos días después —continué—.

Por el escándalo y por la demanda que tú mandaste al periódico.

Me echaron a la calle en menos de una semana.

Sin indemnización decente. Sin referencias.

Con el nombre manchado en todo el sector.

Nadie quería contratar a la periodista que había “destapado” los trapos sucios de Marlon Jones de forma tan poco ética.

—Apreté más los muslos, calmando el temblor de mis manos prisioneras entre ellos—.

Esa fue la época de mi vida, porque nadie me quería entre sus filas. Te encargaste bien de que así fuera.

Tragué saliva. Me costaba hablar. Cada palabra me raspaba la garganta y cada recuerdo levantaba ampollas en mi piel.

—Yo nunca hice nada, Marlon. Nunca. Escribí el artículo desde la profesionalidad.

Sí, me dolió la cobra que me hiciste aquella noche.

Claro que me dolió. Me sentí ridícula y rechazada.

Pero entendí que no buscabas lo mismo y encajé el golpe con madurez —le aseguré.

A estas alturas no ganaba nada haciéndome la digna o mintiendo—.

Respeté que no quisieras nada conmigo. Y punto.

No se me pasó por la cabeza hacerte daño.

Nunca. Esa parte del reportaje… la que hablaba de tus negocios opacos, de las cuentas, de las reuniones que nadie debía conocer…

y, sobre todo, de tu abuelo… yo no la escribí.

Nunca la vi hasta que salió publicada. Y cuando la leí, me quedé helada.

Marlon dio un paso hacia delante, por fin. La mandíbula se le tensó otra vez. No supe si me creía o no, porque no mostró emoción alguna.

Yo solo había hablado de esto con Daphne y Nico, y con mis padres. Me creyeron, claro. Ellos vivieron aquella época oscura conmigo. Pero, dos años después, me tocaba enfrentar al otro damnificado de la historia. El hombre que arruinó mi carrera por no investigar cuando tocaba.

—Entonces dime quién fue —exigió, con la voz baja y peligrosa—. Ahora. Sin rodeos. Si de verdad te tendieron una trampa, Luna, debe existir un culpable detrás de esto. Y con un buen motivo para hacerlo.

Me hubiese gustado que aquella conversación se diera en unas circunstancias distintas, y en otro lugar que no fuese esa habitación donde, lejos de encontrar mi propio infierno, había hallado un paraíso.

Pero el universo rara vez concedía deseos.

Eso solo era una ilusión estúpida e infantil de mi parte esperar a que todo saliera según mis necesidades.

—El informante anónimo que llegó al periódico con toda esa información se hacía llamar “Princess” —dije con el tono de voz más monótono posible—.

Nunca dio la cara. Solo enviaba documentos, capturas, grabaciones…

todo muy limpio, muy profesional. Y al parecer era una mujer cercana a ti.

Muy cercana. Alguien que conocía detalles que solo podía saber alguien de tu círculo íntimo.

Marlon se quedó completamente quieto. El color empezó a drenársele de la cara.

—Esa persona contó todo a uno de los jefes de la sección de imprenta —seguí, sin poder detenerme ya—.

Y alguien del periódico, probablemente buscando un ángulo más jugoso de ti, lo añadió a mi reportaje.

Pensaron que así se dibujaría una imagen menos perfecta de Marlon Jones.

Más humana y vulnerable. Nadie me consultó.

Nadie me preguntó si estaba de acuerdo. Cuando salió publicado, yo me enteré igual que el resto del mundo.

Y para entonces ya era demasiado tarde. Tu demanda llegó al día siguiente. Y mi carrera… se acabó.

Era la tercera vez que contaba en voz alta mi historia, y la primera en la que me invadió la sensación de que Marlon no me creería. Porque él ya había decidido condenarme muchísimo tiempo atrás.

Marlon tenía la mirada perdida en algún punto detrás de mí. Estaba pálido. Muy pálido. Como si acabara de recibir un golpe a la altura del estómago y le faltase el aire.

—Es cierto —insistí, porque necesitaba que lo entendiera de una vez.

Todo mi cuerpo temblaba, mas lo ignoré—.

Todo lo que te estoy diciendo es verdad.

Tuve que reinventarme desde cero, aceptar trabajos de mierda, tragarme el orgullo durante años…

todo porque alguien usó mi nombre y tú no te detuviste ni un segundo a comprobar si realmente había sido yo.

Él siguió sin hablar. El shock se había apoderado de todo su ser.

En cualquier otro momento, me habría acercado a abrazarle. Pero en ese instante solo me salía excusarme. Decir la verdad con la finalidad de romper por fin el ciclo de odio y mentiras de los últimos dos años.

—Yo nunca fui culpable de nada —dije, mirándolo directamente a los ojos—.

Nunca investigué tus negocios ni busqué hacerte daño por resentimiento.

Y nunca usé lo que pasó aquella noche en el bar como justificación para destruirte.

Esa versión de mí que tienes en la cabeza…

no existe. Nunca existió. Por eso no soy la persona que necesitas para detener a los japoneses. Lo siento.

Marlon me miraba, con los ojos azules mucho más oscuros de lo normal, como si estuviera reordenando años de certezas en su cabeza y no le estuvieran cuadrando. Piezas que por fin encajaban en otro puzle y no en el mío.

Yo seguía temblando. Sentada en el borde de la cama, con las manos agarrotadas sobre las rodillas, sintiendo cómo la desesperación de tantos años se me desbordaba por fin por cada poro de mi piel.

—Princess —repitió él al fin, en voz muy baja. Como si estuviera comprobando que no se trataba de una mentira más—. Una mujer cercana a mí…

Asentí, sin fuerzas ya para añadir nada más.

Él se pasó una mano por la cara, despacio, y por primera vez desde que habíamos empezado a hablar vi algo parecido a horror en su expresión.

—Joder —soltó entonces, y le embargó una extraña risa que me puso los pelos de punta—. Joder.