Mi irresistible enemigo Capítulo 47
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Capítulo 47

Luna

Después de un desayuno donde me puse hasta arriba de beicon —y, en serio, estaba buenísimo—, me fui a la habitación para cambiarme de ropa. Necesitaba dar un paseo largo y bajar la cantidad de calorías que le había metido a mi cuerpo antes de las diez de la mañana.

A medida que me acercaba, me fijé en que la puerta estaba entreabierta. Algo raro en Marlon, con lo maniático que era con el orden y con sus cosas. No dejaba ni que el personal del resort tocase nada suyo a la hora de limpiar.

Asomé la cabeza un poco, preguntándome si estaba con su hermana o su madre, o incluso con Sarah.

No me apetecía mucho interrumpir nada. Pero no.

Estaba hablando por teléfono, caminando de un lado a otro como un animal enjaulado.

Tenía la camisa arremangada hasta los codos, el pelo revuelto y el ceño tan fruncido que casi no se le veían los ojos.

La tensión de su cuerpo se palpaba incluso desde aquella distancia.

—No, no me digas que “es una oportunidad”.

Es un chantaje. Ellos lo saben y nosotros también —decía, con la voz baja pero cargada de una rabia contenida que me erizó la piel.

Pocas veces lo había visto así de enfadado—.

Si cedemos a su chantaje, entonces los demás los imitarán y estaremos jodidos. ¿O es que no lo entiendes?

Me quedé quieta en el marco de la puerta, sin decidirme a entrar del todo. Él no me había visto todavía. Seguí escuchando, inmóvil, mientras una parte de mí deseaba dar media vuelta y no interrumpir. Pero mis pies no se movieron del sitio.

—Escucha… no. No me interrumpas, Steph. Ya sé que tú también llevas días liado con esto y que te importa la empresa tanto como a mí.

Los japoneses quieren jugársela a una sola carta porque saben que, ahora mismo, tienen las de ganar.

Quieren los derechos exclusivos, el control de la distribución en Asia.

Y encima pretenden que les cedamos el sitio en la mesa de juntas como “garantía de buena fe”.

Eso no es negociación. Es un atraco a mano armada.

Hubo una pausa larga. Marlon se pasó la mano por la cara con fuerza, como si quisiera borrarse la frustración a base de frotar su labios y su nariz y sus cejas.

—Sí, soy consciente de lo que está en juego.

Pero si cedemos ahora, dentro de dos años no nos quedará nada.

¿Entiendes? Nada. Se habrán encargado de comprarle sus acciones al resto y ponernos contra las cuerdas.

—Otra pausa, más tensa todavía—. Vale. Llama tú.

Pero dile que no pactamos una mierda hasta que no haya una reunión presencial. Y que esta vez no vamos a tragar.

Colgó de golpe. El móvil salió volando de su mano y aterrizó sobre la cama con un golpe sordo. Solo entonces levantó la vista y me vio.

Nos miramos en silencio. El aire de la habitación se volvió denso, casi irrespirable. Yo sentía el corazón latiéndome en la garganta, y me dio mucho miedo de que Marlon se creyera que lo espiaba. Porque no era el caso.

—¿Va todo bien? —pregunté, aunque la respuesta era absurda. Se veía a leguas que no—. Acabo de llegar y… —tragué saliva—. No quería interrumpirte.

—No —contestó sin rodeos. Se pasó las dos manos por el pelo y soltó un bufido largo, cargado de rabia—.

Los japoneses quieren jugármela ahora que no estoy en San Francisco.

Ellos… le hicieron una oferta muy suculenta a una parte de los accionistas, y estos dijeron que sí.

He tratado por todos los medios detenerlo, porque sé lo que se viene después de esa compraventa.

Si aceptamos, nos dejarán sin nada en menos de dos años.

»Steph, mi socio y mejor amigo, está reunido con los abogados en un intento desesperado por detener este circo. Pero no hay nada que hacer. Solo hemos ganado unos días. ¿Y de qué sirve? —soltó una carcajada cargada de amargura—. Si no encontramos la manera de joder a esos hijos de puta, se acabó.

Me acerqué despacio y dejé el bolso sobre la silla.

El pecho me pesaba como si mis huesos estuvieran hechos de metal.

Verlo así, tan frustrado, me removió algo por dentro.

A pesar de todo lo que había entre nosotros, a pesar de los años de enemistad y de las heridas todavía abiertas, una parte de mí odiaba verlo de esa forma.

—Joder, Marlon… lo siento. De verdad. Suena a una mierda absoluta.

Él asintió una vez, todavía con la mandíbula tan tensa que se le marcaban los músculos del cuello.

Hubo un silencio breve y tenso, como si Marlon estuviera decidiendo cuáles serían sus siguientes movimientos.

En ningún momento le presioné, muy segura de que cualquier pregunta de mi parte se lo tomaría a mal.

Él no confiaba en mí, y yo no era tan cotilla como para ponerme en el punto de mira, a la espera de que Marlon me lanzara los cuchillos envenenados.

—Necesito tu ayuda, Luna.

Parpadeé un par de veces, pensando que había escuchado mal.

—¿Perdón? ¿A qué te… refieres?

—Tu ayuda —repitió, más firme esta vez—.

Sé que suena raro. Sé que después de todo lo que ha pasado entre nosotros esto puede parecer…

absurdo. Pero eres buena encontrando información.

Muy buena. En el pasado sacaste todos mis trapos sucios sin que casi nadie se diera cuenta.

Investigaste hasta el último detalle y se los mostraste al mundo.

Si ahora usas ese talento para esto… podrías redimirte.

—Sus ojos azules ya no parecían cálidos o amigables, sino un océano profundo y frío—.

Ayudarme a encontrar algo que nos dé ventaja en la negociación con los japoneses salvaría a mi empresa.

No hay nadie más que tú capaz de hacerlo.

Me quedé congelada en mitad de la habitación. Toda mi piel se erizó como si las temperaturas hubiesen caído doce grados de golpe.

La palabra “redimirte” me golpeó en el pecho con tanta fuerza que por un segundo me costó respirar con normalidad.

Todo lo que había pasado entre nosotros en los últimos días —los besos en el agua, la noche en que lloré en sus brazos, esa forma en que me había abrazado como si de verdad le importara— se volvió de pronto una farsa.

Un montón de mentiras que se venían abajo como un castillo de naipes.

Me reí de forma nerviosa. Debía verme completamente fuera de lugar, porque hasta Marlon se preocupó al mirar mi cara.

—¿Qué tengo yo que ver con esto, Marlon? ¿Estás tratando de gastarme una broma o…? —fui incapaz de terminar la frase.

A lo mejor Angy, al recordarle lo que ocurrió entre nosotros, le metió en la cabeza que yo era una persona horrible capaz de sacar los trapos sucios de cualquier persona. Lo cual no era cierto.

—¿Broma? No, estoy hablando en serio. Eres buena en esto —insistió, dando un paso hacia mí—. Ya lo hiciste una vez, ¿no? Ahora podrías hacerlo por algo que importa de verdad, y no impulsada por el rencor.

Negué con la cabeza, muy despacio.

Sentí un nudo en la garganta que me impidió hablar con normalidad. La desesperación me empezó a subir desde el estómago, fría y espesa, como si alguien me estuviera llenando los pulmones de agua otra vez, hasta mis ojos. Que picaron por las lágrimas contenidas.

Esto no podía estar pasando. No era justo.

No, no, no.

—Yo nunca hice eso —susurré.

Él frunció el ceño, genuinamente confundido.

—Luna, no pasa nada. No estoy… tratando de discutir contigo.

Solo te pido que hagas lo mismo que hace dos años, pero con los japoneses.

Y yo olvidaré todo lo del artículo que sacaste.

Estaremos en paz. Usar tu… talento innato para olfatear los trapos sucios de los demás me van a sacar de un buen aprieto —reconoció sin pizca de vergüenza.

—Nunca —repetí, más firme, aunque temblaba por dentro de forma vergonzosa—.

Yo nunca saqué tus trapos sucios. Nunca investigué tu vida para joderte.

Nunca busqué información para destruirte.

Esa versión de la historia que tienes clavada en la cabeza…

es mentira. ¿Te has parado a preguntar alguna vez, en estos dos años, qué pasó realmente?

¿Qué pasó conmigo?, ¿con aquel artículo? ¿Quién lo escribió realmente?

Marlon me miró como si no terminara de procesar lo que estaba oyendo. O como si no quisiera hacerlo. Como si aceptar mi versión significara que había estado odiando a la persona equivocada durante años.

Yo sentía que toda la magia de las últimas noches se estaba rompiendo a pedazos delante de mis ojos.

El abrazo. Las risas. Los momentos en la cala.

Los besos. El sexo. Esa sensación peligrosa y dulce de haber bajado la guardia por primera vez en demasiado tiempo.

Todo se estaba deshaciendo porque él seguía creyendo mentiras sobre mí.

Las mismas mentiras que yo había cargado en silencio durante años, esperando —estúpida de mí— que algún día se diera cuenta solo de lo ciego que había estado. De lo injusto que fue al acusarme de aquel disparate sin detenerse a buscar toda la información.

Y por eso lo odié tanto tiempo. Porque me destrozó la vida sin antes asegurarse de que yo era la persona a la que debía señalar con el dedo.

Por su culpa me echaron del periódico, me vetaron de decenas de sitios, y me vi obligada a aceptar trabajos de mierda hasta terminar en una revista que, si bien era genial, no me hacía feliz. No me llenaba como periodista.

La desesperación me invadió entonces con más fuerza. No era solo la rabia ciega que me había acompañado durante los últimos años, despertándose de nuevo en mi interior. Se trataba más bien de una mezcla amarga de decepción, cansancio y tristeza que me apretaba el pecho hasta dolerme.

Había empezado a creer, aunque fuera un poco, que algo estaba cambiando entre nosotros.

Que quizá el odio ya no era lo único que nos unía.

Y de repente él lo quemaba todo de un plumazo, como si esas noches no hubieran significado nada.

Como si yo siguiera siendo la misma enemiga de siempre, la misma persona a la que había que “redimir”.

Me temblaron las manos. Las escondí detrás de la espalda para que no se notara.

—¿De verdad crees eso de mí? —pregunté, y odié lo quebrada que sonó mi voz y las lágrimas que estaban a punto de desbordarse de mis ojos—. ¿Después de todo lo que ha pasado estos días? ¿Después de cómo me miraste anoche? P-Pensé que te habías dado cuenta de que habías cometido un error conmigo…

Marlon abrió la boca, pero no salió ningún sonido.

Yo ya no tenía fuerzas para seguir fingiendo que no importaba lo que acababa de decirme. Que podía seguir jugando a esto como si el pasado no doliera. Como si sus palabras no me estuvieran destrozando por dentro.

—Nunca hice tal cosa, Marlon —dije por última vez, mirándolo directamente a los ojos, sintiendo cómo la desesperación me llenaba la garganta hasta casi ahogarme—. Y el hecho de que todavía pienses que sí… —solté una amarga carcajada—. Qué estúpida he sido.

—Tendrás que disculparme entonces, porque recuerdo muy bien, tal y como si hubiera sucedido ayer, que ese artículo llevaba tu nombre.

Ningún otro apareció al final. —Marlon por fin había roto aquella máscara de hombre comprensivo, y el que tenía delante, tenso como el arco de una cuerda, era el ejecutivo implacable—.

¿Cómo esperas que me crea que no fuiste tú?

—Comportándote como lo haces, no. Repito: ¿te detuviste en algún momento a confirmar que se trataba de mí?

—No hizo falta. Además, tenías motivos para vengarte de mí.

Eso sí que no me lo esperaba. Siempre pensé que él me señaló con el dedo por comodidad, por unir dos piezas de forma apresurada, y no porque creyera que yo le guardaba algún tipo de rencor.

—¿De qué coño estás hablando, Marlon? ¡Ni siquiera te conocía en aquel entonces!

—Tuvimos una química brutal. Y tú casi te lanzas para besarme aquella noche, en el bar. Te rechacé, ¿recuerdas?

Las orejas y la cara me ardieron tanto que parecía una antorcha humana.

Sí, claro que lo recordaba. Pocos días atrás me hizo la misma cobra que entonces.

La diferencia es que esta segunda sí me dolió, mientras que la primera solo me causó vergüenza.

Y que Marlon llegara a la conclusión de que yo sería capaz de hacer algo tan asqueroso como sacar sus trapos sucios a la luz solo porque no quiso llevarme a la cama me ofendió y me dolió más que ningún otro de sus insultos.

—¿En serio? ¿Me estás confesando que jodiste toda mi carrera porque diste por hecho que me enfadé porque no me dejaste comerte la polla? —la vista se me nubló, como si de pronto solo fuera capaz de captar el color rojo—. Venga, por favor. Esto es ridículo.

—¿Y qué otro motivo te movería, si no, a hacerlo? Tú lo has dicho: no nos conocíamos de nada.

—¡No le jodería la vida a alguien solo por eso!

¡El sexo no es tan vital como para hacer algo tan bajo!

—estallé, harta de que siguiera echándome en cara cosas que nunca hice—.

Vale que no me conocieras de nada, pero tu deber era asegurarte de averiguar qué coño pasó antes de echarme todo el peso de la ley encima.

—Me tragué un sollozo—. ¡Ni siquiera fui yo, maldito imbécil!

¡Me quedé a cuadros cuando salió el maldito periódico, porque nada de aquella parte la escribí yo!

—Ajá. Ahora resulta que te tendieron una trampa.

—¡Pues sí! Aunque no te lo creas, yo no mandaba a imprenta mis artículos y entrevistas. Antes pasaba por dos departamentos. Nunca reconocí aquella parte, porque jamás hablamos de eso y yo no husmeé en ningún lado. ¿Quién te crees que soy?, ¿miembro activa del KGB?

Por primera vez, la fachada de hombre de hielo de Marlon se desquebrajó bajo el peso de la verdad. Duda y desconcierto se reflejaron en sus ojos azules.

—Me hubiese encantado follar contigo aquella noche, Marlon.

La química entre nosotros fue increíble y no me hubiese negado a un polvo con el hombre del momento.

Esa parte es verdad —asentí, con la boca seca e irritada de tanto aguantar el llanto.

Era una llorona de verdad—. ¡Pero nada de eso justificaba mis acciones!

¡Yo no te habría hecho semejante putada solo porque no se dio esa noche de pasión!

¡Eso fue sobrepasar la línea y mearse en ella, y yo no soy tan cruel!

Por fin gritaba mi verdad. Por fin saltaba por los aires.

Boom.

—Y si no fuiste tú, Luna… ¿Quién fue el responsable?